Enfermedad y desesperación —dijo Settembrini— a menudo no son más que formas de extravío.
Thomas Mann, La montaña mágica.
No hay mucho que decir de una obra de poco más de 160 páginas sobre todo si no se quiere revelar el argumento. De lo que se trata, en cualquier caso, es de repetir “hay cierta mierda que no voy a tragar”, convertirlo en un lema que nos lleve a donde sea.
Y dirán, muchos lo harán, que Indignación es una obra menor de Roth, que no es de las mejores de su producción. Pero leyéndola uno puede captar la esencia de la maestría literaria, la precisa fluidez de la experiencia.
Decir que Philip Roth es magistral (en lo que se refiere a su condición de “maestro”) es una obviedad.
Así que la reseña ideal sobre Indignación, aquella que no se refiere al argumento ni reitera la calidad narrativa del autor debería resumirse en el título de la obra:
Indignación, de Philip Roth.
Y en todo caso añadir:
IN-DIG-NA-CIÓN
(¡Alzaos los que os negáis a ser esclavos!)
Eso sería todo.
Pero a la rendición total ante la narrativa de Roth y a la admiración por las trampas que pone en nuestro camino (uno cree encontrarse con una novela “típica” de Roth en la que un joven airado afirma su personalidad a través de tumultuosas relaciones erotico-sentimentales, pero finalmente resulta ser otra tipo de narración) se suma una conexión no sé si demasiado descabellada.
Releo Indignación en la memoria como la versión de Philip Roth de La montaña mágica de Thomas Mann.
Hay que salvar muchas distancias, de extensión, de tema, de contexto...
Indignación sería una especie de síntesis de la monumental novela de Mann que conduce a una nueva tesis con un final más concreto que la del alemán. La versión de Roth va de lo universal (las ideas que se generar en el aprendizaje de Hans Castorp en el mundo aislado del sanatorio) a lo particular (Marcus Messner en una Universidad de Ohio durante los años cincuenta) para devolvernos una idea universal (que las elecciones personales obtienen resultados desproporcionados). Roth convierte Indignación en una fábula moral en el que las imposiciones religiosas se confrontan a las libertades individuales y que concluye que, a causa de esos efectos desproporcionados que conllevan las elecciones, hay cierto tipo de opciones ante las que ninguna persona debe de enfrentarse jamás, sobre todo cuando afectan a las libertades individuales.
Se podría pormenorizar el paralelismo entre las dos novelas, pero no llevaría a ninguna parte. Indignación merece leerse por sí misma.
La montaña mágica no digamos:
¡Adiós, Hans Castorp, hijo mimado de la vida! Tu historia ha terminado. Hemos acabado de contarla. No ha sido breve ni larga; es una historia hermética. La hemos narrado por ella misma, no por amor a ti, pues tú eras sencillo. Pero en definitiva es tu historia. Puesto que la has vivido, debes sin duda tener la materia necesaria, y no renegamos de la simpatía pedagógica que durante esta historia hemos sentido hacia ti y que podía llevarnos a tomar delicadamente, con la punta del dedo, un ángulo de nuestros ojos, al pensar que ya jamás te volveremos a oír ni a ver.
Thomas Mann, La montaña mágica; traducción de Mario Verdaguer.Etiquetas: Indignación, La montaña mágica, narrativa estadounidense, Philip Roth, Thomas Mann