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19/7/14

La experiencia dramática, de Sergio Chejfec



Y que si algo lo seguía vinculando al mundo no era una línea de tiempo ni un trazo de hechos ordenados de un modo más o menos cronológico o convencional, tampoco psicológico o sentimental, sino que el vínculo estaba dado por una mezcla, un “mix” dijo, entre lugares verificables en la geografía y momentos específicos del pasado, convertidos en acontecimientos concentrados en la memoria, como si fueran puntos de la conciencia instalados en algo que llamaba la “nube”.


Ya comenté a propósito de Mis dos mundos que la novela se transformaba en un paseo por una zona literaria brumosa en la que todo hilo narrativo, temporal y espacial aparece truncado. Chejfec insiste en esa idea en La experiencia dramática, pero en esta ocasión personaliza mucho más a sus personajes caminantes que deambulan por una indefinida, no es ninguna en concreto y puede serlo todas, ciudad. 
Me aferro a esta idea de “personalización” porque es la única que puede dar un sentido a lo que pretendo decir. Y antes de empezar quiero dejar bien claro, por si esta reseña se me escapa de las manos y se va por derroteros imprevisibles que creo que Sergio Chejfec es uno de los autores en español más interesantes que podemos leer y La experiencia dramática una excelente novela.

Apunta Jonathan Culler como un tema clave en la teoría literaria la duda de si los discursos representan identidades que existen previamente o sí, por el contrario, las producen.  
En este sentido habría que preguntarse qué tipo de individuo-identidad está produciendo la narrativa contemporánea a través de sus personajes o bien, hasta que punto éstos reflejan los condicionamientos que la sociedad nos imponen.

En La experiencia dramática tenemos a dos personajes, Félix y Rose, que suelen citarse en un café para después deambular por las calles de una ciudad. En su paseo importa tanto lo que se dicen como aquello que callan, y más de que manera sus pensamientos van en direcciones aleatorias mientras caminan y hablan (o callan). Para desenredar esa madeja de conversaciones y divagaciones Chefjec debe imponer un narrador omnisciente cuya naturaleza lleva implícita cierta aureola demiúrgica. No en vano la novela se inicia con una reflexión de Félix en torno a una homilía en la que el párroco llegó a afirmar que “Dios es como Google Maps”: “(…) Dios funcionaba como los mapas digitales, pero mejor, porque no estaba reducido a la representación visual y sus distintas modalidades (…) estaba en condiciones de abarcar literalmente todo, desde las voces y sonidos en el aire hasta los sentimientos más inconfesables, de un modo tal que podía prescindir de la visualización (…)

En cierta manera, ese mismo atributo pertenece al escritor. Y a eso se dedica el narrador a lo largo de La experiencia dramática focalizando su “poder” en Félix y Rose. Mientras caminan por la ciudad, la geografía urbana condiciona la deriva de sus pensamientos y conversaciones. Rose se muestra preocupada por un ejercicio que le han impuesto en su clases de actuación, representar una “experiencia dramática” que hayan vivido frente al resto de la clase. Cada intento de recordar una experiencia de ese tipo que crea conveniente mostrar frente a los demás la lleva inevitablemente a la convivencia con su marido. El marido de Rose es el tercer personaje de la novela y aunque su presencia es invocada siempre a través de Rose y Félix, su existencia determina el comportamiento de ambos, hasta tal punto que la “experiencia dramática” del personaje ausente supera en cierta manera aquellas que Rose y Félix son capaces de asumir (o confesar) como propias.

Entonces en la página 86 ocurre algo que me desconcierta. Un error que se repite un par de veces más a lo largo del texto lleva a que al marido de Rose se le denomine “el marido de B.”




