25/02/09

Man on wire, de James Marsh

Hice algo magnífico y misterioso y me espetan un banal: "¿Por qué?" Y la belleza de esto es que no tenía un porqué.
Philippe Petit en Man on wire

Lo más fascinante de la película ganadora del Oscar 2009 al mejor film documental es que encierra varias historias dentro de ella. Tras la principal línea argumental, el paseo de Philippe Petit entre las dos torres del World Trade Center el 7 de agosto de 1974, compuesta de imágenes documentales y dramatización de los hechos, se esconden, de manera implícita y no evidente, otras dos historias en cierta manera complementarias. En primer lugar la ausencia de las Torres Gemelas, ese vacío que cruzó Petit y que sigue existiendo pero de forma inasequible.
Todo vacío es el vacío.
En segundo lugar el desmoronamiento del equipo de Petit, antes, durante y tras el paseo del funambulista.
Frases y silencios y lágrimas y, de nuevo, el vacío.
Es un excelente documento que se explica a sí mismo y que muestra, sin juzgar, una obsesión convertida en un acto excepcional y sus consecuencias.

Reseña por Javier en Ochoymedio... como bien dice "ésta no es una historia feliz".

Esas torres no existían más que para Philippe y él no existía más que para esas torres. Todo lo demás era superfluo. Útil y necesario, cierto, pero superfluo.
Hice algo magnífico y misterioso... lo demás no importa.
Pero sí importa.
Entonces algo se rompe y aparece el vacío.

En 1994 Maurice Forster-Mayer realizó “
una genial y atrevida caminata sobre la cuerda floja entre las dos torres del World Trade Center”, dice Enrique Vila-Matas en el relato Materia oscura de Exploradores del abismo.

En mi minúsculo universo, aquí, encerrado en mi habitación, viéndolo todo a través de engañosas ventanas, Man on wire tiene reminiscencias vilamatianas.

La altura del vértigo

En 1974 Philippe Petit realizó “una genial y atrevida caminata sobre la cuerda floja entre las dos torres del World Trade Center”.

El resto es entropía. Nuestro mundo sólo se entiende a través de la destrucción, de lo irrecuperable, de las lágrimas en la lluvia.





















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22/02/09

Los Hechos, de Philip Roth

Los Hechos, 1988, supone el punto de inflexión de la narrativa de Roth. Está escrita después de las primeras novelas de Zuckerman como narrador, incluyendo Mi vida como hombre, en la que el futuro alter-ego de Roth es esbozado por Tarnopol.
Esta novela supone en cierta medida el intento por parte del autor de recuperar su propia realidad ficcionalizando a partir de sí mismo. A Los Hechos seguirían Deception, Patrimonio y Operación Shylock, narradas por el propio Roth o protagonizadas por un escritor llamado Philip, mientras que Zuckerman, ya convertido en un narrador de otro tipo, un receptáculo de narraciones, un preservador de memorias ajenas, no volvería a aparecer hasta 1997 en Pastoral Americana.
(Hay pues un vacío en Zuckerman que Roth completa con su propia historia: a Nathan le aguarda “una nueva ronda de auténtico sufrimiento” de la que emergerá nueve años más tarde)
Los Hechos es una lucha desigual entre autor y narrador. Roth, por primera vez, toma las riendas de la narración y construye una autobiografía en la que aspectos de sus anteriores novelas son “verdaderamente” revelados. Y lo de verdaderamente hay que tomarlo en un sentido bastante amplio: Roth cambia nombres y, privilegio de todo autor, cuenta lo que quiere. Zuckerman desenmascara al impostor Roth señalando los fallos de su narración, indicando cuando Roth se separa de la realidad y los intentos hagiográficos de éste para aparecer distinto a los personajes de sus novelas. Roth quiere distanciarse de Kepesh, Zuckerman, Tarnopol y Portnoy, pero será su propio alter-ego quien le ponga finalmente en su lugar.
La estructura de la novela permite esta filigrana narrativa. Philip Roth envía a Nathan Zuckerman el manuscrito de Los Hechos para que éste le de su opinión antes de publicar esa especie de autobiografía que constituye el cuerpo central de la novela, el manuscrito titulado Los Hechos. En ese texto Roth cuenta su vida, pero lo hace centrándose en cuestiones que han sido relatadas en anteriores novelas, sobre todo en Cuando ella era buena, El lamento de Portnoy (ahora El mal de Portnoy) y Mi vida como hombre. Como ya hizo en Zuckerman desencadenado el principal objetivo es desligar al Philip Roth persona real de los hechos que realizan sus personajes. Roth no es Portnoy del mismo modo que Nathan no es Carnovsky. Roth no es Tarnopol, ni Kepesh, ni Zuckerman, aunque compartan muchas similitudes vitales. Para desmentir de una vez por todas este error de apreciación que le persigue desde siempre el propio Roth debe convertirse en un personaje. ¿De ficción? ¿Puede una autobiografía ser una ficción? La realidad y la ficción se enfrentan en un espejo que distorsiona y todo ello es falseado nuevamente, como denuncia Zuckerman en la carta-comentario que remite a Roth tras la lectura del manuscrito. Estas últimas cuarenta páginas remitidas a Roth por Zuckerman dan un giro brutal a toda la relación realidad-ficción que obsesiona al autor. Zuckerman no se rebela, sabe que no puede hacerlo, sabe que no es más que otra voz del autor. Pero es tal la maestría de Roth, es tan demoledor el ataque a su propia narrativa, es tan despiadada y miserable la condición sumisa del narrador que por un momento, durante esas algo más de cuarenta páginas que me gustaría copiar íntegras, llegas a creer que Zuckerman es un personaje real independiente de Roth y que la realidad siempre estará un paso más allá cada vez que intentes atraparla. Sólo siendo consciente de esa imposibilidad, y ese es uno de los motivos recurrentes de la obra de Roth, se puede llegar a ser un excelente narrador.
Zuckerman y Roth se enfrentan, la lucha es desigual pero el combate finalmente se declina hacia un lado. Cierto, uno de los dos es omnisciente y puede todo sobre el otro, incluso condenarle a un silencio de diez años. Pero para combatir con el personaje, el autor debe descender al campo de la narración, convertirse en un personaje.
Creo que no hace falta decir quien pierde.
Sea como sea, ganamos nosotros

