26/06/11

La cúpula, de Stephen King

Cada vez que intento hablar de Stephen King tengo al tentación de empezar pidiendo disculpas, lo cual anticipa que no voy a hablar del todo mal sobre él.
También advierto que no quiero entrar en una disputa que no lleva a ninguna parte, sobre si la calidad de King y las ventas de King y si merece el National Book Award. Dejemos al in-dig-na-do Bloom, Harold:

I've described King in the past as a writer of penny dreadfuls, but perhaps even that is too kind. He shares nothing with Edgar Allan Poe. What he is is an immensely inadequate writer on a sentence-by-sentence, paragraph-by-paragraph, book-by-book basis” (…) “Our society and our literature and our culture are being dumbed down, and the causes are very complex

Y quedémonos con la observación que, en su defensa, hizo Michael Chabon: "supuestamente el siglo XX se aplicó a derribar las barreras entre alta literatura y cultura popular pero todavía representa una trasgresión dar la medalla del National Book Award a alguien como King".

No es eso sobre lo que trata este post. Creo.
Porque tanto se puede hablar mal sobre King, sobre la calidad de su narrativa, equipararlo a los penny dreadfuls, al pulp o denigrarlo por su falta de consistencia y su avidez crematística, como alabarlo por su entusiasmo narrativo que empezó a desarrollar cuando era un niño, por las dificultades que tuvo que superar gracias sobre todo al apoyo de su esposa Tabitha, por su desbordante imaginación, tratando múltiples temas, que ha fascinado a millones de lectores y el interés de prestigiosos (y diríamos que pertenecientes a esa extraña familia de maestros outsiders) directores cinematográficos (Kubrick, Brian de Palma, Carpenter, Cronenberg, George A. Romero, etc…), porque sus historias se han convertido en un reflejo de nuestra sociedad, en la que impera el Mal y cada vez más estamos necesitados de héroes positivos y anónimos, porque sí, porque es divertido y punto.

Podemos coincidir con Harold Bloom al considerar a Shakespeare como dios, que la Literatura nos hace más sabios pero, por ese mismo razonamiento, nuestra “sabiduría lectora” hace que nuestra actitud sea distinta ante el gran bardo que ante el rey de Maine.
Sabemos lo que leemos cuando leemos a King.

En fin. No discutamos, por favor.
Uno de los aspectos más destacables en la narrativa de King es su intento de construir un universo metanarrativo. En sus obras encontramos un escenario recurrente, Castle Rock, muchas de sus novelas están protagonizadas por escritores de éxito enfrentados a la dicotomía del autor como figura pública, es normal encontrar en sus textos referencias a personajes que han aparecido en anteriores novelas, en muchas ocasiones se dedica a deconstruir temas recurrentes y adaptarlos a una nueva visión, al mismo tiempo que no renuncia a mezclar géneros. Lo que siempre he lamentado es que King nunca se ha atrevido a llevar estas tendencias metanarrativas hasta su última instancia. Como en sus relatos en los que el autor de novelas de misterio se enfrenta a sí mismo en una lucha mortal, King cuando tiene que elegir entre un desarrollo narrativo que vaya más allá de la historia que cuenta y la reflexión metanarrativa, escoge la opción más popular, la menos complicada, la que, seguramente, mayores beneficios económicos le reportará. Eso en sí mismo se puede considerar una falta de riesgo, pero es admirable también por su constancia, por un posicionamiento personal inamovible y firme. De hecho, si imaginamos a un Stephen King metaliterario que consiga el prestigio literario y las alabanzas de Bloom, seguramente también encontraríamos motivos para criticarle. Hay muchas voces ya en contra de la metaliteratura. Esta de moda hablar mal de lo metanarrativo.



De todas formas me parece muy importante destacar que King ha dejado para la historia de la narrativa uno de los experimentos narrativos más extraños y menos entendidos que se han publicado: Desesperación y Posesión, dos novelas con los mismos personajes enfrentados a un mismo Mal ancestral, al mismo tiempo que dos novelas completamente distintas, firmadas por King y Bachman.

