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19/8/17

Algunas lecturas: Verano 2017

Me he leído de una sentada los siete tomos de La torre oscura de Stephen King. La verdad es que solo quería tener un persistente sonido dentro de mi cabeza que me impulsase, como al pistolero de las novelas, a seguir caminando hacia el objetivo final. Si el del pistolero era alcanzar la torre, el mío era acabar la torre. Como ejercicio suicida está bien. Además, como la escritura de estas novelas le llevó a King muchos años, desde que se inició en la escritura hasta hace bien poco, se puede observar la evolución narrativa de King: desde su inicios, donde la historia era lo importante y la concisión clave, pasando por su etapa de éxito comercial, que le llevó a escribir novelas torrenciales mientras se atiborraba de sustancias recreativas, lo cual no es siempre buena idea (más de cuatrocientas páginas me salté de uno de los primeros volúmenes de la serie), hasta su última etapa, tras su accidente, en la que se muestra más sensato narrativamente e incluso metanarrativamente... en fin, todo King, con sus aciertos y sus decepciones.

Antes de somatizarme (¡soma, soma, soma!) con King tuve otras experiencias sicotrópicas.

Por ejemplo Vidorra, de Jean-Pierre Martinet, (Underwood, 2017, Traducción de R.M. Giráldez) un libro que contiene un único relato pero de tal intensidad que consigue avivar nuestra curiosidad por este escritor prácticamente desconocido en nuestro país.
Esperemos que alguna editorial sensata se decida a traducir Jérôme, considerada la obra maestra de Martinet... y que se la encargue a Rubén Martín Giráldez, claro.

Por ejemplo Para Gloria, de William T. Vollmann (Muchnik Editores, 1998. Traducción de Rafael Heredero) Sería la primera novela de la trilogía de la prostitución formada por Whores for Gloria (1991), Butterfly Stories: A Novel (1993) y The Royal Family (2000) Nótese que el título de la edición en español de la primera es la mitad del título original. Al parecer Muchnik prefirió eludir “putas” en el título. Lo cual es un error, además de ser mojigato. Pues la historia trata sobre un individuo que recorre el Tenderloin de Vollmann acostándose con prostitutas para recrear o volver a traer a su vida a Gloria, un espectro con quien el personaje mantiene encendidas conversaciones. Prosaica y sórdida, nos recuerda que hay un nivel en las calles de nuestras ciudades, en el subsuelo de nuestra sociedad, que preferimos ignorar pero que muestra la verdadera naturaleza del ser humano.

Y por ejemplo final, la verdadera narración sicotrópica. Cuando 900 Mil Mach Aprox, (Jucar 1981. Publicada originalmente en 1973) de Mariano Antolín Rato.
Copio lo que escribí en Goodreads:

Recuerdo, a principios de los ochenta del siglo pasado, tener en una especie de altar dos novelas: Nova express de Burroughs y Whamm!: entre espacios intermedios, de Mariano Antolín Rato.
Supongo que hay lecturas, aunque luego las olvidemos, que se incrustan en nuestra memoria y no salen de ninguna manera. Si tuve por aquel entonces la intención de escribir, fue en gran medida por esas dos novelas. Y creo, al cabo de muchos años, que de alguna manera me he mantenido fiel a ese propósito.
Por eso ha sido todo un placer reencontrarme con Rato.
Y también para redescubrir eso que sospechamos y que nos negamos a aceptar: El futuro ya ocurrió.
La modernidad, la vanguardia, es algo del pasado. Y, aún así, tiene una especie de frescura que resiste al paso del tiempo. Todo lo que intentemos hacer, todo lo que intentemos escribir, todo lo que busquemos como lectores en las novelas del presente ya fue escrito hace mucho tiempo.
La verdadera "narrativa española contemporánea moderna" lleva escrita unos cuantos años. Y oculta, para que nadie la recuerde y muchos crean que los rancios y aburridos escritores de nuestro tiempo y país son los únicos abanderados de la narración.



