28/01/09

Por la tarde fui a nadar... no se había declarado ninguna guerra.

Dispongo las cosas de modo que cada vez que tengo un firme propósito las circunstancias me lo impidan.
Quizás sea un buen inicio para un relato... pero haré todo lo posible para no escribirlo.
No comento nada sobre Vía férrea, una excelente novela de Aaron Appelfeld. Dejé en el aire la intención (imposible) de comentar Pale Fire de Nabokov y me resigné a ser la sombra del picotero asesinado por el falaz azur de la ventana.
No he vuelto a escribir sobre Alice Munro.
Recomendé La estación de la calle Perdido en Las lecturas de 2008 de Hermano Cerdo, pero no puedo explicar porque me gustó. Ya se sabe, leemos para disfrutar.
Jimmy Corrigan: The Smartest Kid on Earth de Chris Ware es posiblemente la mejor novela gráfica jamás escrita-dibujada.



Los Diarios de Kafka reposan en la mesita de noche. Hay libros, como La trilogía de la memoria de Sergio Pitol que deben reposar y leerse lentamente. De momento el rostro de Kafka queda encarado con la portada de Hijos sin hijos de Enrique Vila-Matas, que tiene también una fotografía de Kafka y su hermana.
Como si ocultando su rostro pudiese librarme de su presencia.
Leí Viaje sentimental de Sterne. Merece una larga reflexión. Por cierto, ¿por qué la edición española no ha respetado el título original A Sentimental Journey Through France and Italy?
Sigo con la Impostura.
Leo La tregua de Primo Levi.
Y esperan, impacientes, Los hechos y Nuestra pandilla, de Roth... y, ¡oh, por fin! La muerte de Virgilio de Hermann Broch.
No escribo sobre Mystery train de Jim Jarmush.
Quería, también escribir sobre Southland Tales, de Richard Kelly. Después de escribir sobre una película de Jean-Claude van Damme hubiese estado bien hacerlo sobre una protagonizada por The Rock. Fluyan mis lágrimas.
¿Y qué más?... seguro que olvido algo.
Seguramente necesito que me obliguen a escribir, que me manden alguna tarea.
Cada día me gustan más los relatos de Javier Moreno. Visite La balada del elefante azul
Prosigue el duelo: La discusión sobre la narrativa inglesa continúa en La Senda:



Murió Updike.

Los servidores de la máquina completarán la información

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23/01/09

I'm not british...