La cúpula es una nueva aproximación al tema del Apocalipsis, entendido desde el punto de vista de los supervivientes, un grupo de personas dispares enfrentados a un grave problema, aislados del mundo. Incluso se permite bromear al respecto cuando uno de los personajes dice que la situación bajo la cúpula recuerda a la película de Darabont. Pero en esta ocasión King no ha caído en la tediosa trampa que ha lastrado tantas de sus novelas, la explicación consecuente de los misterios que plantea. Todo se resuelve finalmente en un deus ex machina irrelevante para la verdadera trama. Porque, King lleva muchos años demostrándolo, el verdadero horror no proviene de seres malvados despertados del fondo de una mina, ni de extraterrestres aburridos, ni de las pesadillas que viajan en el tiempo. El verdadero horror reside dentro de nosotros mismos.
Porque uno puede leer El resplandor como la historia de una posesión, pero también como un relato autobiográfico de autodestrucción sublimado (y, quizás, por estar rescatado del más profundo subconsciente de King por Kubrick, sea el motivo por el que al autor no le gusta esa adaptación de su novela)
Y ese quizás sea el aporte más interesante de la narrativa de King a nuestros tiempos, su función de espejo social en el que nos muestra como artífices de todas nuestras desgracias. Lovecraft, el maestro de King, era absolutamente pesimista en ese sentido, y esa es la diferencia con King. Siempre en sus relatos permanece la esperanza en que la bondad, la solidaridad y la lucha en común de todas las personas llevarán a la humanidad a buen puerto.
Necesitamos héroes como King.

Etiquetas:

22/06/11

Wendolin Kramer, de Laura Fernández

Creo que a Laura le gustará que esta reseña se sitúe entre una sobre Pynchon y otra sobre Stephen King. Si esta observación no parece suficiente, diré que conozco a la autora por lo que, siguiendo una premisa muchas veces no admitida, este post puede ser observado con suspicacia.
Cómo sea. Advertidos estáis.

Wendolin Kramer; Una historia de superhéroes, supervillanos y un chucho deprimido, es una de las novelas más divertidas que he leído últimamente. Y no se trata de que sea una juerga continua, no. El poso de desesperanza que subyace a toda la narración hace que reflexionemos sobre nuestra prosaica vida cotidiana.
Vayamos por partes.



Peter Parker es un blando (…) porque todos los superhéroes tienen problemas y ninguno se queja - decía Wen¬ -. Todos se aguantan menos él. Es un quejica

Esa podría ser la tesis central de la novela que mueve a los personajes. Porque, de acuerdo, asumimos que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y ahí está el quejica de Spiderman. Lo que Peter Parker olvida, lo que nunca nos cuentan en los comics ni en las películas, es que la ausencia de poder también implica una gran responsabilidad. En un mundo sin superhéroes los supervillanos no necesitan poderes especiales para campar a sus anchas. Y ahí entramos nosotros: Sin traje ni capa (bueno, la mayoría sin ellos) ni poderes de superhéroe pero con la responsabilidad de detener a los malvados. De ahí la gran pesadumbre de la protagonista de la novela, Wendolin Kramer: es una persona débil sin aptitudes especiales para enfrentarse a las artimañas del Mal, pero con el cometido de desafiar y derrotar a ese Mal. Es casi una obligación moral que todos deberíamos compartir. Y esa dicotomía, la de sentirse una superheroina y no serlo, es la que aflige a Wendolin Kramer.
Lo que Laura Fernández nos plantea es una visión ácida de la realidad mediante un gran sentido del humor y afronta el reto de contar una historia que mezcla la cotidianidad de una insulsa realidad a través de las normas de los relatos de superhéroes.
Así pues, al entramado superheroico Marvel-DC, se suma la referencia a autores tan oscuros en sus tramas como Charles Burns y Daniel Clowes y, también, al universo desquiciado de las películas de John Waters.

