26/04/10

Molloy, Malone muere y El innombrable, de Samuel Beckett

Molloy (1951), Malone meurt (1951) y L’innommable (1953) constituyen una especie de trilogía construida por Samuel Beckett desde las condiciones del cambio de idioma. Después de L’Expulsé (1946) estas novelas suponen la inmersión del autor en otra lengua distinta a la materna, el re-descubrimiento del habla y la escritura. Según Vico , “Todo aquel que quiera brillar como poeta tiene que desaprender su lengua nativa y volver a la mendicidad prístina de las palabras” (*)

Mendicidad parece un término adecuado para estas tres novelas de Beckett.

Me voy a permitir alterar el orden de aparición de los personajes en la primera novela de Beckett, ya que aunque en
Molloy la narración primero se centra en Molloy y luego en Moran, entiendo que en cierta manera, Moran antecede a Molloy. Las tres novelas juntas muestran una progresiva degeneración física de los personajes (o del único personaje) y su entorno y, a su vez y al mismo tiempo, una creciente dificultad textual. Mientras los personajes se consumen y la identidad es reducida a su mínima esencia (la existencia incorpórea, o el no-ser, o el ser puntual, reducida su existencia a una formalidad matemática…) y el escenario se reduce progresivamente de los bosques y las ciudades al vacío, la complejidad estructural y narrativa de las novelas crecen, son cada vez más exigentes consigo mismas y con el lector.

Moran:
Es medianoche. La lluvia azota los cristales.

Moran recibe el encargo de buscar a Molloy. Durante su búsqueda empieza una transformación narrativa que constituye en última instancia el tema de Molloy, la unicidad del narrador-personaje a pesar de sus distintas cualidades:

De modo que estaba enterado de la existencia de Molloy, sin saber mucho de él. Diré sucintamente lo poco que sabía. (…) Molloy disponía de muy poco espacio. También tenía tasado el tiempo. Se apresuraba sin cesar, como impulsado por la desesperación, hacia objetivos que tenía muy cerca. (…) Jadeaba. Apenas surgía en mí yo empezaba a sentirme lleno de jadeos.

Pero hay que tener en cuenta que las cualidades de los personajes-narradores vienen determinadas por el entorno. La voz narrativa es única.
Así Moran es padre, viaja con su hijo, es respetuoso con las costumbres sociales, ferviente católico, pertenece a una organización dentro de la cual su misión es encontrar a personas, a Watt, a Murphy, personajes de novelas anteriores en inglés de Beckett, a Molloy en nuestro caso. Como burgués acomodado, como personaje social, Moran es coherente narrativamente, respeta la linealidad temporal. La parte de Moran es, dentro de la narrativa de Beckett, lo más parecido a un relato clásico que podemos encontrar.
El estilo de Moran es acorde con sus características: Párrafos más o menos largos, correctamente puntuados. Puntos y aparte separando distintas reflexiones. Gramaticalmente correcto.
Pero Moran es incoherente, oculta sentimientos antisociales, se comporta de forma intransigente, su relato está lastrado por cierta subjetividad que roza el solipsismo.
Lo que quizás nos recuerde que el modelo narrativo de Beckett sea Kafka, cuya presencia está aún más acentuada en la primera parte, la de Molloy.
Moran es un narrador infidente. Termina su relato oponiéndose al inicio, como prueba de su ficción o de su transformación:
No era medianoche. No llovía.


Molloy:
Estoy en el cuarto de mi madre. Ahora soy yo quien vive aquí. No recuerdo cómo llegué.

Moran viaja con su hijo. Primero a pie, luego, conforme su rodilla va generándole molestias que le impiden avanzar, en bicicleta. A Molloy le veremos avanzar sucesivamente en bicicleta, apoyado en sus muletas, arrastrándose.
Su relato, en contraposición al de Moran, es homérico en cuanto narra su odisea. No solo están las penurias de su viaje sino los remansos de paz y felicidad junto al mar, que abandona para entregarse a su destino, llegar (volver) a casa de su madre, e incluso los enfrentamientos físicos (la pelea con el “carbonero”, por ejemplo, de un ensañamiento vil, que nos muestra una faceta de Molloy que sus escritos tal vez tratan de esconder, el, digamos, carácter Moran de la personalidad de Molloy)
Toda la parte de Molloy es un monólogo interminable en un único párrafo de más de cien páginas. Termina con: “
Me parecía que llovía y hacía sol, alternativamente. Un tiempo verdaderamente primaveral. Tenía ganas de volver al bosque. Bueno, no muchas ganas. Molloy podía quedarse donde estaba”, anticipando la frase inicial de Moran sobre la (falsa) lluvia. Es curioso porque el monólogo de Molloy termina distanciándose de sí mismo, hablando de sí en tercera persona, como algo (personaje) ya indiferente una vez que ha terminado el canto o recitado. Porque la función de Molloy en cuanto narrador es la del aedo, el poeta oral de la épica antigua. Finalizado el poema, incluso durante el mismo recitado, el poeta desaparece. Es únicamente el transmisor de la historia.