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17/02/09

Vals con Bashir, de Ari Folman

"Me conmovió cómo el Gobierno israelí y el establishment apoyaron la película. Entiendo que pretenden demostrar que este país es plural, y de paso que el Ejército no ejecutó la masacre. Cuando presenté la película en el Festival de Cannes, mucha gente no sabía que los israelíes no dispararon directamente contra los palestinos en Chabra y Chatila", precisa el artista antes de añadir: "El Gobierno me ha enviado a promocionar la película por todo el mundo. No todo es malo. Esta sociedad es mucho más abierta y libre que las de los países vecinos".
Entrevista a Ari Folman , Babelia El País, 14/02/2009

Creo que hay algo de ingenuidad en la declaración de Ari Folman sobre el apoyo de las instituciones israelíes a la película Vals con Bashir, sobre todo teniendo en cuenta la distancia existente entre la postura política del director y la del gobierno. Porque Folman parte (es una suposición, siempre lo es) de una premisa falsa, que la culpa individual es transferible a los organismos que representan a la comunidad. Es decir, que la culpa de los individuos, incluso la suma de todos sus sentimientos de culpa, la asume también un ente ficticio como un Gobierno o un Estado. Lamentablemente eso no es así.
Tengo la impresión que políticamente es rentable para el Estado israelí que se recuerde que no fueron los causantes de hecho de la matanza de Chabra y Chatila. Cómplices pero no ejecutores.

Tal vez lo que ocurre es que todo film de guerra en la actualidad no puede librarse de Apocalypse Now y Full Metal Jacket. Como en las películas de Coppola y Kubrick, en Vals con Bashir aparecen un reportero y un cámara:





El reportero camina erguido indiferente a las balas, cual Kilgore oliendo la victoria en el aire, y el cámara gatea aterrorizado sin filmar nada.
Pero los parámetros del cine bélico estadounidense parten de la premisa de la injusticia de la guerra y de los motivos económicos que las motivan. Sea Vietnam, la guerra del Golfo o la invasión de Irak ya no hay gloria ni heroísmo en ellas.
Folman plantea su película en unos parámetros distintos a los habituales y, quizás, lo que esperamos es esa crítica al estado que impulsa la ocupación de un país. Y aunque ella aparece de forma implícita (el cámara que no filma es sustituido por la palabra implacable del reportero) el resultado final deja abierta una puerta a la justificación. Dejar que esa idea política, tal útil para el Estado, acabe filtrándose empaña la intención moral cuyo mayor acierto, que es justamente por donde se filtra esa idea, es mantenerse fiel a los hechos. Y lo hace a través de historias personales, mínimas y subjetivas crónicas de guerra, que explican la disolución de la memoria a causa del sentimiento de culpa.