Todos los personajes de WK tienen un nombre que no es su nombre, algunos incluso ocultan una genuina identidad secreta. Quizás precisen todos atención psicoanalítica a causa de sus anómalas relaciones sociales, casi todos mantienen conversaciones mentales con fotografías (¡Kirk Cameron!) o novelistas fallecidas, mostrando así sus caracteres en parte retraídos en parte hastiados, personajes que vislumbran y anhelan ese mundo mejor que a todos se nos niega. Todos ellos conforman una colección de personajes que rozan el patetismo pero tratados de forma entrañable. Y, no lo neguemos, nosotros estamos en Wendolin Kramer, tal vez en algunos de nuestros peores momentos, pero estamos. Y a pesar de que contado así puede ofrecer un panorama lúgubre y pesimista, Laura Fernández lo resuelve con una distancia irónica a través del humor que, sobre todo, apela a nuestra empatía con el perdedor.

Después os pediré que volváis a este párrafo.

Todos estos aspectos serían suficientes para recomendar la novela.
Pero además en la novela subyace una trama metaficcional que implica al mundillo literario articulado en forma de novela negra. Porque Wendolin Kramer es también, o sobre todo, una novela negra. Una novela negra de superhéroes, o una novela sobre una superheroina detective. No tratemos de engañarnos y de sacralizar el tema como summum de la modernidad: La hibridación de géneros narrativos nace con el pulp. Y al pulp nunca le ha interesado la seriedad de sus propuestas. Pero al mismo tiempo, la libertad que el formato ofrecía a sus autores, siempre ha sido fuente de ácidas críticas sociales. Y Laura Fernández le rinde homenaje al género en toda su complejidad.
Así toda la acumulación de imposturas de la trama se articula en torno a la verdadera identidad de una escritora de éxito. A partir de ahí en las páginas de Wendolin Kramer se mezclan editores, autores, críticos, periodistas, libreros y lectores enfervorecidos, cada uno con las características propias de los personajes de comics, es decir alineados en un bando. Y es en ese reparto de papeles (los buenos y los malos y las subsiguientes subgradaciones: legal, neutral y loco) donde se adivina la acidez de la crítica de Laura Fernández.
Y ahora, en estas condiciones, cambiando superhéroes por escritores, os pido que volváis al párrafo anterior.
Pues eso: Derrochad sobre nosotros toda vuestra empatía con los perdedores.

Etiquetas: ,

20/06/11

Contraluz, de Thomas Pynchon (final)

Tardo en comentar Contraluz porque me debato entre la admiración y la decepción. Además hay en la red numerosos artículos que tratan sobre la novela de Pynchon y siento que de alguna manera todo cuanto diga al final será redundante.
Así que quisiera recomendar algunos de ellos.
En primer lugar los de Martín Cristal en El pez volador :

I: Personajes principales
II: Parodias, temas, recurrencias
III: Toda novela larga tiene sus altibajos
IV: Puestas en abismo
V: Un verosímil permeable
VI: Acerca del título

Además, Martín incluye unas magníficas infografías que resumen de modo gráfico la novela:

Primera parte
Segunda Parte
Tercera parte
Cuarta y quinta parte
Novela completa


También me gustaría destacar las reseñas de
Blum en Huracanes de papel, Ramiro Sanchiz en La Diaria, José Luis Amores en Revista de Letras y José Martínez Ros en El placer de la lectura.
Seguro que me olvido de muchos otros igual de interesantes… en fin.



