28/02/10

Shutter Island, de Martin Scorsese

Creo que ya se podría empezar a recopilar las grandes obras filmadas por Martin Marcantonio Luciano Scorsese porque, después de ver Shutter Island (y de la infumable Infiltrados) está claro que Scorsese ha dirigido ya las grandes películas que debía dirigir.



No es que la película sea estrictamente mala. Funciona bastante bien, sobre todo por los actores. Pero se pierde en el efectismo y en el homenaje-copia. Y eso es algo que no esperamos de un maestro como Scorsese. Esperamos lo excepcional, lo magistral… y no un anuncio de cava.
¿De verdad es necesario filmar escenas oníricas a la “manera de Lynch”? ¿Piensa Scorsese que nadie se dará cuenta, después de Twin Peaks, que las escenas están filmadas al revés? ¿Piensa que nadie recuerda a Samuel Fuller? ¿o a Hitchcock? ¿Piensa que el final sorpresivo es lo que da consistencia a la historia? (de hecho, el otro final posible, hubiese sido más creativo) ¿Piensa que le podemos perdonar todo (sobre todo después de su mala copia de Mou gaan dou-Internal Affaires)? ¿Cuándo perdió su capacidad de crear sin imitar?

En fin, Henrique Lage y Miguel Ángel Muñoz lo han explicado mejor que yo.


En otro orden de cosas la revista QueLeer incluye un apunte sobre este blog.
Gracias Milo

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25/02/10

La Carretera, de John Hillcoat y La Cinta Blanca, de Michael Haneke

La Carretera (John Hillcoat) y La Cinta Blanca (Michael Haneke) tienen en común que ambas exploran la naturaleza malvada de la humanidad. Las diferencia la forma. Y las intenciones. Mientras que La Carretera lo hace de forma convencional, Haneke, como siempre, busca remover las conciencias bienpensantes (¿he dicho burguesas?). No sé si será muy exagerado, pero veo a Haneke como el equivalente cinematográfico de Bernhard, dos autores capaces de incomodar tanto por los temas como por las formas que emplean. Ambos parecen sostener un enfrentamiento con sus espectadores-lectores. Y eso a pesar de que La Cinta Blanca sea en principio la menos beligerante película de Haneke. En esta ocasión recurre a una narración lineal, con voz en off, sin alardes cinematográficos, obviando casi completamente la violencia, incluso la que queda fuera de campo, marca personal del cineasta.



Se trata de una narración clásica y deja que sea ésta y los hechos que se ocultan tras lo que se cuenta lo que acabe perturbando al espectador. Las implicaciones de la película de Haneke van de lo particular a lo universal. Es cierto que se puede leer como la larvada irrupción del nazismo a causa de la férrea educación luterana, pero otros personajes de la función, aquellos en primera instancia aparentemente más liberales o progresistas, desmienten esa única lectura cuando queda en evidencia el poso de insana moral temible que ocultan. Incluso la neutral presencia del narrador, de quien siempre debemos dudar, es puesta en duda a causa de la ruindad que describe.



No hay solución para el ser humano, parece decirnos Haneke, esto es lo que somos, los personajes, yo (el narrador) y ustedes, los espectadores. Fundido en negro. Volved a casa a reflexionar.

La Carretera es todo lo contrario. Un relato complaciente y efectista que va de lo universal a lo particular a través de unas conclusiones carentes de lógica con las propuestas del propio relato, intentando que creamos que el camino que sigue es de lo particular a lo universal. La película, basada en la novela de Cormac McCarthy, muestra lo que queda del mundo tras un apocalipsis sin especificar en el que los seres humanos se han convertido en unos depredadores carnívoros intentando sobrevivir sin limitaciones morales.