Quería comentar también dos lecturas que de alguna manera creo hermanadas Las tierras del ocaso, de Julien Gracq (Nocturna 2017. Traducción de Julià de Jòdar) y Emparejamientos juiciosos, de Carlo Emilio Gadda (Sexto Piso 2017. Traducción de J. C. Gentile) ¿Por qué hermanadas? Porque muestran otra vía narrativa del siglo XX basada principalmente en la exuberancia del lenguaje y la descripción.
Los relatos de Gadda son barrocos, ampulosos y cargados de ironía. Un buen recuerdo o una buena iniciación para esa obra maestra que es El zafarrancho aquel de Villa Merulana.
La novela de Gracq, rescatada entre sus papeles tras su muerte, un ejemplo de aquello a que la mayoría de escritores han renunciado: la descripción. Gracq te transporta a un mundo en el que puedes incluso sentir la rugosidad de las piedras y la niebla avanzando desde la superficie del lago. Todo está descrito de forma tan poética, y al mismo tiempo precisa, que puedes emborracharte de palabras.
De todas formas no sería obras de los dos autores que recomendaría. La de Gadda porque sus relatos no aportan gran cosa, en su mayoría pequeñas pompas de jabón que estallan sin más. La de Gracq porque es un proyecto abandonado y me da la sensación que poco elaborado. La narración no avanza porque queda en segundo plano y apenas se centra en los personajes.
Sin embargo son recomendables por el simple (y muchas veces olvidado) placer de su lectura.

Sigo copiando de Goodreads:

La Banda del Ciempiés, de Mario Levrero (Mondadori, 2010)

No sé si después de las grandes novelas de Levrero voy a encontrar alguna más que me entusiasme. Creo que había que ir progresando en la bibliografía del autor para llegar a La novela luminosa.
En lo que respecta a esta divertida novela que roza el sinsentido creo que hay una clave al final del libro que nos puede hacer replantearnos toda la narración. Es cierto, los hechos que se cuentan pueden ser considerados símbolo de nuestro tiempo. Además Levrero confronta el horror con la comicidad, lo cual no consigue aliviar la atrocidad de lo que se narra.
La puedes considerar una novela ligera o puedes quedarte pensando en las intenciones del autor.
Interesante.

Una novela china, de César Aira (DeBolsillo, 2005)

Uno se pierde en la bibliografía de Aira, por extensa y, sobre todo, porque parece no tener límites ni restricciones. Una novela china no lo es solo por la localización del texto. Lo es porque Aira intenta escribir desde la cultura china, porque el propósito es escribir una novela al modo chino, con sus sutilezas, su calma, sus circunloquios y metáforas. ¿Es una novela china? No, porque es una novela, llamemos, occidental. Pero se aproxima a lo que desde aquí se considera "chino"... creo que no me explico. No es un ejercicio de estilo, es más bien como si el autor quisiera deslocalizarse e imponerse una "filosofía" de escritura.
Me sigo liando.
Vamos, que Aira no deja de sorprenderme y demuestra que su narrativa no tiene límite.

Dos decepciones

Espada Auxiliar, de Ann Leckie (Ediciones B 2017, traducción de Victoria Morera)

Es la primera vez que hago cola para que me firmen un libro. Bueno, era para un regalo, pero Leckie me firmó el ejemplar de Espada auxiliar que había comprado.
Dejando aparte la anécdota me ha parecido una rutinaria secuela de una primera novela brillante por su planteamiento narrativo, a pesar de que creo que no ha sido explotado como merecería. La idea de una mente presente en diez mil cuerpos precisaría a un Beckett para desarrollarla satisfactoriamente. Vamos, de forma que ME resultase satisfactoria.

Plop, de Rafael Pinedo (Salto de Página, 2007)

La verdad es que esperaba mucho más de esta novela. Aunque soy fan de la sordidez y de la narración telegráfica y sin adornos hay algo que no sé describir que no ha conseguido que contacte con Plop... y eso que tenía grandes expectativas sobre ella.

7/4/16

Una lectura contaminada: Aira vs Oates

Estaba leyendo Ave del paraiso de Joyce Carol Oates cuando una escena de la novela colapsó mi mundo lector.