Supongo que algunos (pero sobre todo j.) discreparán sobre mi argumento. Pero parto de que las matemáticas es un tema muy presente en Contraluz y de que existe cierta tendencia infundada a mitificar las matemáticas. Hay quien cree ver la mano oculta de una divinidad coherente (es decir, creadora en oposición a un demiurgo ciego y caótico) en el “comportamiento matemático” de la naturaleza, cuando ese comportamiento ratifica la validez de las matemáticas como herramienta para describir el universo. Nuestra actitud ante las matemáticas es en ocasiones de una reverencia casi religiosa. Quizás sea por ignorancia. Nadie se asombra de que las cosas tengan un nombre asignado por el lenguaje porque asumimos que el lenguaje es una convención que sirve precisamente para describir las cosas. Las matemáticas llamémosle “clásicas”, empleadas para describir nuestro entorno natural, nuestra realidad, parten de la observación empírica y permiten generalizar los casos particulares a toda ocasión y contexto. Pero en los últimos dos siglos las matemáticas han evolucionado más allá de la realidad, han ampliado el campo contextual alejándose del mundo sensible adentrándose en la especulación intelectual. Se han alejado de la “realidad” (ahora entre comillas porque lo que las matemáticas plantean y resuelven también pertenecen a la realidad, aunque no perceptible) y ahora trabajan en el marco de lo posible y de lo no observable. Digamos que exploran exhaustivamente la realidad aunque nada tienen que ver con la “realidad”.
Quizás el ejemplo más relevante sea el modo en que eluden ciertos escollos, ciertos límites que la realidad sensible impone, para seguir avanzando, como el de las raíces cuadradas de números negativos. La adopción del número i como valor asignado a la raíz cuadrada de menos uno permite matemáticamente seguir avanzando. Que dicho número i deba su designación al término “imaginario” es más que apropiado en un contexto literario.
Haciendo una analogía entre matemáticas y narrativa se puede decir que en el siglo XX la literatura ha explorado el ámbito de i, del lo “imaginario”, pero no en el sentido de relativo al género fantástico, sino en el del mismo escollo insalvable. La narrativa del XX se topa con la expresión irresoluble de la comprensión del texto, la lleva al campo especulativo del juego, de la ambivalencia, del neologismo hasta el límite de lo inteligible. Topa con la barrera que el propio lenguaje impone y con la abrumadora realidad de que todo texto debe ser legible.
Entonces la narrativa introduce i.
Narrativa imaginaria como resultado de una raíz irresoluble.
¿Debemos entender a Pynchon así? ¿cómo un avance en el campo narrativo que reduce el escollo de seguir avanzando en el contexto lingüístico reduciéndolo a un formulismo, “i”, que nos permite seguir avanzando como si nada hubiese ocurrido?
Si eso fuese así deberíamos asumir que la narración contemporánea no debe contemplarse como una asimilación de la narrativa clásica sino la conversión de esta en narrativa vectorial.
Todo este largo preámbulo para definir la narrativa de Pynchon como narrativa vectorial.
Especulando sobre el tema quizás encontremos aplicaciones insospechadas. De momento apunto que la narrativa de Pynchon viene definida por un par coordenado y una dirección. Y que, eso es lo más grande, el autor se siente completamente libre para describir el contexto del par y que jamás intentará concluir lo que encontraremos en el extremo de la dirección a la que apunta la flecha.

