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6/1/10

7 de enero de 1938, Beckett apuñalado

El 7 de enero de 1938, saliendo del cine junto a Alan y Belinda Duncan, Samuel Beckett fue apuñalado por un proxeneta llamado Robert Jules Prudent.

La noticia fue recogida por el Irish Times, 8 Jan. 1938



El resto es mistificación.
Un “romántico” error aparece en “Samuel Beckett: a biography” de Deirdre Bair. Más o menos es así como narra la historia: Los Duncan, en estado de shock, gritan por las calles desiertas para que alguien detenga al asesino. Una joven les ayudó, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, una estudiante de piano que volvía a casa después de un concierto y que se encontró con la escena. Hizo una almohada con el abrigo de Alan Duncan para que la cabeza de Beckett reposase y llamó a una ambulancia.

Calvin Israel en Review: ‘Samuel Beckett: a biography’ by Deirdre Bair discrepa de esa romántica invención del encuentro entre Beckett y Deschevaux-Dumesnil.

En otro lado, en ese lado oscuro del que no puedo hablar, leí una historia que convertía el apuñalamiento de Beckett en la causa de su muerte… en ese lado también había una romántica historia de amor y muerte.

El caso es que Beckett, herido en la pierna izquierda y cerca del corazón pasó dos meses hospitalizado. Durante la convalecencia se consolidó la relación con Suzanne Deschevaux-Dumesnil, a quien conocía con anterioridad, y de quien no se separaría hasta su muerte.



Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo adherido a la Resistencia, lo que le supuso tener que huir, junto a Suzanne, de la GESTAPO. En el Sur de Francia escribió Watt, que no se publicó hasta 1953, y con posterioridad Molloy (1951), Malone muere (1951), El innombrable (1953), Esperando a Godot (1952), Final de partida (1958), La última cinta (1959), Días felices (1961), Acto sin palabras (1964), Cómo es (1964), No yo (1973), That Time (1976) y Footfall (1976), y Compañía (1980).
Se podría pensar que la obra de Beckett, del Beckett que consideramos influyente y determinante en la literatura del siglo XX se construye a partir de esos dos hechos dramáticos, el apuñalamiento y la guerra.

Todo se ajusta a un plan, al parecer.

Tras su convalecencia en el Hospital Broussais de Paris, Beckett fue a entrevistarse con su agresor, Robert Jules Prudent. Cuando le preguntó porque le había apuñalado éste contestó:

"Je ne sais pas, monsieur. Je m’excuse"

Dicen que Beckett encontró a Prudent una persona amable y educada, más cretino que malicioso, y retiró los cargos. Israel denuncia esta adulteración de los hechos, este ajuste de la “realidad” a hechos literarios posteriores, como si el absurdo hubiese irrumpido violentamente en la vida de Beckett determinando su posterior obra. Israel asegura que Beckett conocía a Prudent antes del ataque.

La cuestión es que reinventamos los hechos, les damos quizás mayor importancia que la que tuvieron o unas dimensiones de las que carecieron. Queremos que la vida sea literaria, que se ajuste al guión de un narrador omnisciente.

Que así sea.

Samuel Beckett junto a Alan y Belinda Duncan saliendo de la proyección de La grande ilusion de Jean Renoir. Beckett despotrica sobre el error que supone considerar la guerra como un juego de caballeros. Parece entreverse en ese amistoso conflicto entre Francia y Alemania que plantea la película de Renoir, esa última contienda entre caballeros tras el cual la aristocracia se ve desplazada por la burguesía y el proletariado, cierta connivencia con el régimen nazi, cierta aproximación intelectual francesa a las malsanas ideas del Reich apelando al común anciano y noble centroeuropeismo. Ha estado en Alemania, lo sabe. Ha visto hace poco como han recibido al ministro alemán en Paris.
Entonces se acerca Prudent, el proxeneta que tantas veces había concertado citas para Beckett. En compañía de sus amigos no quiere reconocer al siniestro personaje, aunque en ello nota cierta contradicción con sus anteriores argumentos. La aristocracia intelectual es otra forma de elitismo se lamenta en última instancia mientras hace un signo a Prudent, quizás citándole para más tarde, y que el proxeneta malinterpreta. Le asesta dos puñaladas. Huye. Más tarde, Beckett sólo recordaría que de pronto se encontró herido en el suelo.
Y Joyce y el Hospital y Suzanne y la Guerra, la verdadera guerra.
La realidad es otra cosa. Tal vez ni siquiera la sucesión de hechos la pueda someramente describir. Vease en la nota de la wikipedia sobre Samuel Beckett la cantidad de personas relevantes con las que se cruzó en su vida. Y de que modo, como incluso en una biografía más o menos seria se pueden colar hechos anecdóticos.
Relacionar a Beckett con Eisenstein y Pudovkin a través de una carta que nunca recibieron a causa de una epidemia de viruela, aunque sea cierto, es otro síntoma de nuestra propensión a dramatizar la vida, a buscar el Plan que subyace.

