22/11/11

Claus y Lucas, de Agota Kristof

Comentar Claus y Lucas es una de las tareas más difíciles a las que me he enfrentado. En primer lugar porque tal y como conocemos la obra de Kristof editada por El Aleph (traducción de Ana Herrera Ferrer y Roser Berdagué Costa) podemos pensar que se trata de una única obra cuando en realidad se compone de tres novelas publicadas independiente y sucesivamente: El gran cuaderno (1987), La prueba (1988) y La tercera mentira (1991). El título de ésta última como parte de una teórica trilogía es bastante elocuente. En La tercera mentira encontramos este fragmento:

“Más adelante leí yo las cartas a los que no sabían y me pedían que lo hiciera. Por lo general les leía lo contrario de lo que decían las cartas.
(…)
El chico al que le leía la carta me decía:
— La enfermera me ha leído la carta de otra manera.
Yo decía:
— Te la ha leído de otra manera porque no quería disgustarte. Yo te he leído lo que está escrito. Creo que tienes derecho a saber la verdad.
Él decía:
— Tengo derecho, pero la verdad no me gusta. La carta era mejor antes. Ha hecho bien la enfermera leyéndomela de otra manera.
Y se echaba a llorar”
Del mismo modo que en El gran cuaderno la narración se basa en la descripción fiel de los hechos La tercera mentira, que implica la existencia de dos mentiras previas, se basa tanto en lo poco sugestiva que es la verdad, la realidad, como en la mentira y la falsedad como fundamento de la narración. Pero no es eso exactamente.
Sería contradictorio decir que en El gran cuaderno se nos narra por parte de dos hermanos gemelos, Claus y Lucas, una historia cruel y amoral fundada en la “descripción fiel de los hechos” dejando de lado los sentimientos. No se puede ser cruel y amoral. La amoralidad anula toda emoción que emanen de los actos. Claus y Lucas, dos personas pero un único narrador de El gran cuaderno, se limitan a los hechos. No hay análisis moral ni consecuencias emocionales en sus actos. Y aunque esa condición se traslada a las otras dos novelas es considerada la más destacable de las tres y es la que más impresiona a los lectores.
La prueba continúa lo narrado en la primera novela desde el instante en que Claus cruza la frontera. Lo desconcertante en primera instancia es que Claus parece haber desaparecido totalmente. Da la sensación de que lo que ahora leemos, focalizado pero no narrado por Lucas, implica la no existencia de Claus, lo que en cierta manera nos lleva a dudar por primera vez de la “veracidad” (siempre dentro del contexto narrativo) de lo narrado en El gran cuaderno. El dolor de la separación de los gemelos hace que Lucas se vea afectado por una especie de enfermedad que le lleva a olvidarlo todo y eso permite que el lector pueda reajustar al personaje dentro de las nuevas condiciones narrativas (que podemos pensar, por multitud de detalles, nada tiene que ver con las de El gran cuaderno) Pero cuando el lector parece haber asumido ese nuevo contexto dominado por la omnipresente ausencia de Claus, se desmienten todas nuestras suposiciones:
Lucas dice:
— Conozco el dolor de la separación.
— La muerte de tu madre.
— No, es algo distinto. La marcha de un hermano con el que yo formaba una sola unidad.
Y más adelante:
El niño pregunta:
— ¿Y el esqueleto de tu hermano no lo has guardado?
— ¿Quién te ha dicho que tenía un hermano?
—Nadie. Te he oído hablar con él. Tú le hablas, no está en ninguna parte pero está en todas partes, y por lo tanto debe de estar muerto también.
Lucas dice:
—No, no está muerto. Se fue a otro país. Ya volverá.
A pesar de la incertidumbre que se nos produce en primera instancia, La prueba se confirma como la historia de Lucas tras su separación de Claus, sin que la otra posibilidad, que se trate de la historia de otro Lucas sin la existencia de Claus también es posible, a no ser por un pequeño detalle que se nos revela al final. En La prueba toman especial relevancia los personajes secundarios. Esta no es tanto la historia de Lucas sino la de quienes le rodean: Victor, Peter, Yasmine, Mathias y Clara. A través de ellos la autora nos introduce en el ambiente de indefensión y arbitrariedad deshumanizada que provoca el totalitarismo. No hay definido un entorno geopolítico en el que ubicar las historias de Kristof, sobre todo porque no hace falta explicitar lo obvio. Porque no se trata tanto de presentar una denuncia histórica como de mostrar, alegóricamente si se quiere, la condición del individuo subyugado por el poder. Visto desde otra perspectiva, todos los personajes de la trilogía Claus y Lucas, con sus sucesivas transformaciones, al igual que lo que ocurría con los de Ayer forman parte de la experiencia vital de Agota Kristof. Todos los personajes, de alguna manera, son ella. Eso explicaría sus mutaciones y desapariciones a lo largo de la trilogía.
Dice Victor:
¿Qué habría podido escribir? En mi vida no pasaba nada, nunca en toda mi vida me había pasado absolutamente nada, ni tampoco a mi alrededor. Nada que valiese la pena escribir.
Y Clara, que reaparece como demente recita un fragmento de Ayer (o, siendo estrictos con la cronología, recita un texto que luego aparecerá en Ayer):
—Llueve, como siempre. Lluvia fina y fría, cae sobre las casas, sobre los árboles, sobre las tumbas. Cuando «ellos» vienen a verme, la lluvia chorrea por sus rostros destrozados. «Ellos» me miran y el frío se hace más intenso. Mis muros ya no me protegen. Nunca me han protegido. Su solidez no es más que una ilusión, su blancura está mancillada.
El enigma de esta segunda parte es la personalidad del narrador. Casi al final de La prueba Lucas desaparece y Claus vuelve a ser el foco de la narración:
Claus dice:
—Lo siento, no tengo medio alguno de probar mi identidad. Soy Claus T. y busco a mi hermano Lucas. Usted le conoce. Y ciertamente le habrá hablado de mí, de su hermano Claus.
—Sí, me ha hablado a menudo de usted, pero debo confesarle que nunca había creído en su existencia.
Claus ríe.
—Cuando yo hablaba de Lucas a alguien, tampoco me creían a mí. Es cómico, ¿no le parece?
Y poco después:
—Decidimos separarnos. La separación debía ser total. Una frontera no bastaba, era necesario también el silencio.
—Y sin embargo, ha vuelto. ¿Por qué?
—La prueba ha durado demasiado. Estoy cansado y enfermo, y quiero ver otra vez a Lucas.
—Sabe usted muy bien que no volverá a verle.
La prueba finaliza con un informe policial en el que se solicita la repatriación de Claus T. a través del cual descubrimos que ni Lucas ni el resto de personajes que han aparecido en la novela han existido.