Segundo disparo

Como podéis ver siguiendo el enlace, Jacobo Deza desde La senda de los libros ha contestado de forma amplia a la, digamos, controversia, sobre, digamos también, la literatura británica contemporánea. Digamos que ni es controversia ni es estrictamente británica.
Una de las cosas que dice Deza es importante, debemos dejar “de asumir al grupo como lo que no es, o sea, una generación de intereses y destinos conjuntos” y analizarlo como una suma de talentos independientes, más allá de la coincidencias que podría unirles.
Otra cosa de su mensaje que debemos valorar es que no es justo “pensar que sólo hay que leer un ideal de novela del que acaso habrá un centenar de obras en la historia de la literatura universal”. Si nos atuviésemos a su excepcionalidad sólo leeríamos esas cien obras maestras, entiendo que es por poner una cifra cualquiera, de la literatura.
En principio eso me hace sospechar que Deza, de entrada ya considera “menores” en cuanto a su excepcionalidad, a los autores que debatimos (la lista se ha incrementado con sus aportaciones llegando a incluir a Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Salman Rushdie, Hanif Kureishi, John Banville, John Lanchester, A. S. Byatt, William Boyd, Nick Hornby… y supongo que continuará)
No creo que se pueda pensar que desde aquí se fomente como única literatura válida aquella que por su excelsitud pueda ser calificada de obra maestra. Pero hay que reconocer que se abusa demasiado del término y que este calificativo es otorgado en algunas maneras de forma bastante caprichosa.
Obras maestras… en fin.
Siendo sarcástico podría decir que las obras menores son necesarias para que destaquen con todo su esplendor las obras maestras ( y, siendo sincero, estoy seguro que esto lo ha dicho alguien antes… apelaremos al recurso de mi mala memoria) (y algo parecido decía Stanley Kauffmann ... ¡en 1965!)
Creo que quedó claro en el post previo la idea de que con Amis y McEwan, para aislarlos del grupo que no es, la crítica es bastante generosa y que, además, el aparato de merchandising de Herralde hace difícil distinguir la crítica de la propaganda.
Como Deza se centra en McEwan yo haré lo propio con Ishiguro. Mientras que las tres primeras novelas del autor, Pálida luz en las colinas (A Pale View of Hills), Un artista del mundo flotante (An Artist of the Floating World) y Los restos del día (The Remains of the Day) fueron muy apreciadas por la crítica, Ishiguro perdió el favor de ésta tras la publicación de Los inconsolables (The Unconsoled). Esta monumental novela, con ecos de Musil y Kafka recorriendo sus páginas, es una obra difícil y esquiva con el lector. Personalmente me parece magnífica y no por aquello de decir que aprecio las novelas difíciles. Hay algunas novelas que llegan a producirme una pulsión con síntomas febriles y esta es una de ellas (*). Es cierto que es complicado encontrar en Los inconsolables un hilo narrativo que perdure a lo largo de la historia, que la realidad de sus personajes se reinventa a cada momento, incluso de forma discordante, a lo largo de sus páginas, que la primera persona narradora llega casi al extremo del solipsismo, pero todo ello supone una ruptura con una narrativa adocenada y, sobre todo vendible.
Los editores no quieren obras difíciles de vender, no quieren experimentación ni más experimentación narrativa que la justa para promocionarla en las solapas, fajas o contratapas. Y la crítica (**), en muchas ocasiones, va de la mano de los editores.
De lo que en el fondo me quejo (ese eterno lamento tan pesado y repetitivo) es de las falsas expectativas que ciertas personas crean sobre obras que son eso, dignas obras, obras legibles, buenas obras incluso, pero no van más allá, no son las grandes obras ni las obras maestras que pretenden vendernos. Tampoco son… no sé, ¿serie B?. No sé si me explico porque esto de la gradación de la narrativa no es algo que me convenza demasiado.
Lo que está claro es que leer debe ser siempre un placer. Tal vez, sin toda esa parafernalia que rodea a Amis y McEwan, sin falsas expectativas, me gustarían más de lo que ahora lo hacen.


(*) Ya sé. Es irracional como argumento.
(**) No sé porque sigo llamándola así. No se me ocurre otro término.

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20/01/09

Lo definitivo y lo temporal, de Javier A. Moreno

De alguna manera, muy tangencial todo hay que decirlo, se podría decir que he visto crecer los cuentos de Lo definitivo y lo temporal . Poder sujetar entre las manos el volumen que alberga los relatos, la concreción física de aquello que hasta ahora era simplemente virtual, otorga a cada uno de ellos una impronta “definitiva” de la que jamás podrán librarse. Los cuentos de Javier han perdido su cualidad temporal, se han solidificado en nuestro presente, son materia perdurable.
Eso me gusta.
Y me gusta porque es así y no lo es.
Y sí, entiendo vuestro recelo ante esta reseña: tal vez uno no deba comentar los libros de sus amigos… tal vez.
Lo que es cierto es que puedo hacer lo que me plazca.
Y comentar el libro de Javier es todo un placer.
Javier es ese tipo de personas, a las que envidio, capaz de obtener material narrativo del más mínimo suceso de su cotidianidad: Una conversación en un ambulatorio, un viaje en metro, un centro comercial… como dice en su relato El Chino, “A los escritores cualquier cosa se les convierte en odisea”. Esa es la clave de Lo definitivo y lo temporal: Lo cotidiano como tema narrativo, la inconclusión como parte de la estructura del relato. Javier apresa fragmentos de realidad y los convierte en materia narrativa, sus textos intentan aprehender esos fragmentos de temporalidad que se escapan de la memoria para hacerlos definitivos en el papel.
Si el texto es ahora, en su materialidad, definitivo, el lector debe aportar su temporalidad y sumergirse en esos instantes de confusas sensaciones y completar emocionalmente los textos, que devienen así temporales.
Hacer de lo común tema narrativo no es sencillo. Javier no se limita a traspasar la realidad al papel, la magnifica, la transforma, dejando en ese tránsito un leve poso de tristeza que impregna todos los relatos, como si lo común de todos los relatos fuese la añoranza del paraíso perdido. No sé. Es fácil especular. Es difícil acertar. Pero siento una sensación de pérdida que subyace en los cuentos de Javier.
Por otra parte, ese paraíso perdido es un lugar peligroso, un lugar en el que lo siniestro y lo sórdido acechan en rincones insospechados.
La nostalgia y el misterio son elementos de unos relatos en los que, aparentemente, todo transcurre con la mayor naturalidad. Y esa es una de sus virtudes.
La otra es que Lo definitivo y lo temporal es un juego al que es agradable jugar.