Y es una lástima porque Vals con Bashir es una rara mezcla de cine de animación, documental, denuncia, que, junto a la subjetividad de sus personajes, cuyas historias hacen avanzar el relato, conforman un excelente trabajo de estructura y narración, cuya único reparo sería la frialdad que trasmite la limitada expresividad de sus personajes. Un trabajo que intenta afrontar los hechos (Los Hechos) siendo lo más objetivo posible.
Pero esa objetividad permite que se filtre el mensaje político útil. Folman olvida, quiero creer que involuntaria, inocentemente, que la culpa la acarrean los individuos, mientras que los Estados, como entes incorpóreos, carecen de emociones y que en ellos las responsabilidades se diluyen al mismo tiempo que deja a los hombres abandonados a su suerte, y permite que finalmente el mensaje político se imponga al moral, al relato humano de la brutalidad desatada, al horror de la muerte indiscriminada y a la culpa.



Javier también vio la película: Vals con Bashir (2008) y dice en los comentarios (lo cual suscribo): Me parece que, si acaso, la película muestra que la complejidad de los actos de guerra rebasa nuestra capacidad para juzgarlos globalmente.




Hablar de estos temas siempre implica tomar partido. Excepcionalmente no contestaré comentarios que traten de buscar un posicionamiento en el conflicto (“Conflicto de mierda” según Vendepatrias) o que sean incapaces de aceptar las infinitas sutilezas y matices que encierra una guerra que no tiene fin.
Dejo, porque en Babelia se citaba parcialmente, un texto de Jean Genet, Cuatro horas en Chatila, recogido en el volumen de escritos L'enemi declaré (Gallimard). Genet estuvo en el campo de refugiados justo después de la masacre. Su testimonio es implacable. Pero también es subjetivo y, creo, equivocado, en algunos de sus aspectos Los tiempos han cambiado. No hay belleza en ninguno de los bandos. No hay héroes, sólo miserables y asesinos, sufrimiento y dolor, en ambos bandos.

"¿Cómo los israelíes, soldados y oficiales, pretenden no haber oído nada, no haberse dado cuenta de nada si ocupaban este edificio desde el miércoles por la mañana? ¿Es que se masacró en Chatila entre susurros o en silencio total? El amor y la muerte. Estos dos términos se asocian muy rápidamente cuando se escribe sobre uno de ellos. Me ha hecho falta ir a Chatila para captar la obscenidad del amor y la obscenidad de la muerte. Los cuerpos, en ambos casos, no tienen nada que esconder: posturas, contorsiones, gestos, expresiones, incluso los silencios pertenecen a uno y otro mundo".

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15/02/09

Impostura (y IV): Impostura, de Enrique Vila-Matas

Es un alivio, ante la complicada tarea de explicar una obra, descubrir que hace tiempo, alguien mucho más capaz que uno mismo, supo contar mucho mejor y más certeramente, algunos de los puntos que quería destacar de Impostura.
Sin más dilación, viaje en el tiempo a 1984 de la mano de Jordi Llovet:

Más allá de la ficción
Enrique Vila-Matas siempre me ha parecido —visto a través de sus libros, que es lo único que se puede “saber” de un novelista— uno de los autores más malignos y peores enemigos de la moral pública de que jamás haya tenido noticia escrita. Desde “Mujer en el espejo contemplando el paisaje” ( 1973) —de la que yo tengo un ejemplar en blanco, una maqueta del libro con sólo las cubiertas impresas, una delicia de novela y todas las novelas posibles— hasta “La asesina ilustrada” (1977) y el libro de relatos “Nunca voy al cine”(1982), Enrique Vila-Matas se ha mantenido fiel a la poética que hemos comentado: sembrar la confusión entre las paginas del libro —una confusión perfectamente estructurada, de un impecable fraseo—como quien siembre el terror en toda la serie de infinitas identidades a que nos tiene acostumbrados el hábito de leer. En el panorama de la narrativa en castellano de los últimos años, pocos autores han ncidido tan de pleno en esta “filosofía de la ficción” que constituye, desde Joyce y para nosotros desde Borges, el núcleo a cuyo alrededor gravitan todas las ficciones posibles e imposibles. Pero hay algo más: el último libro de Vila-Matas, sin pudor alguno bautizado “Impostura”, trasciende los límites de esta teoría de la ficción que infecta
—así hay que decirlo— los mares de la narrativa del siglo XX. Este libro, siguiendo en ello el “currículum” anunciado en toda la obra anterior, no se limita al impío desmontaje de la ficción misma, sino que, a favor de ella, desmantela materialmente —no es metáfora— los mecanismos de identidad y diferencia que presiden, casi siempre, la creación literaria.
La fotografía de un anónimo enfermo mental que no recuerda nada de su pasado —esa es la historia— llega hasta las páginas de “La Vanguardia” para que el sujeto pueda ser identificado. Al punto la señora Bruch reconoce la fotografía del desmemoriado al célebre Ramón Bruch, un escritor falangista que se adhirió a la División Azul, desaparecido en plena campaña de Rusia. Pero no tarda en entrar en escena otra mujer, aduciendo que aquel hombre de la fotografía es, de hecho, Claudio Nart, antiguo anarquista y extorsionador que pasó fugazmente por Barcelona.
A partir de este planteamiento, el desmemoriado anónimo urdirá su propio futuro de acuerdo con las posibilidades de figuración que le ofrecen los demás —es decir, la ficción. Pues la ficción son los otros, corno son el infierno en palabras de Sartre.
El tema, como el mismo autor apunta, no es nuevo. Pirandello, Sciascia y Susan Sontag lo han glosado, y antes que ellos los cambios de identidad o la búsqueda de la identidad constituyó la trama de obras muy famosas de Stevenson, Kafka, Hofmannsthal, Virginia Woolf, Rilke, Thomas Mann o Paul Valéry. Entre la serie de antihéroes literarios que dibuja la tradición insinuada, deberíamos pensar en Félix Krull, el estafador de Thomas Mann, como uno de los más próximo precedentes de este curioso personaje urdido por Vila-Matas y llamado, expeditivamente, 2007: su número como interno en la institución psiquiátrica en que se encuentra.