A fin de cuentas la respuesta de
Prudent es bastante beckettiana: "Je ne sais pas, monsieur. Je m’excuse"

Véase también Shining Agates of Negation, by Stephen Ross

5/1/10

Nada sin...

Mi piel, mis músculos, mi cuerpo se acordaron de repente sin comunicárselo al cerebro. Hacían movimientos no intencionados, que yo no deseaba.
¡Como si mis miembros ya no me pertenecieran!
De golpe, mi andar se había vuelto extraño y vacilante al dar unos cuantos pasos en la habitación.
Éste es el paso de un hombre que continuamente está a punto de caer hacia delante, me dije.
Sí, sí, sí, ¡así era su paso!
Lo sabía claramente, es así.
Yo tenía una cara extraña, sin barba y con barbilla pronunciada, y miraba desde unos ojos rasgados.
Esta no es mi cara, quise gritar asustado y quise palparla, pero mi mano no siguió mis deseos y se hundió en el bolsillo para sacar un libro.
Exactamente igual que él lo había hecho antes.
De repente, estoy sentado otra vez sin sombrero y sin abrigo, junto a la mesa. Y soy yo. Yo, yo.
Athanasius Pernath.
Gustav Meyrink, El Golem. Traducción de Celia y Alfonso Ungría para Tusquets.

Yo no soy Athanasius Pernath.
Ni he confundido mi sombrero



Ni mi abrigo

Se acuerda de pronto de una historia con mi abrigo en el invierno del año pasado en Madrid. En el hall de su hotel madrileño, él salió disparado hacia la calle para unas fotografías de un periódico y se llevó mi abrigo confundiéndolo con el suyo. Estaba ya denunciando al conserje la desaparición cuando vi que regresaba de su sesión de fotos con un abrigo sospechosamente parecido al mío, y sólo entonces comprendí lo ocurrido. Un inquietante intercambio de identidades que, como Magris es un buen germanista, me hizo pensar en la involuntaria permuta de sombreros al inicio de El Golem de Gustav Meyrinck. La verdad es que desde aquel día llevo con especial orgullo mi abrigo y a quien quiera oírlo le digo: "Me llamo Magris como todo el mundo"
El filo del horizonte, Dietario Voluble, E. Vila-Matas. El País Catalunya, 14/10/2007

Cita a Magris Vila-Matas: "La literatura no salva la vida, pero puede darle sentido".

Pero que sentido puedo encontarle a la vida cuando en última instancia todos los textos son el mismo texto, todos los rostros el mismo rostro.
En mi mesita de noche las portadas con rostros. El de Kafka (sus Diarios abandonados desde hace meses sobre Montaigne) el de Lovecraft (pensar que todas las sensaciones que nos transmiten sus historias puedan ser un error de apreciación de los lectores) (pero no es una novela de Lovecraft... René sabe) todos los rostros el mismo rostro... pienso en lo irracional que es detestar los rostros de los autores... pienso que no recuerdo el rostro de Bernhard (por ejemplo) a quien leo para dejarme arrastrar y escribir a mi vez, para que mi rostro sea detestable... pienso en Beckett... NADA sin Beckett.

–¡Nada sin Hércules! Hércules ha muerto: no podemos zarpar.
Pero resulta que Hércules sólo estaba borracho.

Robert Graves, El Vellocino de oro.

Nada sin Beckett.

VLADIMIRO.- Entonces, ¿qué hacemos?
ESTRAGÓN.- No hagamos nada. Es más prudente.

¿Entonces?... “Je ne sais pas, monsieur. Je m’excuse” (*)

(*) Es una larga historia, tal vez pasado mañana la cuente.