Hasta aquí hemos llegado. Supongo que nadie creerá una palabra de lo que he dicho. Después de todo Javier y yo somos amigos. Así que si alguien duda de mi palabra le reto a que acuda a la Librería de la U para comprar on-line Lo definitivo y lo temporal.

Y los que me toman por una persona seria ya saben que por menos de 8€ y los gastos de envío pueden adquirir la primera obra de un autor que dará que hablar en el futuro. Al menos confío en ello.

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18/01/09

Impostura (II): "El adversario", de Emmanuel Carrère

En 1993, después de mantener durante veinte años la impostura de ser un prestigioso médico de la OMS ante su familia y su círculo de amigos, Jean-Claude Romand mató a sus padres, su mujer y sus dos hijos, intentó matar a su amante y, finalmente, fracasó en su intento de suicidarse quemando la casa en la que permanecía junto a los cadáveres de su mujer y sus hijos.

Intentar contar el crimen de Romand tal y como lo he hecho ya supone tomar partido. Aún intentando mantener una posición neutral y limitándome a explicar los hechos, las palabras acaban traicionándonos y hacen que, de alguna manera acabemos implicados en la historia.
Este es el reto que se plantea Emmanuel Carrère cuando escribe
El adversario, narrar una historia real intentando mantenerse lejos de los hechos, para lo cual precisa implicarse personalmente en ellos:
[Los hechos], todo eso que yo llegaría a saber en su momento, no me enseñaría lo que quería saber realmente: lo que había en su cabeza aquellos días que supuestamente pasaba en su despacho (…) que empleaba –se creía ahora – en caminar por el bosque.
(…)

La pregunta que me empujaba a escribir un libro no podían responderla los testigos ni el juez de instrucción ni los peritos psiquiatras, sino el propio Romand, puesto que estaba vivo, o nadie.
Carrère intenta introducirse en la mente de un criminal y, ante la inescrutabilidad de ésta, ante su aparente “normalidad”, debe limitarse a los hechos, creando así una obra inclasificable, que no es novela, ni relato periodístico, ni análisis psicológico, ni ensayo literario y es, al mismo tiempo, novela, relato periodístico, análisis psicológico y ensayo literario.

Podemos distinguir tres partes que se entremezclan en
El adversario:
Las reflexiones de Carrère sobre lo que le impulsa a escribir sobre Roland y su creciente aversión hacia él, su crimen y su impostura lo que le imposibilita a escribir sobre ello.
Los hechos en la vida de Roland, desde el despertador que suena el día que no acude al examen hasta el asesinato de toda su familia, narrados, o al menos intentado narrar, desde una perspectiva alejada e impersonal.
El juicio de Roland y la relación de Carrère con el criminal.