Situémonos: César Aira escribió Cómo me hice monja en 1993. Joyce Carol Oates escribió Little Bird of Heaven en 2009. Pensemos ahora en cuantas novelas podemos recordar en la que ocurran situaciones relacionadas con helados, con puestos de helados, con helados en malas condiciones, con el desengaño que supone para el niño que fue el narrador encontrarse con una supuesta delicia como un helado convertida en detonante de un drama. ¿Cuántas? Dos. La novela de Aira y la de Oates.

Él pidió uno de cincuenta centavos, de pistaccio, crema americana y kinotos al whisky, y para mí uno de diez, de frutilla. El color rosa me encantó. Yo iba bien predispuesta. Adoraba a mi papá. Veneraba todo lo que viniera de él. Nos sentamos en un banco en la vereda, bajo los árboles que había en aquel entonces en el centro de Rosario: plátanos. Observé cómo lo hacía papá, que en segundos había dado cuenta del copete de crema verde. Cargué la cucharita con extremo cuidado, y me la llevé a la boca.
Bastó que las primeras partículas se disolvieran en mi lengua para sentirme enferma del disgusto. Nunca había probado algo tan repugnante. Yo era más bien difícil en la alimentación, y la comedia del asco no tenía secretos para mí, cuando no quería comer; pero esto superaba todo lo que hubiera experimentado nunca; mis peores exageraciones, incluidas las que nunca me había permitido, se veían justificadas de sobra. Por una fracción de segundo pensé en disimularlo. Papá había puesto tanta ilusión en hacerme feliz, y eso era tan raro en él, un hombre distante, violento, sin ternuras visibles, que echar por la borda la ocasión me pareció un pecado. Pasó por mi mente la alternativa atroz de tragar todo el helado, sólo por complacerlo. Era un dedal, el vasito más chico, para párvulos, pero ahora me parecía una tonelada.

No sé si mi heroísmo habría llegado a tanto, pero no pude siquiera ponerlo a prueba. El primer bocado me había dibujado en el rostro una mueca involuntaria de asco que él no pudo dejar de ver. Fue una mueca casi exagerada, en la que se conjugaba la reacción fisiológica y su acompañamiento psíquico de desilusión, miedo, y la trágica tristeza de no poder seguir a papá ni siquiera en este camino de placeres. Habría sido insensato intentar ocultarlo; ni siquiera hoy podría hacerlo, porque esa mueca no se ha borrado de mi cara.

—¿Qué te pasa?

En su tono ya estaba todo lo que vino después.

César Aira, Cómo me hice monja.

Fuera, en el aparcamiento, donde el aire era caliente y húmedo, opresivo después del frescor de la granja, al acercarnos al coche de papá, aparcado imprudentemente bajo el sol despiadado, descubrí que mi cucurucho de barquillo había perdido la punta, estaba roto, y a continuación descubrí, llena de horror, que había algo al final del cucurucho, negros gorgojos que se agitaban.
Di un grito y dejé caer el helado.

Papá lo oyó y vino a investigar.

—¿Qué demonios sucede, Krissie? ¿Qué ha pasado?

Dos bolas de helado —fresa, chocolate— sobre la grava caliente, deshaciéndose. Con un aspecto absurdo allí en el suelo. Algo que era supuestamente exquisito —algo especial, delicioso— en el suelo, como si fuese basura. Le dije a papá que había gorgojos dentro del cucurucho y que no me lo podía comer. Sentía náuseas y estaba a punto de vomitar. Papá lanzó una maldición en voz baja y empujó el cucurucho con la punta del zapato, como si pudiera ver desde su altura la media docena de insectos negros moviéndose dentro del cucurucho; su actitud era escéptica, impaciente; no parecía muy comprensivo, como si la profanación del helado fuese culpa mía. O, quizá, niña torpe, simplemente se me había caído y estaba tratando de echar la culpa a otra persona.

