19/5/12

La amante de Wittgenstein, de David Markson

Los límites del lenguaje son los límites del mundo y es posible que cada vez que citamos a Wittgenstein nos quedemos en algún dato trivial de su complejo pensamiento. Al menos yo. No entiendo el Tractatus.
En esta novela Markson nos presenta a una narradora única superviviente del mundo. Escribe. El hecho me resulta familiarmente cercano. No hay lectores para su texto y nosotros somos los lectores de su texto.
La mujer, una pintora, ha recorrido los museos del mundo, ha vivido en ellos, ha arrancado los marcos de los cuadros para hacer hogueras en los que calentarse en invierno. Ahora vive en una casa cerca de la playa y escribe. Frente a su escritorio hay un cuadro. Puede haberlo pintado ella en otro tiempo. El cuadro representa la casa que ahora habita. En una de las ventanas, la sombra de una pincelada parece dibujar una silueta humana. Ahora no está. Ahora ya no está el cuadro.

Homero también era ciego, desde luego.
Si bien posiblemente no sea más que algo que se dijo, en lo que se refiere a Homero.
(…)
Lo que equivale a decir que cuando la gente afirmaba que Homero era ciego, lo hacía porque lo que en realidad no deseaba decir era que Homero no sabía escribir.


¿Por qué escribe nuestra narradora en un mundo sin lectores? Quizás para comprobar que el mundo no tiene límites, que mientras siga haciéndolo la realidad seguirá sustentada sobre el lenguaje. Escribir cohesiona la realidad. Yo tengo la sensación que un momento ella piensa que es la sombra en esa ventana, una pincelada azarosa que muestra una difusa silueta que se oculta del espectador.
¿Por qué una narradora? Esa también es una buena pregunta.
Al final hay un cambio desesperanzado en la actitud de la narradora, al mismo tiempo que cierta imprecisión e incoherencia en lo que escribe. Recordar el pasado la sume en la depresión.

(…) me dije a mí misma que de ser necesario, no me permitiría volver a escribir estas cosas nunca más.
En cierto sentido, como si ya no se pudiera pronunciar una palabra más sobre el Pasado lejano.
(…)
Salvo que de lo que también me di cuenta al tomar tal decisión, fue de que ciertamente me quedaría con muy pocas cosas sobre las cuales escribir.
(…)
De modo que lo que comprendí casi simultáneamente, de hecho, fue la posibilidad de verme obligada a empezar desde el principio y escribir algo completamente diferente.
Algo así como una novela, digamos.
Aunque quizás se infiera algo de esas pocas frases que yo no deseaba.
Bueno, es decir, que la gente que escribe novelas sólo las escribe cuando tiene muy pocas cosas más sobre las cuales escribir.
De hecho, cierto número de personas que escriben novelas, sin duda, se toman su trabajo bastante en serio.


Creo que queda claro que La amante de Wittgenstein no es una novela al mismo tiempo que sí lo es. Las reflexiones de la narradora en torno a los textos de Homero y los personajes clásicos de la guerra de Troya, sobre la vida y hechos de pintores, escritores y músicos, sobre nombres de gatos y perros, sobre sus conocidos (entre ellos, William Gaddis), y sobre sus lecturas, construyen un mundo solipsista que contrasta con la desolación del mundo en que habita. Es una novela postapocalíptica en la que la destrucción del mundo funciona exclusivamente como marco narrativo sin ninguna relevancia.
De hecho es posible que el mundo siga funcionando, ya que estamos ahí, leyendo.

Los textos de la traducción de Antonia Kerrigan y Horacio Vázquez Rial para Destino.