En esta relación con el criminal el autor descubre la continuada impostura de Roland: Durante el juicio el acusado recrea su imagen y niega insistentemente que, con anterioridad a los crímenes por los que se le juzga, asesinara, empujando por las escaleras, a su suegro:
"Ahora bien, aunque ese homicidio no quede probado, lo demás es cierto: Roland es también un pequeño estafador y le resulta mucho más difícil confesar esto, que es sórdido y vergonzoso, que delitos cuya desmesura le confieren una estatura trágica".
Roland acumula imposturas sobre imposturas. Ante esto Carrère se encuentra impotente. Únicamente puede narrar como el criminal se esconde reinventándose a cada momento, como si el verdadero Roland sólo pudiese existir tras las sucesivas máscaras de las imposturas.
Además Carrère se enfrenta a otro problema. Narrar es adoptar un punto de vista. El narrador, sea omnisciente o neutro, diegético o extradiegético, siempre narra desde una posición, externa o interna, focalizando irremediablemente. Carrère quiere deslocalizar, quiere desvincularse de los hechos, no quiere implicarse emocionalmente.
Porque, además, Carrère sabe que narrar un hecho real es desvirtuarlo, es convertir la realidad en una realidad literaria, la misma cosa, pero otra cosa. En el fondo narrar es una forma de impostura. Y Carrère quiere plasmar la realidad, quiere adentrarse en la mente de un impostor y explicar lo que motiva a una mente criminal.
Lo que pensaba mientras paseaba por los bosques del Jura acaba por no importarle a Carrère, resistiéndose a empatizar con Roland:
“(…) yo no veía ya misterio alguno en la larga impostura de Jean-Claude, sino tan solo una pobre mezcla de ceguera, aflicción y cobardía. Yo sabía, lo había conocido a mi manera, y ya no me incumbía, lo que pasaba en su cabeza a lo largo de aquellas horas vacías transcurridas en isletas de autopista o aparcamientos de cafeterías.”
Al final el escritor debe limitarse a los hechos, como bien sabía Borges cuando se enfrentó a Tom Castro . El impostor Jean-Claude Roland permanece inescrutable y lo que podemos saber de él, a través de los hechos, es triste y miserable. No merece ser narrado.
La impostura, algunos aspectos de ella, puede ser considerada fascinante, y por ello materia de narración. Pero la realidad del impostor es prosaica y soez.
Al final descubrimos que Roland imposta sobre su impostura, intentando aprovecharse de la “dimensión trágica” de su crimen, recreándose a sí mismo como si sólo siendo otro, pudiese ser alguien.
¿Pero acaso no es eso lo que somos todos ante los demás, un Otro distinto a nosotros mismos?, ¿no es el Yo de cada uno una entidad sólo accesible a cada persona?

El adversario es un documento con un contenido muy interesante: Enfrentado a la impostura real, el autor debe claudicar antes de crear otra impostura narrativa que se imponga, y así desplace, a la impostura verdadera. Carrère sabe que no debe imponerse a la realidad, que lo que intenta narrar no debe suplir la crueldad de los hechos, la frialdad asesina de Roland. Sabe que plasmar la realidad es una función inasequible para la literatura. La narrativa reinventa la realidad.
El Raskolnikov de Dostoievsky es un ente literario. La mente criminal real, la de Roland, sustituye el remordimiento y la culpa, eludiendo así la culpa, por una realidad impostada que justifica sus actos. Esa “creación criminal”, lo que se podría llamar “narrativa del asesino”, es la que se escapa al observador, la que es inaprensible , la que, paradójicamente, es imposible narrar.
El misticismo común a Raskolnikov y Roland es lo que hace que la figura del Adversario, se haga finalmente presente.

La obra de Carrère deja una interesante reflexión sobre la imposibilidad de narrar, al mismo tiempo que, sobre ese impedimento, construye una narración que roza, al menos roza, la realidad. Lo cual es mucho.
El criminal, la mente del criminal, del impostor, permanece inasequible e impune. Pero la literatura se acerca al monstruo y lo desvela… o al menos lo intenta.