Malone: “
Pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto

Malone escribe en presente. A diferencia de lo que ocurre con Moran y Molloy, que escriben desde el presente acciones pasadas, en la escritura de Malone coinciden el tiempo de la acción con el de la escritura. Es una escritura con fecha de caducidad, el lápiz de Malone se consume, la libreta se termina y, lo que es más importante, el acto de escribir es parte fundamental de la acción… es decir, de la no-acción, de la reflexión del hombre agonizante. Malone muere y escribe. Lo que en Molloy es un hecho asumido por el lector, en
Malone muere la escritura es el motor narrativo, lo que marca el transcurso del tiempo.

Durante la noche he tenido tiempo de reflexionar sobre mi empleo del tiempo. Creo que podré contarme cuatro historias, cada una sobre un tema distinto. Una sobre un hombre, otra sobre una mujer, la tercera sobre cualquier cosa, y la última sobre un animal, un pájaro tal vez. (…)Es posible que no tenga tiempo para terminar. (…) Que yo no termine no importa. ¿Y si debiera terminar demasiado pronto? Tampoco importa. Porque entonces hablaré de las cosas que aún quedan en mi poder, es un proyecto muy viejo. Será una especie de inventario. De todos modos debo dejarlo para el último momento, para tener la seguridad de no haberme equivocado

¿Es un error presumir que Malone es el mismo Molloy una vez finalizado su periplo? Malone parece estar encerrado en una habitación de alguna especie de institución sanitaria, aunque él mismo no sabe donde está. La comida y la bacinilla se disponen en una mesa con ruedas que Malone empuja con una especie de bastón, quizás una muleta rota. Con él recoge los objetos del suelo que componen su inventario, algunos suyos, otros heredados de Molloy, como el sombrero. Pero no importa tanto saber con certeza si Malone es Molloy. Lo relevante es la degradación de los personajes a través de las distintas novelas. Moran camina pero empieza a tener problemas de movilidad; Molloy hereda la bicicleta de Moran, anda con muletas y termina arrastrándose por el suelo; Malone está postrado en una cama, sin poder levantarse, pero aún puede incorporarse ligeramente para contemplar la mínima visión que le proporciona una única ventana, así que su relación con el mundo es a través de sus pertenencias. Malone se conoce y se reconoce a través de los objetos diseminados por el suelo, tiene aún una relación física con el mundo aunque sea mínima y parcial. El deterioro provocado por el paso del tiempo (un tiempo limitado, Malone muere, Malone está muriendo) imposibilita esta relación física con el entorno. Entonces, paralelamente, establece una relación literaria con el mundo físico: Malone escribe, inventa historias, recrea su pasado o inventa un pasado posible a través de Sapo (Sapocat) y Macmann.
Personajes con M, personajes con nombres de animal…
En esa superposición de realidades las narraciones se van interrumpiendo. Los fragmentos son cortos con numerosas acotaciones. El acto de escribir, fundamental en
Malone muere, se ve interrumpido por la realidad de quien escribe.
El escenario puede remitirnos a una obra de teatro por la sobriedad del escenario y la forma de monólogo. Pero también puede remitirnos a
La metamorfosis de Kafka, tal vez más que un referente en la narrativa de Beckett, con la salvedad de estar narrado en primera persona. Malone puede ser un escarabajo (según Nabokov) o un ser humano. Poco importa su forma. Importa su condición de ser aislado, abandonado en una habitación cerrada, sin otra posibilidad de mantenerse con vida, con lo que implica de relación con el mundo, que a través de la escritura. Malone, a diferencia de Samsa, no es un personaje descrito por un narrador omnisciente. Malone es dueño de su destino narrativo, su condición puede ser la misma que la del personaje de Kafka, pero su actitud es completamente distinta. La escritura permite la creación de mundos posibles aunque el mundo que rodea al escritor se desmorone. Lo que no queda claro es la utilidad del acto. La muerte persiste. Es imparable el “Gluglú del desagüe”.
Beckett nos presenta al ser humano despojado de toda relación con el mundo real intentando, a través de una ficción, mantenerla. Es, en cierta manera, una visión filosófica sobre la esencia del ser, pesimista y desesperanzadora. Una visión que entronca con su época. Ha sido discutida en ocasiones la influencia de Molloy en
El extranjero de Camus y la del teatro del absurdo con el Existencialismo… dejémoslo aquí. Lo que importa es la escritura, es que Malone establece una relación entre existencia y el hecho de narrar historias; “Detenida mi historia, aún viviré” dice cuando interrumpe la historia de Macmann por última vez:

"Algunas líneas para recordarme que yo también subsisto. No han venido. ¿Cuánto tiempo después de mi visita? No sé. Mucho tiempo. Y yo. Innegablemente moribundo, un instante y se acabó. ¿Por qué tal seguridad? Trato de reflexionar. No puedo. Grandioso sufrimiento. (…)Todo está preparado. Excepto yo. Nazco en la muerte, si me atrevo a decirlo. Tal es mi impresión. Extraña gestación. Los pies ya han salido del gran coño de la existencia. Presentación favorable, espero. Mi cabeza morirá en último lugar. Repliega tus manos. No puedo. La amarga amargura. Detenida mi historia, aún viviré. Retardo prometedor. Se acabó hablar de mí. No diré más yo".

