James O. Incandenza (II)

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Mi piel, mis músculos, mi cuerpo se acordaron de repente sin comunicárselo al cerebro. Hacían movimientos no intencionados, que yo no deseaba.Gustav Meyrink, El Golem. Traducción de Celia y Alfonso Ungría para Tusquets.
¡Como si mis miembros ya no me pertenecieran!
De golpe, mi andar se había vuelto extraño y vacilante al dar unos cuantos pasos en la habitación.
Éste es el paso de un hombre que continuamente está a punto de caer hacia delante, me dije.
Sí, sí, sí, ¡así era su paso!
Lo sabía claramente, es así.
Yo tenía una cara extraña, sin barba y con barbilla pronunciada, y miraba desde unos ojos rasgados.
Esta no es mi cara, quise gritar asustado y quise palparla, pero mi mano no siguió mis deseos y se hundió en el bolsillo para sacar un libro.
Exactamente igual que él lo había hecho antes.
De repente, estoy sentado otra vez sin sombrero y sin abrigo, junto a la mesa. Y soy yo. Yo, yo.
Athanasius Pernath.

Se acuerda de pronto de una historia con mi abrigo en el invierno del año pasado en Madrid. En el hall de su hotel madrileño, él salió disparado hacia la calle para unas fotografías de un periódico y se llevó mi abrigo confundiéndolo con el suyo. Estaba ya denunciando al conserje la desaparición cuando vi que regresaba de su sesión de fotos con un abrigo sospechosamente parecido al mío, y sólo entonces comprendí lo ocurrido. Un inquietante intercambio de identidades que, como Magris es un buen germanista, me hizo pensar en la involuntaria permuta de sombreros al inicio de El Golem de Gustav Meyrinck. La verdad es que desde aquel día llevo con especial orgullo mi abrigo y a quien quiera oírlo le digo: "Me llamo Magris como todo el mundo"El filo del horizonte, Dietario Voluble, E. Vila-Matas. El País Catalunya, 14/10/2007
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