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Automóviles salían disparados de calles largas y estrechas al espacio libre de luminosas plazas. Hileras de peatones, surcando zigzagueantes la multitud confusa, formaban esteras movedizas de nubes entretejidas. A veces se separaban algunas hebras, cuando caminantes más presurosos se abrían paso por entre otros a quienes no corría tanta prisa, se alejaban ensanchando curvas y volvían, tras breves serpenteos, a su curso normal. Centenares de sonidos se sucedían uno a otro, confundiéndose en un profundo ruido metálico del que destacaban diversos sones, unos agudos claros, otros roncos, que discordaban la armonía pero que la restablecían al desaparecer. De este ruido hubiera deducido cualquiera, después de largos años de ausencia, sin previa descripción y con los ojos cerrados, que se encontraba en la capital del Imperio, en la ciudad residencial de Viena.

Etiquetas: El hombre sin atributos, Robert Musil
El 28 de junio de 1914 el asesinato del archiduque austrohúngaro da origen a la Primera Guerra Mundial. Escrita entre 1930 y 1943 El hombre sin atributos, de Robert Musil, se inicia en 1913 y se dirige hacia ese punto de inflexión de la historia. Escrita en 1924 La montaña mágica, de Thomas Mann, termina durante la misma contienda europea. Entre 1931 y 1932, Hermann Broch escribe la trilogía de Los sonámbulos también ambientada en la misma época de pre-guerra.
No sé hasta que punto Musil tuvo presente a Mann mientras componía Der Mann ohne Eigenschaften. Pero hay que aceptar que de alguna manera las tres novelas escritas en alemán (Musil y Broch eran austriacos en “contraposición” a Mann, alemán) son referentes de la novela filosófica que buscan una exhaustiva exploración de las ideas y los comportamientos sociales de una época de la historia, la primera mitad del siglo XX, especialmente turbulenta.
(Es una forma de ver las cosas. Los europeos (incluso los no Mitteleuropeos, los europeos limítrofes) somos bastante egocéntricos. Todas las épocas son especialmente turbulentas)
En fin… hoy quería hablar sobre mis hábitos de lectura. Estos últimos meses mi ritmo de lectura ha disminuido y por tanto las entradas en el blog se han resentido. No recuerdo cuantos meses llevo intentando avanzar por los capítulos de El hombre sin atributos. Se puede decir que prácticamente he terminado su lectura. La edición definitiva de Seix Barral incluye galeradas y capítulos a medio corregir y textos manuscritos rescatados. Musil murió sin terminar su monumental novela.
Todo lector de El hombre sin atributos morirá sin saber el final.
Lo que me preocupa es el modo en que la lectura me ha parasitado. Porque uno se pregunta cuál es el motivo por el que se lanza a la lectura de una novela como esta, tan densa, tan plagada de ideas, tan rebosante de opiniones, tan enrevesada en sus razonamientos filosóficos, tan minuciosa en la descripción del entorno social…
Pero claro, ahora puedo añadir a mi currículo la lectura de El hombre sin atributos.
Nunca he entendido el montañismo. Escalar altas montañas, plantar una bandera y volver a bajar. Y en cierta manera se puede decir que practico una especie de montañismo lector. Y El hombre sin atributos es sin duda uno de los ochomiles. ¿Pero qué he obtenido subiendo esa montaña? Me han tenido que amputar varios dedos, he sufrido dolores inexplicables y un cansancio atroz condicionará el resto de mi vida, ¿para qué? Entiendo el montañismo en lo que supone de superación personal y búsqueda de los límites de resistencia del cuerpo humano y que en todo ello, lo verdaderamente importante, intransferible y personal (de una manera casi mística), es el hecho de la ascensión.
Pero no tiene sentido en sí.
He leído la novela de Musil. Los dos volúmenes están llenos de dobleces en muchas de sus hojas para recordar pasajes memorables y frases dignas de mención. Pero tengo la puñetera sensación de que quiero olvidar haberla leído.
(continuará) (o no)
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Y al final el desierto gana.
Ya no queda apenas nada que decir. El relato de Finley y Elster termina y volvemos al anónimo narrador (¿el mismo?) de la primera parte, apostado en la sala donde se proyecta 24 Hour Pyscho. Un retorno al ritmo “normal” de nuestra sociedad.
Antes, en el desierto, el cineasta, Finley, ha tenido su epifanía, su momento de revelación. Pero, usando una analogía bíblica, Finley no se ha quedado ciego deslumbrado por la luminosidad del Punto Omega, se da la vuelta, regresa al coche, enciende el aire acondicionado y sale corriendo. Más tarde, cuando él y Elster vuelven a la ciudad, recibe una llamada a su móvil. Número oculto. Nadie al otro lado. Los lazos se han roto. El silencio pausado del desierto se ha despedido socarronamente del cineasta mientras éste vuelve al orden de la civilización, al ritmo de nuestra sociedad.
Es un aviso de lo que nos espera en esa dirección.
FIN
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Ver el tiempo desplegarse a un nivel llamémosle subatómico nos permite ser más conscientes no tanto de lo que vemos y cómo lo vemos sino, mucho más interesante, de lo que nos perdemos aplicando una mirada convencional a las cosas. Y con esto emergen a la superficie toda una serie de consideraciones filosóficas que quizás un astrónomo o un cosmólogo podrían discutir.
P- Al tiempo devorador de la ciudad usted contrapone el tiempo espiritual del desierto.
R- En el contraste entre ambos es donde el libro adquiere su pleno sentido. El tiempo pre-urbano es geológico, es el de los océanos convirtiéndose en desiertos, el de la evolución y la extinción. Antes de que se construyeran las ciudades, el tiempo estaba marcado por los ciclos de la Naturaleza, por el sol y la luna. Me lo encontré bellamente simbolizado por unos dientes de tiburón grabados en una roca en un desierto de Arizona. (…) Con las ciudades llega la estructuración, medición, organización, fraccionamiento y aprovechamiento del tiempo por parte de empresas, instituciones e individuos. Para mi protagonista, su uso artificial supone una forma de evitar enfrentarse a la insoportable idea de la muerte.
P- En Punto omega se dice que la vida auténtica radica en los momentos que la conciencia no procesa.
R- Creo que algunos instantes que olvidamos de inmediato, y en los que solemos estar a solas, pueden acabar teniendo un peso determinante en nuestra identidad. ¿Cómo se explican si no esos recuerdos que afloran de forma inesperada treinta años después de los hechos? Hay fogonazos pequeños, elusivos, que apenas se registran y que parecen volatilizarse, pero que configuran nuestra auténtica personalidad de una manera decisiva y a la vez inaprensible.
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