La tercera mentira, novela final de la trilogía desvela la identidad del narrador de La prueba. Todo cuanto sabemos de Claus y Lucas lo sabemos mediante la lectura de los cuadernos que ellos mismos (o uno de ellos, o ninguno de ellos) han ido escribiendo a lo largo de su vida. Al final de La prueba el informe policial introduce un desmentido a la realidad narrativa que conformaba hasta ahora la historia de los dos (¿?) personajes: La infancia amoral de los dos gemelos en casa de su abuela; el cambio de personalidad de Lucas tras la separación; la vuelta de Claus hasta su encarcelación. El informe desvela que nada de eso ha ocurrido y que los cuadernos manuscritos por los que conocemos la historia del inexistente Lucas los ha escrito Claus, como se desvela al inicio de La tercera mentira, desde la cárcel:
—Lo que escribo no tiene importancia.
Ella insiste:
—Lo que quisiera saber es si escribe cosas que han ocurrido de verdad o cosas inventadas.
Le contesto que trato de escribir cosas que han ocurrido de verdad pero que, en un momento dado, la historia se hace insoportable por su misma verdad y entonces me veo obligado a modificarla. Le digo que intento contar mi historia pero no puedo, no tengo valor, me hace mucho daño. Entonces lo embellezco todo y describo las cosas no como sucedieron sino como yo querría que hubieran sucedido.
Ella dice:
—Sí. Hay vidas que son más tristes que el más triste de todos los libros.
Yo digo:
—Exactamente. Por muy triste que sea un libro, nunca puede ser tan triste como la vida.
Hemos vuelto a la narración autobiográfica en primera persona, lo cual nos sumerge en un nuevo contexto narrativo con una nueva historia de Claus totalmente distinta a la narrada hasta ahora.
El agente dice:
—Sí, eso quería decirle. Si sigue contando historias sobre su hermano, se figurarán que está loco.
— ¿Usted también lo cree?
Mueve la cabeza.
—No, lo que yo creo es que confunde la realidad con la literatura. Con su literatura. También creo que ahora debe volver a su país, reflexionar un tiempo y volver aquí después. Definitivamente, tal vez. Es lo que le deseo, para su bien y para el mío.
A partir del momento en que es liberado de prisión (al menos narrativamente) Claus, como narrador, se convierte en un nuevo narrador, Klaus, que recibe una llamada telefónica de su hermano desaparecido Lucas. Hay que dejar claro que posiblemente este Lucas no tiene nada que ver con el Lucas objeto de la narración de La prueba, una invención de Claus y que este nuevo Klaus, puede ser también invención de Claus. De hecho la historia termina cuando a Klaus le entregan una carta de Claus que viene firmada por Lucas. El lector no puede concluir nada. No es necesario que concluya nada, simplemente debe dejarse llevar por la demoledora narración de Kristof. De ahí la dificultad que mencionaba al principio. Nada que se diga puede suplir la intensidad de la experiencia lectora y eso define lo que es una obra maestra.