Y la novela termina con un escueto y contundente: “
Nada

El innombrable: ¿
Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante.

Al seguir las exigencias impuestas por la regresión ambiental y del individuo y la progresión de la complejidad narrativa, Beckett construye con
El innombrable una novela inclasificable.

De nuevo nos encontramos con un narrador en pleno proceso de escritura. Pero esta vez no hay medio físico, lápiz-libreta, que confirme la escritura:

(…) siempre he estado sentado en este mismo lugar, con las manos en las rodillas, mirando ante mí como un gran-duque en una pajarera. Las lágrimas corren por mis mejillas sin que experimente la necesidad de entornar los ojos. ¿Qué me hace llorar así? De tanto en tanto. No hay nada aquí que pueda entristecer. Tal vez se trate de cerebro licuado.
(…)
¿Cómo hago, en tales condiciones, para escribir, no teniendo en cuenta sino el aspecto manual de esta amarga locura? Lo ignoro. Podría saberlo. Pero no lo sabré. No esta vez. Soy yo el que escribo, el que no puedo alzar la mano de mi rodilla. Soy yo el que pienso, lo justo para escribir, yo cuya cabeza está lejos. Yo soy Mateo y soy el ángel, yo llegado antes de la cruz, antes de la falta, llegado al mundo, aquí.

El narrador no sabe como escribe. Incluso sabe que no puede escribir. Los detalles que dan consistencia real a todo relato se desvanecen en esta novela, no son importantes, forman parte de unas reglas que lector y autor entendemos y no hace falta explicar. Pero se insiste en su intrascendencia. Desde su trono, sedente, inmóvil, el narrador contempla las evoluciones de sus satélites. Ahí está Malone y su sombrero, Molloy y su abrigo, Murphy y su traje. El narrador es Malone y Molloy y Murphy y no es ninguno de ellos:

No me engañan esos Murphy, Molloy y Malone. Me hicieron perder el tiempo, trabajar inútilmente, dejándome hablar de ellos, cuando era menester hablar solamente de mí, al objeto de poder callarme. Pero acabo de decir que he hablado de mí, que estoy hablando de mí. Me río de lo que acabo de decir.

Entonces un nuevo personaje, Mahood:

¿O de la confesión de que después de todo yo soy Mahood y que todas esas historias de una persona cuya identidad usurpa Mahood impidiendo que la voz se haga oír, son falsas de punta a punta? Voy a quedarme ahí, por el momento. Son demasiadas perspectivas en tan poco tiempo.

Mahood y después Worm, los personajes del indeterminado narrador, añaden nuevas perspectivas de la degradación corporal del ser humano: Mahood sin brazos ni piernas, insertado dentro de una vasija, con la cabeza inmovilizada contemplando siempre el mismo abandonado callejón y empleado como anuncio del menú de un restaurante; Worm, un ojo en un espacio vacío, oscuro, representa la inutilidad suprema de un órgano al que se le niega su función.
Tal vez lo que se propone Beckett es analizar literariamente la condición humana, en Molloy, los personajes buscan completar la propia identidad reflejándose cada uno en el otro, en Malone muere la propia identidad se completa a través de un otro literario y en E
l innombrable no hay posibilidad de completitud, el ser humano aislado busca la identidad en sí, reduciendo el cuerpo físico al mínimo. Se pregunta, "¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?", esperando que las respuestas descubran la esencia del ser humano, lo que somos, lo que compartimos, lo que nos iguala.
La respuesta no es demasiado optimista. No en la respuesta final, sino en el hecho de que las preguntas, finalmente, (las preguntas iniciales de
El Innombrable) ni siquiera pueden ser planteadas.
Porque Beckett argumenta que tras el yo del narrador puede ocultarse otro yo que narre y así en una sucesión infinita: “
En ningún momento sé de qué hablo, ni de quién, ni de cuándo, ni de dónde, ni con quién, ni por qué, pero necesitaría a cincuenta forzados para esta siniestra tarea y siempre me faltaría un cincuenta y uno, para cerrar las esposas, eso lo sé, sin saber qué quiere decir”. El propio conocimiento se ve detenido por la incapacidad de saber de dónde proviene la voz que aceptamos como “yo”. No hay certezas, solo dudas:

(...) él es quien habla de mí, como si yo fuera él, como si yo no fuera él, los dos, y como si yo fuera otro, el uno después de otro, él es el afligido, yo estoy lejos, oís, dice que estoy lejos como si yo fuera él, no, como si yo no fuera él, pues él no está lejos, está aquí, él es quien habla, dice que soy yo, después dice que no, yo estoy lejos, lo oís, me busca, no sé por qué, no sabe por qué, me llama, quiere que salga, cree que puedo salir, quiere que yo sea él, o que sea otro, seamos justos, quiere que suba, que suba a él, o que suba a otro, entonces dice Murphy, o Molloy, ya no sé, como si yo fuera Malone, pero se acabó de los otros, no quiere más que él, para mí, cree que es la última oportunidad, cree eso, le enseñaron a creer, esto, aquello, es él siempre el que habla, Mercier no habló nunca, Moran no habló nunca, yo no hablé nunca, parece que hablo, es porque él siempre dice yo como si fuera yo, estuve a punto de creerlo yo también, ya lo oís, como si fuera yo, yo que estoy lejos, que no me puedo mover, al que no se puede hallar, pero él tampoco, tampoco puede hablar, y con todo, quizá no sea él, quizá sea toda una pandilla, uno tras otro, qué confuso es esto alguien habla de confusión, es una falta, todo es falta aquí, no se sabe por qué, no se sabe de quién, no se sabe con respecto a quién, alguien dice sé, es la falta de los pronombres, no hay nombre para mí, no hay pronombre para mí (…)

A los primeros párrafos de longitud variable le sigue el interminable monólogo de (sobre) Mahood, el cual, con la aparición de Worm, se convierte en un extenso fragmento puntuado únicamente con comas. Es
stream of consciousness llevado hasta sus últimas consecuencias. Beckett va más allá del duermevela de Finnegan, ese momento en que la consciencia es arrastrada por el subconsciente al aparente territorio del non-sense, y nos introduce en la pesadilla de la narración de la condición humana, en la impotencia y la inseguridad de las palabras.
En la esencia de la vida y la literatura.



Este post cumple alguna normativa ecológica: Fue escrito con un lápiz Staedtler del número 2 de ocho centímetros de largo, afilado a navaja, en la cara posterior de folios impresos, recuperados del contenedor de reciclado de papel.

(*)Recogido por Lourdes Carriedo López en su artículo La trilogía narrativa de Samuel Beckett: el exilio del ser y del lenguaje

Los fragmentos de
Molloy, Malone muere y El innombrable de las respectivas traducciones para Alianza de Pere Gimferrer, Ana María Moix y R. Santos Torroella.

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23/04/10

23 de Abril

El infeliz bibliotecario presentó su «desolada dimisión» el primero de agosto de 1884. Desde entonces, novelas, poesías, obras científicas y filosóficas, vagabundearon sin que nadie se apercibiese. Atravesaban los cuadros de césped, se deslizaban entre los setos —un poco como los objetos transportados por el Hombre Invisible en el delicioso cuento de Wells —y acababan por posarse en el halda de Ada, en cualquier lugar en que ella y Van se hubiesen citado. Ambos buscaban en los libros algo que les apasionase, como hacen hoy los mejores lectores, pero en más de una obra famosa no encontraron sino tedio, pretensiones e informaciones falsas.
(...)
Todo lo que Van sacó de aquellos contactos con la literatura fue un sentimiento de vacío y de inutilidad. Incluso mientras escribía su libro se había reprochado el tratar de reconstruir la imagen de un planeta extraño por medio de fragmentos sueltos tomados de cerebros enfermos, cuando tan mal conocía su propio planeta.
(...)
El 23 de abril de 1869, en una verde Kaluga velada por una tibia llovizna, Aqua, ya con veinticinco años de edad y afligida con su acostumbrada jaqueca primaveral, se casó con Walter D. Veen, un banquero de Manhattan, de vieja familia angloirlandesa, que había sido, durante mucho tiempo, amante de Marina, y que pronto iba a volver a serlo, al menos de modo intermitente. Marina, por su parte, se casó cierto día del año 1871 con el primo hermano de su primer amante, otro Walter D. Veen, no menos afortunado pero bastante menos divertido.
(...)
El autor se encuentra en un estado mixto de alegría, agotamiento, esperanza y miedo. Viene de practicar el alpinismo en los incomparables Balkanes, con dos guías austríacos y una hija adoptada temporalmente. Ha pasado la mayor parte del mes de mayo en Dalmacia, y el de junio en los Dolomitas, y en ambos lugares ha recibido cartas de Ada con el anuncio de la muerte de su marido (el 23 de abril, en Arizona).

Ada o el ardor, Vladimir Nabokov... la última gran impostura de Nabokov es hacernos creer que nació en la misma fecha, 23 de abril, en que murieron Cervantes y Shakespeare. Si eliminamos la discrepancias de fechas y calendarios podemos suponer que las coincidencias son determinantes... pero todo es relativo, todo es homenaje y falsificación.

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22/04/10

16 piedras

El tema de las piedras de succión en Molloy de Samuel Beckett me parece tan importante y simbólico para la literatura contemporánea como las magdalenas de Proust. Si en La recherche el sabor es el estímulo de la memoria, en Beckett el problema de las piedras, intrascendente en sí, se convierte en símbolo de la futilidad de la escritura en cuanto a mostrar, explicar, en cuanto a narrar contando hechos, y en la grandeza del mismo hecho de escribir.
Mientras termino el post sobre la trilogía Molloy-Malone-Innombrable, os dejo con el Método, en traducción de Pere Gimferrer. Ya me disculparéis si es demasiado largo o si ya lo habéis leído:


Aproveché aquella estancia para aprovisionarme de piedras de succión. Eran guijarros, pero las llamo piedras. Sí, aquella vez adquirí una importante reserva. Las distribuí equitativamente entre mis cuatro bolsillos y las iba chupando por turno. Lo cual planteaba un problema que al principio resolví del modo siguiente. Yo tenía, pongo por caso, dieciséis piedras, cuatro en cada uno de mis cuatro bolsillos (los dos de mi pantalón y los dos de mi abrigo). Tomando una piedra del bolsillo derecho de mi abrigo, y poniéndome-la en la boca, la reemplazaba en el bolsillo derecho de mi abrigo por una piedra del bolsillo derecho de mi pantalón, que reemplazaba por una piedra del bolsillo izquierdo de mi pantalón, que reemplazaba por una piedra del bolsillo izquierdo de mi abrigo, que reemplazaba por la piedra que tenía en la boca en cuanto terminaba la succión. De modo que siempre había cuatro piedras en cada uno de mis cuatro bolsillos, aunque no exactamente las mismas piedras. Y cuando me volvían las ganas de chupar, hundía la mano nuevamente en el bolsillo derecho de mi abrigo, con la certidumbre de que no iba a salirme la misma piedra de antes. Y, mientras la iba succionando, volvía a poner en orden las otras piedras, como acabo de explicar. Y así sucesivamente. Pero solo a medias me satisfacía esta solución. Pues no se me ocultaba que, por una extraordinaria casualidad, podían estar circulando siempre las mismas cuatro piedras. En cuyo caso, lejos de estar succionando las dieciséis piedras por turno, en realidad estaría succionando solo cuatro, siempre las mismas, por turno. Pero tenía buen cuidado de removerías en mis bolsillos, antes de darles el chupeteo, y durante el mismo, antes de proceder a los traslados, con la esperanza de generalizar la circulación de las piedras de un bolsillo a otro. Pero era un mal menor, al cual no podía resignarse por mucho tiempo un hombre como yo. De modo que me puse a buscar otra solución. Y empecé por preguntarme si no haría mejor transportando las piedras de cuatro en cuatro, y no de una en una, es decir, que mientras chupaba podía tomar las tres piedras que quedaban en el bolsillo derecho de mi abrigo y colocar en su lugar las cuatro del bolsillo derecho de mi pantalón, y en lugar de estas, las cuatro del bolsillo izquierdo de mi pantalón, y en lugar de estas las cuatro del bolsillo izquierdo de mi abrigo, y, por último, en lugar de estas, las tres del bolsillo derecho de mi abrigo y, en cuanto terminara de succionaría, la que tenía en la boca. Si, al principio me parecía que de este modo obtendría mejores resultados. Pero me vi forzado a cambiar de opinión, en cuanto reflexioné, para reconocer que la circulación de las piedras en grupos de cuatro venía a ser lo mismo que su circulación por unidades. Porque si bien tenía la seguridad de encontrar cada vez en el bolsillo de mi abrigo cuatro piedras totalmente distintas de las que las habían precedido inmediatamente, no por ello dejaba de subsistir la posibilidad de que fuera a dar siempre con la misma piedra, en cada grupo de cuatro, y que, por consiguiente, en lugar de succionar las dieciséis por turno, como era mi deseo, no succionara realmente más que cuatro, siempre las mismas, por turno. Debía indagar, pues, en cuestiones distintas del procedimiento de circulación. Porque siempre tropezaba con el mismo azar, cualquiera que fuese el modo de hacer circular las piedras que adoptase. Era evidente que aumentando el número de mis bolsillos aumentaba en igual proporción mis posibilidades de sacar provecho de mis piedras según mis deseos, es decir, una tras otra hasta el final. Por ejemplo, caso de haber tenido ocho bolsillos en vez de cuatro, ni siquiera el azar más malévolo hubiera podido impedir que de mis dieciséis piedras succionara al menos ocho por turno. Para decirlo todo de una vez, hubiera necesitado dieciséis bolsillos para estar totalmente tranquilo. Y durante mucho tiempo me detuve en tal conclusión de que a menos que tuviera dieciséis bolsillos, cada uno con su piedra, nunca alcanzaría el objetivo que me había propuesto, salvo que concurriera algún azar extraordinario. Y si bien era concebible que doblara el número de mis bolsillos, aunque fuera dividiendo cada bolsillo en dos mediante algunos imperdibles por ejemplo, cuadruplicarlos me parecía que superaba el límite de mis posibilidades. Y no quería tomarme ninguna molestia solo para conseguir una solución intermedia. Porque empezaba a perder el sentido del justo medio, desde que empecé a luchar con aquel problema, y me decía: «Todo o nada.» Y solo por un instante consideré la posibilidad de establecer una proporción más equitativa entre mis piedras y mis bolsillos, reduciendo aquellas al número de estos. Lo cual hubiera sido tanto como declararme vencido. Y sentado en la playa, ante el