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6/5/14

Tres fragmentos descartados de Madame Bovary

La revista Turia ha publicado tres fragmentos descartados por Flaubert de Madame Bovary, encontrados tras el estudio de los manuscritos originales del escritor francés, traducidos y prologados por Mauro Armiño. Son, en realidad, breves textos de pocas páginas cuya eliminación básicamente está destinada a centrar la narración en Emma prescindiendo de elucubraciones digresivas.
Pero, a pesar de su brevedad, me da la sensación de que hay más fuerza narrativa en esos tres fragmentos que en la mayoría de los textos que se publican en la actualidad.

Hay una deriva generalizada hacia la mediocridad, hacia el conformismo, hacia la falta de riesgo. 
Y ya sabemos el efecto que causó eso en Emma Bovary:

Antes de casarse, ella había creído estar enamorada, pero como la felicidad resultante de este amor no había llegado, debía de haberse equivocado, pensaba, y Emma trataba de saber lo que significaban justamente en la vida las palabras felicidad, pasión, embriaguez, que tan hermosas le habían parecido en los libros.(...)Entonces recordó a las heroínas de los libros que había leído y la legión lírica de esas mujeres adúlteras empezó a cantar en su memoria con voces de hermanas que la fascinaban. Ella venía a ser como una parte verdadera de aquellas imaginaciones y realizaba el largo sueño de su juventud, contemplándose en ese tipo de enamorada que tanto había deseado. Además, Emma experimentaba una satisfacción de venganza. ¡Bastante había sufrido! Pero ahora triunfaba, y el amor, tanto tiempo contenido, brotaba todo entero a gozosos borbotones. Lo saboreaba sin remordimiento, sin preocupación, sin turbación alguna.

No podemos comparar nuestro tiempo con ningún otro. Supongo que hoy en día se escribe tan mal como lo hacían los contemporáneos de Flaubert. No Flaubert. Pero la criba del tiempo es inapelable. De hecho no creo que ninguno de nosotros (los que pretendemos escribir) superemos esa criba. 
Entonces, ¿de qué estamos tan orgullosos?

Vayamos con Sorrentino. 
Obviemos lo que dijo Javier Marías… no, mejor no:

Hoy la crítica está más deslumbrada que nunca por los “ademanes de genialidad”, por quienes entregan espantos pretenciosos y solemnes, “transgresores” en apariencia, imbecilidades grandilocuentes. Y así se premia y ensalza hasta el infinito a gente malasombra y vacua como Haneke, Von Trier, el último Malick o Sorrentino, responsable de esa cataplasma enfática, La grande bellezza, ante la que babean tantos.
Almanya, Javier Marías, El País, 16 feb 2014.

En cierta manera es lógico que Marías sienta cierta aversión hacia la película de Sorrentino. Puede verse, si no física sí psicológicamente, reflejado en el protagonista de la película. No digo que Marías sea un mal escritor ni que no haya escrito novelas destacables, pero creo que en su fuero interno se maldice por no haber escrito la Gran Novela que él cree poder escribir. Lo más cerca que ha estado su nombre cerca de una Obra Maestra es en la traducción del Tristram Shandy de Sterne.
De eso habla La grande bellezza, de la frustración que provoca no alcanzar las grandes metas que nos proponemos. Uno puede responder con un épico mal genio contra toda la sociedad, o, como el protagonista de la película, sumergiéndose en la mediocridad de la dolce vitta. Mientras, a nuestro alrededor, la gran belleza perdura a través de los siglos, en mármol o en papel, provocando nuestra admiración, deslumbrándonos, matándonos, mostrándonos nuestra insignificancia.

Desistamos
Nunca llegaremos a nada.
Los descartes de Flaubert nos lo demuestran.

23/3/14

Un fragmento de Los hermanos Tanner, de Robert Walser

(Kaspar Tanner:) — ¡Preferiría que me llevara el diablo! ¡A Italia! ¿Por qué a Italia? ¿Acaso estoy enfermo para ir a curarme al país de las naranjas y los pinos? ¿Qué necesidad tengo de ir a Italia si puedo estar aquí y sentirme muy a gusto? ¿Podría hacer en Italia algo mejor que pintar? ¿O es que aquí me sería imposible? Piensas que debería ir a Italia porque es muy bella. Pero ¿no es también esto suficientemente hermoso? ¿Puede aquello ser más hermoso que este lugar donde estoy, donde vivo creando, dando veo miles de cosas bellas que seguirán existiendo cuando yo lleve ya un buen tiempo deshecho? ¿Será posible ir a Italia cuando se quiere crear algo? ¿Son las bellezas de Italia más bellas que las de aquí? Tal vez sólo sean más exigentes y precisamente por eso prefiero no verlas. Si de aquí a sesenta años he sido capaz de pintar una ola o una nube, un árbol o un campo, ya veremos si hice bien no yéndome a Italia. ¿Qué perdería no viendo las columnas de esos templos ni esas casas consistoriales como las hay en todas partes, aquellas fuentes y arcas, aquellos pinos y laureles, esos trajes italianos y esos suntuosos edificios? ¿Por qué habría de devorarlo todo con los ojos? Soy capaz de perder los estribos cuando me atribuyen la intención de querer ser mejor artista en Italia. Italia es la trampa en la que caemos de bruces cuando nuestra estupidez es ya supina. ¿Acaso vienen aquí los italianos cuando quieren pintar o escribir algo? ¿De qué me sirve embriagarme de culturas pretéritas? ¿Habré enriquecido así mi espíritu si quiero arreglar cuentas conmigo mismo? No, simplemente lo habré arruinado y acobardado. Por más extraordinaria que haya sido una cultura antigua y extinguida, por mucho que supere a la nuestra en potencia y esplendor, nunca se me ocurriría recorrerla husmeando como un topo, sino que la estudiaría, si fuera factible y hacerlo me divirtiera, en los libros, que están en todo momento a mi disposición.


Fragmento de Los hermanos Tanner de la traducción de Juán José del Solar para Siruela.