Asumo que en un primer borrador o como “work in progress” Félix y Rose eran denominados A y B, lo cual los reducía a puntos en un mapa y llegar de A a B, que están juntos a lo largo de la novela, un ejercicio geográfico cuya condición es pasar por C, el marido de B. 
Pero reducir la novela a un ejercicio topográfico o, si se quiere, a una fórmula matemática, cuando ésta habla precisamente de las “experiencias dramáticas” (y de nuestra reticencia pudorosa a plasmarlas) llevaría a una paradoja que, aunque narrativamente interesante, minimizaría ninguneándolos a los personajes.
Chefjec es un demiurgo bondadoso. Se resiste a aceptar una de las premisas de la pregunta de Cullen. No puede ni quiere aceptar que la función del narrador sea “representan identidades que existen previamente”. A y B, como denominaciones, anula en cierta manera a los personajes, los cosifica, pero también, como representación de identidades, reduce al lector a un mero punto en el mapa, a una posibilidad que también puede ser representada puntualmente. Chefjec prefiere sus personajes produzcan identidades que nos definan nuevamente dentro de una sociedad que anula la personalidad, prefiere que “sean” Félix y Rose y, por supuesto, prefiere que “sea” el lector. 

25/10/09

Mis dos mundos, de Sergio Chejfec

Detuve la lectura de la novela para ajustar al horario de invierno los relojes de casa. Así es nuestra relación con el tiempo, creemos controlarlo pero nos limitamos a medirlo de forma torpe y convencional.
Mis dos mundos, de Sergio Chejfec, trata sobre el tiempo y sobre la dirección de la mirada como un ente sólido y sobre la vergüenza de escribir y sobre la memoria.

El dolor verdadero es un sentimiento prestado, asignado por el espectador cuando observa de cerca…


… el rostro de Félix. (*)

Ahora, sobre la toma aérea del parque de la ciudad brasileña se podría trazar la ruta descrita en Mis dos mundos:


En el lago puede verse la estela de los cisnes a pedales, lo cual me parece bastante siniestro.

Por supuesto que no puedo añadir nada a lo comentado por Enrique Vila-Matas en sus Relecturas en torno a Mis dos mundos.
Ni tampoco puedo criticar a quienes relacionan la novela de Chejfec con El paseo de Robert Walser.
Pero dice Walser:

Secreta y misteriosamente, siguen al paseante toda clase de hermosos y sutiles pensamientos de paseo, de tal modo que en medio de su celoso y atento caminar tiene que parar, detenerse y escuchar, que está cada vez más arrebatado y confundido por extrañas impresiones y por la hechicera fuerza del espíritu, y tiene la sensación de ir a hundirse de pronto en la tierra o de que ante sus ojos deslumbrados y confusos de pensador y poeta se abre un abismo.

Y sin embargo Mis dos mundos es característicamente opuesta a El paseo. Mis dos mundos es un paseo por una zona literaria brumosa en la que todo hilo narrativo, temporal y espacial se trunca ya que Chejfec no narra en el contexto espacio-temporal. Se puede decir, como una virtud, que no narra, que crea una atmósfera literaria en la que el lector camina como un sonámbulo impregnado de las palabras del autor:


Hoy son vapor y sombra, o apenas la mancha insegura de una presencia furtiva. Pese a su aparente inutilidad, los fantasmas me han servido para recargar mi deseo errabundo. En muchas ocasiones, como tengo dicho, siento que caminar carece de objeto, cuando estoy aturdido por el entorno me olvido también del motivo para hacerlo, pero los fantasmas me rescatan, un poco me despabilan porque con su presencia incierta me instalan en otro lugar, no sé cómo llamarlo, en una secuencia lateral de hechos.

Fantasmas y lateralidad. En estas condiciones no es de extrañar que en algunas ocasiones Mis dos mundos me haya recordado a algunos pasajes de Los inconsolables de Ishiguro y, sobre todo, fantasmas y brumas, a El año pasado a Marienbad.



Parques y jardines y calles y mercados, Brasil, Alemania y ahora y después. Fantasmas. de la memoria o la percepción y lugares concretos y definidos descritos con todos sus detalles. Reconozco en el mapa aéreo los lugares por los que camina el narrador de la novela.
Finalmente la escritura se descubre como motivo principal:

De tanto adoptar una actitud de escritor, había terminado siéndolo.

Ojalá fuese tan sencillo. Chefjec demuestra que no basta con adoptar una actitud, aunque él lo confiese así. La literatura es un concepto brumoso fuera del espacio y del tiempo. Conseguir plasmar esa esencia de lo literario está reservado a unos pocos.


(*) Personaje alter-ego de William Kentrigde, artista sudafricano mencionado en Mis dos mundos. La imagen pertenece a una de sus obras de animación, Stereoscope.