mar, dispuestas ante mis ojos las dieciséis piedras, las contemplaba con ira y perplejidad. Porque tan difícilmente me sentaba en una silla o una butaca, a causa de mi pierna rígida según podéis comprender, como fácil me resultaba sentarme en el suelo a causa de mi pierna rígida y de la que iba camino de serlo, porque en aquella época mi pierna sana, sana en el sentido de que no estaba tiesa, empezó a ponerse rígida. Necesitaba un apoyo bajo las corvas, y, en realidad, bajo toda la pierna, el apoyo de la tierra. Y mientras me quedaba de este modo contemplando mis piedras, rumiando martingalas cada vez más defectuosas, y oprimiendo puñados de arena, de modo que la arena se deslizaba entre mis dedos y volvía a caer sobre la playa, sí, mientras mantenía así en tensión el espíritu y parte del cuerpo, de pronto un día se me ocurrió la idea luminosa de que quizá podría alcanzar mis objetivos sin aumentar el número de mis bolsillos ni reducir el de mis piedras, mediante el simple expediente de sacrificar el principio del arrumaje. Me llevó algún tiempo penetrar el significado de esta proposición, que se puso de pronto a cantar dentro de mi, como un versículo de Isaías o Jeremías. Especialmente la palabra arrumaje me resultó oscura de comprensión durante mucho tiempo, porque no la conocía. Pero a fin de cuentas creí adivinar que la palabra arrumaje no podía significar otra cosa, otra cosa mejor que el reparto de las dieciséis piedras en cuatro grupos de cuatro, uno en cada bolsillo, y que lo que había falseado todos mis cálculos hasta el presente y convertido el problema en insoluble era el rechazo de plantearme un reparto distinto. Y a partir de tal interpretación, fuera o no acertada, pude llegar finalmente a una solución, poco elegante, sin duda, pero sólida, sólida. Ahora bien, estoy completamente dispuesto a creer, e incluso lo creo firmemente, que existían, que incluso tal vez siguen existiendo otras soluciones para este problema, tan sólidas como la que voy a intentar describiros, pero más elegantes. Y creo también que con un poco más de constancia y de resistencia yo mismo hubiera podido dar con ellas. Pero estaba cansado, cansado, y cobardemente me contenté con la primera solución real que encontré para el problema. Y he aquí, en todo su horror, mi solución, ahorrándoos la recapitulación de las ansiosas etapas que tuve que atravesar antes de desembocar en ella. Bastaba simplemente con (¡simplemente con!) colocar por ejemplo, para empezar, seis piedras en el bolsillo derecho de mi abrigo (pues este es siempre el primer bolsillo del que saco una piedra), cinco en el bolsillo derecho de mi pantalón, y otras cinco en el bolsillo izquierdo de mi pantalón, así salían las cuentas, cinco por dos, diez, y seis, dieciséis, y ninguna piedra, porque ya no quedaba ninguna, en el bolsillo izquierdo de mi abrigo, que por el momento permanecía vacío, vacío de piedras se entiende, porque conservaba su contenido habitual, así como otros objetos de paso. Porque ¿dónde creíais que guardaba mi cuchillo de cocina, mis cubiertos de plata, mi bocina y todo lo demás que aún no he mencionado y que quizá no mencionaré jamás? Vale. Ahora puedo iniciar mi succión. Miradme bien. Saco una piedra del bolsillo derecho de mi abrigo, la chupo, la dejo de chupar, la guardo en el bolsillo izquierdo de mi abrigo, el vacío (de piedras). Saco una segunda piedra del bolsillo derecho de mi abrigo, la chupo, la guardo en el bolsillo izquierdo de mi abrigo. Y así sucesivamente hasta que el bolsillo derecho de mi abrigo queda vacío (aparte de su contenido habitual y pasajero) y las seis piedras que acabo de chupar, una tras otra, han pasado íntegramente al bolsillo izquierdo de mi abrigo. Entonces me paro, me concentro, no vaya a cometer un disparate, y traslado al bolsillo derecho de mi abrigo, que se ha quedado sin piedras, las cinco piedras del bolsillo derecho de mi pantalón, que reemplazo por las cinco piedras del bolsillo izquierdo de mi pantalón, que reemplazo por las seis piedras del bolsillo izquierdo de mi abrigo. De modo que una vez más se queda sin piedras el bolsillo izquierdo de mi abrigo, mientras que el bolsillo derecho de mi abrigo rebosa nuevamente de ellas, y en el buen sentido, es decir, de piedras diferentes de las que acabo de chupar y que me pongo a chupar ahora, una tras otra, y a trasladar sucesivamente al bolsillo izquierdo de mi abrigo, con la certidumbre, hasta donde es posible tenerla en este orden de ideas, de que estoy chupando piedras distintas de las anteriores. Y cuando el bolsillo derecho de mi abrigo queda nuevamente vacío (de piedras) y las cinco que acabo de chupar se encuentran todas sin excepción en el bolsillo izquierdo de mi abrigo, procedo a la misma redistribución de antes, o a una redistribución análoga, es decir, que traslado al bolsillo derecho de mi abrigo, otra vez disponible, las cinco piedras del bolsillo derecho de mi pantalón, que reemplazo por las seis piedras del bolsillo izquierdo de mi pantalón, que reemplazo por las cinco piedras del bolsillo izquierdo de mi abrigo. Con lo cual estoy en situación de volver a empezar.