(continuará)





El libro lo compré en Paradiso... tiene la primera página escrita.

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12/01/09

La casa de los encuentros, de Martin Amis

Hace tiempo que quería hablar sobre el tema o, se podría llamar así, mi problema con la literatura inglesa
(pero qué es en el fondo la literatura inglesa. Y, lo que me atañe directamente, a quién le importa si tengo problemas con los ingleses o conmigo mismo o con las lecturas que elijo o nada de nada)
Un día (está por ahí, en el índice ) despotriqué contra el gastado, manido y aburrido realismo mágico del que abusaba Rushdie (con lo interesante que fue Furia, Shalimar el payaso es una birria, con muchos colorines y especias exóticas, sí, pero insufrible)
También hablé (creo, el índice sigue ahí, podría comprobarlo… pereza… a veces pienso que escribo sobre temas de los que finalmente no digo nada, pero quedo convencido de que sí lo he hecho) sobre McEwan y sus, a mi entender, fallidos y sobrevalorados últimos trabajos, Expiación y Sábado (no, no he leído Chesil Beach… y no creo que lo haga… no me atrevo): La trama de Sábado era digna de un soporífero telefilm de tarde de (¡vaya!) sábado; el artificio literario de Expiación era demasiado evidente y ( no hay otra manera menos redundante de decirlo) artificial. Prefiero de Expiación la parte que se desarrolla en el campo de batalla durante la Segunda Guerra Mundial, en la que McEwan hace un alarde descriptivo muy interesante. Esa parte es la menos apreciada en líneas generales… o al menos esa sensación tuve leyendo por ahí.
Ya basta (al menos para mí) de McEwan.

Al final me decido a escribir sobre el tema a causa del especial de Babelia en el que se escogieron los libros más destacados de 2008. Hay que visitar El síndrome Chéjov y leer la entrada Babelia: Ponga una lista a su mesa , para confirmar que la cuenta de la vieja es muy útil cuando tienes intenciones tendenciosas.

Lo que queda bastante claro es que alguien (o algunos alguien sabiamente organizados) está sabiendo vender muy bien parte de la literatura inglesa, léase Amis, McEwan, Rushdie (recordemos que la literatura inglesa abarca muchas nacionalidades) o Hornby por poner algunos de los nombres más destacados. Sí, se venden bien. Habría que saber que los diferencia a ellos de Byatt, Boyd o Ishiguro para que éstos, de una calidad literaria indiscutible si no superior a la de los “intocables”, no sean promocionados en igualdad de condiciones. Cosas del marketing y los conglomerados empresariales de opinión.
Supongo.
Los mismos que amañan los resultados de una encuesta de libros más destacados de 2008.
Supongo.

Bien… ¿y el libro que da título al post?
La casa de los encuentros. Lo primero que me pregunto son los motivos, aparte de los obvios, de Amis para escribir una banalidad como ésta. Luego me pregunto, y lo hago con toda sinceridad, acaso Amis no ha leído a Solzhenitsyn, ni a Primo Levi, ni a Kèrstez… y, la carencia más flagrante, ¿no ha leído Vida y destino de Vasili Grossman?
Qué triste, pálida y mediocre es La casa de los encuentros en comparación con Vida y destino

Dejando aparte las miserias del campo de concentración, ¿no ha leído Amis La señorita Smila y su especial percepción de la nieve de Peter Høeg en la que el frío es un elemento que se siente en cada una de sus páginas?. Da la sensación que para Amis el frío en La casa de los encuentros es un elemento decorativo que basta con mencionarlo para olvidarlo después. Pero lo peor es que todo lo demás también parece meramente decorativo. Así que la historia se reduce a un (de nuevo) artificio con pretensiones nabokovianas que no trasciende del decorado borroso que nos presenta el autor.

Yo no acabo de entender esta magnificación de cierto tipo de narrativa inglesa, esta sobrevaloración de obras que llamaremos “normales” para no ser demasiado peyorativo, este juego de intereses que nos salpica, por ejemplo como lectores de El País, y que conduce a callejones sin salida y que no aportan nada. A la narrativa, quiero decir. Para la edición supongo que será un interesante negocio.