Destrucción de la identidad

Pero da lo mismo. El tema de la identidad imposible es, por ecirlo así, una de las grandes secuencias de la literatura del romanticismo para acá. Lo interesante del libro que estamos comentando, no está tanto en la reiteración de un “motivo” literario usual., cuanto en la muy inteligente articulación de este motivo como el motivo mismo de la literatura y el lugar del escritor en el seno del curso literario.
Y ahí retomamos el hilo de lo escrito más arriba: Vila-Matas no se ha contentado con practicar el mal en el terreno del desmontaje de la ficción, sino que ha llevado el terror del análisis hasta él corazón mismo de la personalidad. En pocos libros, si exceptuamos “Orlando”, de Virginia Woolf, y algún relato de Edgar Allan Poe, se halla una destrucción tan sistemática de la identidad, es decir, de la supuesta construcción de la personalidad a partir de la repetición de lo “mismo” y de lo propio. Las fantásticas personalidades que concurren en esta muestra ejemplar de engarce entre literatura y psicología, se forjan. —unas queriendo, otras sin querer— en la fragua del asombro, de la impostura, de la trampa y del vicio. El desmemoriado, impostor o no, deja para siempre a su lado su posible verdadera personalidad y abraza, por el camino de una exacta verosimilitud literaria “interior” a la psicología del personaje —ahí está la gracia del libro— la personalidad que le sirve en bandeja la memoria de los demás. Este es el modo de funcionar, si uno lo piensa, del sentido común: constituye una especie de memoría colectiva, ajena a nosotros mismos, que invade nuestra personalidad hasta destruirla. Convertirse en un ser normal, en nuestras sociedades cultas, equivale a dejarse guiar, como un estúpido, por esa fantástica memoria de todos y de nadie que es el sentido común. Todo escritor está obligado a luchar contra esta inercia, y Enrique
Vila-Matas ha creado, a nuestro juicio, el personaje metáfora —por la vía paradójica, claro está— de esta distancia irónica que debe prevalecer entre lo que uno quiere ser y lo que los demás quieren que uno sea.
Así, “Impostura” se convierte al fin en una especie de ritual —el autor es ya un sacerdote experimentado en este tipo de oficios— en una misa ciertamente negra en la que no sólo asistimos al asesinato de la ficción, sino también al de aquella entidad supuesta rectora del juego literario, vaivén entre mentira y verdad: el narrador mismo. Terminada la celebración, no le queda al lector más remedio que iniciar y multiplicar la producción de lo ficticio: inventar una personalidad posible para el escritor mismo. Y, por supuesto, no fiarse ya nunca más de la personalidad propia, si la hubiera. Contra la teología que preside, por analogía, la construcción de los perfectos mundos novelados del siglo XIX, Vila-Matas parece proponer una sólida herejía cuya única liturgia pasaría por sus libros.
He aquí, en el caso de “Impostura”, un libro lleno de maldad que, por lo menos, ofrece al lector la posibilidad de una sutil venganza contra el hechicero: imaginar al autor atrapado en la red de las resonancias que destila la lectura misma.
Jordi Llovet, La Vanguardia 17 de mayo de 1984


Siendo como es esta la última entrega de la serie “Impostura” quizás debería recapitular, reconocer las omisiones (sí, esa flagrante de Pirandello, sin ir más lejos), sacar alguna conclusión.
¿De veras es necesario?
Después de Llovet todo cuanto diga será innecesario.
Veamos...
Si esta serie se inició fue precisamente a causa de un fragmento de la novela de Vila-Matas:

Allí (…) empezó a vivir esa vida ficticia que tienen los seres literarios y que, muchas veces, sobrepasa en energía la vida que anima a las personas que nos rodean. Allí (…) creyó descubrir, un día, que los escritores inician sus novelas con el único y exclusivo propósito de fundar, en un secreto fragmento de la obra, un reino para su personaje más desvalido.
Y también creyó descubrir que en todas las novelas el narrador siempre es un impostor, un indeseable que se hace pasar por el autor y que sólo es desenmascarado por los lectores más perspicaces, que suelen ser también los más amargados. Barnaola se situaba entre éstos y se veía a sí mismo como un hombre rabioso y eternamente enojado, protegido por una jauría de perros, cuyos ladridos le aislaban del resto del mundo y le alejaban de la estupidez humana. Sentía, pues, que formaba parte de ese grupo de lúcidos lectores de la vida, habitantes de un sórdido hospital del que nadie puede escapar y donde, a lo sumo, puede cambiarse de cama y probar otra enfermedad.

En cierta manera este fragmento explicaría la inesperada e innecesaria aparición del narrador en algunas novelas de Vila-Matas, como ocurre en Impostura o en El viaje vertical, presentándose en mitad de la historia y cuya función en la narración es nula, más allá de sustituir al autor. Un indeseable, tal vez manco, jorobado o enfermo, al que hay que desenmascarar. Una impostura que demuestra la distancia entre la realidad y la ficción.
Si la realidad es la base de la impostura contada por Borges en "El impostor inverosímil Tom Castro", si la imposibilidad de narrar la realidad es el problema que acucia a Emmanuel Carrère en El adversario o para Unamuno, toda narración es una impostura sumergida en una Niebla, en
Impostura Vila-Matas sienta las bases de su narrativa como la obra de un suplantador.
Impostura, se lee en la contraportada de Anagrama, “está basada en un célebre hecho real, el caso Canella-Bruneri, que sacudió la Italia de los años veinte (…) Un hecho real que inspiró una obra teatral de Pirandello, Come tu mi vuoi”.
Pirandello… en fin, un grave olvido.
Así pues, de nuevo, la realidad como materia narrativa.
Y, aunque asumida la impostura de toda narración, esta es a mi entender la obra más realista de Vila-Matas, un detalle que quizás Llovet olvidó apuntar en 1984. La acción de
Impostura trascurre en la sórdida década de los cincuenta, en la que todo en la vida parecía pesar como si sobre la cabeza de las personas se ubicase una oscura lápida.

(…) el paisaje invernal de Barcelona reflejaba, en su transparente tristeza, la gélida alma de una ciudad de fugaces transeúntes que vagaban como almas en pena por las heladas calles avanzando en dirección contraria a la de sus sueños y a ese deseo que en aquellos días era tan común como inconfesado, el de la huida radical de aquella sordidez que había acumulado tanto silencio colectivo y tanto paso fugaz de gente congelada que atravesaba como fantasmas las calles de una ciudad inhóspita en la que ni tan siquiera el invierno parecía real. Eran días y años en los que nadie quería ser lo que era y todos en silencio deseaban huir de sus nombres y ser, a cualquier precio, otros, aunque para ello fuera preciso vender el alma al diablo, mudarse de cama y de enfermedad en una Barcelona que era el más gigantesco hospital.

La impostura refleja en la novela el clima social durante el franquismo y juega, dentro de los parámetros de la historia, a ser otro de los espejos en los que la realidad se distorsiona y se vuelve inaprensible. Pero, tal vez, esta alegoría trivial no sea importante. Ni lo sea, dentro de la historia de
Impostura, la “realidad” del interno 2007. El destino de Barnaola es el verdaderamente importante, pero no desvelaremos aquí nada de la trama.
La verdadera impostura de
Impostura es la lectura de la obra. En la sucesión Borges, Carrère, Unamuno, Vila-Matas, la única conclusión posible, como apunta la reflexión de Barnaola es que el lector, aislado del resto del mundo y alejado de la estupidez humana, es quien acaba creando la suprema impostura, siendo quien no es, siendo sucesivamente muchos y ninguno, precisando un narrador sobre el que descargar su rabia tildándole de impostor para que así, pueda vivir como real cada una de sus experiencias lectoras. El narrador es un pobre desgraciado, cierto, utilizado por el autor y despreciado por el lector. Pero no es, de ninguna manera, el verdadero impostor.

Ahora, una vez desenmascarada esta trama, probemos otra enfermedad.