Nos encontramos en una continua inmersión de la narración dentro de la narración. La voz común a todos los giros es la de la propia Kristof y su mensaje es el de la soledad del desarraigo y la insignificancia de la literatura. De hecho lo que la trilogía Claus y Lucas demuestra es la inutilidad de todo intento de embellecer la realidad a través de la literatura. La realidad nos agobia y nos oprime y la narrativa, como parte de esa realidad, acaba mancillada por la suciedad con que la realidad lo impregna todo.

El handicap que arrastra la trilogía es su magistral primera parte. El gran cuaderno, por sí solo, debería formar parte de ese canon (siempre subjetivo) de obras imprescindibles de la literatura. La trilogía también merece formar parte de ese canon, pero entiendo que existan lectores a los que las sucesivas negaciones de todo lo narrado les pueda causar perplejidad. La intensidad de lo que se nos cuenta en El gran cuaderno y la forma en que se hace, alcanza cotas literarias difíciles de superar. Demostrar, con las sucesivas novelas, que El gran cuaderno es una impostura, un artificio narrativo sin fundamento real (en su contexto narrativo) puede provocar el rechazo de las otras dos novelas, sin que podamos apreciar entonces el complejo y desesperanzador juego en el que nos ha introducido Agota Kristof.
Porque podemos inventar nuestras vidas de mil formas distintas, pero “por muy triste que sea un libro, nunca puede ser tan triste como la vida”.
El caso es que Agota Kristof lo consiguió. Creó libros tan tristes como la vida. Después dejó de escribir.



Todos los fragmentos pertenecen a Claus y Lucas de El Aleph Editores, traducción de Ana Herrera Ferrer (El gran cuaderno y La prueba) y Roser Berdagué Costa (La tercera mentira)

15 comentarios:

Peri Lope dijo...

Muy buena reseña. Desde mi punto de vista se exponen en ella las claves de la obra: rica y original como pocas. Yo hubiera añadido que así como la realidad se inmiscuye en la ficción ocurre a la inmersa: la ficción dota a la realidad de subjetividad, una subjetividad que es real porque, al fin y al cabo, se vive.

Un saludo.

Eliel González. dijo...

Excelente reseña, la verdad te mando una felicitaci{on por tu gran desempeño, y concuerdo con Peri Lope. Si un ser vivo vive una realidad, esta existe. Aunque esta a veces no sea la real.

Javier Palencia dijo...

