25/2/10

La Carretera, de John Hillcoat y La Cinta Blanca, de Michael Haneke

La Carretera (John Hillcoat) y La Cinta Blanca (Michael Haneke) tienen en común que ambas exploran la naturaleza malvada de la humanidad. Las diferencia la forma. Y las intenciones. Mientras que La Carretera lo hace de forma convencional, Haneke, como siempre, busca remover las conciencias bienpensantes (¿he dicho burguesas?). No sé si será muy exagerado, pero veo a Haneke como el equivalente cinematográfico de Bernhard, dos autores capaces de incomodar tanto por los temas como por las formas que emplean. Ambos parecen sostener un enfrentamiento con sus espectadores-lectores. Y eso a pesar de que La Cinta Blanca sea en principio la menos beligerante película de Haneke. En esta ocasión recurre a una narración lineal, con voz en off, sin alardes cinematográficos, obviando casi completamente la violencia, incluso la que queda fuera de campo, marca personal del cineasta.



Se trata de una narración clásica y deja que sea ésta y los hechos que se ocultan tras lo que se cuenta lo que acabe perturbando al espectador. Las implicaciones de la película de Haneke van de lo particular a lo universal. Es cierto que se puede leer como la larvada irrupción del nazismo a causa de la férrea educación luterana, pero otros personajes de la función, aquellos en primera instancia aparentemente más liberales o progresistas, desmienten esa única lectura cuando queda en evidencia el poso de insana moral temible que ocultan. Incluso la neutral presencia del narrador, de quien siempre debemos dudar, es puesta en duda a causa de la ruindad que describe.



No hay solución para el ser humano, parece decirnos Haneke, esto es lo que somos, los personajes, yo (el narrador) y ustedes, los espectadores. Fundido en negro. Volved a casa a reflexionar.

La Carretera es todo lo contrario. Un relato complaciente y efectista que va de lo universal a lo particular a través de unas conclusiones carentes de lógica con las propuestas del propio relato, intentando que creamos que el camino que sigue es de lo particular a lo universal. La película, basada en la novela de Cormac McCarthy, muestra lo que queda del mundo tras un apocalipsis sin especificar en el que los seres humanos se han convertido en unos depredadores carnívoros intentando sobrevivir sin limitaciones morales.



El peregrinaje de un hombre junto a su hijo en busca de un imposible lugar mejor a través de un mundo devastado da lugar a una serie de preciosas fotografías de ruinas. Y, al final, brilla débilmente el sol y se atisba la posibilidad de un mundo esperanzador basado en la familia y la colaboración.
Según la teoría de McCarthy-Hillcoat la mayor parte de los espectadores de La Carretera, y estamos hablando de millones de personas, en la situación postapocaliptica descrita, sería capaz cada uno de ellos de matar al resto de las personas que están en la sala. Sin embargo lo que reciben no es el reflejo de su (nuestra) mezquindad sino un mensaje de esperanza, la recompensa (a cambio del dinero de la entrada) de saber que, a pesar de toda la maldad que encerramos, la bondad del ser humano perseverará.
Musiquilla de Cave-Ellis y a casa a sentirse agradecidos por ser como somos.




Es como si los estadounidenses (o los australianos, o los anglosajones, o, globalmente, todos cuantos estamos influenciados-infectados por la “cultura hollywoodiense”) careciesen de la experiencia de la maldad, como si ésta fuera algo ajeno, extranjero, algo que se pudiese combatir con la fuerza o con buenas intenciones. Por la otra parte, los austriacos (o los alemanes, o los centroeuropeos, o aquellos conscientes de la Historia de la humanidad) tienen una experiencia de primera mano de la maldad e, incluso, partícipes de la maquinaria que genera la maldad, cómplices o herederos de ésta. En cualquiera de los casos, como si fueran (¿fuéramos?) más conscientes de nuestra verdadera condición.
Pero siempre ocurre que los relatos morales que obligan a reflexionar sobre nuestra condición humana son más molestos y menos exitosos que aquellos cuentos de hadas en los que los héroes deben atravesar oscuros mundos hostiles (completamente falsos incluso en lo que quieren representar) hasta que el sol vuelve a brillar a fuerza de obstinación y bondad.

En el futuro postapocalíptico que nos aguarda, un día gris, encontraremos en la carretera a un niño. Sostendremos nuestras armas y diremos: “¿os acordáis de aquella película, The Road?, qué buena era, lástima que ya no hay cine, ni nada”. Luego nos comeremos al niño.

11 comentarios:

viktor kaplan dijo...

Esta entrada me ha gustado mucho porque es muy buena.

PD: Tengo que ver la de Haneke. Código desconocido era como un documental. También Bernhard es como un buen documental. Saludos.

José Montalvá dijo...

uf, creo que no estoy de acuerdo con la manera que tienes de simplificar la peli de hillcoat-mccarthy... creo que hay que desarmarse de sarcasmo para dejarse llevar por esa especie de mentira terminal... y no me parece nada hollywoodiense, a pesar de serlo; de la misma manera que el libro de mccarthy no me parece un best-seller, a pesar de serlo...

Portnoy dijo...

Gracias, Victor (¿cómo es el emoticón de estupefacto?)
En todo caso José habría que preguntarse porque la película es un blockbuster sin serlo y la novela un bestseller sin serlo. Por cierto, no he leído la novela: ¿Tiene el mismo final esperanzador?
Y sí, tienes razón, simplifico demasiado.
:-)
Un saludo y gracias por vuestros comentarios

José Montalvá dijo...

prometo meditar sobre las cosas que son sin serlo... a tu pregunta: la peli casi calca la novela paso a paso; por supuesto, el final es el mismo en ambas... en el cine se agradece, pues yo que soy muy sensible para estas cosas (hollywoodienses) no soportaba la imagen de ese infante tan solo en esa playa gris...

