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29/3/19

El pollo bailarín




No es la primera vez que este pollo aparece por aquí.


Lo utilicé en la narración sobre She's lost control, de Joy Division en la serie de 50 grandes éxitos publicados en la Revista Rosita.

Traigo el texto:

1978, She’s lost control, Joy Division

Quería contarte una cosa pero lo he olvidado completamente. Trataba sobre el futuro, sobre la ausencia de futuro. Y de cómo solo aquellos con una lucidez tormentosa son capaces de comprender que no vale la pena seguir adelante. El amor los desgarrará, pueden tener el espíritu necesario pero han perdido el sentimiento, se avergüenzan de ser cómo son, aislados, sintiendo que son extraños, que todos lo somos, y que eso genera violencia, almas muertas que no pueden recordar y a las que no les importa nada.

Escuchó la voz que le decía cuándo y dónde actuar, pero perdió el control.

Live fast, die young, leave a good-looking corpse, dijo la voz de John Derek, llamad a cualquier puerta del vecindario, dijo Humphrey Bogart, pero también dijo que si Derek era inocente, esa era la primera vez. Vive rápido, muere joven: No hay futuro. No hay inocencia.

Caminó por el filo del abismo. No había vuelta atrás. Joy Division se formó tras un concierto de los Sex Pistols, porque estos habían desvelado la gran estafa del rock’n’roll. La música no importa. El rock es cuestión de actitud. Y Curtis tenía a Kafka, a Burroughs, un montón de camisas oscuras y su epilepsia. Tenía actitud, amiguito. Y graves problemas. El principal de ellos es que si no hay futuro solo te queda el presente. Y el presente es un pollo que baila cuando introduces una moneda en la máquina. El presente es una chica que se desploma delante tuyo sufriendo un ataque epiléptico. El presente es la ausencia de alguien que te recuerde que no es para cualquiera. NO PARA CUALQUIERA. Y piensas que no eres cualquiera, pero bailas como un pollo descabezado por una moneda y descubres que la chica murió poco después y esa, esa, no otra, es la inequívoca señal que anuncia la ausencia de futuro. Ella perdió el control y piensa cuándo lo perderá él. En el escenario, bajo los focos ardientes y cegadores, entre la insistencia rítmica. Perdió el control de nuevo.

Reveló los secretos de su pasado antes de volver a perder el control, porque si no hay futuro y el presente es insatisfactorio el pasado no tiene importancia. Aferrándose a los transeúntes que, sorprendidos, ven la confusión en sus ojos. No se preocupe, sólo ha vuelto a perder el control. Si es que alguna vez lo tuvo. Quizás sí, quizás no. Lo que tenían eran limitaciones. Entonces actitud. Lúgubre, siniestro, oscuro, repetitivamente obsesivo, críptico, simple en su complejidad. Una actitud que conduce al abismo y de la que no hay regreso. Una actitud que divide, escinde, hiende y rompe. Una actitud que precisa medicación y a Ballard y Burroughs y Kafka. ¿Lo último que leyó?

Quería contarte algo que no era para nada lo que estoy contando. Pero una cosa lleva a otra y otra a otra y esa otra a otra distinta y al final parece que no hay relación pero todo esta encadenado aunque no sea capaz de explicártelo. Y era que no hay futuro, y de ahí a la aceptación de que no hay futuro para llegar después a la falacia de que no hay futuro, pero esa será otra historia, la siguiente. Pero en esa ilación hay personas que desaparecen. Y no son hermosos cadáveres, sino ausencias del fulgor que nos deslumbró.

Al final no queda más que un estribillo. El amor nos destrozará.

Se expresó de muchas maneras distintas y bebió café y whisky y caminó por filo del abismo y lo último que vio antes de perder el control fue un pollo bailando. Se vio a si mismo en un futuro imposible.

1978: She's Lost Control, de Joy Division, por J. Avilés en Revista Rosita


Dicen que la última película que vio Curtis, el mismo día, antes de morir, fue Stroszek de Werner Herzog. Y la última escena de la película contiene el fragmento del pollo bailarín.
Lo que ocurre es que hace poco he leído que para que esa atracción funcione, para que el pollo baile, la plataforma sobre la que se coloca el pollo está electrificada, lo que hace que el animal levante las patas intentando inútilmente librarse de las descargas eléctricas.
Cruel.
Lo que ocurre es que no logro recordar dónde he leído eso.
(Quizás fuese en American Gods, pero como me parece una banalidad de novela no la incluyo en mi búsqueda)
Repaso El arte del puzle sin resultados. Como tuve que consultarla para la reseña de la novela de Pérez Álvarez busco también en La vida instrucciones de uso de Perec. Nada. En 8:38 de Luis Rodríguez tampoco.

