19/5/14

La familia de León Roch, de Benito Pérez Galdós

El médico habló de congestión cerebral... El caso era grave... Se despachó al punto un propio a Madrid llamando a uno de los primeros facultativos de la capital. El del pueblo hizo poco después mejores augurios. María volvió en sí, respirando ya con desahogo. ¡Si todo hubiera sido un síncope!... pero no era simple desmayo, porque María al volver en sí deliraba, no se hacía cargo de lugares ni personas, no se daba cuenta de cosa alguna, no conocía a nadie, ni aun a su esposo.
Después de un poco de desorden nervioso cayó en profundo sueño. Era indispensable el reposo, un reposo perfecto. El médico escribió varias recetas y ordenó un tratamiento perentorio, aplicaciones, revulsivos.
-Ahora -dijo-, dejadla en reposo absoluto. Parece que no hay peligro por el momento. No se haga en este cuarto ni en los inmediatos el más ligero ruido. Mejor está sola que con mucha compañía.
(…)
-Bien, muy bien. Pues si usted quiere que María no muera -dijo Moreno poniéndole la mano en el hombro-, es preciso calmar en ella la irritación producida por los celos, harto fundados, por desgracia; es preciso que su espíritu, terriblemente desconcertado, vuelva a su normal asiento. Cada vida tiene su ritmo, con el cual marcha ordenada, pacíficamente. Un trastorno brusco y radical de ese ritmo puede ocasionar males muy graves y la pérdida de la misma vida. El ejemplo le tenemos muy cerca. Apresurémonos, pues, a devolver a ese organismo tan pronto y tan hábilmente como sea posible el compás que ha perdido, y triunfaremos de la espantosa revolución del sistema nervioso que afecta y destroza la región cerebral. Es urgente que desaparezcan los celos en la medida posible, para que entrando los sentimientos de la enferma en un período de calma, recobre toda la máquina su saludable marcha. Es preciso que las escenas que originaron su mal se borren de su mente. Si vive, tiempo hay de que sepa la verdad. Es necesario que no se reproduzcan ni la cólera ni el despecho, haciéndole creer que no ha pasado nada; y sobre todo, amigo mío, es urgentísimo tratarla como a los niños enfermos, dándole todo lo que pida y satisfaciendo todos sus caprichos, siempre que estos pertenezcan al orden de los entretenimientos. Su mujer de usted, bien lo conozco, pedirá amor y devoción: en ninguno de estos apetitos hay que ponerle tasa.

Sobre la enfermedad del personaje de Galdós y la relación de La familia de León Roch con Cumbres borrascosas y Madame Bovary es interesante el siguiente artículo:
El personaje de María Sudre en La familia de León Roch de Galdós. Literatura y Medicina en el siglo XIX; Bienvenido Morros Mestres, Universidad Autónoma de Barcelona



Pero los tiempos no son para esto; aunque, bien mirado, maleficios hay y arte de gitanos, si bien de otra suerte que en lo antiguo. El afán de María era pertenecer a todas las asociaciones piadosas, fueran o no de índole caritativa. Era, con preferencia a todo, lo que en la jerga mojigata se llama josefina o sea, individuo de la asociación de San José, cuyo objeto es rogar por el Papa, y que cuenta en su seno con personas muy respetables, dicho sea esto para que no se entienda como mofa, ni mucho menos, la mención hecha. A otras juntas y a muchas cofradías pertenecía también. Casi todas estas sociedades tienen hoy sus periódicos, creados con el fin de establecer sólida alianza entre los socios o cofrades y ofrecer una lectura altamente recreativa, a veces enormemente cómica, dicho sea también con el respeto debido. Para María no la había más sabrosa ni edificante, y se recreaba largas horas con las anécdotas (¡qué lástima no poder copiar algunas!), con las oraciones y, por último, con la parte que podría llamarse místico-farmacéutica, que es una lista mensual de todas las curaciones hechas con las obleas y las mantecas pasadas por el famoso perolito de Sevilla, prodigios que se dejan muy atrás los milagros de Holloway y de ciertos específicos. María guardaba siempre en su poder porción cumplida de obleas y mantecas pasadas por el perolito para atender a las enfermedades de sus deudos y amigos, segura del éxito siempre que estos tomasen la medicina con fe. La especulación del perolito no podría existir en ningún país donde hubiera sentido común y policía.

Sobre el Perolito de Sevilla: La Ciencia contra La Manteca; Fco. Javier S.A., El cajón de los misterios. 





Publicada en 1878, dos años después de Doña Perfecta, La familia de León Roch no puede considerarse una novela primeriza de su autor, que ya había escrito toda la primera serie de los Episodios Nacionales y estaba a punto de terminar la segunda. Es decir, llevaba publicada una veintena de novelas y alguna obra de teatro cuando nos mostró el enfrentamiento de León Roch con el recalcitrante extremismo católico y la hipocresía social.
¿Por qué hago hincapié es este aspecto? Pues porque en cierta manera me da la sensación que esta novela es una parodia de sí misma. Folletín excesivamente melodramático en lo que a comportamientos se refiere, con un importante trasfondo social, uno de cuyos aspectos, la intransigencia religiosa, ya había tratado de forma magistral en Doña Perfecta.
La composición de personajes, el lenguaje que emplean y, sobre todo, la forma en que va introduciéndolos en la historia, lo que demuestra un gran dominio de la estructura narrativa, son elementos habituales de las novelas de este gran escritor, Galdós, considerado el máximo representante del Realismo literario español.
Pero esta no es una novela Realista. Más bien Hiperrealista.
Excepto León Roch, el resto de los personajes, sobre todos los antagonistas del principal, son desmesurados y en cierto modo caricaturas de una sociedad aquejada de una aguda hipocresía moral. De ahí el aspecto folletinesco del relato que propone Galdós. En Doña Perfecta ya abordó el tema de la intransigencia y la doble moral pero es, en su resolución, quizás demasiado realista. 
Supongamos, no he investigado en profundidad el tema, que el trágico final de Doña Perfecta y la impunidad de la intolerante protagonista no satisficiese a sus lectores. Supongamos de nuevo que Galdós quiso dar una nueva vuelta de tuerca a su tesis sin que la lógica “real” afectase al argumento. Esta lógica que apunta a que los intransigentes, a su vez pertenecientes a las clases altas, siempre salen vencedores. Para eso debió saltarse algunas de las normas del Realismo y convertir su historia en un desmesurado melodrama para poder esbozar un remedo de final feliz o, al menos, un final no trágico de acorde a la realidad vigente.
A pesar de la exageración que acompaña a La familia de León Roch y su aspecto de folletín, es una novela muy, pero muy recomendable. 
Lo peor es la reflexión que provoca en nosotros, lectores de esta novela dos siglos después, cuando podemos constatar que el enfrentamiento social que describe Galdós no se ha mitigado con el paso del tiempo, que esa lucha entre la más rancia clase social, que detenta el poder económico y se cree poseedora de la Verdad amparándose en sus creencias religiosas, y aquella que se apoya no tanto en la Razón, que parece un término en desuso, sino en cierta moral humanista y universal (y que ve su posibilidad de acción compelida y limitada por los mismos principios que defienden) sigue aún vigente.
Eso es Realismo.