El peregrinaje de un hombre junto a su hijo en busca de un imposible lugar mejor a través de un mundo devastado da lugar a una serie de preciosas fotografías de ruinas. Y, al final, brilla débilmente el sol y se atisba la posibilidad de un mundo esperanzador basado en la familia y la colaboración.
Según la teoría de McCarthy-Hillcoat la mayor parte de los espectadores de La Carretera, y estamos hablando de millones de personas, en la situación postapocaliptica descrita, sería capaz cada uno de ellos de matar al resto de las personas que están en la sala. Sin embargo lo que reciben no es el reflejo de su (nuestra) mezquindad sino un mensaje de esperanza, la recompensa (a cambio del dinero de la entrada) de saber que, a pesar de toda la maldad que encerramos, la bondad del ser humano perseverará.
Musiquilla de Cave-Ellis y a casa a sentirse agradecidos por ser como somos.




Es como si los estadounidenses (o los australianos, o los anglosajones, o, globalmente, todos cuantos estamos influenciados-infectados por la “cultura hollywoodiense”) careciesen de la experiencia de la maldad, como si ésta fuera algo ajeno, extranjero, algo que se pudiese combatir con la fuerza o con buenas intenciones. Por la otra parte, los austriacos (o los alemanes, o los centroeuropeos, o aquellos conscientes de la Historia de la humanidad) tienen una experiencia de primera mano de la maldad e, incluso, partícipes de la maquinaria que genera la maldad, cómplices o herederos de ésta. En cualquiera de los casos, como si fueran (¿fuéramos?) más conscientes de nuestra verdadera condición.
Pero siempre ocurre que los relatos morales que obligan a reflexionar sobre nuestra condición humana son más molestos y menos exitosos que aquellos cuentos de hadas en los que los héroes deben atravesar oscuros mundos hostiles (completamente falsos incluso en lo que quieren representar) hasta que el sol vuelve a brillar a fuerza de obstinación y bondad.

En el futuro postapocalíptico que nos aguarda, un día gris, encontraremos en la carretera a un niño. Sostendremos nuestras armas y diremos: “¿os acordáis de aquella película, The Road?, qué buena era, lástima que ya no hay cine, ni nada”. Luego nos comeremos al niño.

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23/02/10

Mason y Dixon, de Thomas Pynchon (I)

En memoria de J. Hernán Anganuzzi

Vamos a tratar de resumir, de poner orden, de dilucidar que se esconde tras el texto de Thomas Pynchon, Mason y Dixon.

Tránsito de Venus:

En 1716 el astrónomo inglés Edmund Halley envió a la Royal Society un método para medir la distancia Tierra-Venus y a partir de ésta, la unidad astronómica (distancia Tierra-Sol) aprovechando el tránsito de Venus que se iba a producir en 1761. Astrónomos de todo el mundo, comisionados por sus gobiernos se prepararon para la observación. Los británicos enviaron una expedición a Santa Helena y otra a Sumatra. Los franceses organizaron cuatro: Siberia, Viena, Isla Rodríguez y Pondicherry en la India. Esta última volvió sin conseguir su objetivo debido a la guerra existente entre ingleses y franceses. En total, el tránsito fue observado desde unos 70 lugares distribuidos alrededor del globo terrestre, constituyendo la primera gran empresa científica internacional.

Los resultados obtenidos no estuvieron acordes con las expectativas. El mal tiempo en muchos de los lugares de observación, la dificultad de determinar con precisión la localización geográfica del lugar en que la observación se realizaba y el efecto de la gota negra (poco antes y poco después del contacto visual entre Venus y el Sol aparece un punto negro de unión entre ambos) dificultaron la aplicación del método de Halley.

Charles Mason fue asignado para viajar a Sumatra para realizar las observaciones del tránsito de Venus junto a Jeremiah Dixon, topógrafo y astrónomo aficionado. Su barco fue atacado por la armada francesa y, por cuestiones de tiempo, aunque no descartan que la carta enviada a la Royal Greenwich Observatory fuera interpretada como signo de cobardía, lo que le llevaría finalmente a ser “desterrados” a América a trazar las fronteras entre Pennsylvania y Maryland, fueron finalmente destinados a realizar la observación en el Cabo de Buena Esperanza.