Quiero entonces que la revelación del mecanismo de la atracción de feria me haya sido dada por Saul Bellow en El legado de Humbold. Pero no aparece ningún pollo ni gallina en la novela. Pero quiero que sea Bellow. No en vano tiene una novela que se llama Herzog y Werner Herzog es el director de la película en la que aparece el pollo. La última película que vio Ian Curtis.

A fin de cuentas todos bailamos sobre una plataforma electrificada, sin poder de decisión.
Hasta que decidimos que ya tenemos bastante.



24/3/19

El arte del puzle, de José María Pérez Álvarez

Para qué demonios (…) sirve un puzle si no se desmonta y se monta y se desmonta y se monta y. Porque es preferible un puzle que uno no sabe armar a otro que nadie intenta reconstruir y”.
Gaspard Winckler, Le Magazine Littéraire, 1967.

Gaspard Winckler es un personaje de una novela de Perec, La vida instrucciones de uso, resucitado por José María Pérez Álvarez para su novela El arte del puzle. Aunque el hecho de que el personaje muriese en la novela de Perec junto a que algunos detalles de la vida de Winckler no sea coincidente en la novela de Pérez, hace que dudemos de si se trata del mismo personaje. Aunque ambos tienen en común que son constructores de puzles.
Pero, sea como sea, el personaje que salta de una novela a otra no es más que una pieza más en el puzle que propone Pérez.


Al principio el arte del puzzle parece un arte breve, un arte de poca entidad, contenido todo él en una elemental enseñanza de la Gestalttheorie: el objeto considerado —ya se trate de un acto de percepción, un aprendizaje, un sistema fisiológico o, en el caso que nos ocupa, un puzzle de madera— no es una suma de elementos que haya que aislar y analizar primero, sino un conjunto, es decir una forma, una estructura: el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos: el conocimiento del todo y de sus leyes, del conjunto y su estructura, no se puede deducir del conocimiento separado de las partes que lo componen: esto significa que podemos estar mirando una pieza de un puzzle tres días seguidos y creer que lo sabemos todo sobre su configuración y su color, sin haber progresado lo más mínimo: sólo cuenta la posibilidad de relacionar esta pieza con otras (…) considerada aisladamente una pieza de un puzzle no quiere decir nada; es tan sólo pregunta imposible, reto opaco (...)”
La vida instrucciones de uso, George Perec.

Pongamos que el Winckler que se relaciona con otra de las piezas-personajes, Ana Álvarez, puede ser el personaje de Perec. Pero el Winckler de la novela de Pérez no puede ser el personaje de la novela de Perec:

Hace veinte años, en mil novecientos cincuenta y cinco, acabó Winckler, tal como estaba previsto, el último puzzle que le había encargado Bartlebooth. Todo hace suponer que el contrato que había firmado con el multimillonario incluía una cláusula explícita que estipulaba que nunca más volvería a fabricar ningún puzzle, aunque, de todos modos, se puede pensar que no le habían quedado ganas de hacerlos”.
La vida instrucciones de uso, George Perec.

Yo ya me entiendo.

Puzles y Perec son los elementos emocionales-narrativos que emplea Pérez. Pero como puede comprenderse por todas las citas acumuladas hasta ahora, que no hacen más que dilatar lo que quisiera decir, las propuestas oulipianas inherentes a la estructura de El arte del puzle hacen que esta novela sea aparentemente sencilla (piezas de puzle) y tremendamente compleja (panorama completo tras la construcción)
(O quizás sea al revés, compleja-piezas, sencilla-cuadro)

Lo que nos propone José María Pérez Álvarez es desmontar una historia compleja en una sucesión de escenas en principio aparentemente inconexas, distribuidas temporalmente de forma aleatoria, de forma que esas escenas pueden subdividirse a su vez en pequeños grupos de escenas en los que predomina un tipo u otro de narrador o de modo de narración, para que una vez acabada la novela cada lector pueda tener una panorámica general de la historia.

No voy a explicar qué cuenta El arte del puzle. Pero puedo asegurar que la inmersión histórica y sicológica en unos años oscuros de la historia de España, los últimos años del franquismo (y también posteriores) con toda la parafernalia casposa y mortecinamente triste con que se adornaba el régimen (y que en cierta manera constituía la “cultura” de la época) es demoledora y sitúa perfectamente a los personajes y sus condicionamientos sociales.
No voy a decir nada más para recomendar esta novela porque ya sabéis, si habéis leído otras entradas del blog referidas a novelas del autor, que lo que siento por José María Pérez Álvarez es una sincera admiración.

