3/2/13

La persona deprimida, de David Foster Wallace


La persona deprimida es un relato contenido en Entevistas breves con hombres repulsivos y es, posiblemente, el relato más devastador y más comprometido narrativamente (quizás incluso personalmente) de David Foster Wallace. 

La persona deprimida sufría una angustia emocional terrible e incesante, y la imposibilidad de compartir o manifestar esa angustia era en sí misma un componente de la angustia y un factor que contribuía a su horror especial”

(…) la persona deprimida se limitaba en cambio a describir circunstancias, tanto pasadas como presentes, que de alguna forma estuvieran relacionadas con esa angustia, con su etiología y sus causas (…)

De la traducción de Javier Calvo para Mondadori

No quiero detenerme en especular acerca de cuánto de experiencia personal de Wallace revierte en la elaboración del relato. Y no quiero (de hecho no debo) porque Wallace emplea un narrador omnisciente para marcar una profunda distancia entre la persona deprimida, foco de la narración, y el propio narrador, lo cual implica mucha más distancia entre la persona deprimida focal y el lector (incluso más con el mismo autor)
No quiero pormenorizar en los tratamientos a los que se sometió Wallace ni especular sobre si estos tienen su reflejo en lo que se cuenta, en los hechos que el narrador omnisciente presenta como acaecidos a la persona deprimida en el relato. No quiero hacerlo porque entiendo que en cierta manera la confección del relato es una forma cáustica de exorcizar algunos hechos que figuran en la biografía de Wallace, no solo presentándolos y mostrando los efectos emocionales que producen en el individuo ciertos tratamientos invasivos contra la depresión sino mostrando como acaban convirtiendo al sujeto ciertas terapias en un ser patético e insoportable, obsesionado en la descripción de su desconexión del mundo, al que sólo le unen un dolor y una desazón inenarrable.
Por eso digo que este relato de Wallace es el más comprometido de toda su narrativa, no únicamente por el cariz personal que se puede intuir soterrado en su confección (algo que, recordemos, como lectores estamos obligados a olvidar o a no reconocer; el autor nunca debe ser considerado como objeto de la narración) sino por la valiente, incluso antinarrativa, forma de abordar el relato.
La persona deprimida trata uno de mis temas preferidos la subjetividad del dolor y la imposibilidad de transmitirlo oralmente. La narración se centra en una mujer incapaz de comunicar su angustia si no es a través de ciertos acontecimientos de su vida. Lo característico de este personaje es su “necesidad” de hablar continuamente de su angustia y de su incapacidad de transmitirla y la vergüenza que ello (hablar continuamente) le produce y la consciencia (un tanto egoísta y por tanto nuevamente vergonzosa) de ser incapaz de dejar de hablar de sí misma, de su angustia, de su incapacidad de transmitir esa sensación angustiosa y la vergüenza que debe pasar mientras intenta comunicar lo incomunicable. Si bien todo ello en principio puede despertar nuestro lado empático ante el sufrimiento ajeno, según avanza el relato nuestra percepción cambia y empezamos a sentir un creciente sentimiento de aversión hacia la persona deprimida (la del texto), lo cual nos lleva a reorientar nuestra empatía corporativamente hacia los sufrientes oyentes (la psiquiatra y el círculo de amigas) que aguantan los reiterados y repetitivos mensajes de la persona deprimida.
Lo que creo que convierte en extraordinario a este relato es la forma en que a través del tamiz de la voz del narrador omnisciente vamos conociendo todo aquello que rodea a la angustia de la persona deprimida. El propósito de esa voz interpuesta nos lleva a enfocar el relato de forma que contemplemos tanto el desamparo, manifestado como aislamiento pero también como resentimiento y autocompasión, que siente la persona deprimida, como lo insoportable y patético que resulta su discurso monotemático. Pero al mismo tiempo la exhaustiva voz del narrador es igual de patética, igual de repetitiva, igual de monotemática y desesperante que la de la persona deprimida. Como si no fuera suficiente para demostrar la imposibilidad de narrar una situación de angustia y depresión prescindir de la primera persona, sino que asignando la tarea a un narrador en apariencia extradiegético, también estamos condenados a fracasar. Que, de cualquier manera que lo enfoquemos, la descripción de un estado depresivo, o si se quiere extensible a cualquier tipo de dolor, físico o emocional, es un acto egoísta y subjetivo que no logra transmitir la sensación que se quiere, que en apariencia es una narración que sólo parece interesar a la persona que padece el trastorno, por lo que el oyente-lector queda en el margen, abrumado por la prolijidad continuada del discurso sobre el dolor, sobre sus causas y sobre la auto-obsesión vergonzante (sea quien sea el que se ocupe de transmitir esas sensaciones)
Este es un juego muy arriesgado. Wallace propone el relato de una persona obsesiva a través de un narrador que sin ser obsesivo se recrea en describir minuciosamente la obsesión del personaje, así como por las causas y por los efectos y los mínimos detalles que envuelven toda la situación, un narrador que sabe que tanto para los oyentes del personaje de La persona deprimida (que pertenecen también al relato) como para los lectores de relato que nos está contando, él, el narrador, y el personaje pertenecen a un ámbito ajeno al lector. Porque la conclusión a la que quiere llevarnos Wallace, el punto egoísta al que nos conduce, después de agotar nuestra paciencia y  nuestra empatía, es que lo que (se) cuenta en La persona deprimida NO NOS INTERESA. Y eso lo sabe el personaje (y de ahí su vergüenza) y lo sabe el narrador (y por eso incide en el patetismo de todo el relato) Pero aunque el discurso de La persona deprimida es posible que no nos interese, o que nos agote de aburrimiento, el caso es que la forma en la que Wallace plantea el problema de la narración del dolor sí es interesante. Dostoievski en Memorias del subsuelo hacía que el dolor inexpresable de su narrador en primera persona se enfocase hacia la rabia. Wallace da un paso más y convierte el problema de la descripción del dolor en un problema de estructura narrativa, presentando una serie de capas narrativas cada una de las cuales (personaje, narrador, notas a pie…) confirman esa imposibilidad, al tiempo que reflexiona sobre las consecuencias emocionales (y sociales) derivadas de intentar narrar el dolor. Porque no se trata solo de explicar lo que se siente (y aquí ya involucro personalmente a Wallace) sino de la frustración derivada  de intentarlo y las penosas consecuencias que conlleva.
La persona deprimida es un relato devastador.
Y es pertinente involucrar a Wallace en la explicación del texto (no en su lectura) porque entiendo que hay muchas cosas tremendamente íntimas de su vida expuestas en el relato. Y no sólo en este relato. Porque, repito, La persona deprimida es un texto demoledor, pero lo es mucho más si comparamos el tono ácido, autocrítico, obsesivo y pesimista del relato, con el entusiasmo juvenil, desenfadado, lúdico, irónico e inteligente de su primera novela, La escoba del sistema.
Uno lee ambos textos, la novela y el relato, y no puede dejar de preguntarse sobre lo que le ocurrió a David Foster Wallace para que su narrativa se transformarse de manera tan drástica. 