Joyce Carol Oates, Ave del paraiso. (Traducción de J. L. López Muñoz)

La similitud entre ambas escenas no acaba ahí, en el asco de una niña (niño-niña en el caso de Aira) ante un helado corrompido. Lo grandioso de la coincidencia es que a ambas escenas le sucede la muerte violenta de quien ha vendido el helado.
El padre de la niña César Aira mata al heladero.
El padre de la niña Krissie Diehl es sospechoso (hasta donde he leído) del asesinato de la heladera.

Y digo “hasta donde he leído” porque la lectura de la novela de Oates avanza lentamente. Y lo hace porque estoy metido en un mundo especular en el que Aira reescribe una novela de Oates ANTES de que ella la escriba.
Un mundo en el que la concisión narrativa de Aira gana por goleada a las morosas y extensas descripciones irrelevantes de Oates.
Y Oates suele gustarme.
Pero en esta ocasión ha ocurrido algo que supera la lectura de una novela. La confirmación de que todo está escrito de una u otra manera, de que las novelas hablan entre ellas y de que depende de nosotros, lectores, del orden de nuestras lecturas, que podamos captar esas conversaciones. 
Para bien y para mal.
En este caso para mal porque ya no puedo leer la novela de Oates sin tener presente la de Aira.

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Editado unas horas después:

En primer lugar no pretendo insinuar de ninguna manera la posibilidad de un plagio. Oates y Aira pertenecen a ámbitos distintos... no se trataría del atisbo de una posible copia, se trata de la utilidad de ésta si existiese.
No hay plagio.

En segundo lugar, esta frase de César Aira en una entrevista, que vuelve a demostrar que las casualidades no existen, sino que todo está conectado:


"El libro que acaba de salir acá contiene más de veinte relatos. Con dos o tres de estos ya están mis obras completas... Creo que mis obras completas entrarían en una novela de Joyce Carol Oates"
Entrevista a César Aira

3/2/16

Cómo me hice monja, de César Aira

Tal vez la analogía a la que me voy a referir no sea demasiado afortunada ya que esconde cierto deje despectivo que no es mi intención resaltar (sobre todo porque no la comparto)... bueno, luego lo explico, primero me meto en el berenjenal.

Imaginemos un churrero. Hay muchos churreros, todos fabrican incansablemente churros. Lo que distingue a unos churros de otros es, sin duda, la calidad de los componentes que conforman la masa y la del aceite en que se fríen, así como de los tiempos (de reposo de la masa, de inmersión en el aceite (cuya temperatura también es significativa) y así...) y así...

Hay churros buenos y apetitosos y churros que empachan.

(Esta analogía sirve para cualquier cosa, ahora que lo pienso... ¿por qué me pongo a escribir de churros hablando de Aira?... efectivamente, porque soy muy malo con las analogías y cuando leo esto:

Bibliografía de César Aira (ficción)

Moreira, 1975
Ema, la cautiva, 1981 
La luz argentina,1983
El vestido rosa. Las ovejas, 1984
Canto castrato, 1984 
Una novela china, 1987 
Los fantasmas, 1990 
El bautismo, 1991
La liebre, 1991
La guerra de los gimnasios, 1992 
Embalse, 1992 
El llanto, 1992
El volante, 1992
La prueba, 1992
Cómo me hice monja, 1993
Madre e hijo, 1993
Fragmentos de un diario en los Alpes, 1993 
Diario de la hepatitis, 1994
El infinito, 1994
La costurera y el viento, 1994 
Los misterios de Rosario, 1994
Los dos payasos, 1995
La fuente, 1995
La abeja, 1996
Dante y Reina, 1997
El congreso de literatura 1997 
La serpiente, 1997
Las curas milagrosas del Dr. Aira, 1998 
La trompeta del mimbre, 1998
El sueño, 1998
La mendiga, 1999
Varamo, 1999 
Haikus, 2000
El juego de los mundos, 2000
Un episodio en la vida del pintor viajero, 2000 
Un sueño realizado, 2001
La villa, 2001 
El mago, 2002
La pastilla de hormona, 2002
La princesa Primavera, 2003 
Mil gotas, 2003
El tilo, 2003 
Los dos payasos,2004
Las noches de Flores, 2004
Yo era una chica moderna, 2004
Yo era una niña de siete años,2005
El cerebro musical, 2005
El pequeño monje budista, 2005
Cómo me reí, 2005
Parménides, 2006
La cena, 2006
La villa, 2006
El todo que surca la nada, 2006
Las conversaciones, 2007
La vida nueva, 2007
Picasso, 2007
Las aventuras de Barbaverde, 2008
La confesión, 2009
Yo era una mujer casada, 2010
El perro, 2010
El té de Dios, 2010
El error, 2010
El divorcio, 2010
En el café, 2011
Festival, 2011
El mármol, 2011
El náufrago, 2011
Los dos hombres, 2011
Entre los indios, 2012
Relatos reunidos, 2013
El testamento del mago tenor, 2013
Tres relatos pringlenses, 2013
Actos de caridad,2013
Margarita (un recuerdo), 2013
Continuación de ideas diversas, 2014
Artforum, 2014
Triano, 2014
Biografía, 2014
El santo, 2015
La invención del tren fantasma, 2015