Y llegamos a lo que quería decir.
¿Cómo es posible que en este país se premien mediocridades, se publiciten novelas insignificantes, se alaben encargos editoriales afrontados con una apatía que resulta insultante para el lector, se tengan en podios de excelsitud a autores que no han escrito nada relevante en los últimos treinta años, se de cancha a todos aquellos que han aceptado que lo “normal” es lo que el público lector quiere y necesita, se permita que las editoriales consideren que lo insulso y convencional es lo que debe ser publicado...?

Pues, la verdad, no entiendo cómo todo esto, y algunas cosas más, no solo sea posible sino que vertebre lo que se considera “cultura”.

En una realidad en la que todas estas aberraciones son posibles ocurre que José María Pérez Álvarez, un gran escritor, es relegado a ser prácticamente un desconocido.
Un desconocido que escribe unas novelas que merecerían todos los premios y alabanzas posibles.



Los fragmentos de La vie mode d’emploi de Georges Perec de la traducción de Josep Escué para Ed. Anagrama.

20/4/18

La soledad de las vocales, de José María Pérez Álvarez

Letanía.
Una letanía desesperada que anuncia que no hay futuro gritando que tampoco hay pasado.
Una letanía que enumera nadadoras y botellas.
Ora pro nobis, inquilino de la 9.
Ora pro nobis, cristo herrumbroso de sangre fundente.
Ora pro nobis, franz dertod, tuè par les allemands.
Una letanía de pérdidas y de ficciones perdidas.

Podría intentar hacer una especie de sinopsis de La soledad de las vocales, pero sería traicionar su esencia. Podría, incluso enumerar alguna otra novela en la que de forma más o menos tangencial se propone un escenario similar. Podría, entonces, comparar esas novelas con la de J. M. Pérez y destacar los puntos esenciales de divergencia. Podría, sí, pero eso implicaría poner en la misma página a otros escritores, escritoras y a otras novelas que, pienso, no merecen figurar junto a la de J. M. Pérez.

Volvemos pues al tema de siempre. La narrativa española vigente, mainstream, difundida por los principales, prepotentes, grupos editoriales (y de opinión) en oposición a la Literatura.
La conclusión (estadística) es que la Literatura no interesa.

Si la Literatura interesase (y ya no me refiero a cuestiones estadísticas) La soledad de las vocales, Nembrot, José María Pérez Álvarez, serían nombres que aparecerían asociados a un análisis de la Literatura contemporánea española.
Pero lo único que interesa es la narrativa. Y puesto que los grandes grupos insisten en copar el mercado de narrativa inane, cuando se supone, como parte principal del contrato, que las editoriales velan por la calidad y excelencia de lo que publican, se confunde narrativa con Literatura.
Y así vamos tirando.
Y los días pasan, y los meses y los años y la vida.
Y los nombres se olvidan.
Y las novelas caducan.

La soledad de las vocales es Literatura.
Pero lo curioso del caso es la gran habilidad que tiene J. M. Pérez para crear una obra Literaria de forma tan natural y directa, sin excesos, apelando a la atención lectora pero acompañándonos en la lectura. Creemos estar leyendo una novela cuando en realidad el autor nos coloca en el banco de un parque a escuchar la incesante letanía alcohólica del inquilino de la habitación 9 de la pensión lausana. Nos sitúa entre la incomodidad y el interés, entre el desasosiego y la empatía, en la tesitura de elegir entre la indiferencia, o el desprecio, hacia el narrador, por ser quien es, y la curiosidad por su historia, que remolonea en torno a unas cuantas obsesiones. O nos levantamos del banco o nos quedamos a escuchar. Y aunque lo que escuchamos no parece ser gran cosa, el lamento fervoroso de un perdedor, el grito pronunciado en soledad, lo que importa, lo que verdaderamente importa en estos casos, es la voz cautivadora del desahuciado, el canto de la sirena que te arrastra al interior del libro y te consume. Eso que raramente encontramos y que se suele denominar Literatura.

Levantarse del banco sería un gran error.

26/2/18

Nembrot (Transmigraciones y máscaras), de José María Pérez Álvarez.

«Raphel maí amech zabí aalmos»,
a gritar comenzó la fiera boca,
en la que no encajaban otros
salmos.

Y mi guía le dijo: «¡Ánima loca,
coge el cuerno y tocándolo desfoga
la furia o la pasión que así te toca!

Búscate el cuello y hallarás la soga
con que está atado, oh ánima confusa,
y que a tu enorme pecho casi ahoga».

