26/03/10

el afinador de habitaciones, de Celso Castro

A posteriori se puede pensar que es chocante cómo un enfermo de literatura, como lo es el narrador innominado de el afinador de habitaciones, pueda ser tan escrupuloso y maniático en su contacto con los libros. Tal vez sea que “el mal literario” es uno de los síntomas de una enfermedad general (y quizás de carácter grave) que afecta al narrador. Tal vez nuestro narrador sea un Holden Caulfield llevado hasta el extremo, pero las similitudes con El guardián entre el centeno se detienen ahí, en la edad del narrador, en su febril voz, en su indefensión, en su alcoholismo, en su pulsión sexual… además, si David Foster Wallace pudo reescribir la novela de Salinger en La broma infinita, no sé porque Castro no puede hacer lo mismo.
Pero el afinador de habitaciones es otra cosa. Porque a la dimensión, digamos, social del carácter de Caulfield, Castro añade elementos narrativos contemporáneos, entre ellos la infidencia y la propia literatura como tema.
A priori lo más chocante es la ausencia de mayúsculas en el texto. Es un hecho distintivo en las narraciones de Celso Castro (celso castro), como se puede comprobar en el relato la cuervo que antecede a el afinador de habitaciones en la edición de Libros del Silencio. Aunque puede parecer una característica más bien caprichosa, la cuestión es que sirve brutalmente a los objetivos de la narración trasmitiendo los sentimientos de ansiedad y rabia del protagonista-narrador, la febrilidad de la escritura y la disfuncionalidad del personaje. La novela se convierte en un caos compulsivo que fluye torrencialmente o, más bien, en la caída de una gigantesca avalancha que arrastra todo a su paso.
El problema es el coñac, o la gratitud, o los fantasmas…
No. El problema lo causan Niestche, Maiakovski, Daudet, Beckett…
No. El problema consiste en no poder vivir en un mundo estrictamente literario, en que vivimos en uno en el que la realidad debe ser ahogada en coñac.
No. El problema consiste en que las historias que inventamos son más perfectas que las reales. Si Beckett fue apuñalado debemos inventar una historia sobre ese hecho que se ajuste a nuestra visión del mundo. Si un príncipe ruso afina habitaciones debemos aceptarlo a pesar de su falta de plausibilidad. Es una historia coherente y convenientemente poética, es una historia que nos libra de la ansiedad, los fantasmas y el coñac.
Daudet hablaba con una alfombra.
No. El problema consiste en que las palabras no tienen voluntad, no quieren decir nada:


y fíjate, una de esas tardes estaba yo en un bar hojeando mi escombrera, o sea, mi cuaderno de bolsillo, ya puedes imaginarte por qué acabé llamándole -escombrera- y había escombrera uno, escombrera dos, escombrera tres, etc. y en estas escombreras escribía párrafos de obras que me gustaban o haikus o sentencias que se me ocurrían, por ejemplo:

a. verdad, ese estado transitorio del alma.
b. sólo un idiota puede deleitarse hablando de sí mismo.
c. uno siempre debe pensar que se equivoca, porque eso le obliga-incita a perseverar.
d. las palabras no tienen voluntad, no quieren decir nada.

y estoy hojeándola todo tranquilo, y me encuentro la siguiente frase o pensamiento -me distingo yo mismo de mí mismo y, en este proceso, se me hace evidente que lo que es distinto no es distinto- bien, la leo una vez y otra vez y otra vez, y me digo que debe de ser de goethe o de schiller o de algún alemán de esos que había estado leyendo. Y entonces, tras un largo trago de coñac, creo adivinar cierto tono entre perplejo y juguetón, como si viniese ensartada en sarcasmos y mordacidades, y... no, seguro que es de alguien más... de un espíritu burlón, de alguien como pessoa, sí, seguro que es de pessoa o de alguien por el estilo. y continúo, y unos traguitos más adelante, después de leer tantas veces lo mismo de lo mismo, intentando descubrir al autor de semejante... birria, llego a la conclusión de que un pensamiento tan reiterativo, y sin firmar, no puede ser más que mío.

el afinador de habitaciones, de celso castro, págs. 91-92

No. El problema consiste en que nuestro mundo nos enferma y la literatura nos salva. Y por lo general se contempla al revés. Somos enfermos de literatura, nadie enferma de realidad.

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24/03/10

Dublinesca, de Enrique Vila-Matas ( ¿y II?)

2.- Donde se revelan hechos importantes de la novela.


"By an epiphany he meant a sudden spiritual manifestation, whether in the vulgarity of speech or of gesture or in a memorable phase of the mind itself. He believed that it was for the man of letters to record these epiphanies with extreme care, seeing that they themselves are the most delicate and evanescent of moments."
James Joyce, Stephen Hero

