30/11/11

Cándido de Voltaire con portada de Chris Ware

Solo un cándido podría pensar que este es el mejor de los mundos posibles... o el mejor mundo posible, no recuerdo como era lo de Leibniz... recuerdo mejor a Pangloss. Pero cuando te encuentras con una edición de la obra de Voltaire con esta maravillosa portada de Chris Ware uno piensa que quizás sí, quizás sea este el mejor de los mundos posibles.








Este post no hubiese sido posible sin la colaboración de David Cauquil que me descubrió esta maravilla. Que las imágenes no se vean lo suficientemente bien es culpa mía. Pulsad sobre ellas para verlas en tamaño mayor.

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25/11/11

Lost Highway, diálogos




Renee: ¿No te importa que no vaya al club esta noche?
Fred: ¿Qué vas a hacer?
Renee: Quedarme en casa. Leer.
Fred: ¿Leer? ¡¿Leer?! ¿Leer qué, Renee?
(A ella se le escapa una risa tonta)
Fred: Es bueno saber que todavía te puedo hacer reír.
Renee: Me gusta reír, Fred. Por eso me casé contigo.


(Primera línea de diálogo de Lost Highway después de "Dick Laurent está muerto")

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22/11/11

Claus y Lucas, de Agota Kristof

Comentar Claus y Lucas es una de las tareas más difíciles a las que me he enfrentado. En primer lugar porque tal y como conocemos la obra de Kristof editada por El Aleph (traducción de Ana Herrera Ferrer y Roser Berdagué Costa) podemos pensar que se trata de una única obra cuando en realidad se compone de tres novelas publicadas independiente y sucesivamente: El gran cuaderno (1987), La prueba (1988) y La tercera mentira (1991). El título de ésta última como parte de una teórica trilogía es bastante elocuente. En La tercera mentira encontramos este fragmento:

“Más adelante leí yo las cartas a los que no sabían y me pedían que lo hiciera. Por lo general les leía lo contrario de lo que decían las cartas.
(…)
El chico al que le leía la carta me decía:
— La enfermera me ha leído la carta de otra manera.
Yo decía:
— Te la ha leído de otra manera porque no quería disgustarte. Yo te he leído lo que está escrito. Creo que tienes derecho a saber la verdad.
Él decía:
— Tengo derecho, pero la verdad no me gusta. La carta era mejor antes. Ha hecho bien la enfermera leyéndomela de otra manera.
Y se echaba a llorar”
Del mismo modo que en El gran cuaderno la narración se basa en la descripción fiel de los hechos La tercera mentira, que implica la existencia de dos mentiras previas, se basa tanto en lo poco sugestiva que es la verdad, la realidad, como en la mentira y la falsedad como fundamento de la narración. Pero no es eso exactamente.
Sería contradictorio decir que en El gran cuaderno se nos narra por parte de dos hermanos gemelos, Claus y Lucas, una historia cruel y amoral fundada en la “descripción fiel de los hechos” dejando de lado los sentimientos. No se puede ser cruel y amoral. La amoralidad anula toda emoción que emanen de los actos. Claus y Lucas, dos personas pero un único narrador de El gran cuaderno, se limitan a los hechos. No hay análisis moral ni consecuencias emocionales en sus actos. Y aunque esa condición se traslada a las otras dos novelas es considerada la más destacable de las tres y es la que más impresiona a los lectores.
La prueba continúa lo narrado en la primera novela desde el instante en que Claus cruza la frontera. Lo desconcertante en primera instancia es que Claus parece haber desaparecido totalmente. Da la sensación de que lo que ahora leemos, focalizado pero no narrado por Lucas, implica la no existencia de Claus, lo que en cierta manera nos lleva a dudar por primera vez de la “veracidad” (siempre dentro del contexto narrativo) de lo narrado en El gran cuaderno. El dolor de la separación de los gemelos hace que Lucas se vea afectado por una especie de enfermedad que le lleva a olvidarlo todo y eso permite que el lector pueda reajustar al personaje dentro de las nuevas condiciones narrativas (que podemos pensar, por multitud de detalles, nada tiene que ver con las de El gran cuaderno) Pero cuando el lector parece haber asumido ese nuevo contexto dominado por la omnipresente ausencia de Claus, se desmienten todas nuestras suposiciones:
Lucas dice:
— Conozco el dolor de la separación.
— La muerte de tu madre.
— No, es algo distinto. La marcha de un hermano con el que yo formaba una sola unidad.
Y más adelante:
El niño pregunta:
— ¿Y el esqueleto de tu hermano no lo has guardado?
— ¿Quién te ha dicho que tenía un hermano?
—Nadie. Te he oído hablar con él. Tú le hablas, no está en ninguna parte pero está en todas partes, y por lo tanto debe de estar muerto también.
Lucas dice:
—No, no está muerto. Se fue a otro país. Ya volverá.
A pesar de la incertidumbre que se nos produce en primera instancia, La prueba se confirma como la historia de Lucas tras su separación de Claus, sin que la otra posibilidad, que se trate de la historia de otro Lucas sin la existencia de Claus también es posible, a no ser por un pequeño detalle que se nos revela al final. En La prueba toman especial relevancia los personajes secundarios. Esta no es tanto la historia de Lucas sino la de quienes le rodean: Victor, Peter, Yasmine, Mathias y Clara. A través de ellos la autora nos introduce en el ambiente de indefensión y arbitrariedad deshumanizada que provoca el totalitarismo. No hay definido un entorno geopolítico en el que ubicar las historias de Kristof, sobre todo porque no hace falta explicitar lo obvio. Porque no se trata tanto de presentar una denuncia histórica como de mostrar, alegóricamente si se quiere, la condición del individuo subyugado por el poder. Visto desde otra perspectiva, todos los personajes de la trilogía Claus y Lucas, con sus sucesivas transformaciones, al igual que lo que ocurría con los de Ayer forman parte de la experiencia vital de Agota Kristof. Todos los personajes, de alguna manera, son ella. Eso explicaría sus mutaciones y desapariciones a lo largo de la trilogía.
Dice Victor:
¿Qué habría podido escribir? En mi vida no pasaba nada, nunca en toda mi vida me había pasado absolutamente nada, ni tampoco a mi alrededor. Nada que valiese la pena escribir.
Y Clara, que reaparece como demente recita un fragmento de Ayer (o, siendo estrictos con la cronología, recita un texto que luego aparecerá en Ayer):
—Llueve, como siempre. Lluvia fina y fría, cae sobre las casas, sobre los árboles, sobre las tumbas. Cuando «ellos» vienen a verme, la lluvia chorrea por sus rostros destrozados. «Ellos» me miran y el frío se hace más intenso. Mis muros ya no me protegen. Nunca me han protegido. Su solidez no es más que una ilusión, su blancura está mancillada.
El enigma de esta segunda parte es la personalidad del narrador. Casi al final de La prueba Lucas desaparece y Claus vuelve a ser el foco de la narración:
Claus dice:
—Lo siento, no tengo medio alguno de probar mi identidad. Soy Claus T. y busco a mi hermano Lucas. Usted le conoce. Y ciertamente le habrá hablado de mí, de su hermano Claus.
—Sí, me ha hablado a menudo de usted, pero debo confesarle que nunca había creído en su existencia.
Claus ríe.
—Cuando yo hablaba de Lucas a alguien, tampoco me creían a mí. Es cómico, ¿no le parece?
Y poco después:
—Decidimos separarnos. La separación debía ser total. Una frontera no bastaba, era necesario también el silencio.
—Y sin embargo, ha vuelto. ¿Por qué?
—La prueba ha durado demasiado. Estoy cansado y enfermo, y quiero ver otra vez a Lucas.
—Sabe usted muy bien que no volverá a verle.
La prueba finaliza con un informe policial en el que se solicita la repatriación de Claus T. a través del cual descubrimos que ni Lucas ni el resto de personajes que han aparecido en la novela han existido.