En efecto, he ido encontrando mucho desdén hacia las partes segunda y tercera de la trilogía. La primera es para canonizarla, pero por sí sola tal vez fuera poco más que un brillantísimo ejercicio literario. El resto perfecciona el conjunto.
A mí, como lector, me impresionó el juego de negaciones que aparece a medida que avanza el texto.

Gran reseña!

cgamez dijo...

Gracias por lo que me parece una guía de lectura de Agota Kristof más que una reseña. Me quedé en el primer libro de la trilogía y me temo que hubiera caído en alguno de los errores de interpretación que comentas. Con esta guía creo que la lectura será más provechosa.

Cordial saludo.

Anónimo dijo...

Claus y Lucas...tienen las mismas letras, puedes escribir tanto un nombre como el otro....despues aparece Klaus...un indicio, todo irreal ?

Muy buena tu nota. Gracias

Lahierbaroja dijo...

Precisamente acabo de terminar el libro, y me ha encantado tu reseña. Lo que no sé es cómo voy a poder escribir la mía.

Coincido contigo en todo. Había oído hablar mal de la tercera parte pero la verdad es que no ha sido como me la esperaba.

En definitiva, si tuviera que explicar esta novela con una sola palabra sería "aplastante".

Y no me cansaré de recomendarla, porque es muy buena. Sólo con esa perfecta primera parte ya merece ser leída.

Saludos.

Johan dijo...

Seré de los pocos que ha disfrutado enormemente con la segunda y tercera parte.

Es facil caer en lo facil y decir que solo la primera parte es la que merece la pena como he llegado a leer por la red. Yo lo visualizo como una obra de teatro, tu puedes verla y disfrutar, pero la segunda y tercera parte te muestra las banbalinas detras del escenario, el making off, el croma verde detras de los efectos especiales.

Ya la cosa reside en si te gusta disfrutar del espectaculo o ver lo que hay detras realmente.

Portnoy dijo...

Buena observación, Johan. Pero es tan inmensa esa primera parte que no es extraño que algunos no puedan concebir unas contracontinuaciones que desmontan la primera parte.
Gracias por vuestros comentarios
Saludos

Pablo71 dijo...

Me parece que la primera parte es formidable, pero literatura formidable. En cambio la segunda y tercera partes parecen tener vida real y son tan fuertes y terribles que conmueven hasta las lágrimas y esto se debe a que tienen la crudeza de mostrar la maldad, la guerra, la soledad, pero las reales, no las de libro si no las de la vida misma, las que suceden a diario en el mundo, generalmente en forma anónima. Excelente libro.

Gonzalo Toledo Albornoz dijo...

Buenísimo artículo, lo comparto con amigos que hemos disfrutado mucho de esta triste lectura.

Portnoy dijo...

Gracias

Perla dijo...

Es la tercera parte, mucho más difícil y enrevesada que las anteriores, la que convierte este libro en único y te obliga a replantearte todo lo anterior. Y eso es gracias al enorme talento de la autora para manejar una estructura de rompecabezas en la que todo va encajando.
Muchas reseñas, incluso la propia sinopsis de la editorial, describen esta obra como "una fábula sobre las consecuencias de la guerra", o, estúpidamente, "una mirada al mundo con ojos de niño malo", pero es mucho más que eso, y nos vamos dando cuenta a medida que avanzamos en la lectura (aunque es cierto que el ritmo se detiene bastante en esa segunda parte más aburrida, aunque también, como constataremos al final, necesaria para entenderlo todo). La narración trasciende la pura trama y se convierte en un brillante e inteligentísimo ejercicio metaliterario, donde las identidades se confunden, las voces del discurso cambian, se alternan o viajan del pasado al presente confundiéndonos, engañándonos, haciéndonos dudar hasta el final de quién escribe y sobre quién, y, ante todo, mostrándonos el absoluto poder de la escritura como instrumento que vincula la identidad y la experiencia.

Portnoy dijo...

Excelente apreciación, Perla.
Un saludo y gracias por tu comentario.

Acacio Puig dijo...

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Portnoy dijo...

Gracias por el enlace