Samuel Riba tiene en sueños una epifanía, una súbita manifestación espiritual, colmada de vulgaridad en la alocución y los gestos, que se convierte en una memorable fase del mismo espíritu. Samuel Riba ve su futuro. O, quizás, Samuel Riba pone todo su empeño en que los hechos soñados se realicen. La epifanía muestra a Riba y a su mujer abrazados en el suelo frente a un pub irlandés. La epiclesis joyceana, que dota a la epifanía de un desarrollo más largo, pero dentro del mismo tono de objetividad contemplativa, demostrará a Riba que la fragmentación narrativa, el relato de su sueño, pronto es desbordada por la realidad, o por la narración clásica con su lógica conclusión.
¿Acaso no habla de esto Dublinesca?, ¿de una conferencia sobre “la novela Ulysses de James Joyce y del paso de la constelación Gutenberg a la era digital”, de un viaje “a Dublín a un funeral por la era de la imprenta, por la era dorada de Gutenberg (…) El funeral, siempre demorado, de la literatura como arte en peligro”?, ¿de la oposición entre la narración clásica y las nuevas formas digitales que posibilitan un nuevo tipo de narración?
Quizás no hable de eso. Quizás demuestre que las dos formas conviven sin oponerse y en el fondo son la misma cosa. “La literatura como arte en peligro, aunque la pregunta sería ¿qué peligro?
No hablemos de opuestos.
Hablar de opuestos sería hablar de Paddy Dignam, el personaje de Ulysses a cuyo entierro acuden Blomm y los otros en el capítulo 6, y de Samuel Riba.
Paddy Dignam murió de un ataque al corazón, cree Blomm, aunque el hijo de Dignam recuerda a su padre borracho en el descansillo de la escalera pidiendo a gritos sus botas para volver a salir a beber, justo antes de morir. Paddy Dignam, por quien se celebra el funeral en el capítulo 6 (Hades), del Ulysses era un alcohólico.
¿Samuel Riba también? Debido a una grave enfermedad renal Riba hace más de dos años que no prueba el alcohol. Volver a beber acabaría matándolo. Volver a beber es una obsesión recurrente de Riba.
No. No hablemos de opuestos.
Hablemos de Nabokov. Digamos que se equivoca cuando afirma que a través de Macintosh, Bloom puede divisar a su creador. Bloom permanece junto a su creador en la parte final de Ulysses, Stephen Dedalus es el alter-ego de James Joyce. Si la teoría de Nabokov fuese correcta, Joyce aparecería en dos encarnaciones distintas dentro de la novela.

Las dos posibles encarnaciones de Joyce en el Ulysses nos lleva a la frase “Malachi Moore est mort” pronunciada a través del interfono. Lo que nos dirige a Lost Higway, de David Lynch y a la fuga psicogénica. Qué hemos dicho arriba, que Riba comprobará que la fragmentación narrativa, el relato de su sueño, pronto es desbordada por la realidad, o por la narración clásica con su lógica conclusión. En una entrada peregrina de este blog recogida en la web de Vila-Matas se intentaba una interpretación metacinematográfica de la película de David Lynch. En ella se decía que Dick Laurent y Mistery Man representaban formas distintas de narratividad:
El respeto por la linealidad del relato que defiende Mr. Eddy acabará enfrentándose al relato psicológico que representa Mystery Man. En Lost Highway, Fred-Pete, Renee-Alice, son personajes pasivos. La verdadera tensión dramática se produce por el control del relato entre las dos fuerzas opuestas que representan Mr. Eddy y Mystery Man: lineal-clásica frente a atemporal-psicológica, inteligibilidad contra onirismo.
La elección de Lynch queda clara desde el inicio, desde el misterioso mensaje a través del interfono que anuncia que “Dick Laurent está muerto”, desde que Fred comparte con el propio Lynch su aversión hacia las videocámaras que captan la realidad: “Prefiero recordar las cosas a mi manera” (*)

Dick Laurent está muerto”, “Malachi Moore est mort”. He aquí el verdadero funeral. Tal vez el funeral de Samuel Beckett, o el funeral de, presumiblemente, su autor, piensa Riba, un hombre capaz de convertirse en niebla y desaparecer, o, de nuevo Riba, “el verdadero entierro ya definitivo de la gran puta de la literatura, la misma que generó en él ese dolor incomparable, esa pena de editor, de la que jamás ha podido luego escapar”

Y a continuación el poema de Larkin o la canción de Bowie.

Consecuentemente la voz al otro lado del interfono, la que pronuncia en la noche “Malachi Moore est mort”, en francés, debería ser la del propio Riba. Pero la fuga psicogénica, aquella que permite a una persona convertirse en otra para olvidar un trauma, nos puede hacer pensar que la voz al otro lado del interfono es la de Enrique Vila-Matas.
En sus últimas novelas Vila-Matas nos ha acostumbrado aun narrador en primera persona al filo de lo infidente, febril, obsesionado, capaz de frases como “En mi interior habita una extraña y monstruosa energía llamada Ingravallo” (Doctor Pasavento), un narrador enfermo de literatura. Sin embargo en Dublinesca opta por un narrador en tercera persona, casi omnisciente. Lo cual, en cierta manera, enlaza Dublinesca con El viaje vertical, con el que comparte más de un aspecto, y con Impostura. Pero en ambas novelas finalmente el narrador acaba mostrándose y participando de la narración. No es un narrador omnisciente, sino subjetivo. Y eso no parece ocurrir en Dublinesca. Sin embargo el narrador aparece dos veces en el relato:

(…) se da la circunstancia- creo yo modestamente- de que para la narración, suponiendo que alguien quisiera contar lo que está pasando precisamente ahora- ahora, que en realidad, en estos precisos instantes no pasa nada. (pág. 200)
Cae la lluvia, como buscando que toda la tierra quede por fin inundada, incluida esta casa al norte de Dublín, esta casa trágica con mecedora y ventanal y cuadro con escalera frente al mar de Irlanda, esta casa pensada para ir rumbo a lo peor y, si se me permite decirlo- perdón por la intromisión, pero es que necesito distanciarme algo y, además, si no lo digo reviento de risa-, tan completamente forrada de Beckett. (pág. 307)