La tercera mentira, novela final de la trilogía desvela la identidad del narrador de La prueba. Todo cuanto sabemos de Claus y Lucas lo sabemos mediante la lectura de los cuadernos que ellos mismos (o uno de ellos, o ninguno de ellos) han ido escribiendo a lo largo de su vida. Al final de La prueba el informe policial introduce un desmentido a la realidad narrativa que conformaba hasta ahora la historia de los dos (¿?) personajes: La infancia amoral de los dos gemelos en casa de su abuela; el cambio de personalidad de Lucas tras la separación; la vuelta de Claus hasta su encarcelación. El informe desvela que nada de eso ha ocurrido y que los cuadernos manuscritos por los que conocemos la historia del inexistente Lucas los ha escrito Claus, como se desvela al inicio de La tercera mentira, desde la cárcel:
—Lo que escribo no tiene importancia.
Ella insiste:
—Lo que quisiera saber es si escribe cosas que han ocurrido de verdad o cosas inventadas.
Le contesto que trato de escribir cosas que han ocurrido de verdad pero que, en un momento dado, la historia se hace insoportable por su misma verdad y entonces me veo obligado a modificarla. Le digo que intento contar mi historia pero no puedo, no tengo valor, me hace mucho daño. Entonces lo embellezco todo y describo las cosas no como sucedieron sino como yo querría que hubieran sucedido.
Ella dice:
—Sí. Hay vidas que son más tristes que el más triste de todos los libros.
Yo digo:
—Exactamente. Por muy triste que sea un libro, nunca puede ser tan triste como la vida.
Hemos vuelto a la narración autobiográfica en primera persona, lo cual nos sumerge en un nuevo contexto narrativo con una nueva historia de Claus totalmente distinta a la narrada hasta ahora.
El agente dice:
—Sí, eso quería decirle. Si sigue contando historias sobre su hermano, se figurarán que está loco.
— ¿Usted también lo cree?
Mueve la cabeza.
—No, lo que yo creo es que confunde la realidad con la literatura. Con su literatura. También creo que ahora debe volver a su país, reflexionar un tiempo y volver aquí después. Definitivamente, tal vez. Es lo que le deseo, para su bien y para el mío.
A partir del momento en que es liberado de prisión (al menos narrativamente) Claus, como narrador, se convierte en un nuevo narrador, Klaus, que recibe una llamada telefónica de su hermano desaparecido Lucas. Hay que dejar claro que posiblemente este Lucas no tiene nada que ver con el Lucas objeto de la narración de La prueba, una invención de Claus y que este nuevo Klaus, puede ser también invención de Claus. De hecho la historia termina cuando a Klaus le entregan una carta de Claus que viene firmada por Lucas. El lector no puede concluir nada. No es necesario que concluya nada, simplemente debe dejarse llevar por la demoledora narración de Kristof. De ahí la dificultad que mencionaba al principio. Nada que se diga puede suplir la intensidad de la experiencia lectora y eso define lo que es una obra maestra.

Nos encontramos en una continua inmersión de la narración dentro de la narración. La voz común a todos los giros es la de la propia Kristof y su mensaje es el de la soledad del desarraigo y la insignificancia de la literatura. De hecho lo que la trilogía Claus y Lucas demuestra es la inutilidad de todo intento de embellecer la realidad a través de la literatura. La realidad nos agobia y nos oprime y la narrativa, como parte de esa realidad, acaba mancillada por la suciedad con que la realidad lo impregna todo.

El handicap que arrastra la trilogía es su magistral primera parte. El gran cuaderno, por sí solo, debería formar parte de ese canon (siempre subjetivo) de obras imprescindibles de la literatura. La trilogía también merece formar parte de ese canon, pero entiendo que existan lectores a los que las sucesivas negaciones de todo lo narrado les pueda causar perplejidad. La intensidad de lo que se nos cuenta en El gran cuaderno y la forma en que se hace, alcanza cotas literarias difíciles de superar. Demostrar, con las sucesivas novelas, que El gran cuaderno es una impostura, un artificio narrativo sin fundamento real (en su contexto narrativo) puede provocar el rechazo de las otras dos novelas, sin que podamos apreciar entonces el complejo y desesperanzador juego en el que nos ha introducido Agota Kristof.
Porque podemos inventar nuestras vidas de mil formas distintas, pero “por muy triste que sea un libro, nunca puede ser tan triste como la vida”.
El caso es que Agota Kristof lo consiguió. Creó libros tan tristes como la vida. Después dejó de escribir.