¿Debo proseguir? No, porque está claro que al final de la próxima serie de succiones y traslados la situación inicial se habrá restablecido, es decir, que volveré a tener las seis primeras piedras en el bolsillo inicial, las cinco siguientes en el bolsillo derecho de mi viejo pantalón y, en fin, las cinco últimas en el bolsillo izquierdo de la misma prenda de vestir, de modo que mis dieciséis piedras habrán sido succionadas una primera vez en sucesión impecable, sin que una sola de ellas haya sido succionada dos veces, sin que una sola se haya quedado sin ser succionada. Cierto que al volver a empezar no podía albergar muchas esperanzas de chupar mis piedras en el mismo orden que la primera vez y que la primera, séptima y duodécima del primer ciclo, pongo por caso, podían muy bien ser la sexta, undécima y decimosexta, respectivamente, del segundo, para ponernos en el peor de los casos. Pero se trataba de un inconveniente que no podía evitar. Y si en los ciclos tomados en su conjunto debía reinar una confusión inexplicable, al menos en el interior de cada ciclo podía estar tranquilo, bueno, todo lo tranquilo que se puede estar en esta clase de actividad. Porque para que todos los ciclos fueran iguales, en lo que respecta a la succión de las piedras en mi boca (¡y Dios sabe si tenía interés en ello!) hubiera necesitado o bien dieciséis bolsillos o bien tener numeradas las piedras. Y antes que fabricarme doce bolsillos más o numerar las piedras, prefería contentarme con la tan relativa tranquilidad de que gozaba en el interior de cada ciclo aisladamente considerado. Porque no bastaría con numerar las piedras, sino que hubiera sido necesario, cada vez que me ponía una en la boca, recordar qué número tocaba y buscarla en mis bolsillos. Lo cual me hubiera quitado el sabor de chupar en muy breve tiempo. Porque nunca hubiera estado seguro de no equivocarme, a menos que llevara una especie de registro, donde hubiera apuntado mis piedras a medida que las chupaba. Cosa de la que me creía incapaz. No, la única solución perfecta hubiera sido tener los dieciséis bolsillos, simétricamente dispuestos, cada uno con su piedra. Entonces no hubiera necesitado ni números ni reflexión, sino únicamente, mientras chupase determinada piedra, hacer avanzar a las quince restantes, un bolsillo cada una, trabajo bastante delicado sí queréis, pero que entraba en el límite de mis posibilidades, y meter la mano en el mismo bolsillo cada vez que me vinieran ganas de chupar. Así habría podido estar tranquilo, no solo en el interior de cada ciclo aisladamente considerado, sino también respecto al conjunto de los ciclos, aunque se multiplicaran hasta el infinito. Pero de todos modos estaba muy contento de haber encontrado mi propia solución, por imperfecta que fuese, sin ayuda de nadie. Y si bien era menos sólida de lo que creí al principio, en el entusiasmo inicial de mi descubrimiento, su inelegancia continuaba siendo absoluta. Y, en mi opinión, era inelegante sobre todo porque el reparto desigual de las piedras me resultaba físicamente penoso. Cierto que se establecía un cierto equilibrio en un momento dado, al inicio de cada ciclo, a saber, entre la tercera y la cuarta chupada, pero no duraba mucho. Y el resto del tiempo sentía que el peso de las piedras me tironeaba, ya a derecha, ya a izquierda. De modo que al renunciar al arrumaje renunciaba a algo más que a un principio, renunciaba a una necesidad física. Aunque creo que también era una necesidad física chupar las piedras como he expuesto, es decir, no de cualquier manera, sino de acuerdo con un método. De modo que se trataba del enfrentamiento irreconciliable de dos necesidades físicas. Cosas que pasan. Pero en el fondo no me importaba lo más mínimo sentirme en desequilibrio perpetuo, tironeado a derecha, a izquierda, hacia adelante y hacia atrás, como también me daba exactamente igual chupar cada vez una piedra diferente o siempre la misma por los siglos de los siglos. Porque todas tenían el mismo sabor. Y había recogido dieciséis, no para cargar con ellas de este o aquel modo, o para chuparlas por turno, sino simplemente para disponer de una pequeña provisión de reserva. Aunque de todos modos me importara mucho quedarme sin ninguna, no por eso me encontraría peor, o en todo caso la diferencia seria mínima. Y finalmente adopté la solución de tirar todas mis piedras, salvo una, que guardaba a veces en un bolsillo, a veces en otro, y que por supuesto no tardé en perder, o tirar, o regalar, o tragarme.