La intromisión del narrador es desconcertante y hace que a partir de la página 200 busquemos sus huellas por toda la novela. Sin embargo se esconde. Se esconde del lector y del propio Riba que busca afanosamente por las calles de Dublín al espectro de su autor, un fantasma que, como Drácula, es capaz de fundirse en la niebla, volverse inaprensible, etéreo.
El narrador se muestra para seguir oculto. Habla por el interfono con Riba. Deja mensajes al lector. Mantiene el misterio, no lo resuelve.
¿Es el narrador Vila-Matas? Es decir, en Dublinesca no se puede confundir al autor con el personaje principal (como ocurría en sus anteriores novelas a pesar de que éste fuera jorobado o manco o no tener ninguna similitud con el autor) ya que, de nuevo, deja claro con el detalle de que Riba sea editor (y no escritor, lo cual ha suscitado el rumor de que la novela habla (o no habla) sobre Herralde) la distancia existente entre autor y personaje. Sin embargo también está claro que lo que le ocurre a Riba es una literaturalización de la realidad de Vila-Matas, desde lo que le ocurrió en Lyon hasta la fundación de la Orden del Finnegans . En ese sentido Riba es Vila-Matas. Y en su búsqueda de su autor Riba encuentra a Malachi Moore, quien, entonces, es también Vila-Matas.
Y a su vez no es ninguno de ellos. El impostor, a fin de cuentas, es el propio lector.

Dublinesca es una novela muy ambiciosa y minuciosamente elaborada que admite multitud de lecturas, sencilla en apariencia y compleja en su temática. Está escrita en un tono melancólico y crepuscular muy adecuado al argumento que plantea, la desaparición de las formas clásicas de edición, pero que al mismo tiempo, partiendo de la contradicción que supone presentar el entierro de la era Gutemberg dentro de ese entorno (Dublinesca está editado en papel), manteniendo una distancia irónica con el tema principal.
Como todas las historias de Vila-Matas Dublinesca es una novela construida desde la propia literatura.

Busquemos a Macintosh, a Joyce, a Beckett, a Quilty, a Malachi Moore, al propio Vila-Matas y cuando creamos que finalmente los hemos encontrado digamos aquello de: Thank you. How grand we are this morning!

(*) Joder, ¿no es un poco extraño esto de citarme a mí mismo? Lo repetiré como un mantra cien mil veces en acto de contrición.

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22/03/10

Dublinesca, de Enrique Vila-Matas (I)

1.- Macintosh

Pero, ¿quién es ese tío larguirucho de ahí con el macintosh? Pero ¿quién es? me gustaría saberlo. Daría algo por saberlo. Siempre aparece alguien que uno no se imaginaba nunca. Uno podría vivir solo toda la vida. Sí que podría. Pero tendría que tener alguien para enterrarle cuando muriera, aunque podría cavar su propia tumba. Todos lo hacemos. Sólo el hombre entierra. No las hormigas tampoco. Lo primero que le impresiona a cualquiera. Enterrar a los muertos. Dicen que Robinsón es como de verdad. Bueno, pues entonces lo enterró Viernes. Todo viernes entierra a un jueves, si bien se mira.
(…)
El señor Bloom se quedó atrás, lejos, sombrero en mano, contando las cabezas descubiertas. Doce. Yo soy el trece. No. El tipo del macintosh es trece. Número de la muerte. ¿De dónde demonios ha salido? No estaba en la capilla, lo juraría. Estúpida superstición la del trece.
Cap. 6

Esta mañana (lo ha metido Hynes, claro) los restos del difunto señor Patrick Dignam fueron retirados de su residencia en el nº 9 de Newbridge Avenue, Sandymount, para su sepelio en Glasnevin. (…) Entre el duelo figuraban: Patk. Dignam (hijo), Bernard Corrigan (cuñado), John Heny Menton, procur., Martin Cunningham, John Power comerdph 1/8 ador dorador douradora (debe de ser cuando llamó a Monks el cronista jefe por lo del anuncio de Llavees) Thomas Kernan, Simon Dedalus, Stephen Dedalus B.A., Edward J. Lambert, Cornellius Kelleher, Joseph M'C Hynes , L. Boom, C. P. M'Coy, MacIntosh y varios más.
No poco picado por lo de L. Boom (como incorrectamente estaba puesto) y por la línea de tipografía echada a perder, pero al mismo tiempo cosquilleado a morir por lo de C. P. M'Coy y Stephen Dedales, B.A., quienes, ni que decir tiene, habían brillado por su ausencia (para no hablar de MacIntosh) L. Boom se lo indicó a su compañero B.A. ocupado en sofocar otro bostezo (…)
Cap. 16


¿Qué enigma autoimplicado no comprendió Bloom, al levantarse, irse y reunir vestimentas multicolores multiformes multitudinosas, percibiéndolo voluntariamente?
¿Quién era MacIntosh?
Cap. 17


Los fragmentos del Ulises de James Joyce de la traducción de J. M. Valverde



¿Quién es MacIntosh?