Sacado de aquí "Tránsito de Venus" y de aquí "Jeremiah Dixon"



Pero no es de esto de lo que hablamos… o, más bien, quedan unas cuantas millas para llegar al Tránsito de Venus.
Empecemos.
El Reverendo Wicks Cherrycoke cuenta la historia de Mason y Dixon. Lo hace en casa de su hermana, la esposa de J. Wade LeSpark, teniendo como más fieles oyentes a sus sobrinos, Tenebrae y los gemelos Pitt y Plinio.
La cuestión es que bajo una especie de acuerdo con su cuñado el reverendo puede permanecer en la casa en calidad de invitado “mientras sea capaz de divertir a los niños”:
“Así pues han escuchado las historias de la huida del país de los hotentotes, la del rubí de Mogol, un rubí sobre el que pesa una maldición, los naufragios en las Indias Orientales y Occidentales… una maraña de aventuras y curiosidades dignas de Herodoto, que, según da a entender el reverendo, ha seleccionado por su utilidad moral, mientras que ha evitado otras historias no tan apropiadas para los oídos de la juventud. Como de costumbre, la juventud no ha sido consultada sobre el particular”.
Ahora, a petición de la audiencia, toca una historia sobre América, con indios y franceses. El reverendo Cherrycoke inicia la historia de Mason y Dixon, a quienes conoció personalmente, junto a quienes coronó los montes Alleghenies.
Trazando la línea.
Es al entierro de Mason al que el reverendo ha llegado tarde.
Es invierno.
La historia que contará es en parte conocida de primera mano, por aparecer en ella, y en otras, conocida por el reverendo a través de sus protagonistas.
Y en casa de su cuñado le atienden regiamente.
Y atienden con expectación todo cuanto dice.
No hace falta decir que el reverendo Cherrycoke es un narrador infidente. Pero no se oculta. Ahí está Herodoto, pero también, a quien apela como un referente narrativo, el Barón de Munchausen.
Mason y Dixon, una historia americana con indios y franceses.
(“y francesas” apostilla Pitt)
En su primer acercamiento epistolar se fijan ya las condiciones de las relaciones entre Mason y Dixon debido a sus caracteres opuestos. Les une la ciencia y a pesar del entusiasmo que comparten por ella, siempre parecen estar mordazmente en desacuerdo. Mason y Dixon devienen así en una pareja cómica. Son pickwickianos. Son opuestos que se complementan.
En su primer encuentro físico asisten a una ejecución y persiguen por Londres a un perro sabio que habla, antes de embarcarse para Sumatra.
(Hay perros cervantinos que hablan y perros austerianos que narran, pero para mí, el único perro que habla vive en Ankh-Morpork y se llama Gaspode gracias a Terry Pratchett)
Esta claro que Mason y Dixon no es una novela seria. No.


(continuará)

Los textos citados de la traducción de Jordi Fibla para Tusquets.

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17/02/10

Gran Torino, de Clint Eastwood







Nota:

Ha salido el primer número de la revista Ojo de buey en el que colaboro con un pequeño texto en torno a Grupo Salvaje.