Todos los fragmentos pertenecen a Claus y Lucas de El Aleph Editores, traducción de Ana Herrera Ferrer (El gran cuaderno y La prueba) y Roser Berdagué Costa (La tercera mentira)

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14/11/11

1Q84. Libro 3, de Haruki Murakami (II)

"Mientras Freud exponía sus argumentos, yo sentí una extraordinaria sensación. Me pareció como si mi diafragma fuera de hierro y se pusiera incandescente —una cavidad diafragmática incandescente. Y en este instante sonó un crujido tal en la biblioteca, que se hallaba inmediatamente junto a nosotros, que los dos nos asustamos. Creímos que el armario caía sobre nosotros. Tan fuerte fue el crujido. Le dije a Freud: «Esto ha sido un fenómeno de exteriorización de los denominados catalíticos».
«¡Bah —dijo él—, esto sí que es un absurdo!». «Pues no», le respondí, «se equivoca usted, señor profesor. Y para probar que llevo razón le predigo ahora que volverá inmediatamente a oírse otro crujido». Y, efectivamente: ¡apenas había pronunciado estas palabras se oyó el mismo crujido en la biblioteca!
Freud me miró horrorizado."
Carl Gustav Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos

Esta reseña empezó hace tiempo con un reproche a Murakami por presentar 1Q84 como un folletín. A ello le siguió una rectificación debido a la estructura musical que domina los dos primeros libros de la trilogía.
Y ahora de nuevo me remito a la primera reseña, porque ¿es 1Q84 una trilogía? No sé, me he sentido bastante decepcionado con el tercer libro que, supuestamente, cierra la serie. Pero, ¿está de verdad cerrada la narración? Tengo la sensación de que ciertamente es una obra terminada, pero temo que, debido a la falta de conclusión de algunos aspectos de la trama, Murakami puede estar tentado de escribir una continuación de la novela o trilogía o folletín o lo que sea. Y esa incertidumbre me fastidia.
Ya he hablado en varias ocasiones de las dos características que dominan las narraciones de Murakami, la sentimental y la siniestra. 1Q84 es, puesto que la trama se centra en el reencuentro de Tengo y Aomame, principalmente sentimental, pero con la peculiaridad de estar inmersa en un entorno siniestro.
Ya no sé de cuantas cosas más tendré que retractarme, pero esta novela me ha dejado descolocado: Por una parte quería que me gustase y por la otra me ha decepcionado profundamente. Y por otra, más, desconfío de la conclusión. Quizás dentro de unos años tendré que volver a retractarme.
Porque hay otros indicios para entender este Libro 3. Si en los dos primeros la estructura se basaba en El clave bien temperado de Bach, en esta tercera parte son mencionados de forma aparentemente casual a Proust y a Jung. Si Proust es relevante en la forma de escribir de Murakami, la mención a Jung, sobre todo a la Torre de Bollingen, en la que Jung se aisló del mundo como los personajes de Murakami parecen vivir, abre la puerta a una interpretación psicológica de 1Q84 basada en términos jungianos.
Pero, la verdad, estoy cansado. La decepción que me ha provocado no me permite investigar y argumentar sobre si la novela tiene un sentido oculto. Si sigo escribiendo lo haré para convencerme de que debe gustarme en función de una segunda lectura simbólica que subyace al texto. Pero la narración principal, la que constituye la primera lectura, se demora demasiado, avanza con demasiada lentitud, se detiene en detalles intrascendentes (aunque importantes en la narrativa de Murakami) que hacen que el lector se irrite, porque, sí, Tengo y Aomame deben encontrarse, así quedó claro en las dos primeras partes, pero hay muchas cosas más que debían ocurrir. En esta tercera parte Tengo y Aomame esperan encontrarse y el lector desespera de la tardanza de ese encuentro. Luego se encuentran y fin (¿fin?)
Escribo esta reseña porque debía escribirla. Javier Munguía lo hizo mejor y más exhaustivamente.