Edito para añadir los interesantes artículos que sugieren Blumm en los comentarios y Manuel Vilas en su blog:
Babelia y los mejores libros del año 2008: un misterio electrónico.
Más artículos de Sergio Gaspar en DVD Ediciones

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10/01/09

Hermano Cerdo 22

En primer lugar leed la nota Editorial y luego pasad a los Contenidos:

¡SÍ! ¡HERMANO CERDO 22 ESTÁ EN LA CALLE!

(o dónde quiera que estén estas cosas virtuales)

Hay cosas muy interesantes en este nº 22... no esperéis que recomiende "eso", no lo haré. La verdadera maestría en el relato la aporta Kenji Miyazawa con La oficina gatuna. Ante esta maravilla todo lo demás palidece (y con razón) (y no lo digo por las otras autoras...) (qué narices, ya sabéis porque lo digo, así que disculpadme, por favor)

Añadido el domingo por la tarde:
Fácil es también que salga diciendo alguno que hay en este libro pasajes escabrosos, o, si se quiere, pornográficos; pero (...) las crudezas que aquí puedan hallarse ni llevan intención de halagar apetitos de la carne pecadora, ni tienen otro objeto que de ser punto de arranque imaginativo para otras consideraciones.
Su repulsión a toda forma de pornografía es bien conocida de cuantos le conocen. Y no sólo por las corrientes razones morales, sino porque estima que la preocupación libidinosa es lo que más estraga la inteligencia. Los escritores pornográficos, o simplemente eróticos, le parecen los menos inteligentes, los más pobres de ingenio, los más tontos, en fin. Le he oído decir que de los tres vicios de la clásica terna de ellos: las mujeres, el juego y el vino, los dos primeros estropean más la mente que el tercero. Y conste que don Miguel no bebe más que agua. «A un borracho se le puede hablar –me decía una vez– y hasta dice cosas, pero ¿quién resiste la conversación de un jugador o un mujeriego? No hay por debajo de ella sino la de un aficionado a toros, colmo y copete de la estupidez.»
Víctor Goti; Prólogo a Niebla, de Miguel de Unamuno

Aún así, si hay alguien que siga empeñado, puede seguir el consejo de Javier en los comentarios.


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08/01/09

Impostura (I): "El impostor inverosímil Tom Castro" de J. L. Borges

impostor, ra.

(Del lat. impostor, -ōris).

1. adj. Que atribuye falsamente a alguien algo. U. m. c. s.

2. adj. Que finge o engaña con apariencia de verdad. U. m. c. s.

3. m. y f. Suplantador, persona que se hace pasar por quien no es.


impostura.

(Del lat. impostūra).

1. f. Imputación falsa y maliciosa.

2. f. Fingimiento o engaño con apariencia de verdad.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


En "El impostor inverosímil Tom Castro", que pertenece a Historia universal de la infamia, Borges relata el caso real de Arthur Orton, también conocido como Tom Castro, que en 1867 suplantó a Roger Charles Tichborne. Lo “inverosímil” de todo el asunto queda patente con la dramatización, léase puesta en escena, del caso.

Se lee en Borges Studies Online de la University of Pittsburg:

La fuente que Borges declara para "El impostor inverosímil Tom Castro" era el artículo de Thomas Seccombe sobre el caso Tichborne que figura en la onceava edición de la Encyclopaedia Britannica. Seccombe (1866-1923) era profesor de historia en la Universidad de Londres, autor de The Age of Johnson y numerosos ensayos, secretario de redacción del Dictionary of National Biography, y un colaborador frecuente de esa edición de la Encyclopaedia. Su artículo sobre el caso Tichborne todavía puede encontrarse, aunque bastante abreviado, en ediciones más recientes de la Encyclopaedia.

