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20/12/09

Fin, de David Monteagudo

Reinventar el best-seller. O de cómo la narrativa de género se infiltra. O, al contrario, mucho mejor, de cómo la narrativa deja de menospreciar los géneros populares. O, quizás, de la hibridación como signo de nuestro tiempo (qué bien hubiese quedado aquí el cultismo zeitgeist). O, ¿hay géneros menospreciables, sea fantástico, misterio, terror, ciencia ficción… y géneros serios, apreciables de entrada por su esencia?

Digamos, que se puede decir, que de alguna manera se podría clasificar, que existe cierta tendencia a catalogar, o lo-que-sea que nos hace distinguir entre dos tipos de narrativa. Aquella que por su estructura y su forma nos produce (o pretende producir) un placer intelectual y que nos remite directamente, más que a lo qué se cuenta y a cómo se cuenta, al propio hecho de la escritura (todo esto considerando unas líneas generales y con límites más que discutibles… iba a decir que este tipo de narrativa remite en última instancia al propio autor, tan inevitable como el narrador, pero al final, a causa de esa indefinición de las propias fronteras, he preferido no mencionar, ya que en un análisis exhaustivo toda obra literaria nos lleva irremediablemente al su autor y sus circunstancias). Y aquella narrativa en la que prima lo que se cuenta sobre otras consideraciones extranarrativas (o metanarrativas o postmodernas o metaficcional o lo-que-sea)
Esta segunda categoría es la que provoca más controversias ya que lo que se cuenta (que radica en las fuentes de la realidad de cada autor, por tanto, contemporáneo), parece estar reñido con la forma en que se cuenta (siendo esta en muchas ocasiones deudora de la tradición clásica). Ahí tenemos a Murakami, Auster, Irving e, incluso (no se rasguen las vestiduras todavía) King.

Fin, de David Monteagudo pertenece al tipo de narrativa caracterizado por la hibridación de géneros y la preponderancia de lo que se cuenta sobre el estilo. Pero eso, a priori, no debería ser peyorativo. Fin es una excelente novela de misterio postapocalíptico, capaz de mantener la tensión argumental casi desde el principio. Y ese “casi” es la única pega que le pondría a la novela, porque, como ocurre en ocasiones, el planteamiento de Monteagudo sobre sus personajes le lleva a cierto condicionamiento que lastra de alguna manera la narración, por lo menos así me lo parece, en particular en los primeros capítulos de la novela.
Los personajes de Fin son banales. Y no me refiero a que estén mal descritos o que sean transcripciones de estereotipos. Son tan banales como lo puedo ser yo o cualquiera de nosotros. Monteagudo explota crudamente a sus personajes prosaicos, que hablan sobre todoterrenos, discuten con argumentos trillados sobre inmigración y arrastran sus fracasos sentimentales y familiares. Son personajes con los que cualquiera de nosotros es capaz de identificarse o reconocer en ellos a sus familiares, compañeros de trabajo o vecinos. Son tan banales y prosaicos como lo podemos ser nosotros en nuestra vida diaria. Esta característica de los personajes, que mediada la narración se muestra como una lección ejemplar, a mi entender lastra el inicio de la narración, demorando innecesariamente el detonante (literal) de la acción. La presentación de los personajes se convierte, por la trivialidad de estos, en algo que difiere el inicio, confundiendo al lector hasta que descubre la ruptura estilística que Monteagudo propone: La transformación de una novela realista en una historia de misterio y supervivencia.
Tal vez este efecto se prolongue demasiado. Es una opinión personal.
Una vez las cosas en su sitio, la narración fluye salvajemente absorbiendo la atención del lector hasta el final (en cuanto que ya no hay nada más escrito) La banalidad deja paso a lo extraordinario sin que los personajes abandonen su prosaicismo. Lo recurrente del género es que, enfrentados a circunstancias extremas, los personajes devengan héroes. Pero nada de eso hay en Fin, no hay nada recurrente, nada concluyente en la novela de Monteagudo. La realidad, por mucho que nos sobrepase, nunca dejará que nos convirtamos en seres extraordinarios. Siempre seremos esos banales personajes capaces de fascinarse por la potencia de un motor de combustión.
¿Qué haremos cuando todos los símbolos de estatus social se desmoronen y devengan inservibles? Desaparecer. Qué si no.






Ah, sí… se me olvidaba. Esta entrada empezó categorizando la narrativa, como si hubiese dos tipos distintos que se opusieran, la que provoca placer intelectual y la que lo hace de forma emocional. Creo que no hace falta que diga que esta teoría no tiene ninguna validez. Como lectores sólo podemos contemplar una categoría posible, la de los libros que nos gustan, que nos conmueven, que nos perturban, por la causa que sea.
Fin, de David Monteagudo, me gustó, disfruté, me absorbió, la devoré en dos días.
Lo demás son teorías.

7/3/07

Cortázar y el cuento como un cerdo apaleado

Estaba convencido que Julio Cortázar hablaba extensamente demostrando su admiración por Clarice Lispector en La vuelta al día en ochenta mundos o en Último Round... la verdad es que no he encontrado esos textos.
Me he dado cuenta, eso sí, de como pasamos por encima de las cosas, impregnándonos de ellas y, aparentemente olvidándolas.
En fin, debo escribir algo en torno a Silencio de Lispector, pero no sé de que forma abordar un comentario de un texto que demuestra, como lo hacía Beckett, la vacuidad de la comunicación, la importancia de las palabras y la posibilidad de una narrativa sin narratividad.
En breve, supongo (a no ser que estas cuatro tonterías me hagan sentir que ya he cumplido)
Encontre en uno de los más famosso textos de Cortázar un fragmento que descontextualizado es de una brutalidad que agradeceran los que, como yo, no pueden prescindir de los visceral:



Este tipo de cuentos que abruma las antologías del género recuerda la receta de Edward Lear para fabricar un pastel cuyo glorioso nombre he olvidado: Se toma un cerdo, se lo ata a una estaca y se le pega violentamente, mientras por otra parte se prepara con diversos ingredientes una masa cuya cocción sólo se interrumpe para seguir apaleando al cerdo. Si al cabo de tres días no se ha logrado que la masa y el cerdo formen un todo homogéneo, puede considerarse que el pastel es un fracaso, por lo cual se soltará al cerdo y se tirará la masa a la basura. Que es precisamente lo que hacemos con los cuentos donde no hay ósmosis, donde lo fantástico y lo habitual se yuxtaponen sin que nazca el pastel que esperábamos saborear estremecidamente.

El texto completo:
Del cuento breve y sus alrededores


Y un cuento de Clarice Lispector perteneciente a Silencio:
La partida del tren