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06/11/11

In the Mouth of Madness (1995), de John Carpenter

Contra mi costumbre, tengo que hablar del argumento de En la boca del miedo (In the Mouth of Madness ) para que quede claro de qué quiero advertiros.
John Trent, un eficaz investigador de seguros, es contratado por una editorial para que descubra el paradero de su escritor superventas, Sutter Cane, desaparecido desde hace un par de años. El lanzamiento de su nueva novela, En la boca del miedo, está anunciado para dentro de unas semanas y el texto parece haber desaparecido junto al autor. Solo su agente literario ha recibido un fragmento de la nueva novela y ha enloquecido, atacando con un hacha, casualmente, al mismo Trent.


-¿Has leído a Sutter Cane?

Trent junto a la editora Stiles parten en busca del pueblo aparentemente ficticio de Hobb's End ya que aparece en las novelas de Cane. Trent imagina que todo es un montaje publicitario de la editorial y está dispuesto a desenmascarar la trama, pero su azarosa llegada al pueblo y los hechos que en él ocurren le llevan a dudar de la realidad y a confundirla con una ficción. De hecho toda la historia está narrada desde el principio por el propio Trent acabado de ingresar en un manicomio bajo una premisa argumental bastante elocuente: “En un mundo enloquecido el cuerdo sería el loco



La película termina con Trent viendo la película que nosotros, los espectadores, estamos viendo. Se ve a sí mismo en la pantalla cuando lo ingresan en el manicomio y en Hobb's End afirmando que “esto (golpea tres veces con sus nudillos un mueble) es la realidad”. Trent se ríe en el cine vacío, una risa enajenada con la que se cierra la proyección. La película se titula En la boca del miedo y tiene la peculiaridad, al igual que la novela de Sutter Cane del mismo título en la que está inspirada, de que enloquece a todo aquel que la ve. O que lee la novela.
Sin embargo nosotros no enloquecemos. O no somos capaces de reconocer nuestra locura en un mundo de locos.
Esto merece una explicación.

En primer lugar queda claro que En la boca del miedo es una película metacinematográfica y autoreferencial. Una primera lectura a través de algunos detalles de las imágenes nos puede llevar a pensar que Carpenter habla sobre su propia obra y sobre la desmesura idolatría de los fanáticos por ella. No hay más que ver lo similares que son las transformaciones de los habitantes de Hobb's End a las que se muestran en La Cosa, o cómo los personajes del cuadro que cambia se parecen a los extraterrestres de Están vivos.
Yo divido las películas de Carpenter en dos tipos, las de terror (Hallowen, La niebla, Christine…) y las que leí por ahí, y enseguida adopté el término, que eran “western macarras” (Asalto a la comisaría del distrito 13, Están vivos, Golpe en la pequeña china, los dos Rescates, Vampiros, Fantasmas de Marte…) y después está La cosa, que pertenece a los dos tipos.
Dentro de esta clasificación En la boca del miedo debe ser una película de terror, pero al mismo tiempo es una autorreflexión sobre el terror y los fenómenos extraliterarios (y extracinematográficos) que suscitan por lo cual queda un poco fuera de ambas categorías.
El caso principal es En la boca del miedo es una película que vuelve loco a todo aquel que la vea. Si eso no ocurre en (toc, toc, toc) la “realidad” es porque la película contiene unas barreras a modo de mensajes subliminales que bloquea el efecto enloquecedor. No es mi intención desvelarlas aquí porque cualquier chiflado podría dedicarse a eliminar los imperceptibles efectos subliminales que sabiamente Carpenter dispuso a lo largo del metraje. Tengo que decir que la de ayer fue la única vez que conseguí ver entera la película. En las anteriores cuatro ocasiones irremediablemente me quedaba dormido, en un par de ocasiones cuando los protagonistas están a punto de entrar en el pueblo y en otras justo cuando entran en el hotel, por lo que algunos pensarán que es posible que algunos de los efectos inhibidores estén en esa parte del metraje.