26/4/09

Punto muerto

Escucho a Coltrane y siento que fue capaz de llevar la creatividad musical a un punto muerto, a un punto sin retorno y en el que tampoco se puede avanzar más allá a no ser que se sacrifique la inteligibilidad de la música. Como Joyce, aunque él dio un paso más y construyó la obra definitiva, Finnegans wake. Definitiva porque no se puede ir más allá narrativamente.
El Finnegans wake dio nombre a los quark, unas de las partículas definitivas de la materia… todo lleva a un punto muerto. Y en su nomenclatura aún perdura la voluntad literaria: up, down, charm, strange, top y bottom. En el punto muerto de la física encontramos el encanto y lo extraño.
Tal vez Coltrane no acabó con la música. Tal vez lo que encerraba su cabeza abría nuevas puertas, pero él sólo pudo enseñarnos en que dirección se encontraba la puerta. Tal vez Joyce llegó a entreabrir la puerta. Lo que es seguro es que Beckett vio lo que había más allá y volvió para contárnoslo. Pero, como le ocurre a todo visionario, a Beckett se le ha ignorado sistemáticamente a lo largo del siglo XX, y aún ahora.
Nada sin Beckett, debería ser nuestro lema.
No hay voluntad de exploración. Si acaso tímidos intentos que se repiten una y otra vez, pero no hay nada que se aproxime a la rotundidad narrativa de Beckett.
Repetimos una y otra vez los mismos errores del pasado.
La obra actual debe escribirse continuamente. No debe ser definitiva, debe acrecentarse día a día, liberarse de la condena definitiva del papel y ser volátil, fácilmente volátil. No hace falta solicitar a nuestro mejor amigo y albacea que destruya todo aquello que no ha sido publicado, para que después éste no lo haga… aunque quizás El proceso de Kafka, fruto de esa infidelidad, sea un ejemplo de obra no-definitiva que debería marcar el signo de nuestros tiempos. Brod, en este caso, fue un visionario transgresor. Hoy hubiese bastado pulsar el botón “Supr”, o pasar un imán por el disco duro para que todo hubiese desaparecido.
“¡Quemar la Eneida!”, grita desesperado Virgilio-Broch. ¡Quemadlo todo, lanzad la bomba!. Todo texto publicado es sinónimo de fracaso. Si acaso en la cabeza de algunos autores queda la idea de la obra perfecta, en la cabeza de Kafka estaba escrito hasta su último párrafo el perfecto y sublime Proceso que no era capaz de plasmar en el papel, que no podía concluir… los textos son fracasos que deben ser corregidos día a día, aumentados o borrados según el día amanezca lluvioso o soleado, mutables e imperfectos y siempre en construcción.

Work in Progress:
Three quarks for Muster Mark!
Sure he has not got much of a bark
And sure any he has it's all beside the mark.

Por eso Max Brod fue un visionario. No nos ofreció una novela, sino el desarrollo creativo de una novela. "Fracaso al intentar terminar el capítulo, otro ya comenzado no podré continuarlo tan bien, mientras que aquella vez, por la noche, me habría sido posible. No puedo abandonarme, estoy completamente solo" escribe Kafka el 29 de agosto de 1914 a propósito de la escritura de El proceso. Es pues también un Work in Progress, indefinidamente en construcción. Presentada siempre como obra inconclusa a mí me parece justamente lo contrario. La veo como la narración definitiva.
Desde el título provisional de la novela que comienza con “Alguien tenía que haber calumniado a Josef K , pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo”, hasta el final, “¡Como a un perro! –dijo él: era como si la vergüenza debiera sobrevivirle”, El proceso de Kafka es una obra completa y al mismo tiempo mutable. Dentro de su narración se abre un agujero negro narrativo tan fascinante y absorbente como el sistema burocrático-legal al que se enfrenta Josef K.. Dentro de ese agujero caben todas las posibilidades narrativas que podamos imaginar, pero también caben todas las generaciones de lectores que hemos leído a Kafka. Es el inicio de la desaparición del lector. La obra definitiva, permanentemente en construcción, no precisa lectores ni ser comprensible, ni siquiera precisa ser escrita. Permanece en la cabeza del autor y luego, tras su muerte se desvanece en la nada.
Escribir es fracasar y, además, es muy fatigoso y decepcionante.
Dejemos a los que no fracasan que hablen. A nosotros ni la vergüenza nos sobrevivirá:

O más probablemente había leído en alguna parte, en el tiempo en que creía tener interés en instruirme, o en divertirme, o en embrutecerme, o en matar el tiempo, que cuando uno cree avanzar en línea recta en un bosque no hace en realidad más que describir círculos, ponía mi mejor voluntad en describir círculos, con la esperanza de avanzar así en línea recta.

Samuel Beckett, Molloy

Decididamente esta noche no diré nada que no sea falso, quiero decir que no me deje perplejo en cuanto a mis verdaderas intenciones. Porque la tarde, incluso la noche, es una de las más negras que puedo recordar. Tengo poca memoria. Mi dedo meñique, posado sobre la hoja, se adelanta a mi lápiz, le anuncia cayendo el final de la línea. Pero en el otro sentido, de arriba abajo, voy mal. No quería escribir, pero acabé por resignarme. Con el fin de saber dónde estoy, dónde está. Al principio no escribía, sólo hablaba; después, olvidaba lo que había dicho. Un mínimo de memoria es indispensable para vivir de verdad. Su familia, por ejemplo, verdaderamente yo ya no sé, por así decirlo, nada sobre ella. Pero estoy tranquilo: está anotado en alguna parte. Es el único medio de controlarlo. Pero en lo que a mí se refiere, no siento la misma necesidad. Ignoro también mi propia historia, la olvido, pero no necesito conocerla. Y, sin embargo, escribo sobre mí, con el mismo lápiz, en el mismo cuaderno, que sobre él. Ya no soy yo, debí decirlo antes, sino otro cuya vida apenas ha empezado.

Samuel Beckett, Malone muere.