La cúpula, de Stephen King
También advierto que no quiero entrar en una disputa que no lleva a ninguna parte, sobre si la calidad de King y las ventas de King y si merece el National Book Award. Dejemos al in-dig-na-do Bloom, Harold:
“I've described King in the past as a writer of penny dreadfuls, but perhaps even that is too kind. He shares nothing with Edgar Allan Poe. What he is is an immensely inadequate writer on a sentence-by-sentence, paragraph-by-paragraph, book-by-book basis” (…) “Our society and our literature and our culture are being dumbed down, and the causes are very complex”
Y quedémonos con la observación que, en su defensa, hizo Michael Chabon: "supuestamente el siglo XX se aplicó a derribar las barreras entre alta literatura y cultura popular pero todavía representa una trasgresión dar la medalla del National Book Award a alguien como King".
No es eso sobre lo que trata este post. Creo.
Porque tanto se puede hablar mal sobre King, sobre la calidad de su narrativa, equipararlo a los penny dreadfuls, al pulp o denigrarlo por su falta de consistencia y su avidez crematística, como alabarlo por su entusiasmo narrativo que empezó a desarrollar cuando era un niño, por las dificultades que tuvo que superar gracias sobre todo al apoyo de su esposa Tabitha, por su desbordante imaginación, tratando múltiples temas, que ha fascinado a millones de lectores y el interés de prestigiosos (y diríamos que pertenecientes a esa extraña familia de maestros outsiders) directores cinematográficos (Kubrick, Brian de Palma, Carpenter, Cronenberg, George A. Romero, etc…), porque sus historias se han convertido en un reflejo de nuestra sociedad, en la que impera el Mal y cada vez más estamos necesitados de héroes positivos y anónimos, porque sí, porque es divertido y punto.
Podemos coincidir con Harold Bloom al considerar a Shakespeare como dios, que la Literatura nos hace más sabios pero, por ese mismo razonamiento, nuestra “sabiduría lectora” hace que nuestra actitud sea distinta ante el gran bardo que ante el rey de Maine.
Sabemos lo que leemos cuando leemos a King.
En fin. No discutamos, por favor.
Uno de los aspectos más destacables en la narrativa de King es su intento de construir un universo metanarrativo. En sus obras encontramos un escenario recurrente, Castle Rock, muchas de sus novelas están protagonizadas por escritores de éxito enfrentados a la dicotomía del autor como figura pública, es normal encontrar en sus textos referencias a personajes que han aparecido en anteriores novelas, en muchas ocasiones se dedica a deconstruir temas recurrentes y adaptarlos a una nueva visión, al mismo tiempo que no renuncia a mezclar géneros. Lo que siempre he lamentado es que King nunca se ha atrevido a llevar estas tendencias metanarrativas hasta su última instancia. Como en sus relatos en los que el autor de novelas de misterio se enfrenta a sí mismo en una lucha mortal, King cuando tiene que elegir entre un desarrollo narrativo que vaya más allá de la historia que cuenta y la reflexión metanarrativa, escoge la opción más popular, la menos complicada, la que, seguramente, mayores beneficios económicos le reportará. Eso en sí mismo se puede considerar una falta de riesgo, pero es admirable también por su constancia, por un posicionamiento personal inamovible y firme. De hecho, si imaginamos a un Stephen King metaliterario que consiga el prestigio literario y las alabanzas de Bloom, seguramente también encontraríamos motivos para criticarle. Hay muchas voces ya en contra de la metaliteratura. Esta de moda hablar mal de lo metanarrativo.
De todas formas me parece muy importante destacar que King ha dejado para la historia de la narrativa uno de los experimentos narrativos más extraños y menos entendidos que se han publicado: Desesperación y Posesión, dos novelas con los mismos personajes enfrentados a un mismo Mal ancestral, al mismo tiempo que dos novelas completamente distintas, firmadas por King y Bachman.
La cúpula es una nueva aproximación al tema del Apocalipsis, entendido desde el punto de vista de los supervivientes, un grupo de personas dispares enfrentados a un grave problema, aislados del mundo. Incluso se permite bromear al respecto cuando uno de los personajes dice que la situación bajo la cúpula recuerda a la película de Darabont. Pero en esta ocasión King no ha caído en la tediosa trampa que ha lastrado tantas de sus novelas, la explicación consecuente de los misterios que plantea. Todo se resuelve finalmente en un deus ex machina irrelevante para la verdadera trama. Porque, King lleva muchos años demostrándolo, el verdadero horror no proviene de seres malvados despertados del fondo de una mina, ni de extraterrestres aburridos, ni de las pesadillas que viajan en el tiempo. El verdadero horror reside dentro de nosotros mismos.
Porque uno puede leer El resplandor como la historia de una posesión, pero también como un relato autobiográfico de autodestrucción sublimado (y, quizás, por estar rescatado del más profundo subconsciente de King por Kubrick, sea el motivo por el que al autor no le gusta esa adaptación de su novela)
Y ese quizás sea el aporte más interesante de la narrativa de King a nuestros tiempos, su función de espejo social en el que nos muestra como artífices de todas nuestras desgracias. Lovecraft, el maestro de King, era absolutamente pesimista en ese sentido, y esa es la diferencia con King. Siempre en sus relatos permanece la esperanza en que la bondad, la solidaridad y la lucha en común de todas las personas llevarán a la humanidad a buen puerto.
Necesitamos héroes como King.
Etiquetas: Stephen King































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