Volvamos al principio. Admiración y decepción.
Admiración por esa total libertad y falta de prejuicios que motivan a Pynchon. Contraluz es una obra monumental que no está sujeta a las normas de lo establecido. En las 1300 páginas de la novela no parece haber un discurso estable, una teoría permanente, un hilo subyacente ni una coherencia temporal, más allá de la propia construcción de la narración. Con mis referentes entiendo Contraluz como un homenaje a las novelas de Jules Verne y a Ada o el ardor de Vladimir Nabokov, que, además, se nutre de elementos de western, ciencia-ficción, bildungsroman centroeuropeo y todo género y referencia que se le antoje, y acaba convirtiendo al dirigible y a la dinamita en símbolos del principio del siglo XX (precisamente cuando la narrativa clásica daba sus últimos coletazos). También la entiendo como una prolongación de Mason y Dixon, en cuanto a que el desarrollo de la historia de Contraluz se establece en los extremos ampliados de la línea (una recta “cae” en México y se “eleva” en Tunguska ) imaginaria que trazaron en el siglo XVIII para definir una frontera inexistente que luego resulto trascendente.
Como lectores de Pynchon estamos acostumbrados a saltar esa línea una y otra vez. Y como cronista de lo que significa la lectura de una novela de Pynchon estoy condenado al lugar común. Porque todo en Contraluz es referencia. Y es necesario el bagaje de Pynchon para ser capaz de asumir todas las referencias. Pero, al mismo tiempo, toda referencia es irrelevante para el conjunto de la narración.
Así podemos hablar de las aventuras de Los Chicos del Azar, jóvenes aventureros aéreos como muchos héroes de Verne, por los cuales parece no pasar el tiempo y que gozan de una característica especial dentro de la novela de Pynchon, ser personajes de una serie de novelas de principios del siglo XX. Con ellos nos adentraremos en el interior de la tierra a través de un hueco en el Polo, derribaremos el Campanile de Venecia, nos hundiremos en las arenas del desierto en busca de una ciudad enterrada y veremos el resplandor de la explosión de Tunguska. Por otra parte tenemos el western crepuscular protagonizado por los hermanos Ref, una historia de venganza contra el Poder que se ramifica en todas direcciones y que explora todos los géneros narrativos posibles. Historias de espías y contraespías y de organizaciones secretas sin ningún fin y misiones inútiles.
Y es en una de estas donde creo se revela el espíritu de la novela de Pynchon. Uno de los personajes es enviado por un servicio secreto a la zona de los Balcanes en armas a una misión inexistente cuyo desenlace a nadie importa. En este pasaje Pynchon desvela la verdad: Sólo importa el placer de narrar, no la consecuencia de la narración. (Algo, por otra parte, muy nabokoviano)



La verdad es que la novela, la idea de Contraluz me parece magnífica. Algunos de sus capítulos constituyen en sí mismos verdaderas obras maestras. Pero en conjunto es una obra irregular, con acusados altibajos, tal vez debido a la grandeza de algunos de sus pasajes.
Es una novela admirable y muy ambiciosa.
Se podría pensar que la decepción surge de esa irregularidad del conjunto.
Pero no.
La decepción es algo más personal. Surge de comprobar que tal vez todavía esté condicionado por el atavismo impuesto desde los aedos de lo que “debe ser” contar una historia. Tal vez todavía queremos oír al poeta narrando la historia que ya conocemos en la que el héroe regresa a casa. Y aunque sabemos que lo importante es el viaje, queremos, necesitamos que ese regreso sea también narrado. Queremos ver al héroe por fin tumbado en la cama que el mismo talló en el tronco de un olivo milenario. Y sabemos que eso no es importante. Pero lo necesitamos.
Y esto sirve de autorreflexión y de constatación de las contradicciones de la narración moderna.

Etiquetas: ,

18/06/11

Warui yatsu hodo yoku nemuru, de Akira Kurosawa

Warui yatsu hodo yoku nemuru, una de las películas menos famosas de Akira Kurosawa, es magistral.


LOS CANALLAS DUERMEN EN PAZ




































Etiquetas: ,

16/06/11

Bloomsbeer

Henry Flower. Podrías romper un talón de cien libras de la misma manera. Un simple trozo de papel. Lord Iveagh cobró una vez un talón de siete cifras de un millón en el banco de Irlanda. Demuestra lo que se puede ganar con la cerveza negra. Aun así el otro hermano lord Ardilaun tiene que cambiarse de camisa cuatro veces al día, dicen. La piel cría piojos o parasitos. Un millón de libras, espera un momento. Dos peniques por pinta, cuatro peniques por cuarto, ocho peniques por galón de cerveza, no, uno y cuatro peniques por galón de cerveza. Para que uno con cuatro sean veinte: unos quince. Sí, exactamente. Quince millones de barriles de cerveza negra.
¿Qué digo barriles? Galones. Como un millón de barriles de todas maneras.