Dice Nabokov en su Curso de literatura europea:

(…) el Hombre del Impermeable Marrón es un tema. Entre los personajes casuales del libro hay uno de especialísimo interés para el lector joyceano porque no hace falta repetir que cada nuevo tipo de escritor da lugar a un nuevo tipo de lector; cada genio produce una legión de jóvenes insomnes. (…) (al) Hombre del Impermeable Marrón (…) se hace referencia de una manera o de otra once veces en el curso de la novela, aunque no se le nombra nunca. Por lo que sé, los comentaristas no han comprendido su identidad.
(…)
En el último trozo del capítulo VII (…) el Virrey Gobernador de Irlanda, pasa con su séquito por delante de un joven ciego; luego “en Lower Mount Street, un peatón con impermeable marrón, comiendo pan seco, cruzó con pasos rápidos, sin ser atropellado, por delante del Virrey”. ¿Qué nuevas pistas se añaden aquí? Que el hombre existe, que es un ser vivo en definitiva; que es pobre, que camina con paso rápido, y que se parece un poco a Stephen Dedalus en su gesto desdeñoso y distante. Pero, naturalmente, no es Stephen. Inglaterra, el Virrey, no le hacen daño; Inglaterra no puede molestarle. Hombre vivo y al mismo tiempo liviano como un espectro, ¿quién diablos es?
(…)
El hombre del impermeable marrón ama a una señora que ha muerto” (…) Un elemento poético ha sido añadido a nuestro hombre misterioso. Pero ¿quién es ese ser que aparece en ciertos momentos cruciales del libro? ¿Es la muerte, la opresión, la persecución, la vida, el amor?
(…)
“¡Demonio, qué hace aquí el tío ese del impermeable! Qué zapatos más polvorientos. Mira que andrajos. ¡Todopoderoso! ¿Qué es lo que come? Cordero de jubileo. Y Bovril por todos los diablos. Lo necesitaba de veras
(…)
(El capítulo XII) no debe tomarse en serio; ni debemos tomar en serio tampoco la breve visión que tiene Bloom del Hombre del Impermeable Marrón, que le acusa de ser hijo de una madre cristiana: “No crean una palabra de lo que diga. Ese hombre es Leopold M’Intosh, el famoso incendiario. Su verdadero nombre es Higgins”. La madre de Bloom (…) se llamaba de soltera Ellen Higgins. (…) En la misma pesadilla Lipoti (Leopold) Virag, abuelo de Bloom, es embutido en varios abrigos sobre los cuales lleva un impermeable marrón, evidentemente tomado del hombre misterioso.
(…)
"¿Quién era MacIntosh?"
Ésta es la última vez que oímos hablar del Hombre del Impermeable Marrón.
¿Sabemos quién es? Creo que sí. La clave se encuentra en el (capítulo 9), en la escena de la biblioteca. Stephen está hablando de Shakespeare, y sostiene que Shakespeare se ha incluido a sí mismo en sus obras (…) “ha ocultado su propio nombre, un nombre hermoso, William, en sus obras: es un comparsa aquí, allá, igual que el pintor de la vieja Italia colocaba su rostro en un rincón oscuro de su lienzo”. Y esto es exactamente lo que Joyce ha hecho: colocar su rostro en un rincón oscuro de su lienzo. El Hombre del Impermeable Marrón que cruza el sueño del libro no es otro que el propio autor. ¡Bloom llega a ver a su creador!


Curso de literatura europea, Vladimir Nabokov; traducción de Francisco Torres Oliver

Véase también: Teoría shakesperiana de Nabokov

Si “Malachi Moore est mort”, ¿dónde se oculta Vila-Matas en Dublinesca? ¿dónde se muestra para que Riba pueda atisbarlo?
(Continuará)

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17/03/10

The Soul Is Not a Smithy, de David Foster Wallace



But spliced very quickly into the sequence is a brief flash of Father Karras’ face, terribly transformed. The face’s white, reptilian eyes and extrudent cheekbones and rootwhite pallor are plainly demonic — it is the face of evil. This flash of face is extremely brief, probably just enough frames to register on the human eye, and devoid of sound or background, and is gone again and immediately replaced with the Catholic medal’s continued fall. Its very brevity serves to stamp it on the viewer’s consciousness.

David Foster Wallace, The Soul Is Not a Smithy, Oblivion




KILL KILL KILL THEM ALL KILL THEM DO IT NOW KILL THEM

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15/03/10

El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, de David Foster Wallace

Esta reseña parte de una retrolectura, realizada no tanto para cuestionar la importancia de El guardián entre el centeno, sino para descubrir la influencia de la novela de Salinger en la narrativa posterior.
La re-(retro)-lectura me sorprende. Sobre todo porque siempre había pensado que era una novela menor, sobrevalorada, quizás porque cuando la leía por primera vez (hace tanto tiempo) yo era Holden Caulfield (*) y no llegaba a impresionarme el que alguien fuera capaz de plasmar sobre el papel lo que yo pensaba y hacía. Para mí, Salinger siempre ha sido un modelo a seguir, una excelente motivación para no escribir. Pero descubro en esta retro-(re)-lectura que también constituyó una justificación que afianzó mi carácter, que me impulsó a mantener como enseña cierta antipatía nihilista (que controlo para no llegar a lo asocial… en el fondo porque soy un cobarde, como H.C.), cierta aversión a lo común y trivial, cierto afán de autodestrucción modesto (por no volver a decir cobarde).
Pero descubro más cosas que, sorprendentemente, no tienen nada que ver conmigo.
Descubro el tono enfebrecido del narrador de Portnoy’s Complaint (como si Roth hubiese decidido llevar a H.C. al psicoanalista), y también que gran parte de la narrativa estadounidense de la segunda mitad del siglo XX ha sido escrita bajo la influencia de El guardián entre el centeno.
Sobre todo La broma infinita de D. F. Wallace.

