Tardo en comentar Contraluz porque me debato entre la admiración y la decepción. Además hay en la red numerosos artículos que tratan sobre la novela de Pynchon y siento que de alguna manera todo cuanto diga al final será redundante.
Así que quisiera recomendar algunos de ellos.
En primer lugar los de Martín Cristal en El pez volador :
I: Personajes principales
II: Parodias, temas, recurrencias
III: Toda novela larga tiene sus altibajos
IV: Puestas en abismo
V: Un verosímil permeable
VI: Acerca del título
Además, Martín incluye unas magníficas infografías que resumen de modo gráfico la novela:
Primera parte
Segunda Parte
Tercera parte
Cuarta y quinta parte
Novela completa
También me gustaría destacar las reseñas de
Blum en Huracanes de papel, Ramiro Sanchiz en La Diaria, José Luis Amores en Revista de Letras y José Martínez Ros en El placer de la lectura.
Seguro que me olvido de muchos otros igual de interesantes… en fin.

Supongo que algunos (pero sobre todo j.) discreparán sobre mi argumento. Pero parto de que las matemáticas es un tema muy presente en Contraluz y de que existe cierta tendencia infundada a mitificar las matemáticas. Hay quien cree ver la mano oculta de una divinidad coherente (es decir, creadora en oposición a un demiurgo ciego y caótico) en el “comportamiento matemático” de la naturaleza, cuando ese comportamiento ratifica la validez de las matemáticas como herramienta para describir el universo. Nuestra actitud ante las matemáticas es en ocasiones de una reverencia casi religiosa. Quizás sea por ignorancia. Nadie se asombra de que las cosas tengan un nombre asignado por el lenguaje porque asumimos que el lenguaje es una convención que sirve precisamente para describir las cosas. Las matemáticas llamémosle “clásicas”, empleadas para describir nuestro entorno natural, nuestra realidad, parten de la observación empírica y permiten generalizar los casos particulares a toda ocasión y contexto. Pero en los últimos dos siglos las matemáticas han evolucionado más allá de la realidad, han ampliado el campo contextual alejándose del mundo sensible adentrándose en la especulación intelectual. Se han alejado de la “realidad” (ahora entre comillas porque lo que las matemáticas plantean y resuelven también pertenecen a la realidad, aunque no perceptible) y ahora trabajan en el marco de lo posible y de lo no observable. Digamos que exploran exhaustivamente la realidad aunque nada tienen que ver con la “realidad”.
Quizás el ejemplo más relevante sea el modo en que eluden ciertos escollos, ciertos límites que la realidad sensible impone, para seguir avanzando, como el de las raíces cuadradas de números negativos. La adopción del número i como valor asignado a la raíz cuadrada de menos uno permite matemáticamente seguir avanzando. Que dicho número i deba su designación al término “imaginario” es más que apropiado en un contexto literario.
Haciendo una analogía entre matemáticas y narrativa se puede decir que en el siglo XX la literatura ha explorado el ámbito de i, del lo “imaginario”, pero no en el sentido de relativo al género fantástico, sino en el del mismo escollo insalvable. La narrativa del XX se topa con la expresión irresoluble de la comprensión del texto, la lleva al campo especulativo del juego, de la ambivalencia, del neologismo hasta el límite de lo inteligible. Topa con la barrera que el propio lenguaje impone y con la abrumadora realidad de que todo texto debe ser legible.
Entonces la narrativa introduce i.
Narrativa imaginaria como resultado de una raíz irresoluble.
¿Debemos entender a Pynchon así? ¿cómo un avance en el campo narrativo que reduce el escollo de seguir avanzando en el contexto lingüístico reduciéndolo a un formulismo, “i”, que nos permite seguir avanzando como si nada hubiese ocurrido?
Si eso fuese así deberíamos asumir que la narración contemporánea no debe contemplarse como una asimilación de la narrativa clásica sino la conversión de esta en narrativa vectorial.
Todo este largo preámbulo para definir la narrativa de Pynchon como narrativa vectorial.