El hecho de que Seccombe fuera un erudito bastante peculiar está demostrado por sus prólogos a Las asombrosas aventuras del barón de Munchhausen y a Lavengro de Borrow, así como por su colaboración en el volumen preparado por él y titulado
Twelve Bad Men: Original Studies of Eminent Scoundrels By Various Hands (Doce hombres malos: estudios originales de pillos eminentes por varios autores).

(…)

Como señala Maugham a propósito del caso Tichborne:

El sendero del impostor está lleno de peligros y dificultades, porque tiene que identificarse plenamente con el individuo al que representa. Algo al menos debe saber de todos los hechos importantes de la vida de este último... Sin embargo, el impostor tiene otra dificultad. No sólo debe atar el hilo de su vida al del hombre que está suplantando sino que debe cortar el hilo de los diversos vínculos que lo atan a relaciones y amigos de su propia vida pasada. En la medida de lo posible, debe evitar la posibilidad de ser reconocido y saludado por hermanos o hermanas reprobadores, tías inoportunas, novias con recuerdos alarmantes, y amistades persistentes...

Cualesquiera fuesen los delitos de que era culpable el reclamante, cualesquiera sea la opinión que uno tenga de sus inclinaciones morales y de sus mezquinas, crueles y vergonzosas mentiras dichas durante una serie de años para apoyar un fraude demasiado prolongado, no debemos negarle algo de la virtud que según el Dr. Johnson es la más importante de todas: el valor.
Daniel Balderston. El precursor velado: R. L. Stevenson en la obra de Borges. Cap. 3. Borges Studies Online. On line. J. L. Borges Center for Studies & Documentation.

El proceso judicial y la vida del inverosímil de Tom Castro pueden leerse abreviados en Tichborne Claimant

No nos debe resultar difícil comprender la fascinación que debió sentir Borges ante el caso de Arthur Orton y su consiguiente deseo de narrarlo. Es una historia en la que debe destacarse, antes que la voluntad de impostar una identidad ajena, el deseo de creer en esa impostura por parte de otros. Además Borges elude todo análisis psicológico que pudiera hacernos entender tanto la mentalidad del impostor como la de la madre que acepta esa impostura. El relato en cierta manera se focaliza en Ebenezer Bogle, un personaje ajeno a la psicología de la impostura, tan ajeno como el narrador y a la vez tan responsable como él, y en el destino en forma de carro que le acecha desde “el fondo de los años”. De esta manera Borges parece elegir cierta forma de ficción que no explica los hechos reales, pero sí los justifica narrativamente. La historia de Orton es tan improbable que necesariamente deben existir, en la realidad de los personajes, unos hechos que escapan de las crónicas periodísticas y judiciales.
Narrar es una forma de impostura. Narrar un acontecimiento real es falsearlo. Al narrativizar unos hechos reales el escritor toma partido, crea una ficción a partir de una realidad, la transforma y la convierte en otra realidad.
De eso fue muy consciente el siguiente narrador de la serie: Emmanuel Carrère y su novela El adversario.

(continuará)

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02/01/09

El buen soldado, de Ford Madox Ford (y II)

Soy consciente de haber contado esta historia con muy poco orden, de manera que tal vez resulte difícil encontrar el camino por lo que quizás no sea más que una especie de laberinto. No está en mi mano evitarlo. Me he atenido a la idea de que me encuentro en una casa de campo con un silencioso oyente que, entre las ráfagas de viento y los ruidos del lejano mar, va escuchando la historia a medida que brota de mis labios.