Después me dijo: «A sí mismo se acusa:
éste es Nemrod(*), por cuya idea insana
en el mundo un lenguaje no se usa.

Déjale, porque hablarle es cosa vana:
que, igual que nadie entiende su lenguaje,
no comprende ninguna lengua humana».

Divina Commedia, de Dante Alighieri; en traducción de Ángel Crespo para Galaxia Gutemberg.

(*) En el original: Elli stessi s’accusa; / questi è Nembrotto per lo cui mal coto / pur un linguaggio nel mondo non s’usa.

Nemrod, Nembrotto, Nimrod, Nembrot, el "osado cazador delante del Señor", primer monarca de la humanidad, el primero en usar corona, el constructor de la torre de Babel.
El de varios heterónimos.
Aquel del que nadie entiende su lenguaje.

1 Un poco de ficción:

Tras la muerte de Xavier Uribe, cuya participación en el encuentro de Escritores de Literatura Popular de Barcelona se había anunciado, donde, como dijo “durante una semana debatiremos qué significa literatura popular, abstrusa locución donde cabemos Lafuente Estefanía, Pérez y Pérez, hay que echarle pelotas para dedicarse a escribir con ese pleonasmo congénito, Corín Tellado, Pérez Galdós, García Márquez y Xavier Uribe”, se encontraron en su piso de la calle Tomás Alonso de Vigo, arrinconados tras la puerta, como si alguien hubiese tenido la intención de llevárselos y luego lo olvidase, una serie de objetos que paso a enumerar:
Una botella de licor de café.
Una bolsa conteniendo los restos carbonizados (los libros no son fáciles de quemar, creedme) de las 74 novelas de Uribe.
La correspondencia remitida por Pedro Oliver a un tal Ernesto Jorge Bralt Cosío a la dirección del finado Uribe. Al estar incompleta, faltando las respuestas de Bralt a Oliver, no se puede colegir gran cosa, pero arroja ciertas sombras a la autoría de las novelas de Uribe.
Unos juguetes de niño, incongruentes con la soltería del escritor.
El mecanoscrito de una novela titulada Nembrot.





2 Demasiada realidad:
Nadie recuerda Nembrot, la novela de José María Pérez Álvarez, quizás porque hay que echarle pelotas para dedicarse a escribir con esa aliteración congénita. Nadie recuerda Nembrot porque la Realidad sepulta con su discurso monocorde cualquier expresión artística que no forme parte del sistema o no cree un peculiar y efímero escándalo. En su momento, Juan Goytisolo y algunos de los mejores críticos literarios alabaron la consistencia narrativa de la novela.
Pero la Realidad es un tremendo rodillo que aplasta todo cuanto encuentra a su paso.
Ya lo dije no hace mucho, lo que mayoritariamente se publica en España son novelas que no son nada. Son novelas en las que lo único que importa es el nombre y el apellido y cuyo contenido parece que ningún editor está dispuesto a cuestionar. La narrativa española es un producto de mercado donde lo único que importa es la marca.
Y fuera de ese mercado los escritores están condenados al olvido.





3 Reseña
Apuntad:
Nembrot es la mejor novela española que he leído desde La saga/fuga de J.B.


No únicamente porque en la novela de José María Pérez Álvarez se mencione a la de Torrente Ballester, a través de un Mondoñedo irreal cuya consistencia se debe a Álvaro Cunqueiro, ni porque tenga ciertas concomitancias con ella, como la tiene por otra parte con las de Cunqueiro o con el Rayuela de Cortázar.
Es la mejor novela española que he leído en años por su narrativa contundente que no se pliega a la comodidad del lector; porque su léxico y su fraseología no renuncia a la rica tradición clásica, al tiempo que con esos elementos elabora un constructo moderno; porque su estructura no lineal, acaso circular, acaso como una O o como una O escrita de forma que no llega a cerrarse, esta configurada de forma que a través de distintos episodios no ordenados temporalmente podamos comprender, y sorprendemos con ello, las personalidades de los distintos personajes, sobre todo de los principales; porque a pesar de esas características, o, más bien, a pesar de lo que podáis pensar después de que las haya destacado, la lectura de Nembrot, sin dejar de ser exigente, es cómoda y satisfactoria; y porque Nembrot apela a la complicidad del lector dejando a la vista los trucos y las referencias al tiempo que le sumerge en una historia interesante y no exenta de misterio.

Nembrot habla del amor y la amistad y la impostura y los heterónimos y la muerte y la literatura. Es absoluta literatura. Por eso nadie habla de ella.

Déjale, porque hablarle es cosa vana: que, igual que nadie entiende su lenguaje, no comprende ninguna lengua humana