14/02/10

El Tercer Reich, de Roberto Bolaño

La semana se inició con Bolaño, transcurrió en hospitales y terminó con Bolaño. Las salas de espera de los hospitales son lugares excelentes para la lectura. El único inconveniente es que los asientos son incómodos. Si no fuera así, me trasladaría inmediatamente con Bernhard a una de esas salas a enfrentarme definitivamente con él.
Pero el principio es 2666, la obra teatral dirigida por Àlex Rigola adaptada de la novela de Bolaño por Pablo Ley. Es de agradecer el esfuerzo de actores y escenógrafos por captar la esencia de Bolaño, pero lamento decir que la obra de teatro no aporta nada a 2666, y se queda en una pobre revisión de los textos de Bolaño. Como toda obra que aspira a contener la totalidad del mundo, y eso es la novela de Bolaño, es imposible sintetizarla, comprimirla, resumirla. La adaptación teatral comete el error de ceñirse a la estructura de la novela y resumir cada una de las cinco partes en actos de menos de una hora de duración en la que los actores, en muchas ocasiones, parecen estar leyendo directamente la novela. De hecho, cuando de alguna manera se subvierte y se interpretan fragmentos de la novela, como sucede en La parte de Fate, se logra el mayor impacto teatral (no así en La parte de los crímenes en la que el efectismo, con ribetes sensacionalistas, incomoda más que conmueve). La irregularidad es la nota dominante en la obra de teatro, su fidelidad al texto su peor defecto.
No tengo tiempo de digerir la extraña sensación que me deja la obra.
Hospitales.
Entonces El Tercer Reich. Y volver a descubrir a Bolaño, la inquietante sensación de leer a Bolaño.
En contra de lo esperado El Tercer Reich no es un producto editorial que pretende aprovechar los restos de escritura que un autor fallecido. Es una novela completa si perdonamos que algunos de los capítulos finales precisen una revisión. Obviando ese detalle nos encontramos ante una obra acabada de un gran autor.
Pero yo soy una visita en un hospital, uno de esos seres anodinos y angustiados que miran por las ventanas y sienten que de alguna manera el mundo se ha detenido.
No es un asunto trágico. Provoca ansiedad, inseguridad. Pero finalmente todo va bien. Rutinario dentro de la imprevisión.
La lectura de los capítulos finales coincide con la tranquilidad de saber que todo va bien. El final de la novela casi coincide con el parte de alta médica.
En estas condiciones no soy un buen juez de esta novela de Bolaño.
Udo Berger es un extraño que vuelve al lugar de veraneo de su infancia con su novia Ingeborg y una obsesión con los juegos de guerra. Nada es lo mismo que en el pasado. Nada se ajusta a las necesidades de su obsesión. Una serie de personajes empieza a invadir el territorio en el que precisa estar solo y todo se tiñe de un ambiguo aire siniestro y malsano. El resto es literatura. Y la capacidad de Bolaño de crear un misterio a partir de situaciones anodinas, demostrando que el miedo y la angustia son sentimientos subjetivos de los personajes y consiguiendo que el lector comparta esas sensaciones.
A pesar de que nada parece suceder, a pesar de que todo parece ir bien, tenemos la manía de sospechar lo peor, de necesitar el terror y la inquietud para dinamizar nuestras vidas, para dramatizarlas, para darles sentido.
Hospitales.
Definitivamente no puedo ser un buen lector crítico de El Tercer Reich. La novela está demasiado ligada a las condiciones de su lectura. Vendrán otros y dirán que sí, que es una buena novela pero que no está a la altura de esta o de la otra, que es inferior a aquella pero no desmerece de la otra. Y aquellos que discutirán sobre el origen de la novela y las extrañas circunstancias por las que permaneció inédita hasta ahora y la licitud de esto y de lo otro.
Olvidemos todo eso.
El Tercer Reich es puro Bolaño.

(El único problema que le veo es que habrá que hacerle un sitio en el diagrama , porque, por lo que puedo deducir, habría que buscarle un sitio lindante con La pista de hielo y 2666)

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09/02/10

Thomas Bernhard (a propósito de)

Qué más da lo que yo escriba; en resumidas cuentas siempre son catástrofes. Esto es lo deprimente del destino del escritor: nunca consigues trasladar al folio lo que has pensado o imaginado; la mayoría se pierde durante el traslado. Lo que llegas a plasmar no es más que un pálido y ridículo reflejo de lo que habías imaginado. Esto es lo que más deprime a un autor como yo. En el fondo no puedes comunicarte. Todavía no lo ha conseguido nadie. En alemán mucho menos; es una lengua envarada y torpe, en el fondo horrible. Es una lengua espantosa que mata todo lo que es ligero y maravilloso. Lo único que se puede hacer, es sublimarla con el ritmo, confiriéndole musicalidad. Lo que escribo nunca corresponde a lo que he imaginado.

Entrevista a Thomas Bernhard por Asta Scheib (1987)

Traducción de Thomas Kauf recogida en QUIMERA Nº 65.