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09/02/09

La tregua, de Primo Levi

Primo Levi y Philip Roth conversan:

Roth: (…) Trata de tu viaje de regreso desde Auschwitz a Italia. Hay una dimensión legendaria en ese tortuoso viaje, especialmente en el relato de tu largo periodo de gestación en la Unión Soviética, esperando que te repatriaran. La tregua podría haber estado marcada por una actitud de desesperación y de luto inconsolable, y nadie se habría extrañado; y, sin embargo, el libro nos sorprende por su exaltación eufórica. (…) no hay persona que no te interese, te lo pasas tan bien (*) y aprendes tanto, que no puedo dejar de preguntarme si, a pesar del hambre y del frío y del miedo, a pesar, incluso de los recuerdos, habrá algún momento de tu vida en que hayas disfrutado más que durante esos meses que llamas “un paréntesis de disponibilidad ilimitada, un regalo del destino, tan providencial como irrepetible”.

Levi: (…) La tregua se escribió catorce años después de Si esto es un hombre. Es un libro más “autoreflexivo”, más metódico, más literario, con un lenguaje mucho más profundamente elaborado. Dice la verdad, pero la filtra. (…) De modo que puse el énfasis en los episodios extraños, exóticos, traviesos (…) y dejé para las páginas iniciales y finales esa actitud de “desesperación y de luto inconsolable” a que tu te acabas de referir.
Philip Roth, El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras. Traducción de ramón Buenaventura.

(*) Supongo que Roth se refiere al nivel intelectual de las experiencias del narrador… en ningún momento de La tregua parece estar pasándolo bien, a no ser que comparemos el texto con el anterior de Levi Si esto es un hombre.
Es cierto que el libro derrocha cierta ingenuidad ante la libertad recobrada, quizás porque sea una libertad inesperada y por eso, al menos desde los recuerdos que Levi quiso dejarnos, parece que se disfruta y se exaltan episodios mínimos.
Pero hay constantes: El hambre, el frío, la inseguridad.
De todas formas esa aparente ligereza sirve para remarcar el formidable párrafo final de la novela, ante el cual no tengo absolutamente nada más que añadir:

Pero sólo después de muchos meses fue desapareciendo mi costumbre de andar con la mirada fija en el suelo, como buscando algo que comer o meterme en el bolsillo apresuradamente para cambiarlo por pan; y no ha dejado de visitarme, a intervalos unas veces espaciados y otras continuos, un sueño lleno de espanto.
Es un sueño que está dentro de otro sueño, distinto en los detalles, idéntico en la sustancia. Estoy a la mesa con mi familia, o con mis amigos, o trabajando, o en una campiña verde: en un ambiente plácido y distendido, aparentemente lejos de toda tensión y todo dolor; y sin embargo experimento una angustia sutil y profunda, la sensación definida de una amenaza que se aproxima.
Y, efectivamente, al ir avanzando el sueño, poco a poco o brutalmente, cada vez de modo diferente, todo cae y se deshace a mi alrededor, el decorado, las paredes, la gente; y la angustia se hace más intensa y más precisa, Todo se ha vuelto un caos: estoy solo en el centro de una nada gris y turbia, y precisamente sé lo que ello quiere decir, y también sé que lo he sabido siempre: estoy otra vez en el Lager, y nada de lo que había fuera del Lager era verdad. El resto era una vacación breve, un engaño de los sentidos, un sueño: la familia, la naturaleza, las flores, la casa. Ahora este sueño interior al otro, el sueño de paz se ha terminado, y en el sueño exterior, que prosigue gélido, oigo sonar una voz, muy conocida; una sola palabra, que no es imperiosa sino breve y dicha en voz baja. Es la orden del amanecer en Auschwitz, una palabra extranjera, temida y esperada: a levantarse, «Wstawać»”.
Primo Levi, La tregua; Traducción de Pilar Gómez Bedate


Duquena y Javier pasaron por aquí.

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07/02/09

Lost Higway y la fuga psicogénica



(Inciso: La fotografía pertenece a un libro que creo que se llama Lynch por Lynch, o así. Como tengo un presupuesto reducido le estuve dando un vistazo en el FNAC y acabé robando la instantánea)


Fuga psicogénica puede ser un concepto anotado a posteriori, aunque tenido en cuenta desde el principio, para complacer a todos aquellos que precisan explicaciones. El término psiquiátrico justifica el tránsito de Fred a Pete en la película y tranquiliza a los espectadores que buscan por todas partes coherencia narrativa.