… pues eso, cuando leo esto pienso en el churrero... sí, lo sé, soy bastante chusco y poco original)


¿Por dónde iba?
Hay churros buenos y apetitosos y churros que empachan. Y luego están los de la churrería Aira.
Lo curioso, lo genial, lo excelso de los churros de Aira no es precisamente que sean sabrosos (que lo son) sino lo sorprendente de cada uno de ellos. Es decir (y aquí quería llegar con esta estúpida analogía de la que ya me arrepiento) que cuando compras un churro en lo de Aira, obtienes un churro, con el aspecto y la textura de un churro, pero cuando lo pruebas descubres una maravillosa y desbordante panoplia de sabores que nada tienen que ver con un churro, sin dejar de ser un churro. Alta repostería con aspecto de churro.
O helado de frutilla.

Cómo me hice monja, en nuestro caso, define el aspecto externo del churro.
Pero lo que hay en su interior es otra cosa distinta que conduce al lector al más contundente desconcierto y perplejidad. Como lectores seguimos digiriendo el título de la novela (algo así como “No pienses en un oso blanco”) cuando la novela ya ha concluido y nos decimos “¡¿qué puñetas ha pasado?!” sumidos en una confusión agradable y satisfactoria.

Uno, a partir del título, espera una especie de hagiografía de conversión religiosa, y casi parece que la escena inicial, la del helado de frutillas, deba conducir a una especie de epifanía, pero lo único que consigue es aumentar la confusión. La narradora habla de sí misma mientras el resto de personajes se dirigen a “ella” como “él”. La narradora se llama César Aira.

Inclusive oí voces que me llamaban; las oí sonar por altavoces: «el niño César Aira…» «el niño César Aira…». Eso ya no era una fantasía, una reconstrucción mental. Eran voces a las que debía responder.

La confusión, en este y muchos otros aspectos, continúa a lo largo del texto. No se trata de crear un sinsentido para equivocar al lector, se trata más bien de reflejar la realidad tal y como puede entenderla un niño de seis años. O construir un relato realista impregnado de la subjetiva (y fantástica, aunque no en el sentido de género) apreciación de la realidad de un niño, del niño que fue César Aira. Y al mismo tiempo no ser nada de esto, sino un relato autobiográfico serio que se ciñe a unos hechos en los que la confusión no tiene opción para manifestarse.

En realidad se podría definir diciendo que es una novela muy simple en su complejidad, o de compleja sencillez.
Yo qué sé... 
Por eso decía que lo de los churros no era demasiado afortunado... admiro a Aira. 

(Y en mi tonta serie de paralelismos incongruentes, después de decir que Váramo es una especie de reescritura del Ulises, que El congreso de literatura es Hamlet revisitado, ¿me atreveré a comparar Cómo me hice monja con Ferdydurke?)

Confúndanse. Lean esta novela de Aira. Lean todas las novelas de Aira. Aira no se acaba.

Leídas: Váramo, El congreso de literatura, Cómo me hice monja, Un episodio en la vida del pintor viajero, Las curas milagrosas del Dr. Aira... y pienso seguir.