Se preguntaba Jorge Carrión sobre la primera novela del siglo XXI: “Si fue un escritor norteamericano, tal vez tengamos que volver a los últimos años del siglo pasado: ¿La broma infinita, de Foster Wallace? ¿Hay que retrotraerse a 1996? ¿Puede haber sido escrita la primera novela de un siglo una década antes?”
Después de leer El guardián creo que La broma infinita no es la primera novela del XXI, sino justamente aquella que cierra el ciclo iniciado por Salinger.
Digo que La broma es la última novela del siglo XX y me quedo tan tranquilo. Digo que tiene relación con El guardián y lo mismo.
Las pruebas (o así)

En El guardián, Salinger, casi desde su inicio, mantiene una broma que se prolonga a lo largo de la (breve) novela. La de los patos de Central Park:


Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta.
(Pág. 19)

—Está bien — le dije. De pronto se me ocurrió preguntarle si sabía una cosa—. ¡Oiga! —le dije—. Esos patos del lago que hay cerca de Central Park South... Sabe qué lago le digo, ¿verdad? ¿Sabe usted por casualidad adonde van cuando el agua se hiela? ¿Tiene usted alguna idea de dónde se meten?
Sabía perfectamente que cabía una posibilidad entre un millón. Se volvió y me miró como si yo estuviera completamente loco.
— ¿Qué se ha propuesto, amigo? —me dijo—. ¿Tomarme un poco el pelo?
(Pág. 69)

(…) al poco de subir al taxi, el taxista empezó a darme un poco de conversación. Se llamaba Howitz y era mucho más simpático que el anterior. Por eso se me ocurrió que a lo mejor él sabía lo de los patos.
—Oiga, Howitz —le dije—. ¿Pasa usted mucho junto al lago de Central Park?
— ¿Qué?
—El lago, ya sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park. Donde están los patos. Ya sabe.
—Sí. ¿Qué pasa con ese lago?
—¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando allí? Sobre todo en la primavera. ¿Sabe usted por casualidad adonde van en invierno?
—Adonde va, ¿quién?
—Los patos. ¿Lo sabe usted por casualidad? ¿Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión, o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen?
El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.
— ¿Cómo quiere que lo sepa? —me dijo—. ¿Cómo quiere que sepa yo una estupidez semejante?
—Bueno, no se enfade usted por eso —le dije.
— ¿Quién se enfada? Nadie se enfada.
Decidí que si iba a tomarse las cosas tan a pecho, mejor era no hablar. Pero fue él quien sacó de nuevo la conversación. Volvió otra vez la cabeza en redondo y me dijo:
—Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven.
—Pero los peces son diferentes. Lo de los peces es distinto. Yo hablaba de los patos —le dije.
— ¿Cómo que es distinto? No veo por qué tiene que ser distinto —dijo Howitz. Hablaba siempre como si estuviera muy enfadado por algo— No irá usted a decirme que el invierno es mejor para los peces que para los patos, ¿no? A ver si pensamos un poco...
Me callé durante un buen rato. Luego le dije:
—Bueno, ¿y qué hacen los peces cuando el lago se hiela y la gente se pone a patinar encima y todo?
Se volvió otra vez a mirarme:
— ¿Cómo que qué hacen? Se quedan donde están. ¿No te fastidia?
—No pueden seguir como si nada. Es imposible.
— ¿Quién sigue como si nada? Nadie sigue como si nada —dijo Howitz. El tío estaba tan enfadado que me dio miedo de que estrellara el taxi contra una farola—. Viven dentro del hielo, ¿no te fastidia? Es por la naturaleza que tienen ellos. Se quedan helados en la postura que sea para todo el invierno.
—Sí, ¿eh? Y, ¿cómo comen entonces? Si el lago está helado no pueden andar buscando comida ni nada.
— ¿Que cómo comen? Pues por el cuerpo. Pero, vamos, parece mentira... Se alimentan a través del cuerpo, de algas y todas esas mierdas que hay en el hielo. Tienen los poros esos abiertos todo el tiempo. Es la naturaleza que tienen ellos. ¿No entiende? —se volvió ciento ochenta grados para mirarme.
(…)
—Oiga —me dijo—, si fuéramos peces, la madre naturaleza cuidaría de nosotros. No creerá usted que se mueren todos en cuanto llega el invierno, ¿no?
—No, pero...
—¡Pues entonces! —dijo Howitz, y se largó como un murciélago huyendo del infierno. Era el tío más susceptible que he conocido en mi vida. A lo más mínimo se ponía hecho un energúmeno.
(Págs. 91 y ss.)

Se me ocurrió acercarme al lago para ver si los patos seguían allí o no. Aún no había podido averiguarlo, así que como no estaba muy lejos y no tenía adonde ir, decidí darme una vuelta por ese lugar.
(…)
Al final encontré el lago. Estaba helado sólo a medias, pero no vi ningún pato. Di toda la vuelta alrededor —por cierto casi me caigo al agua—, pero de patos ni uno. A lo mejor, pensé, estaban durmiendo en la hierba al borde del agua. Por eso casi me caigo adentro, por mirar. Pero, como les digo, no vi ni uno.
(Págs. 166 y ss.)