Ulises, Joyce.... ¿hay una traducción apócrifa en la red?




Me tomo una cerveza. Por Bloomsday, por no pensar en Contraluz.
Salud

05/06/11

Vórtice de lecturas

Acabo de terminar La flecha del tiempo, de Martin Amis. Durante toda la mañana cualquier acto cotidiano se convierte en una extraña sucesión de menudencias que sé bien a dónde llevaran. Incluso me creo capaz de adivinar mi futuro. No. Conozco mi futuro. Todo resulta ajeno y desconcertantemente pendiente de una ilación que no acabo de entender, como si toda la línea del tiempo se estuviese invirtiendo y no pudiese adecuar las cosas a su contexto actual. En estas condiciones es mucho más complicado descubrir de qué manera unas lecturas condicionan otras o cómo influyen la percepción y los comentarios que pueda hacer sobre los textos leídos. Porque hay un orden, pero no entiendo cuál es el correcto, cuál nos lleva a una correcta interpretación evolutiva.
Entonces digamos que últimamente, como una nube de conceptos que parecen trascender a la sucesión temporal, he leído 1Q84, Cartas en el asunto, Contraluz, La cúpula, Némesis y La flecha del tiempo (hay otros títulos, pero estos sirven para lo que sea que quiero explicar si es que quiero explicar algo o simplemente intento poner orden a este desbarajuste que me bloquea (aunque lo que realmente me bloquea sea otra cosa que no quiero comentar (cobarde)))

En facebook lancé una botella con mensaje intentando ser rescatado: “Antes de Contraluz de Pynchon, leí Cartas en el asunto, de Pratchett y a continuación La cúpula de Stephen King. ¿Pensáis que eso puede afectar a mi apreciación crítica de la novela de Pynchon?”



Las respuestas incluían este curioso vídeo en el que supuestamente aparece Thomas Pynchon (aunque en realidad el personaje que aparece cruzando la imagen en el televisor (atención: no un vídeo subido directamente a youtube, sino el vídeo de la proyección de un vídeo) parece Stephen King) y la no sorprendente revelación de que Pynchon lee a King.
De momento en Contraluz he encontrado dos referencias directas a la obra de King, la mención a Castle Rock y la aparición de los Tommyknockers en las minas (lo cual me llevó también a Desesperación, pero eso es otra historia)
Martin Amis rompe la línea temporal para ofrecernos un sorprendente relato involutivo de la vida de un hombre. Los personajes de Pynchon corren (no hay otra palabra, toda la novela es como la carrera de la reina roja, un frenético sprint para quedarnos en el mismo sitio) obsesionados por la textura del tiempo y por la difracción producida por el espato de Islandia, similar a la dicotomía espacio temporal en la que nos sumerge Murakami con Bach como pretexto. Y leo a Pynchon y debo recordarme que ya no estoy leyendo a Pratchett (como ya quedó dicho). Y leo a King y no me es difícil recordar que no estoy leyendo a Pynchon, pero tengo la sensación de que en cierta manera La cúpula es una historia que le hubiese gustado contar a Pynchon. Me doy cuenta que Contraluz es el centro obsesivo de toda esta elucubración. Pero en medio de todo este maremagnum que parece conducir inevitablemente al maelstrom creado por Pynchon destaca (como una tabla de salvación indiferente a la corriente que todo lo engulle, como el ataúd de Queequeg) Némesis de Philip Roth. Parece una novela libre de influencias más allá de la propia autoreferencia de Roth... todo Roth recuerda a Roth. Después (¿al principio?) Martin Amis hace que todo se tambalee.
Está claro que solo hay una forma de acabar con esto: Hay que desmenuzar Contraluz. (¿Pensabais que iba a decir que había que matar a Pynchon?) Pero eso sería tan inútil como desmenuzar a martillazos (estoy descubriendo el martillo como una estupenda arma literaria) una roca e intentar reconstruirla de nuevo. La entropía juega en nuestra contra.
Así que este blog se da un respiro de un par de semanas hasta que este lamentador encuentre una forma de abordar Contraluz sin desaparecer en el vórtice del abismo.
Tal vez no lo consiga.