23/8/15

El Congreso de Literatura, de César Aira

Se puede leer en la Wikipedia a propósito de Aira: “Su abundante obra novelística, teatral y ensayistica, asciende a más de sesenta textos”. En esas condiciones es muy complicado para un neófito en su narrativa extraer las claves de su narrativa a partir de dos novelas breves como Váramo y la que nos ocupa, El Congreso de Literatura
¿Qué sé yo de Aira? Nada. ¿Qué puedo decir sobre sus textos? Apenas nada. Tuve el atrevimiento de decir que Váramo era una especie de deconstrucción del Ulises de Joyce... quisiera decir que El Congreso es la de Hamlet por el deseo de mantener la coherencia paranoico-discursiva. Pero el hecho de que se represente una obra de teatro dentro de la novela, una obra escrita por el propio narrador de El Congreso y que el objeto de las maniobras del narrador, a quien se considera algo así como un "rey" de la narrativa" asista a la representación, no es más que una coincidencia, una velada referencia que podemos recibir con una sonrisa. De hecho, El Congreso podría ser una deconstrucción de Tokio bajo el terror de los monstruos, trasladada al Caribe, o algo así.

(El título en realidad era Japón bajo el terror del monstruo, más conocida como Gojira, es decir, Godzilla... qué importa)

De todas formas, algo empiezo a vislumbrar de lo que supone la narrativa de Aira, si creo lo que nos cuenta (y es más que dudoso “creer” lo que nos cuenta un narrador bajo su faceta de escritor sabiendo que al mismo tiempo es un “Sabio Loco”):

“El viejo consejo sapiencial que adorna el frontispicio de mi ética literaria, “Simplifica, hijo, simplifica”, ¡otra vez dilapidado! Lo poco de bueno que he escrito, lo hice ateniéndome, por casualidad, a él. Sólo en el minimalismo se puede lograr la asimetría que para mí es la flor del arte; en la complicación es inevitable que se configuren pesadas simetrías, vulgares y efectistas”


En resumen, un hombre se hace inesperadamente rico y acude a un congreso de literatura bajo su fachada de escritor para conseguir su propósito oculto, dominar al mundo clonando hasta el infinito a Carlos Fuentes, pero los planes salen mal.

Esa es la trama. Lo que tenemos en las manos es la “traducción” de los hechos por parte del narrador. Cuando dice que quiere “extender mi dominio al mundo entero” se refiere, según confiesa, a “la apertura de las puertas de la realidad”. Cuando hace mención a la “traducción” la cosa se complica. Pero la “traducción” es la base del texto. Según nos explica, la Fábula que ns quiere contar hace referencia a otra Fábula que a su vez se refiere a una Fábula anterior y así hasta el infinito. Cuando “traduce” el narrador en primera persona se inmiscuye en la historia. En primera instancia podemos suponer que lo hace para explicar desde su punto de vista algunos aspectos de “los hechos” que constituyen la “Fábula”. Eso está claro pues ningún narrador en primera persona puede ser neutral respecto a los hechos que narra. La “traducción” en algunos aspectos simplifica la historia, la cual se asienta en la realidad, cayendo obviamente en una contradicción ya que por una parte “simplificar” es la máxima como escritor del narrador y por otra, “la apertura de las puertas de la realidad” es el fin del Sabio Loco, la otra personalidad del narrador.
Entonces, la “traducción” a la que alude el narrador no puede ser más que un enmascaramiento de la forma en que realmente está construida la historia de El Congreso de Literatura.

¿Entonces Hamlet?


Debo seguir investigando a Aira.