5 comentarios:

renackman dijo...

‘The depressed person’ es, sin duda, uno de los relatos más duros de DFW para leer a posteriori, conociendo toda la historia. En teoría, el relato está basado (se mofa de) la autora de ‘Prozac Nation’ Elizabeth Wurtzel, aunque es imposible no leer no demasiado oculta la historia del propio Foster Wallace.

Personalmente, creo que aún más duro es ‘Good Old Neon’, incluído en ‘Oblivion: Stories’; esa historia puede leerse, sin demasiado problema, como una nota de suicidio, y es algo durísimo de ver.

dionisioporta dijo...

"La persona deprimida" será todo eso, pero este pedazo de post es brutal.

Portnoy dijo...

Dionisio tan exagerado como siempre. Ayer en la presentación en FNAC de la escoba del sistema Javier Calvo mencionó esos dos relatos, La persona deprimida y El neón de siempre.

Mycroft dijo...

Este post es fantástico. Debo leer más de Foster Wallace, apenas comienzo a adentrarme en su obra (entrevistas, la broma infinita, hablemos de langostas y el principio de El Rey Pálido).
Sólo decir que por circunsatancias personales, este relato es tremendamente importante para mí, y creo que puede tener un efecto totalmente contrario al tono devastador, frío y desangelado con que narra la imposibilidad de narrar el dolor. De hecho lo considero una patada en el culo del egocentrismo depresivo.

truchasoluble dijo...

Al leer La persona deprimida, así como otros textos de Foster Wallace, pensé en cómo hubiera pergeñado el genio una suerte de Don Quijote que en vez de estar obsesionado con los libros de caballería, lo estuviera con los libros de autoayuda. Pienso mucho en ese supuesto personaje, y a veces lo he visto en algunas películas paródicas.

¡Muy bueno el blog!