Leer ahora al DeLillo de 1984 implica comprobar como su forma de narrar ha influido en escritores posteriores. Ahí está David Foster Wallace, por ejemplo. Y es también sorprenderse ante la fluidez y el desarrollo de una historia crítica y sardónica que explora las miserias de sociedad estadounidense. De su clase media-alta.
Y aquí está mi problema (que no tiene nada que ver con la espléndida novela de DeLillo)
No logro conectar con esa sociedad hipocondríaca y paranoica que habitan nuevos suburbios residenciales con casas de dos plantas separadas por vallas de madera que se abren a calles sin más circulación que la de los propios vecinos. Me pasa con DeLillo (véase Submundo ), con Richard Ford (al que no acabo de entender, véase El periodista deportivo ) y también con películas como American Beauty o series de televisión como (no os riáis) Desperate Housewives (aka Mujeres desesperadas). No entiendo como en lugares tan asépticos y aislados se puedan desarrollar tramas narrativas que lleguen a conmover. Tal vez Ford, en su saga de Bascombe, llegue a la inmersión total en la mediocridad de esa particular clase social. DeLillo mantiene una actitud crítica e irónica, rozando la comedia absurda para describir los miedos y las miserias afectivas (usando una expresión políticamente correcta tal vez se la debería llamar disfuncionalidad afectiva) de una clase social que parece tenerlo todo. No lo entiendo porque no logro empatizar con los “problemas” de los personajes… no, no es estrictamente correcto, puedo empatizar con los problemas de los personajes dentro de los parámetros narrativos (al menos puedo hacerlo con DeLillo, aunque no con Ford, lo cual podría señalar al primero sobre el segundo en cuestiones literarias), pero no puedo aceptar la crítica social que encierra porque no puedo aceptar que exista una sociedad, una clase social, como la que caricaturiza el autor en la novela. Para mí, Ruido de fondo es una novela de ciencia-ficción.
“POR FAVOR TENGA EN CUENTA LO SIGUIENTE. Dentro de algunos días le llegará por correo su nueva tarjeta bancaria automatizada”
Y, claro, para que todo hubiese sido perfecto, el Niodeno-D, el compuesto que forma una nube tóxica que acecha el paraíso artificial en el que habitan los personajes de Ruido de fondo, debería haber sido uno de los componentes del aerosol de Ubik.
“—¿Qué es el Ubik? —preguntó Joe, deseando retenerla.
—Un frasco de aerosol de Ubik —respondió la joven— consiste en un ionizador negativo portátil, con una unidad autocontenida, de alto voltaje y baja intensidad, alimentada por una pila de helio de veinticinco kilovatios de ganancia máxima. Los iones negativos reciben un giro de sentido contrario a las agujas del reloj, que les imprime una cámara de aceleración de nuevo diseño, creadora de una fuerza centrípeta tal que las partículas ganan cohesión en vez de dispersarse. Un campo iónico negativo reduce la velocidad de los protofasones habitualmente presentes en la atmósfera. Al decrecer su velocidad, dejan de ser protofasones y, según el principio de paridad, ya no pueden enlazarse con los protofasones irradiados por los individuos conservados en hielo sintético, lo cual significa, al menos durante un cierto lapso de tiempo, un incremento neto de la intensidad del campo de actividad protofasónica”
No hay ni rastro de Niodeno-D (“Contiene hojas de adelfa homogeneizada, salitre, esencia de menta, N-acetilo-p-aminofenol, óxido de zinc, carbón vegetal, cloruro de cobalto, cafeína, extracto de digital, esteroides (indicios), citrato sódico, ácido ascórbico y colorantes y aromatizantes artificiales”) pero eso no implica que Ruido de fondo no se pueda leer como una de esas historias de Dick en las que la realidad se oculta bajo varias capas y las percepciones de los personajes, aunque consistentes, pertenecen a un entorno falso. Yo puedo entender Ruido de fondo de esta manera porque el ambiente descrito por DeLillo, en el que se desarrolla la historia, me parece completamente irreal y falso (y no en ese sentido estrictamente narrativo que fundamenta la dicotomía realidad-ficción). Y, de hecho, los personajes perciben su realidad como algo ajeno que no puede alcanzarles.
La nube tóxica se expande en el capítulo 2, Escape tóxico a la atmósfera:
-Quizás deberíamos estar más preocupados por la nube en expansión- dijo-. Si insistimos en decir que no va a pasar nada es a causa de los niños, para no asustarles.
-No va a pasar nada
-Yo sé que no va a pasar nada, y tu sabes que no va a pasar nada, pero en cierto modo deberíamos pensar en esa posibilidad a cierto nivel, aunque solo sea por si acaso.
-Esas cosas le ocurren a la gente pobre que viven en zonas desprotegidas. La sociedad está organizada de tal modo que son los pobres y los analfabetos quienes sufren el impacto principal de las catástrofes naturales y artificiales. Son los habitantes de las zonas deprimidas quienes sufren las inundaciones, son los que viven en chabolas quienes soportan los huracanes y los tornados. Yo soy catedrático de universidad. ¿Has visto alguna vez a un catedrático remando en un bote a lo largo de su propia calle cuando han salido inundaciones en televisión? Vivimos en un pueblo limpio y agradable situado cerca de una universidad de nombre pintoresco. Estas cosas no ocurren en lugares como Blacksmith.
Estas cosas no ocurren en lugares de nombre pintoresco. Los personajes han creado una ficción que les mantiene a salvo de la realidad. Las urbanizaciones-suburbiales de la clase media-alta estadounidense se constituyen en espacios “dickeanos”, en falacias perceptivas que finalmente no impiden que la realidad (sea cual sea, bien la verdadera realidad, bien otra realidad ficticia) irrumpa en su entorno y deje una duda, la de la inminencia de la muerte. Porque al final todo se resume a los mensajes que Runciter deja en las paredes de los lavabos: “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos”. El mensaje que todo profesor universitario quiere dejar para que los otros habitantes del suburbio elitista puedan leerlo. Yo estoy vivo.
O no.
El paraíso tiene fecha de caducidad, la de aquellos que lo habitan.
El resto seguiremos remando tras las inundaciones.
Y leyendo a DeLillo como al excelente novelista que es y descubriendo entre líneas la hibridación de la ciencia-ficción con el nuevo realismo.
Fragmentos de White Noise, Ruido de Fondo, de Don DeLillo, en la traducción de Giani Castelli para Seix Barral y de Ubik, de P. K. Dick en la traducción de Manuel Espín para Martínez Roca.
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