28/6/15

Varamo, de César Aira

Un día de 1923, en la ciudad de Colón (Panamá), un escribiente de tercera salía del Ministerio donde cumplía funciones, al terminar su jornada de trabajo, después de pasar por la Caja para cobrar su sueldo, porque era el último día hábil del mes. En el lapso que fue entre ese momento y el amanecer del día siguiente, unas diez o doce horas después, escribió un largo poema, completo desde la decisión de escribirlo hasta el punto final, tras el cual no habría agregados ni enmiendas. Para terminar de cerrar sobre sí mismo este lapso, debe decirse que nunca antes, en su medio siglo de vida, había escrito un solo verso, ni se le había ocurrido ningún motivo para hacerlo; tampoco volvió a hacerlo después. Fue una burbuja en el tiempo y en su biografía, sin antecedentes ni consecuentes. La inspiración quedó dentro de la acción, y viceversa, alimentándose una a la otra y consumiéndose entre sí, sin dejar restos. Aun así, no habría pasado de ser un episodio privado y secreto si su protagonista no hubiera sido Varamo, y el poema resultante la celebrada obra maestra de la moderna poesía centroamericana El Canto del Niño Virgen.


Este es mi primer y exitoso acercamiento a la narrativa de Aira. Un texto que aparentemente intenta responder a la pregunta “¿qué relación puede haber entre un par de billetes falsos y una obra maestra literaria?” pero que supone una maravillosa reflexión sobre la literatura o más bien, sobre los azarosos caminos del acto de la escritura. Al final, nos viene a decir Aira en la novela, todo relato, todo poema, toda creación literaria no es más que una falacia a la que le atribuimos (a posteriori) ciertos valores (que seguramente no tiene en sí mismo)

El Canto del Niño Virgen entra en la categoría de la llamada «literatura experimental», como que es un ejemplo sobresaliente de las vanguardias latinoamericanas de las primeras décadas del siglo. Su capacidad de contener todos los rasgos circunstanciales previos a su escritura es un elemento histórico definitorio. Y no es que tenga ese poder por ser una obra de vanguardia, sino al revés: es vanguardista porque permite esta deducción. Vale decir que es de vanguardia todo arte que permite la reconstrucción de las circunstancias reales de las que nació. Mientras que la obra de arte convencional tematiza la causa y el efecto, y con ello se cierra alucinatoriamente sobre sí misma, la obra vanguardista queda abierta a sus condiciones de existencia.

La novela relata una serie de acontecimientos absurdos y demasiado anclados en lo material, que nada tienen que ver con la literatura, que se suceden a lo largo de un día,  que concluyen en la creación de la obra maestra de la moderna poesía centroamericana. 

Pero durante la lectura me saltan todas las alarmas. Porque Varamo se puede leer como una novela amable y simpática (muy, muy divertida) sobre las exageradas desventuras de un mediocre funcionario, pero también, a causa de las digresiones del narrador sobre la función del estilo indirecto libre:

De hecho, si esto fuera una novela, su principal defecto estaría en la fría abstracción intelectual que envuelve sus páginas, y que procede del uso del indirecto libre para crear un punto de vista a la vez exterior e interior del protagonista, que por ello se vuelve un ente discursivo, sin vida.

Y esto me lleva a imaginar que Varamo sea en ciertas manera un intento de deconstrucción del Ulises de Joyce partiendo de esa premisa que apunta el texto de Aira, la falta de vida del personaje como “ente discursivo”. Varamo reúne la personalidad de Bloom y de Dedalus (aunque su vertiente de “poeta” sea circunstancial y accidental) personajes, según los criterios que expone Aira, “sin vida”, entes discursivos y, por tanto, extrapolables a otras demarcaciones en el espacio y en el tiempo. El Ulises de Joyce se publicó en 1922 y la acción de Varamo transcurre (sin que se justifique la fecha) en 1923. Ambas transcurren en un único día, se componen de una sucesión de escenas en las que se interactúa con distintos personajes y ambas concluyen en una especie de texto cercano al sin sentido considerado una obra maestra, el monólogo de Molly Bloom y el poema (“la idea de la prosa, ese refinamiento de las viejas civilizaciones, le era por completo ajena”) de Varamo, que no aparece en la novela.
Incluso aparece una mujer coja.
(Como siempre, soy demasiado vago para profundizar en las similitudes... pero en Varamo se oculta un gran tema para un ensayo)

Hay mucho más en Varamo de lo que aparenta. Y aún así, la simple apariencia de Varamo, es suficiente para tenerla en cuenta.

Definitivamente no será la última novela que lea de Aira.