Recordemos que Están vivos presentaba una distopía en la que unos seres extraterrestres controlan a la humanidad a base de mensajes subliminales únicamente perceptibles mediante un aparato con el aspecto de unas gafas de sol y que esos mismos extraterrestres aparecen en el cuadro “vivo” en el hall del hotel. Todas las veces que me dormía despertaba ante la imagen de la inquietante Catedral Eslovaca de la Transfiguración en Markham, Ontario, Canadá, que sirve de escenario a la película y suponía que me había perdido información relevante para entender la trama. En realidad la misma película me estaba protegiendo de sus efectos.
Anoche realice un experimento que puedo calificar de exitoso. Volví a ver En la boca del miedo dispuesto a no quedarme nuevamente dormido.



Justo cuando Stiles y Trent empiezan a adormecerse en el coche empecé a notar los primeros síntomas de sueño. Seguramente en otras ocasiones me había ocurrido lo mismo porque no recordaba que la entrada a Hobb's End tiene carácter onírico. Así que saqué de mi bolsillo una navaja y empecé a hacerme cortes en los brazos en forma de cruz para que el dolor no me dejase dormir. Y fue así como la vi y fue así como entendí el mensaje que encierra.
Ahora lo que nos interesa saber a mi hacha y a mi es si leéis a Sutter Cane.

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04/11/11

Todo sobre el mundo de los cruceros; Viajes con David Foster Wallace y José Ángel Barrueco

La edición de bolsillo de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer de David Foster Wallace contiene únicamente el artículo de mismo título, aunque cuando fue publicado en 1996 en la revista Harper's se llamó "Shipping Out" (*).
Descubro este detalle leyendo Asco de José Ángel Barrueco.

Un barco es el escenario narrativo por antonomasia. Es un universo cerrado y aislado en el que los personajes están obligados a interaccionar. Un barco literario funciona como representación de la Realidad. Y al revés también ocurre, un barco “real”, que navega realmente quiero decir, se convierte en un escenario narrativo al mismo tiempo que representa al resto de la “realidad”.
Asco de José Ángel Barrueco resume las impresiones producidas durante un crucero por el Adriático, al igual manera que Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer recoge las de David Foster Wallace en uno por el Caribe.
Por una de aquellas casualidades del azar objetivo resulta que el barco de DFW (Nadir) es el mismo en el que navegó JAB (Zenith) De qué modo un barco pasa a llamarse como su opuesto no es relevante ni tampoco simbólico para nuestro propósito.
No sólo es lícito establecer un paralelismo entre ambas obras, Barrueco es consciente de ello y cita en varias ocasiones el artículo de Wallace, si no que toda obra que sucede en un barco, con su propio tiempo fuera del tiempo real en una “realidad” autónoma, tienen por fuerza que parecerse a otras al convertirse en un espejo de “nuestra realidad”, que nos muestra deformados y grotescos, acrecentando nuestra fealdad avariciosa y gregaria.
En ambos casos, tanto Wallace como Barrueco son narradores de una “realidad turística que navega”, y se convierten en entes que flotan por encima de la barahúnda consumista de la masa y la muestran en su avidez desmesurada. Pero cada uno de ellos conserva sus peculiaridades personales, Wallace la del narrador agorafóbico, Barrueco la del misántropo. Y ambos dejan entrever las contradicciones de su carácter.
DFW debe cumplir el encargo de una revista y, prácticamente contra su propia personalidad, debe involucrarse en las actividades programadas para diversión del pasaje. Por su parte JAB repudia visceralmente el comportamiento gregario e incívico del pasaje. El tímido enfermizo debe mostrarse en público e involucrarse en las actividades programadas para la diversión del pasaje. El misántropo por su parte es un viajero social, y lo hace acompañado de un grupo de personas afines y con las que comparte sensaciones.
Lo interesante de ambas aportaciones es la descripción de una realidad escindida y autónoma de la realidad a partir de los elementos peculiares de esa especie de mundo alternativo, en el que destacan La Sonrisa Profesional y el Retrete Aspirador.