Estonetes dijo...

Blog muy ineresante. Te sigo y te enlazo.

viktor kaplan dijo...

es:tupé ƒ:-o

Fedeguico dijo...

Un artículo estupendo, como siempre. Pero no estoy de acuerdo: precisamente lo que no me convenció de la peli de Haneke es la visión tenebrosa, más allá del pesimismo, que exhibe. Estoy totalmente de acuerdo con la comparación que estableces entre él y Bernhard: yo también lo vi así. Y si hay algo que no me gusta de Bernhard es ese regodeo en la crítica, el odio a todo lo humano, su forma de restregarselo al espectador. No me gusta Haneke, y no me convence mucho de lo escrito por Bernhard, justo por lo que tiene de impostura, de afectación, esa pose de enfant terrible, de loco lúcido, de desvelador de mezquindades y debilidades. Por muy hollywoodiense que sea, prefiero ese rayo de sol. Después de Auschwitz ha brillado, ¿no? Aunque sea un poco, vaya. Seguimos siendo peligrosos, pero no somos las bestias sanguinarias (no siempre, o no todos) que tanto desprecian aquellos. Hay mucho de nosotros que vale la pena. El gesto escandalizado y ofendido del peor Bernhard y del Haneke de siempre me parece un tanto estúpido, o falso.

De La cinta blanca me quedo con la forma -sublime- y con una estructura narrativa prodigiosa, que aún nadie ha querido o ha podido analizar como es debido. ¿Te atreves?

Un abrazo, monstruo.

hishkatan dijo...

Me dispongo a ver la cinta blanca. Ya vi una parte pero ahora la voy a ver toda. Hasta donde ví me pareció excepcional.
La entrada es muy buena. Hace mucho que leo este blog y es muy bueno también.
Hace poco vi "El tiempo del lobo", que gira en torno a la misma cuestión. En "El tiempo del lobo" escasea la comida y los sobrevivientes de una crisis no especificada esperan a que llegue un tren salvador que los saque de aquel lugar en ruinas. A pesar de que la película es seca como una piedra Haneke se permite pinceladas de humanidad. Existe la maldad,la delación, el asesinato del más débil, el abuso de poder, el hombre como lobo del hombre, pero también la solidaridad, la organización que permite la ayuda mutua, los gestos de grandeza y la resistencia a pesar de todo. Ante la resignación del niño que se decide por el suicidio Haneke concluye con un final que no es ni esperanzador ni tampoco sardónico. Es apenas un punto de quiebre. Uno de los personajes, miembro del grupo de autoproclamados guardianes del orden (a quien Haneke se encarga de mostrar en su faceta autoritaria y vengativa), es sin embargo quien detiene al niño a punto de lanzarse al fuego para dejar de sufrir. Haneke no entrega un mensaje complaciente. No nos dice que el sol saldrá mañana pero tampoco que todo está perdido para siempre. Cierra la película con esa imagen, la del guardia conteniendo al niño suicida, junto a la gran fogata que bloquea el paso del tren. No nos obliga a aceptar que estamos perdidos, pero nos advierte que en las peores condiciones muchos de nosotros actuaríamos como bestias inhumanas. A pesar de todo, sugiere, vale la pena seguir aguardando el tren que nos saque de la oscuridad.

Horacio Muñoz Fernández dijo...

El film de Hilcoat sigue el libro de Maccarthy en la trama pero se distancia en lo más importante que es la forma del escritor americano , su escritura seca , cortante, austera , no está por ninguna parte en el film.

Portnoy dijo...

Tal vez hubiese sido más pertinente comparar La carretera con La hora del lobo... pero igual perdía la película estadounidense.
De todas formas tienes razón en lo que dices, hishkatan.
Analizar la estructura de La cinta blanca sería un ejercicio titánico. La cinta blanca es estructura. Quizás algún día lo intente Fedeguico.
Se sustituye la narración seca y cortante por estampas efectistas... y claro, no acaba de cuajar.
De todas formas lo que vemos es las contradictorias actitudes que genera Haneke en sus espectadores. Veo La cinta blanca la película formalmente más amable con el espectador de las que he visto de él... aunque no temáticamente. Recurrir a una narración más o menos clásica me parece sintomático de las intenciones del director, de su deseo de no enemistarse en primera instancia con el espectador. Vamos, como si te insultase con educación.
Lo que veo en común a Haneke con Bernhard es sobre todo la necesidad de que su mensaje no sea fácil para el receptor, que deba esforzarse y desentrañar el significado.
(Aunque no venga a cuento yo sigo pensando que significa la muerte del hombre en Caché, no acabo de encontrarle lógica narrativa, más allá de la necesidad de joder al protagonista, como si todo fuese una mascarada)
En fin, muchas gracias por vuestros interesantes comentarios. Un saludo

José Manuel López dijo...

No he visto La cinta blanca. He leído el libro de McCarthy y visto la peli de Hillcoat. Muy de acuerdo con Horacio en que la desnudez hasta el hueso de la escritura de McC no tiene equivalente en su adaptación a la pantalla. Esa misma desnudez hace que el supuesto final feliz no lo sea. Una vez solventada la trama, McC termina con un párrafo purgado de toda esperanza. Es un final sin final porque en una tierra que ha sobrepasado su propio final no hay final posible. Cómo decirlo, toda la novela es tiempo vacío, muerto. Una novela poshistórica sin historia. Y por ello es desgarradora. Y por ello es una obra maestra, algo que la película, sin ser pésima, no es ni de cerca.
Un saludo, Portnoy