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19/04/10

No poder saber nada

Podía interrogarle sin fin y sin peligro. Porque no saber nada no es nada, no querer saber nada tampoco, pero lo que es no poder saber nada, saber que no se puede saber nada, éste es el estado de la perfecta paz en el alma del negligente pesquisidor.

Una oscura alusión de Petr Vok Rožmberk a su hermano Vilém, en el tratado alquimista De Vermii Mysterii, traducido por Heynrich Pelletier

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07/04/10

Dublinesca, de Enrique Vila-Matas ( III), o Malone muere, de Samuel Beckett

Conozco estas frases que parecen insignificantes y que, una vez aceptadas, pueden corromper toda una lengua. Nada es más real que nada. Salen del abismo y no paran hasta arrojarnos a él.

Malone muere, Samuel Beckett.

Malone escribe en un cuaderno infantil, con un lápiz casi agotado. Pero, ¿es acaso Malone quien escribe?. Malone muere se sitúa entre Molloy y El innombrable. O, quizás, sería más lícito decir que se sitúa en esa espiral sin fin que nos lleva (o nos aleja) del abismo y en la que se suceden sin fin Molloy, Malone muere, El innombrable, Molloy
Volví a Beckett a causa de Dublinesca, de Enrique Vila-Matas.
Y también por la lluvia

Porque si consideramos a Joyce como base de la primera parte de Dublinesca, deberíamos acabar con la nieve:

Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.
James Joyce, Los muertos, Dublineses.

No nieva en Dublinesca. No llueve en el Ulysses. No que yo recuerde.
El protagonista de Dublinesca se llama, no casualmente Samuel, Samuel Riba. Una de sus obsesiones es descubrir si existe el escritor genial que cuando era editor no supo encontrar.
Sí llueve en Samuel Beckett:

"Entonces entré en casa y escribí, Es medianoche. La lluvia azota en los cristales. No era medianoche. No llovía"
Y recordemos lo que Enrique Vila-Matas decía al respecto en sus relecturas sobre Molloy:
Es maravilloso. En su final el libro se colapsa y cae toda su construcción como un castillo de naipes y de pronto las palabras parecen bailar de alegría bajo una triste luz de plomo. Hemos entrado en el campo del misterio y el detective Beckett avanza. Pero no hemos entrado. No hemos salido. Desde donde nunca una vez dentro. Y no es verdad que no llueva.
Hemos entrado en el campo del misterio avanzando sobre una espiral. Malone escribe la historia de Sapo que poco a poco se transforma en la historia de Macmann que, suponemos, es el mismo Malone. Pero Macmann tiene objetos que pertenecen a Moran, personaje de Molloy, que inicia una búsqueda detectivesca de Molloy, sin sospechar que él mismo pueda ser una creación de Molloy. En la primera parte de Molloy, éste busca a su madre (Mag), en la segunda, que se inicia “Es medianoche. La lluvia azota en los cristales”, Moran busca a Molloy escribiendo a Molloy. Tal vez mintiendo ya que finalmente ni es medianoche, ni llueve.
Molloy tiene un sombrero atado con un cordel a su abrigo. Entre las pertenencias de Malone vemos un sombrero sin alas, propiedad, quizás, de Macmann, que lo lleva atado a su abrigo. Un abrigo con botones fusiformes, ¿un Macintosh?
Dice El Innombrable: “No me engañan esos Murphy, Molloy, Malone. Me hicieron perder el tiempo, trabajar inútilmente, dejándome hablar de ellos, cuando era menester hablar solamente de mí, al objeto de poder callarme”. Después “inventa” a Mahood, que hereda el sombrero y la cojera de Molloy: “¿(…) la confesión de que después de todo yo soy Mahood y que todas esas historias de una persona cuya identidad usurpa Mahood, impidiendo que la voz se haga oír, son falsas de punta a punta?

Murphy, Molloy, Malone, Moran, Macmann, Mahood…
Molly Bloom
Molly, la mujer que atiende (y muere junto) a Malone
Malachy Moore
M es la marca del vampiro:



De Malachy Moore sabe que era andarín y que muchos le llamaban Godot. Que se le veía en Dublín por todas partes, en los lugares más insospechados. Que tenía aquella gran facultad de Drácula de convertirse en niebla. Y poco más sabe, pero no cree que sea tan difícil imaginarlo
Dublinesca, pág. 308

La voz en el interfono le comunica en francés a Samuel Riba que Malachy Moore está muerto.
¿Samuel Beckett?
¿Nos estamos acercando? Ni por asomo. La espiral nos acerca poco a poco al abismo sin que nunca lleguemos a alcanzarlo. Preguntad a la tortuga. Nos queda la opción de explorarlo, lanzar hipótesis como sondas que se pierden, imaginar su sentido. Pero nunca llegaremos a experimentar el abismo.
Lo que Riba ve (la hipótesis que aventuro sobre lo que Riba ve), en ese escurridizo personaje con chaqueta Nehru, o con Macintosh, es a ese escritor genial que buscaba cuando era editor. El escritor que anuncia el fin de una era, sin que eso suponga el advenimiento de una nueva era narrativa en el que las frases insignificantes corrompen toda una lengua. Lo que Riba entiende es que es demasiado tarde, que todo, el “gran cambio”, ha ocurrido ya. Lo que ve Riba, lo que finalmente parece comprender, es que mientras Finnegans velaba, Samuel Beckett narró la pesadilla.

Previamente, en Dublinesca:
Segunda parte

Primera parte



Los fragmentos de Molloy, Malone muere y El innombrable de las respectivas traducciones para Alianza de Pere Gimferrer, Ana María Moix y R. Santos Torroella.

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