Fuca dejó un comentario en el anterior post sobre la novela de Ford Madox Ford en la que resume certeramente los elementos que hacen de El buen soldado una excelente novela:
Me gustó la estructura de la novela, esa ruptura con las formas decimonónicas de narrar, ese cambio de narrador omnisciente por narrador-personaje, ese receptor inventado que lo escucha en una casa de campo al lado de la chimenea, ese ir y venir de acontecimientos, adelantando hechos y volviendo hacia atrás (prolepsis y analepsis). También me interesó la ironía presente en la obra, una ironía que para mí nace del choque entre las palabras del narrador y su forma de ser, esa vida a la que le falta sangre, pasión, por lo que es capaz de contar una historia en la que está involucrado como si fuera la historia de unos personajes inventados, y esto último es lo que no me gustó de la novela. El narrador no parece Dowell, el amigo de Edward, el marido de Florence, esa mujer que lo engaña, parece más bien un narrador omnisciente al que los acontecimientos narrados no le afectan. A mí no fue capaz de transmitirme las emociones que se derivarían de contar la historia más triste que jamás ha oído, no fui capaz de ponerme en la piel ni del narrador ni de los demás personajes, no logré sufrir, ni tampoco disfrutar, con ellos.

A pesar de apreciar su análisis, no coincido con Fuca en lo concerniente al narrador que finalmente hizo que la novela no le acabase de convencer. Me parece un acierto la ambigüedad emocional del narrador y su evolución desde su aparente ingenuidad, que oscila entre lo angelical y la estupidez, hasta su actitud final que no desvelaré, que permite una segunda lectura, tal vez en clave menos intimista, en la que la camaradería entre autor y lector de El buen soldado desaparece:

No es que yo conceda ninguna particular importancia a estas generalizaciones mías. Pueden ser correctas o estar equivocadas; no soy más que un estadounidense de mediana edad que sabe muy poco de la vida. Está usted en su derecho de aceptar mis generalizaciones o de rechazarlas.

En otro lugar, hace tiempo, intenté enumerar ciertas obras fundamentales de la literatura que se presentasen como precursoras o anunciadoras de la futura literatura en cada época. Estaba el Quijote, claro, y el Tristram Shandy, por supuesto. En la historia de la literatura aparecen unas obras claves que, sin ninguna duda, simbolizan el fin de una etapa y el inicio de otra. Lo que no quedaba claro es qué obra articula el cambio entre la narrativa del siglo XIX y la del siglo XX (y, claro, me refiero a Wolf y Joyce y Faulkner y Nabokov y Svevo y… no a aquellos que todavía hoy escriben como en el siglo XIX). Tal vez no hay una obra representativa de ese cambio, tal vez el cambio se produce por acumulación de innovaciones particulares, lo que explicaría la difícil calificación de autores que oscilan entre dos épocas como Proust, Mann, James…
Si se me permite generalizar y "está usted en su derecho de aceptar mis generalizaciones o de rechazarlas" diría que las innovaciones literarias del siglo XX son fundamentalmente de tres tipos: Las que llevan el lenguaje hasta los propios límites de la comprensión, las que rompen estructuralmente con la narrativa clásica y las que exploran la inconsistencia del narrador.
El buen soldado tiene las dos últimas características. Si, como dice Fuca, a Dowell, el narrador, parece no afectarle lo que ocurre y se comporta como un narrador omnisciente, ajeno a la tristeza y el dolor, lo veo no como un error narrativo sino como un error “moral” del narrador que, finalmente, deja que el desprecio y el rencor asomen. Al narrador infidente hay que descubrirlo a través de sus errores e indiscreciones.
La gracia de Dowell como narrador es su incapacidad para trasmitirnos esa tristeza que se anuncia en la primera página (“Esta es la historia más triste que jamás he oído”) que queda desmentida en el último capítulo cuando para él, el buen soldado, el impecable Edgard es descrito como “el caballero inglés; pero también hasta el último momento, una persona sentimental, cuya mente era un conjunto de poemas y novelas mediocres”. ¿Es el Dowell de Ford Madox Ford, acaso, un precursor de los narradores infidentes de Svevo y Nabokov?
¿Y es El buen soldado una novela clave en la evolución histórica de la literatura?

Está claro que estas generalizaciones mías pueden ser correctas o estar equivocadas.

Todos los fragmentos de la traducción de José Luis López Muñoz para Edhasa.

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¿Cansado de ver El lamento de Portnoy siempre igual? ¿Las letras blancas y el fondo negro te marean?

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