Especulando sobre el tema quizás encontremos aplicaciones insospechadas. De momento apunto que la narrativa de Pynchon viene definida por un par coordenado y una dirección. Y que, eso es lo más grande, el autor se siente completamente libre para describir el contexto del par y que jamás intentará concluir lo que encontraremos en el extremo de la dirección a la que apunta la flecha.
Volvamos al principio. Admiración y decepción.
Admiración por esa total libertad y falta de prejuicios que motivan a Pynchon. Contraluz es una obra monumental que no está sujeta a las normas de lo establecido. En las 1300 páginas de la novela no parece haber un discurso estable, una teoría permanente, un hilo subyacente ni una coherencia temporal, más allá de la propia construcción de la narración. Con mis referentes entiendo Contraluz como un homenaje a las novelas de Jules Verne y a Ada o el ardor de Vladimir Nabokov, que, además, se nutre de elementos de western, ciencia-ficción, bildungsroman centroeuropeo y todo género y referencia que se le antoje, y acaba convirtiendo al dirigible y a la dinamita en símbolos del principio del siglo XX (precisamente cuando la narrativa clásica daba sus últimos coletazos). También la entiendo como una prolongación de Mason y Dixon, en cuanto a que el desarrollo de la historia de Contraluz se establece en los extremos ampliados de la línea (una recta “cae” en México y se “eleva” en Tunguska ) imaginaria que trazaron en el siglo XVIII para definir una frontera inexistente que luego resulto trascendente.
Como lectores de Pynchon estamos acostumbrados a saltar esa línea una y otra vez. Y como cronista de lo que significa la lectura de una novela de Pynchon estoy condenado al lugar común. Porque todo en Contraluz es referencia. Y es necesario el bagaje de Pynchon para ser capaz de asumir todas las referencias. Pero, al mismo tiempo, toda referencia es irrelevante para el conjunto de la narración.
Así podemos hablar de las aventuras de Los Chicos del Azar, jóvenes aventureros aéreos como muchos héroes de Verne, por los cuales parece no pasar el tiempo y que gozan de una característica especial dentro de la novela de Pynchon, ser personajes de una serie de novelas de principios del siglo XX. Con ellos nos adentraremos en el interior de la tierra a través de un hueco en el Polo, derribaremos el Campanile de Venecia, nos hundiremos en las arenas del desierto en busca de una ciudad enterrada y veremos el resplandor de la explosión de Tunguska. Por otra parte tenemos el western crepuscular protagonizado por los hermanos Ref, una historia de venganza contra el Poder que se ramifica en todas direcciones y que explora todos los géneros narrativos posibles. Historias de espías y contraespías y de organizaciones secretas sin ningún fin y misiones inútiles.
Y es en una de estas donde creo se revela el espíritu de la novela de Pynchon. Uno de los personajes es enviado por un servicio secreto a la zona de los Balcanes en armas a una misión inexistente cuyo desenlace a nadie importa. En este pasaje Pynchon desvela la verdad: Sólo importa el placer de narrar, no la consecuencia de la narración. (Algo, por otra parte, muy nabokoviano)

La verdad es que la novela, la idea de Contraluz me parece magnífica. Algunos de sus capítulos constituyen en sí mismos verdaderas obras maestras. Pero en conjunto es una obra irregular, con acusados altibajos, tal vez debido a la grandeza de algunos de sus pasajes.
Es una novela admirable y muy ambiciosa.
Se podría pensar que la decepción surge de esa irregularidad del conjunto.
Pero no.
La decepción es algo más personal. Surge de comprobar que tal vez todavía esté condicionado por el atavismo impuesto desde los aedos de lo que “debe ser” contar una historia. Tal vez todavía queremos oír al poeta narrando la historia que ya conocemos en la que el héroe regresa a casa. Y aunque sabemos que lo importante es el viaje, queremos, necesitamos que ese regreso sea también narrado. Queremos ver al héroe por fin tumbado en la cama que el mismo talló en el tronco de un olivo milenario. Y sabemos que eso no es importante. Pero lo necesitamos.
