Oído en el Mercat de Sant Antoni el pasado domingo:
— Lo que pasa es que hay demasiados puestos de libros.
— Sí. Hay demasiados libros.
Algún día de estos tendré que poner por escrito mi actual apatía a
la hora de escribir sobre mis lecturas. No sé si es el motivo o consecuencia de
ella que el libro de Brian Boyd sobre Nabokov, Los años americanos, me esté
costando tanto. Nunca hasta ahora había pedido una prórroga de préstamo en la
biblioteca… creo que dos meses es demasiado tiempo viviendo junto a Nabokov en
Estados Unidos y Suiza. No porque no me resulte interesante la visión de
escritor en su entorno cotidiano y en descubrir como algunos aspectos de su
vida influyeron en los temas de sus novelas. Es porque en sí la biografía de
Nabokov encierra una contradicción, sobre todo cuando opino lo mismo que él
sobre la vida privada:
Detesto revolver en las preciosas vidas de grandes escritores y odio espiar por encima de la verja de esas vidas —detesto la vulgaridad de “interés humano”, el frufrú de faldas y las risitas de los pasillos del tiempo—, y ningún biógrafo alcanzará jamás a entrever nada de mi vida privada.
El contrasentido de la biografía alcanza su culminación
cuando se comenta lo que afectó a Vladimir Nabokov los manuscritos llenos de
datos erróneos, falsedades y rumores sin fundamento de la biografía que
preparaba Andrew Field.
Un biógrafo habla sobre otro biógrafo. Boyd, todo hay que
decirlo, pretende ofrecer datos objetivos contrastados. Únicamente en aquellas
ocasiones en que puede fundamentarlos, presenta reacciones emocionales de las
personas que rodearon a Nabokov o de éste. Las opiniones personales de Boyd se
reservan para sus magníficas reseñas de las novelas de Nabokov que aparecen a
lo largo de Los años americanos. En cierta manera, para oponerlo a Field, Boyd
es un hagiógrafo (que se ciñe a los hechos) mientras que Field es un novelista
que inventa en torno a una persona real.
En ocasiones he dicho (deben estar por ahí todavía)
verdaderas burradas en torno a Nabokov. En cierta manera se puede considerar a
Field como el mayor responsable de la difusión de rumores en torno a la persona
de Nabokov. Ni el padre de Nabokov era descendiente bastardo de la familia del
zar, ni Nabokov llamaba en su infancia a su madre Lolita, ni su insistencia
contra el psicoanálisis encierra un sentido psicoanalítico de todas sus
novelas.
Debemos ver sus obras como lo que son, preciosas piezas de
orfebrería narrativa en las que ningún detalle es superfluo. Cajas llenas de
sorpresas.
Mandemos a los biógrafos a su casa a contar su propia vida.
Por cierto, tal día como hoy, el 23 de abril, ni es el día
en que murió Cervantes, ni es el día en que murió Shakespeare, ni es el día que
nació Nabokov.
El 23 de abril es el símbolo que muestra como los biógrafos,
historiadores incluidos, alteran la realidad a su conveniencia.
Y tenían razón los transeúntes. Hay demasiados libros.