Para leer a Bernhard es necesario que el tiempo se detenga, que nada perturbe la lectura. Mi mundo es un lugar ruidoso con camiones e interferencias, un sitio en el que Bernhard no es posible. La realidad es la gran enemiga de la literatura. “Nunca consigues trasladar al folio lo que has pensado o imaginado”, nunca consigues entender plenamente lo que el autor ha querido comunicar. Es un doble viaje con indicaciones subjetivas que se contradicen y conducen al desastre. En estas condiciones nunca leo a Bernhard. Tal vez otra cosa, escrita por él, traducida por Miguel Sáenz, pero los camiones y las interferencias. Así siempre hay en casa un libro inconcluso de Bernhard. Aún así adivino que Ungenach presagia Corrección (o al contrario) e intuyo que hay un único tema en el autor, siempre la misma dicotomía entre la vida y el pensamiento, entre la realidad y la creación:

Por más que abusemos, siempre se puede seguir pensando. Al final todo nos pone nerviosos, menos pensar. El que piensa puede envejecer sin problemas. O tener durante toda la vida una idea loca, una sola idea loca. Escuchar, leer, mirar, todo eso no es nada comparado con esa sola loca idea, pero ése es mi problema. (...) Una solución matemática naturalmente, resuelta de manera puramente matemática. Qué mal me siento a veces, como si estuviera moribundo y de pronto todo está bien otra vez, porque pienso. Pensando lo supero todo.
Almuerzo en casa de Ludwig W.

Leer a Bernhard es una catástrofe. Como dice Marías el estilo de Bernhard “es enormemente pegadizo, como una inoculación”, imitarlo es casi un reflejo involuntario. Pero a veces me encuentro con la necesidad de Bernhard, de leerlo para sacar adelante algunos de esos textos farragosos y presuntamente complicados, de recuperar la musicalidad de los textos de Bernhard para una nueva colisión.

Llenamos nuestra caja fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos y recurrimos a ellos en el momento decisivo para nuestras vidas; pero cuando abrimos esa caja fuerte espiritual, está vacía, ésa es la verdad, nos quedamos ante esa caja fuerte espiritual vacía y vemos que estamos solos y realmente por completo sin recursos, así Reger. El hombre atesora en todos los campos durante toda la vida y al final se encuentra vacío, así Reger, también en lo que se refiere a su patrimonio espiritual.
Maestros antiguos.

Bernhard es uno de los Grandes Ingenios, para Marías dotado de un carácter cómico que pasa desapercibido, es ya uno de los Maestros Antiguos, y nosotros estamos solos, sin recursos, completamente vacíos.
Y el desastre ocurre porque uno puede llegar a pensar que Bernhard intenta captar algo inaprensible, siempre en fuga, imposible de plasmar a causa del carácter mecánico de la escritura que fluye a ritmo insoportablemente lento pero también que busca la irritación del lector, la implicación de éste no a través de la complicidad, como suele ser habitual, sino del enfrentamiento y la colisión.
Pero Bernhard, como Beckett, me anula.
Bernhard, como Beckett, deja que atisbe los límites de la narración.
Aquí estamos. Prácticamente, después de Bernhard, no hay nada más que la repetición y la copia. En el límite hay un abismo. Es lo que me muestra Bernhard.
Y en el límite no soy capaz de apreciar nada positivamente. Todo es cansancio y hartazgo y rabia ante la repetición y la copia.
Como lector-espectador todo cuanto leo-veo es intrascendente, innecesario, molesto. Inútil.


(Todos los fragmentos de las traducciones de Miguel Sáenz)

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01/02/10

Sigma Fake, de Allen Smithy

Σ Fake , de Allen Smithy

Allen Smithy se levantó bruscamente haciendo que la mesa se tambalease. El perro huyó a esconderse.

—Pero, ¿quién cojones es Philippe Petit? — dijo Smithy— ¿Y usted? ¿Quién es usted? Farsante. Cagliostro.

No puedo escribir esto, no recuerdo esto.

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