Y esto sirve de autorreflexión y de constatación de las contradicciones de la narración moderna.
Así que quisiera recomendar algunos de ellos.
En primer lugar los de Martín Cristal en El pez volador :
I: Personajes principales
II: Parodias, temas, recurrencias
III: Toda novela larga tiene sus altibajos
IV: Puestas en abismo
V: Un verosímil permeable
VI: Acerca del título
Además, Martín incluye unas magníficas infografías que resumen de modo gráfico la novela:
Primera parte
Segunda Parte
Tercera parte
Cuarta y quinta parte
Novela completa
También me gustaría destacar las reseñas de
Blum en Huracanes de papel, Ramiro Sanchiz en La Diaria, José Luis Amores en Revista de Letras y José Martínez Ros en El placer de la lectura.
Seguro que me olvido de muchos otros igual de interesantes… en fin.
Supongo que algunos (pero sobre todo j.) discreparán sobre mi argumento. Pero parto de que las matemáticas es un tema muy presente en Contraluz y de que existe cierta tendencia infundada a mitificar las matemáticas. Hay quien cree ver la mano oculta de una divinidad coherente (es decir, creadora en oposición a un demiurgo ciego y caótico) en el “comportamiento matemático” de la naturaleza, cuando ese comportamiento ratifica la validez de las matemáticas como herramienta para describir el universo. Nuestra actitud ante las matemáticas es en ocasiones de una reverencia casi religiosa. Quizás sea por ignorancia. Nadie se asombra de que las cosas tengan un nombre asignado por el lenguaje porque asumimos que el lenguaje es una convención que sirve precisamente para describir las cosas. Las matemáticas llamémosle “clásicas”, empleadas para describir nuestro entorno natural, nuestra realidad, parten de la observación empírica y permiten generalizar los casos particulares a toda ocasión y contexto. Pero en los últimos dos siglos las matemáticas han evolucionado más allá de la realidad, han ampliado el campo contextual alejándose del mundo sensible adentrándose en la especulación intelectual. Se han alejado de la “realidad” (ahora entre comillas porque lo que las matemáticas plantean y resuelven también pertenecen a la realidad, aunque no perceptible) y ahora trabajan en el marco de lo posible y de lo no observable. Digamos que exploran exhaustivamente la realidad aunque nada tienen que ver con la “realidad”.
Quizás el ejemplo más relevante sea el modo en que eluden ciertos escollos, ciertos límites que la realidad sensible impone, para seguir avanzando, como el de las raíces cuadradas de números negativos. La adopción del número i como valor asignado a la raíz cuadrada de menos uno permite matemáticamente seguir avanzando. Que dicho número i deba su designación al término “imaginario” es más que apropiado en un contexto literario.
Haciendo una analogía entre matemáticas y narrativa se puede decir que en el siglo XX la literatura ha explorado el ámbito de i, del lo “imaginario”, pero no en el sentido de relativo al género fantástico, sino en el del mismo escollo insalvable. La narrativa del XX se topa con la expresión irresoluble de la comprensión del texto, la lleva al campo especulativo del juego, de la ambivalencia, del neologismo hasta el límite de lo inteligible. Topa con la barrera que el propio lenguaje impone y con la abrumadora realidad de que todo texto debe ser legible.
Entonces la narrativa introduce i.
Narrativa imaginaria como resultado de una raíz irresoluble.
¿Debemos entender a Pynchon así? ¿cómo un avance en el campo narrativo que reduce el escollo de seguir avanzando en el contexto lingüístico reduciéndolo a un formulismo, “i”, que nos permite seguir avanzando como si nada hubiese ocurrido?
Si eso fuese así deberíamos asumir que la narración contemporánea no debe contemplarse como una asimilación de la narrativa clásica sino la conversión de esta en narrativa vectorial.
Todo este largo preámbulo para definir la narrativa de Pynchon como narrativa vectorial.