Etiquetas: , , , , ,

02/06/11

Barcelona era una fiesta

Intento mantenerme alejado de la realidad. También tengo al sensación de que las cosas ocurren demasiado deprisa y que hay poco tiempo para la reflexión.

Bolmangani introduce en su post “La verdad está ahí fuera” una interesante advertencia: “Admitamos que la gran mayoría de lectores de contenidos digitales literarios son a la vez creadores de contenidos digitales literarios o creadores de contenidos literarios a secas”. Admitamos que este es un mundo endogámico. Barcelona es una fiesta literaria. Ya sabéis a que me refiero (supongo). Y dentro de esta fiesta han aparecido unos artefactos en principio aparentemente desfasados, los fanzines.

En fin, como es posible que yo tangencialmente haya pertenecido brevemente a esa fiesta y que también sea partícipe de esa subsociedad endogámica formada por todos aquellos que nos leemos mutuamente y que es posible que colabore en algún fanzine, no estaría bien que criticase ese submundo basado en la literatura y en la que ésta aparece esporádicamente.

Los fanzines que conozco tienen por algún motivo u otro, ciertos aspectos interesantes. Pero aún así parecen objetos anacrónicos en estos tiempos digitales. Y contradictorios, porque parecen renegar de la red pero crecen en ella.

El juguete rabioso, Fanzine de fake, remake y ensayo ficción, editado por Jorge Carrión explora la construcción de textos a través de la deconstrucción y la descontextualización.
5000 negros es un fanzine pulp, con todo lo que ello implica.
Mapache. Mapache es Mapache, ergo indescriptible. Además su número 4 incluye el mejor texto que leído sobre Nacho Vegas, tanto que me ha hecho desistir de mi intento de escribir algo sobre el cantante asturiano.
Y eso es todo.
Seguramente lo que pasa es que tengo envidia de esa fiesta.
Por eso decido mantenerme apartado de la realidad. A partir de ahora.

Etiquetas:

¿Cansado de ver El lamento de Portnoy siempre igual? ¿Las letras blancas y el fondo negro te marean?

Escoge tu punto de vista: Flipcard Mosaic Sidebar Snapshot Timeslide

Consulta el índice

Constatación brutal del presente

Mi madre es un pez

II Premio Revista de Letras al Mejor Blog Nacional de Crítica Literaria

Las lecturas de 2010 en Hermano Cerdo

BLOOMSDAY 2009


Ver Bloomsday 2009 en un mapa más grande

Página web de E. Vila-Matas

HermanoCerdo: Literatura y Artes Marciales Revista Hermano Cerdo

Últimas entradas

Archivos

Enlaces

William Faulkner

Philip Roth

Roberto Bolaño

Enrique Vila-Matas

Thomas Pynchon

David Foster Wallace

Proyecto Salinger: Inicie su recorrido

Al principio era el caos, de Victoria Lector ileso, de Bob El rincón de Alvy Singer, de Alvy Chiquilín del Bachin, de Fabricio El sur del sur, de Mer Santa Maradona, de Vega Jacintario, de Jacinta Biblincio, de Pedro Most people die at home, de Luis Pionentes, de Edith (et al.) Frank invita, de Frank Legalv, de Leo ExLibris, de Isabel Lector mal-herido, de Juan Tierra de collares, de Salvador Literatura, Arte y Política, de C. Parada Books & Films de Nataliabook Balada del elefante azul, de Javier El lamento de Portnoy, de Portnoy

¿Le gusta este jardín que es suyo?

Cosas de-li-ca-das

ellamentodeportnoy(arroba)gmail(punto)com
Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
eXTReMe Tracker
ecoestadistica.com