Y aunque toda explicación busca en el fondo la coherencia que impida que nuestra mente sea absorbida por un agujero negro, prefiero mi descabellada teoría sobre la lucha de narradores





P.S.: Lo más interesante de la nota de Lynch es la capacidad de algunas personas para continuar su vida después de una acción moralmente deplorable. La fuga psicogénica es una excusa. Para eso sirve la psicología, ¿no?, para librarnos de nuestras culpas.

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04/02/09

Impostura (III): Niebla, de Miguel de Unamuno

Este será un post con muchas citas… tal vez demasiadas. Se puede considerar una impostura, una forma de esconderme tras las palabras de otro, de un gran Otro.

Narrar es impostar. Mostrar los entresijos de la impostura dentro de una narración es una doble impostura. La de Niebla, de Miguel de Unamuno, quizás sea una de las mayores imposturas narrativas o, al menos, un modelo de cómo deberían de ser estas.
No sé si es la primera o si es reflejo de las tendencias anglosajonas de principios del siglo XX o burla de ellas. Hablar de primera novela metaliteraria es obviar a Cervantes. Y además ¿qué es metaliterario?
Todas las reseñas sobre la obra deben empezar remarcando que ésta empieza con un prólogo escrito por uno de los personajes, Victor Goti:

Se empeña don Miguel de Unamuno en que ponga yo un prólogo a este su libro en que se relata la tan lamentable historia de mi buen amigo Augusto Pérez y su misteriosa muerte, y yo no puedo menos sino escribirlo, porque los deseos del señor Unamuno son para mí mandatos, en la más genuina acepción de este vocablo.

En esta primera frase del prólogo se resume prácticamente toda la obra, pero eso lo sabremos a posteriori.
La verdad es que Niebla es una reflexión (yo no sé si añadir aquí el término “castizo”) sobre la propia novela y la escritura. Es, por tanto, una impostura.
Dice Goti que “los deseos del señor Unamuno son para mí mandatos” y luego, dentro de la novela, el personaje expone a su amigo Augusto cierta teoría de la novela:

––Pero ¿te has metido a escribir una novela?
––¿Y qué quieres que hiciese?
––¿Y cuál es su argumento, si se puede saber?
––Mi novela no tiene argumento, o mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él solo.
––¿Y cómo es eso?
––Pues mira, un día de estos que no sabía bien qué hacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo que seguiría, sin plan alguno. Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco. Y a las veces su carácter será el de no tenerlo.
––Sí, como el mío.
––No sé. Ello irá saliendo. Yo me dejo llevar.
––¿Y hay psicología?, ¿descripciones?
––Lo que hay es diálogo; sobre todo diálogo. La cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada.
––Eso te lo habrá insinuado Elena, ¿eh?
––¿Por qué?
––Porque una vez que me pidió una novela para matar el tiempo, recuerdo que me dijo que tuviese mucho diá¬logo y muy cortado.
––Sí, cuando en una que lee se encuentra con largas des¬cripciones, sermones o relatos, los salta diciendo: ¡paja!, ¡paja!, ¡paja! Para ella sólo el diálogo no es paja. Y ya ves tú, puede muy bien repartirse un sermón en un diálogo...
––¿Y por qué será esto?...
––Pues porque a la gente le gusta la conversación por la conversación misma, aunque no diga nada. Hay quien no resiste un discurso de media hora y se está tres horas charlando en un café. Es el encanto de la conversación, de hablar por hablar, del hablar roto a interrumpido.
––También a mí el tono de discurso me carga...
––Sí, es la complacencia del hombre en el habla, y en el habla viva... Y sobre todo que parezca que el autor no dice las cosas por sí, no nos molesta con su personalidad, con su yo satánico. Aunque, por supuesto, todo lo que digan mis personajes lo digo yo...
––Eso pasta cierto punto...
––¿Cómo hasta cierto punto?
––Sí, que empezarás creyendo que los llevas tú, de tu mano, y es fácil que acabes convenciéndote de que son ellos los que te llevan. Es muy frecuente que un autor acabe por ser juguete de sus ficciones...
––Tal vez, pero el caso es que en esa novela pienso meter todo lo que se me ocurra, sea como fuere.
––Pues acabará no siendo novela.
––No, será... será... nivola.
––Y ¿qué es eso, qué es nivola?
––(…) Pues así con mi novela, no va a ser novela, sino... ¿cómo dije?, navilo... nebulo, no, no, nivola, eso es, ¡nivola! Así nadie tendrá derecho a decir que deroga las leyes de su género... Invento el género, a inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me place. ¡Y mucho diálogo!
––¿Y cuando un personaje se queda solo?
––Entonces... un monólogo. Y para que parezca algo así como un diálogo invento un perro a quien el personaje se dirige.
––¿Sabes, Víctor, que se me antoja que me estás inventando?...
––¡Puede ser!
(¿Por qué dudar ante el término castizo?: Básicamente porque Niebla asienta sus pies en el realismo clásico de finales del XIX y principios del XX. Tiene, no es broma, ecos galdosianos. La introducción de cierta forma de stream of conciencious, la estructura basada en monólogos y diálogos y la introducción del mismo Unamuno como deus ex machina, crea una extraña mezcla de metaliteratura realista que hace de Niebla una obra singular. Esto sucede en el capítulo XXXI , un cambio radical que supone la introducción del autor como personaje de la novela:

Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele consultarlo conmigo, con el autor de todo este relato. Por entonces había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció hacerle, así como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin haberme conocido y platicado un rato conmigo. Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para visitarme.

Unamuno aparece en la narración sustituyendo a Goti en las funciones metanarrativas y elevándose a la categoría de Dios. El narrador pasa de ser omnisciente a omipotente. De esta manera todos nos convertimos en sombras controladas por el Sumo Hacedor:

La calle era un cinematógrafo y él sentíase cinematográfico, una sombra, un fantasma.
(…)
––Empecé, Víctor, como una sombra, como una ficción; durante años he vagado como un fantasma, como un muñeco de niebla, sin creer en mi propia existencia, imaginándome ser un personaje fantástico que un oculto genio inventó para solazarse o desahogarse; pero ahora, después de lo que me han hecho, después de lo que me han hecho, después de esta burla, de esta ferocidad de burla, ¡ahora sí!, ¡ahora me siento, ahora me palpo, ahora no dudo de mi existencia real!
–– (…)que si, como te decía, un nivolista oculto que nos esté oyendo toma nota de nuestras palabras para reproducirlas un día, el lector de la nivola llegue a dudar, siquiera fuese un fugitivo momento, de su propia realidad de bulto y se crea a su vez no más que un personaje nivolesco, como nosotros.
––Y eso ¿para qué?
––Para redimirle.
––Sí, ya he oído decir que lo más liberador del arte es que le hace a uno olvidar que exista. Hay quien se hunde en la lectura de novelas para distraerse de sí mismo, para olvidar sus penas...
––No, lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que exista.
––Y ¿qué es existir?
––¿Ves? Ya te vas curando; ya empiezas a devorarte. Lo prueba esa pregunta. ¡Ser o no ser!..., que dijo Hamlet, uno de los que inventaron a Shakespeare.
––Pues a mí, Víctor, eso de ser o no ser me ha parecido siempre una solemne vaciedad.
––Las frases, cuanto más profundas, son más vacías. No hay profundidad mayor que la de un pozo sin fondo. ¿Qué te parece lo más verdadero de todo?
––Pues... pues... lo de Descartes: «Pienso, luego soy.»
––No, sino esto: A = A.
––Pero ¡eso no es nada!
––Y por lo mismo es lo más verdadero, porque no es nada. Pero esa otra vaciedad de Descartes, ¿la crees tan incontrovertible?
––¡Y tanto...!
––Pues bien, ¿dijo eso Descartes?
––¡Sí!
––Y no era verdad. Porque como Descartes no ha sido más que un ente ficticio, una invención de la historia, pues... ¡ni existió... ni pensó!
––Y ¿quién dijo eso?
––Eso no lo dijo nadie; eso se dijo ello mismo.
––Entonces, ¿el que era y pensaba era el pensamiento ese?
––¡Claro! Y, figúrate, eso equivale a decir que ser es pensar y lo que no piensa no es.

¿Dónde está la impostura en Niebla? El autor, los personajes, los lectores, todos quienes de alguna manera participamos en Niebla nos convertimos en sombras, en ficciones. Unamuno, que lo siente así, sabe que en última instancia esta ficción es un tanto ingenua, insostenible. No podemos ser arrancados de la realidad. Tal vez Niebla sea un sueño, la posibilidad de un mundo de sombras literarias desamarradas de la realidad. Una utopía inocente en la que el propio autor parece no creer demasiado.
Creo que Niebla es una respuesta que anticipa la desaparición del autor e incluso del lector… y lo que es aún mucho mejor, del crítico:

Para Antolín, el principal, casi el único valor de las grandes obras maestras del ingenio humano, consiste en haber provocado un libro de crítica o de comentario; los grandes artistas, poetas, pintores, músicos, historiadores, filósofos, han nacido para que un erudito haga su biografía y un crítico comente sus obras, y una frase cualquiera de un gran escritor directo no adquiere valor hasta que un erudito no la repite y cita la obra, la edición y la página en que la expuso.

Así que será mejor que desaparezca.




Unamuno, Svevo y Joyce en un jardín de Triestre

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