Aquí me toca especular a mí.
En el capítulo dedicado al Individuo asediado de Vida Líquida, Zygmunt Bauman plantea que ser un individuo significa “ser diferente a todos los demás
El problema”, sigue Bauman, “es que son esos mismos otros de los que uno no puede evitar diferir los que empujan, presionan y obligan a uno a diferir”
“La búsqueda de la identidad siempre se ve tensada en direcciones opuestas (…) Navega entre los extremos de la individualidad intransigente y el sentimiento pleno de pertenencia a un colectivo; el primero de ellos es inalcanzable, pero el segundo succionará y tragará como un agujero negro todo aquello que flote en sus inmediaciones
(Zygmunt Bauman, Vida Líquida; traducción de Albino Santos Mosquera)

Jugando con la cita de Bauman podría decir que en esa tensión contradictoria se mueven los narradores de Wallace y Barrueco, literalmente navegando entre esos dos extremos y con el retrete succionador a modo de agujero negro. Y esta analogía se confirma con la fascinación que el sistema de succión al vacío suscita en ambos escritores. Wallace se obsesiona con su funcionamiento, supongo que en su afán de describir exhaustivamente todo cuanto le rodeaba que es característico de su obra. La fascinación de Barrueco nos lleva a imaginar (desgraciadamente) riadas de excrementos producidas por insaciables devoradores de alimentos del inagotable suministro del “todo incluido” fluyendo a través de sus tuberías hasta las entrañas del navío.
La Sonrisa Profesional es otro de los aspectos que ambos autores destacan. Si bien Wallace termina completamente entregado a la perenne sonrisa amable (aunque ausente) del personal del barco y acepta la invisibilidad de parte de ese personal, Barrueco, que topa con ese personal invisible para el pasaje, tiene un atisbo de la desaparición de esa sonrisa una vez que ha dejado de ser funcional.
Ambos aspectos sirven de metáfora para ese sentimiento de pertenencia que lo succiona todo como un agujero negro al que se refiere Bauman.

Sería una lástima que se entendiese esta reseña como una comparativa entre dos autores que han compartido su peculiar aproximación a un tema común. No hay nada de eso.

De "Shipping Out" poco tenía que comentar que mereciese una reseña. Tiene, como todos los textos de Wallace, el valor de su mirada. Si aparece en esta reseña es a través de José Ángel Barrueco, con el que mantengo una relación amistosa a través de las redes sociales y al que conozco gracias a su blog Escrito en el viento. Así que aquellos más susceptibles podrán argumentar lo que quieran en torno a esta recomendación de Asco y en torno a la dualidad tensional que hace que me debata entre la individualidad misantrópica y la pertenencia a un colectivo.

La verdad es que tanto Asco como Vivir y morir en Lavapíes de José Ángel Barrueco me han parecido dos buenas e interesantes novelas.
Vivir y morir en Lavapíes es un trepidante thriller negro con abundantes y asumidas referencias cinematográficas, desde Haneke hasta Tony Scout. Funciona tanto como novela negra, desde su planteamiento a base de fragmentos, con sus pertinentes dosis de crítica social, como, a causa de su fluidez y amenidad, un guión cinematográfico.
Muy distinto es el planteamiento de Asco, entre la autoficción y el reportaje, lo que viene a demostrar la versatilidad de Barrueco y su capacidad discursiva y reflexiva manteniendo una gran fluidez narrativa.
Es cierto que se le pueden hacer algunas pequeñas objeciones a sus textos, pero en conjunto se muestran como sólidos y firmes artefactos narrativos que cumplen su cometido.

Esa última frase era una de esas típicas de las reseñas. En el fondo, lo que viene a decir, es que las dos novelas de José Ángel Barrueco me han divertido mucho aún siendo tan diferentes entre sí. Vosotros podéis hacer lo que queráis.

La cosa es así: David Foster Wallace a bordo del Nadir busca en el mar la aleta de un tiburón sin ningún éxito. José Ángel Barrueco divisa a un grupo de delfines nadando junto al Zenith.
Me parece significativo.

(*) El resto de los artículos que no aparecen en la edición de bolsillo son "Derivative Sport in Tornado Alley", "E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction", "Getting Away from Already Being Pretty Much Away from It All", "Greatly Exaggerated", "David Lynch Keeps His Head" y "Tennis Player Michael Joyce's Professional Artistry as a Paradigm of Certain Stuff about Choice, Freedom, Discipline, Joy, Grotesquerie, and Human Completeness".

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