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27/8/08

El jardín de los siete crepúsculos, de Miquel de Palol

Esta novela, escrita originalmente en catalán y traducida al castellano por Celina Alegre para Anagrama, se estructura como una muñeca rusa de esas que contienen en su interior nuevas muñecas, que apenas se diferencian de la anterior en algunos detalles mínimos y, por supuesto, en su tamaño decreciente que desemboca en la última, diminuta, de ellas. El jardín de los siete crepúsculos es una sucesión de relatos que se encadenan y contienen otros relatos, que contienen otros relatos, a la manera de los anónimos autores que conformaron Las mil y una noche o Bocaccio en El Decamerón, cuya excusa narrativa, la confluencia en un refugio aislado de los males que devastan el mundo, la peste o una guerra atómica mundial, es un claro referente para De Palol, que sitúa su narración en un futuro indefinido y la desarrolla en torno a la historia de una familia que controla financiera y políticamente, desde las sombras, los avatares mundiales.
Desafortunadamente para el lector el símil de la matrioska no se detiene en la forma de la novela. El último secreto que esconden las muñecas rusas es el vacío que encierra la más diminuta de ellas, un artificio de aire que se sustenta en el propio artificio y no en su contenido, y nada es lo que encontrará el lector paciente y esforzado de El jardín de los siete crepúsculos, ya que no hay nada que contar, todo es un artificio pretencioso y henchido de aire, un juego grandilocuente de (malos) relatos que encierran (malos) relatos que intentan desviar la atención del vacío que encierran. El juego de las matrioskas es, dejando de lado su aparatosidad que puede deslumbrar en una primera ocasión, infructífero. La novela de De Palol es aparatosa y decepcionante. Nadie exige que la narrativa sea fructífera, pero siempre esperamos encontrar al final de cada texto literario una pequeña joya, un brillo que nos emocione. No hay tal cosa.
Tiene la novela un paratexto en forma de prefacio o prólogo que pretende dar consistencia a toda la narración. Es, sin ninguna duda, lo más atractivo de la novela y, también, lo más engañoso, ya que el terreno narrativo que plantea está situado en un futuro catastrófico en el que el texto que conforma la novela es imposible de datar. Sin embargo el autor se niega a desarrollar esta línea futurista y se pierde en divagaciones demasiado centradas en la época en que fue escrita, y con excesivo énfasis en su ámbito local, de modo que la historia que subyace entendemos que no le interesa, ya que no la desarrolla, mientras que se empeña en guiarnos por unos derroteros en los que el lector pierde el interés en la posible resolución del enigma central de la obra, ya que éste se convierte también en excusa para encadenar relatos sin más.
Teniendo un hermoso jardín (de los siete crepúsculos) el autor se empeña en convertirlo en un huerto. Teniendo un espléndido marco y una historia más que atractiva De Palol se empeña en insertar historias triviales e inconexas, de calidad fluctuante e interés dudoso que no acaban de cuajar. Teniendo un futuro apocalíptico en el que contar su historia El jardín de los siete crepúsculos tiene todos los defectos de la literatura catalana de finales del siglo XX: es pacata, localista y burguesa.
Bueno quizás lo más apocalíptico de todo sea imaginar el ascenso al poder mundial de la burguesía catalana. Apocalíptico, sí.

Aunque lo más apocalíptico es la contraportada que presenta Anagrama... ¿he comentado alguna vez que jamás deben leerse las contraportadas de Anagrama? O bien mienten descaradamente, como en este caso, o bien son capaces de destrozar completamente una novela. (Risa en la oscuridad y la inmensa mayoría de las de Nabokov)






(Y me pregunto que para qué sirve todo esto, para qué destacar lo que no me gusta. Es sencillo demostrar un patético ingenio buscando calificativos denigrantes para el trabajo de otros. Qué difícil es, por ejemplo, ir más allá del tópico cuando intentamos explicar que hemos quedado deslumbrados (humillantemente cegados deberíamos decir a sabiendas de que jamás, ni locos, ni borrachos, alcanzaremos a rozar esa maestría) por la narrativa de Alice Munro. Me pregunto para qué y preparo mi suicidio y mi preferiría no hacerlo y llamadme Portnoy… En fin, la puta realidad de mierda)