Especulando sobre el tema quizás encontremos aplicaciones insospechadas. De momento apunto que la narrativa de Pynchon viene definida por un par coordenado y una dirección. Y que, eso es lo más grande, el autor se siente completamente libre para describir el contexto del par y que jamás intentará concluir lo que encontraremos en el extremo de la dirección a la que apunta la flecha.
Volvamos al principio. Admiración y decepción.
Admiración por esa total libertad y falta de prejuicios que motivan a Pynchon. Contraluz es una obra monumental que no está sujeta a las normas de lo establecido. En las 1300 páginas de la novela no parece haber un discurso estable, una teoría permanente, un hilo subyacente ni una coherencia temporal, más allá de la propia construcción de la narración. Con mis referentes entiendo Contraluz como un homenaje a las novelas de Jules Verne y a Ada o el ardor de Vladimir Nabokov, que, además, se nutre de elementos de western, ciencia-ficción, bildungsroman centroeuropeo y todo género y referencia que se le antoje, y acaba convirtiendo al dirigible y a la dinamita en símbolos del principio del siglo XX (precisamente cuando la narrativa clásica daba sus últimos coletazos). También la entiendo como una prolongación de Mason y Dixon, en cuanto a que el desarrollo de la historia de Contraluz se establece en los extremos ampliados de la línea (una recta “cae” en México y se “eleva” en Tunguska ) imaginaria que trazaron en el siglo XVIII para definir una frontera inexistente que luego resulto trascendente.
Como lectores de Pynchon estamos acostumbrados a saltar esa línea una y otra vez. Y como cronista de lo que significa la lectura de una novela de Pynchon estoy condenado al lugar común. Porque todo en Contraluz es referencia. Y es necesario el bagaje de Pynchon para ser capaz de asumir todas las referencias. Pero, al mismo tiempo, toda referencia es irrelevante para el conjunto de la narración.
Así podemos hablar de las aventuras de Los Chicos del Azar, jóvenes aventureros aéreos como muchos héroes de Verne, por los cuales parece no pasar el tiempo y que gozan de una característica especial dentro de la novela de Pynchon, ser personajes de una serie de novelas de principios del siglo XX. Con ellos nos adentraremos en el interior de la tierra a través de un hueco en el Polo, derribaremos el Campanile de Venecia, nos hundiremos en las arenas del desierto en busca de una ciudad enterrada y veremos el resplandor de la explosión de Tunguska. Por otra parte tenemos el western crepuscular protagonizado por los hermanos Ref, una historia de venganza contra el Poder que se ramifica en todas direcciones y que explora todos los géneros narrativos posibles. Historias de espías y contraespías y de organizaciones secretas sin ningún fin y misiones inútiles.
Y es en una de estas donde creo se revela el espíritu de la novela de Pynchon. Uno de los personajes es enviado por un servicio secreto a la zona de los Balcanes en armas a una misión inexistente cuyo desenlace a nadie importa. En este pasaje Pynchon desvela la verdad: Sólo importa el placer de narrar, no la consecuencia de la narración. (Algo, por otra parte, muy nabokoviano)
La verdad es que la novela, la idea de Contraluz me parece magnífica. Algunos de sus capítulos constituyen en sí mismos verdaderas obras maestras. Pero en conjunto es una obra irregular, con acusados altibajos, tal vez debido a la grandeza de algunos de sus pasajes.
Es una novela admirable y muy ambiciosa.
Se podría pensar que la decepción surge de esa irregularidad del conjunto.
Pero no.
La decepción es algo más personal. Surge de comprobar que tal vez todavía esté condicionado por el atavismo impuesto desde los aedos de lo que “debe ser” contar una historia. Tal vez todavía queremos oír al poeta narrando la historia que ya conocemos en la que el héroe regresa a casa. Y aunque sabemos que lo importante es el viaje, queremos, necesitamos que ese regreso sea también narrado. Queremos ver al héroe por fin tumbado en la cama que el mismo talló en el tronco de un olivo milenario. Y sabemos que eso no es importante. Pero lo necesitamos.
Y esto sirve de autorreflexión y de constatación de las contradicciones de la narración moderna.