Una broma, por mucho que el título de la novela de Wallace sea precisamente La broma infinita, no justifica que ambas novelas estén relacionadas. Ni que los personajes de ambas novelas sean adolescentes airados con problemas de adicción (reconozcámoslo, Holden Caulfield es un alcohólico, de la misma manera que Hal Incandenza (**) es un drogadicto), ni la relación de estos con sus hermanos, ni la omnipresente ausencia del familiar fallecido, ni el ambiente académico, ni la importancia del cine en ambas narraciones… No. No es suficiente. Todo es circunstancial.
Pero…

¡Pregunta!: Por 25 céntimos de euro, títulos de novelas en la que dos personajes conversen mientras uno de ellos se corta las uñas:
El guardián entre el centenoLa broma infinita
¡TIEMPO!
50 céntimos

Reconozco la valentía de Wallace si en realidad La broma infinita es un intento de reescritura de El guardián entre el centeno. Construir a partir de un texto denso pero finito y conclusivo una obra desmesurada, más densa incluso e imposible de concluir, que se basa en uno de los conceptos que Salinger, a través de Caulfield destaca: La digresión.

Holden habla sobre la clase de Expresión Oral dirigida por el señor Vinson:

—Es un curso en que cada chico tiene que levantarse y dar una especie de charla. Ya sabe. Muy espontánea y todo eso. En cuanto el que habla se sale del tema los demás tienen que gritarle, «Digresión». Me ponía malo. Me suspendieron.
—¿Por qué?
—No lo sé. Eso de tener que gritar «Digresión» me ponía los nervios de punta. No puedo decirle por qué. Creo que lo que pasa es que cuando lo paso mejor es precisamente cuando alguien empieza a divagar. Es mucho más interesante.
—¿No te gusta que la gente se atenga al tema?
—Sí, claro que me gusta que se atengan al tema, pero no demasiado. No sé. Me aburro cuando no divagan nada en absoluto. Los chicos que sacaban las mejores notas en Expresión Oral eran los que hablaban con más precisión, lo reconozco (…). Es un crimen gritarle a un tío «Digresión» cuando está en medio de... No sé. Es difícil de explicar.
(…)
Lo que pasa es que usted no conoce al señor Vinson. Le volvía a uno loco. Continuamente nos repetía que había que unificar y simplificar. No veo cómo se puede unificar y simplificar así por las buenas, sólo porque a uno le dé la gana. Usted no conoce a ese Vinson. A lo mejor era muy inteligente, pero a mí me parece que no tenía más seso que un mosquito.


Este fragmento sobre la digresión parece señalar a La broma infinita como la novela que le hubiese gustado a Holden Caulfield, la novela escrita para que a éste le guste. Es como si los parámetros que hacen de La broma infinita una novela tan peculiar y tan fundamental, la primera de un siglo o la última de otro, se encontrasen dentro de la novela de Salinger, como si Wallace extendiese la influencia de El guardián al menos cincuenta años más.

Es curioso, pero en estas condiciones, ahora estamos doblemente huérfanos.


Los fragmentos de The Catcher in the Rye, de J. D. Salinger, de la traducción de Carmen Criado para Alianza

(*) ¿Holden Caulfield = Hans Castorp?
(**)¿Holden Caulfield = Hal (In)Candenza?

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11/03/10

Mason y Dixon, de Thomas Pynchon (y III)

En 1732, cuando la costa este del actual Estados Unidos estaba formado por colonias británicas, se llegó a un acuerdo entre los Penn y los Calvert, para trazar la frontera entre los territorios que controlaban. A través de la Royal Society encargaron a un equipo inglés, formado por Charles Mason y Jeremiah Dixon, el levantamiento topográfico de las fronteras recién establecidas entre la provincia de Pensilvania, la de Maryland, la colonia de Delaware y partes de la colonia y antiguo dominio de Virginia.




Es una línea trazada entre los paralelos 39 y 40, una línea inexistente, una línea esotérica, una frontera imaginaria que separa arbitrariamente el norte del sur, a Mason de Dixon.
El astrónomo y el topógrafo trazan una línea donde antes no había nada, roturan la tierra, desbrozan el terreno, dibujan sobre el mapa una frontera que, a partir de entonces, dotará de carácter contrapuesto a los habitantes de cada uno de los lados. Crean la línea a través de la cual se articulará la historia. Construyen, en cierta manera, la historia.
Y de eso trata, más o menos, Mason y Dixon, de opuestos que se complementan: La Razón contra la Irracionalidad mística, mágica y religiosa; la precisión astronómica contra la salvaje naturaleza; la lógica contra la imaginación.



Todo eso se contradice dentro de la propia narración. Pynchon mezcla los elementos que se oponen de forma que aparezcan complementándose, sin anularse mutuamente, conviviendo en un espacio neutral, en una tierra de nadie creada por la Línea, que construyen a su alrededor los propios Mason y Dixon. Como si a los personajes los envolviese el espíritu de cambio propio de su época, como si con sus precarios y aparatosos instrumentos de medición estuvieran atrayendo la atención de ese mundo ilusorio que pretenden abolir. Como si los relojes y los complejos observatorios astronómicos atrajesen todo aquello que en principio se opone al pensamiento racional.



