23/5/18

Philip Roth, 1933-2018

Ahora estaban entrando en un carrito la caja de pino natural, Crawford delante, tirando de ella y cojeando a buen paso, y los dos ayudantes a los lados, guiándola por el sendero. El borracho con la camisa de faena verde se registraba los bolsillos en busca de tabaco. Aún no había comenzado siquiera el trabajo y no podía esperar a que terminara para encender un pitillo. El rabino, un hombre de baja estatura, sostenía el libro abierto en las manos y hablaba con el señor Crawford mientras se apresuraba para mantenerse a su altura. Llevaron el ataúd a la tumba abierta. La madera estaba muy limpia, y Sabbath pensó que debía incluir uno igual en su pedido. Aquel mismo día lo pagaría. Parcela, ataúd, incluso una lápida… lo pondría todo en orden, por cortesía de Michelle. Retendría al rabino antes de que se marchara y le daría cien dólares para que volviera por él y le leyese de aquel libro. Así Sabbath lavaría el dinero de Michelle, eliminando su frívola historia de gratificación ilícita, y reintegraría aquel fajo de billetes al sencillo y natural negocio de la tierra.
La tierra. Se veía por todas partes. Tan sólo a unos pocos pasos a sus espaldas había un montículo de tierra donde alguien había sido enterrado recientemente, y delante había dos tumbas recién cavadas, una al lado de la otra, como en espera de gemelos. Se acercó a una para echar un vistazo al interior, a la manera de quien mira escaparates. La limpieza con que cada una había sido abierta en el suelo era la señal de un buen trabajo. Los ángulos alisados con la pala, el fondo donde se formaba un charquito de agua y los lados ondulantes. Era la obra del borracho, el chico italiano y Crawford: su labor tenía la magnificencia de siglos. Aquel hoyo se remontaba a la antigüedad, lo mismo que el otro. Ambos oscuros, llenos de misterio, fantásticos. Las personas adecuadas, el día perfecto. Aquel clima no mentía acerca de su situación.

Philip Roth, El teatro de Sabbath; traducción de Jordi Fibla.












PRÓSPERO: De cada tres de mis pensamientos, uno se consagrará a mi tumba
Shakespeare, La tempestad.

6 comentarios:

Juan Carlos Galan dijo...

Era imposible que Portnoy no recordase a su dador hoy, el día de su extinción. Gracias, amigo, por este texto tan bien escogido del maestro Philip Roth.
Un abrazo

Portnoy dijo...

Gracias a ti por tu comentario.
Un saludo

@stanislausbhor dijo...

Mis condolencias, estimado Javier.

inaudito77 dijo...

A mí me apena que haya tenido tan poco tiempo para disfrutar de su jubilación. Leí en su momento una entrevista que concedió poco después de retirarse, y el hombre estaba disfrutando por fin de un merecido descanso tras toda una vida obsesivamente dedicada a la escritura. Comentaba en la entrevista que su alto grado exigencia le había impedido disfrutar de veras del acto de creación, que todos sus textos están trabajados hasta la extenuación y estaba ya cansado de su "enfermedad", que quería descansar.
La entrevista movía a apiadarse de aquel pobre anciano que había pasado toda una vida esposado a una mesa y a una pluma soñando con la inmortalidad.

Descanse en paz.

Rosa Berros Canuria dijo...

Precioso homenaje. Te daría mis condolencias, si no fuera porque estoy para que me las den a mí. Sigo tu blog precisamente por su título.
Un beso, y sí, todas mis condolencias. Estas cosas nos dejan más huérfanos, más indefensos, más tristes.

Jairo dijo...

Yo, Jairo Acosta, conviví por un tiempo con Mirella Nérida Valcacer, tuvimos un hijo que actualmente tiene 4 años, de un tiempo para aca el comportamiento de mirella se volvió más agresivo, peleaba por todo, a tal punto que entro en violencia doméstica, Un día peleo tanto conmigo que llego a pegarnos tanto a mi como al niño. La denuncie y como respuesta consigo que secuestro al niño, aparte de eso se llevó el dinero y por ultimo legalmente me quita la casa porque se hizo pasar por víctima. Pensé que era una buena mujer, pero no, las apariencias engañan fue un gran error en mi vida.