... perros que hablan, patos mecánicos dotados de voluntad, hombres-casi-lobo, golems, teorías sobre la tierra hueca...




Mason y Dixon es una novela más inteligente de lo que uno puede pensar en primera instancia. Es una broma (¿infinita?), sí, pero es también un ejercicio narrativo de primera magnitud, aunque también excesivo, y ese me parece que es uno de los principales problemas con Pynchon, la falta de mesura, la falta de control.
Cherrycoke es complaciente con sus oyentes. Según va cambiando su auditorio el tono de la narración varía, llegando incluso a introducir en la narración del trazado de la Línea, historias hilvanadas a tenor de las lecturas de sus oyentes. Así un folletín de la serie El lívido petimetre, donde aparece un noviciado donde forman esclavas sexuales para el Colegio Jesuita de Québec, sirve de base para introducir a personajes que acaban relacionándose con los personajes principales en los trabajos de observación. Una novicia fugada y Zhang, un oriental adiestrado en artes marciales, ambos perseguidos por el oscuro jesuita El Padre Zarpazo, Lobo de Jesús… un amor imposible, una persecución folletinesca:

A nosotros dos, señora, nos está prohibido lo que en chino llamamos ying-yang- le dice Zhang- No hemos nacido para representar papeles que otros nos han asignado a fin de divertirse.

Zhang introduce el elemento místico-oriental-hippy con el que Pynchon, en un nuevo anacronismo, intenta explicar la dicotomía Razón-Irracionalidad:

-Esta línea actúa como un conducto que llamamos sha o, como dicen en la California española, mala energía. Imaginen un viento, un viento malo de veras, que trae consigo fracaso, pobreza, deshonra y traición, mala suerte en todas sus posibles variedades, que sopla día y noche, con una fuerza muchas veces superior a la de la peor tormenta bajo la que se hayan visto jamás.
- Nadie tiene intención de vivir justo en la franja de la perspectiva- dice Mason (…)-. No es más que un límite.
-¡Un límite!- El chino empieza a mesarse los cabellos y a escarbar en la tierra con los pies enfundados en chinelas con brocados-. En todos los demás lugares de la Tierra, los límites siguen las formas de la naturaleza (líneas costeras, cimas de montañas, riberas de los ríos) a fin de honrar al dragón o shan interior, y el paisaje adopta siempre sus formas. Trazar una línea recta en la Tierra es infligir una herida de espada a la propia carne del dragón, causarle una cicatriz larga y perfecta, y quien vive aquí durante todo el año sólo puede verla como otro odioso ataque.

Una cicatriz larga y perfecta divide el mundo en dos, divide a los personajes:

Mason, astrónomo, londinense, taciturno, ante y gris, vino, anglicano, viudo, su racionalismo no le impide tener conversaciones con su difunta esposa, ni mantenerse fiel a ella,
Dixon topógrafo, pueblerino, extrovertido, alto, cuáquero, vestido con levita roja llamativa, tan juerguista "que quienes les conocen les recordarán como Dixon y Mason", cerveza, mujeriego

Mason, que había esperado encontrarse con un campesino tonto, cerril y lerdo, está amigablemente sorprendido ante el pulcro Dixon que tiene delante, quien, por su parte temía (…) vérselas con otro trepador londinense emperifollado y contempla divertido el casi anodino atuendo de Mason: prendas de poco valor, todas de color ante y gris.

Pero más adelante los personajes establecen una especie de simbiosis:

Mason y Dixon, para llevar a cabo una justa división del trabajo, han adoptado la práctica, siempre que tienen lugar dos conversaciones al mismo tiempo, de que cada uno de ellos atienda sólo una conversación, y la situación espacial de cada uno suele determinar cuál de ellas le corresponde.

Mason y Dixon se oponen y se complementan, forman una especie de unidad inseparable con una línea que los diferencia. Y tal vez en esta analogía de lo que supone la fundación de los Estados Unidos como nación, Pynchon reinventa la novela histórica, ese absurdo con el que se trata de novelar periodos históricos, género en el que, por arte de la narración asequible, obreros que construyen una catedral medieval hablan y se comportan como albañiles de Brooklyn. Pynchon sabe de ese absurdo, de la inutilidad de plasmar la realidad de un periodo histórico con una narración contemporánea. Pynchon inventa, juega, mistifica y ridiculiza. Para eso nadie más útil que Wicks Cherrycoke, el narrador infidente, y la broma como recurso.
Porque nadie podrá dudar que el párrafo de la declaración de la Independencia en el que se afirma “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, es, en este última concepto lo suficientemente ambiguo como para admitir cualquier derecho posible. Pero “la búsqueda de la felicidad” es para Pynchon la aportación de Dixon, una frase pronunciada en una taberna en un ambiente de juerga, al nacimiento de una nación.




Aquí una línea.

Estos tres post sobre la novela de Thomas Pynchon están escritos en memoria de Hernán. Las últimas entradas en Zona Tomada hablaban sobre El sino de Dixon y El escorbuto de Mason. Me consta, así me lo han hecho saber, que Hernán disfrutaba con la relectura de Mason y Dixon, que disfrutaba con el humor de Pynchon y las situaciones que hacía sufrir a sus personajes. He de confesar que se me saltaban las lágrimas leyendo el fragmento del pato mecánico y que hacía tiempo que no me reía con un libro.
Tanta solemnidad atontece.
Así que lean a Pynchon e intenten disfrutar.
En fin… uno no cree en estas cosas, está en la parte de la Línea dominada por la Razón, pero en esta otra parte me gustaría creer que existe un lugar mejor, donde las lecturas siempre nos satisfacen, donde no hay que esperar por la siguiente novela, donde el tiempo no cuenta y las lecturas no finalizan jamás.
Brindemos por eso.


Los textos citados de la traducción de Jordi Fibla para Tusquets.

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02/03/10

Mason y Dixon, de Thomas Pynchon (II)

Reverendo Wicks Cherrycoke:
(…) Es posible que el historiador tenga el deber de buscar la verdad, pero, aun así, debe hacer cuanto esté en su mano para no decirla. (…) (La historia) necesita que la atiendan amorosa y honorablemente fabuladores y falsificadores, vendedores de baladas y chiflados de todo pelaje, maestros del disfraz que le proporcionen el traje, el tocado y el porte, y un discurso lo bastante ágil para mantenerla alejada de los deseos (o incluso de la curiosidad) del gobierno. De la misma manera que Esopo se vio obligado a contar fábulas.


¿Es Cherrycoke (*) un narrador infidente? El reverendo actúa al nivel de Sherezade, debe alimentar su ficción para mantener sus prebendas, aunque no su vida. Luego, el autor es fiel con el lector, sienta las premisas de un engaño pero no pretende mentir al lector. Pynchon es fiel a la falsedad de su narrador. Pero escoger este tipo de narrador es en sí una traición a los hechos… aunque, de todas formas, toda narración es una traición a los hechos. La elección deja patente las intenciones del autor, Mason y Dixon es un divertimento sobre los personajes históricos de Charles Mason y Jeremiah Dixon, una ficción que apela a Voltaire a Sterne y a Swift (**), coetáneos de Mason y Dixon. Es decir, Cherrycoke plasma el espíritu literario de su época, pero Pynchon construye un pastiche que mezcla a autores del siglo XVIII, o, quizás, toma prestada la forma en que el primerizo Dickens de Los papeles póstumos del Club Pickwick recrea la literatura del dieciocho, con elementos modernos (marihuana, Star Trek… ya hablaremos) que solo un lector del siglo XX puede identificar. Es pues, una falsa novela del siglo XVIII, en la misma medida que El arco iris de gravedad era una falsa revisión de los textos de Joyce.(***)

Por una parte se hace referencia a la Historia de “Jack Mandeville, o la del capitán John Smith, incluso a la del barón de Munchausen, ya en nuestra época. Herodoto es el Dios Padre de todos ellos”. Por otra las formas narrativas de la época. Hay que reconocer que el trabajo que se propone Pynchon con estas premisas es arduo. Pero el autor no se pliega a la rigidez de la propuesta y deja que su personalidad del siglo XX, cierta impaciencia narrativa, cierta necesidad de contar todo prolijamente, cierta profusión de focos y temas narrativos, se mezclen sin, al parecer, ningún control.

No, esto no es serio.
Mason y Dixon son descritos como una pareja cómica clásica, en la que la gracia principal se basa en el antagonismo de aspecto y carácter. Ya hablaremos de ello.

Se embarcan en el Seahorse pero en el mismo Canal son atacados por la fragata francesa l’Grand. Vuelven a Plymouth.

-Y bien, ¿qué es esto?- inquiere Mason (después de la batalla)
-¿Algo parecido al tránsito de Marte, quizás?
-Y con nosotros cruzando su faz.

Es un chiste.
De hecho estoy por pensar que Pynchon cuenta el chiste más largo de la historia de la literatura para superar al contado por Faulkner en Mientras agonizo (“Meet Mrs. Bundren”)


Nevil Maskelyne

Bien el chiste es como sigue. Después de observar en Ciudad del Cabo el tránsito de Venus, mason y Dixon son requeridos por Nevil Maskelyne que ha estado observando el tránsito en la isla de Santa Helena. Curiosamente de la cuenta de gastos totales de la expedición, 292 Libras, nada menos que 141 fueron destinadas a pagar su consumo personal de licores. Es pues un personaje afín a Dixon, aunque en realidad jefe de Mason. Aparatos con persistentes errores y pruebas experimentales mantienen separados a la pareja de nuestro libro. Mason permanece con Maskelyne, con quien mantendrá una relación bastante tensa. Aprovechando su estancia en Maryland, Maskelyne les encargará que mientras trazan la Línea midan la longitud de un grado. Es largo de explicar porque el chiste tiene cerca de ochocientas páginas.
En fin, cuando años más tarde terminen el trabajo, y cito de memoria porque entre tanta nota acabo por no encontrar nada, Maskelyne y Mason hablan y Mason confiesa estar harto de la Línea y de que le hablen de la Línea… no quiero volver a oír mencionar la Línea, dice Mason puede llamarme Mask, dice Maskelyne.
No. No es serio.


(*)Wicks Cherrycoke, su propio nombre nos debe hacer dudar.
(**) ¿Puede, aunque sea posterior, que apele también a Bouvard y Pecuchet, de Flaubert? Aun no la he leído, ¿alguien puede dar una pista?
(***)Apelando a un sentido de la justicia un tanto cabrón, yo espero que Nabokov, que no recordaba la presencia de Pynchon en sus clases, le suspendiese.

Los textos citados de la traducción de Jordi Fibla para Tusquets.

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