30/05/12

Vida y época de Michael K., de J. M. Coetzee

No sabía que iba a leer esta novela. Al menos no ahora, no ayer.
Todo empieza con un dolor, una molestia persistente. Pretendía escribir sobre Arno Schmidt o continuar leyendo Larva de Julian Ríos. Pero me costaba concentrarme. Empecé la novela de Coetzee por mantenerme alejado del dolor, simplemente para hacerme una idea. Siempre me pasa lo mismo con Coetzee, me cuesta empezar sus novelas porque sé que me va a mostrar un aspecto del ser humano que no será nada gratificante. Eso es lo que somos. No. Eso es lo que olvidamos que somos, lo que nos narra Coetzee es ese aspecto de la vida que nosotros, pequeños burgueses acomodados, a pesar de la crisis, queremos olvidar, no queremos que nos recuerden.
Leo con una molestia física constante que me tiene inmovilizado.
Pero la historia de Michael K. es demoledora. Mi dolor no tiene importancia, es una anécdota minúscula e intransferible diluida en el océano de la miseria humana.
Leo subyugado, leo contra el dolor, a pesar del dolor.
Michael K. avanza con su carretilla en la que reposa su madre por un páramo en guerra. Michael K., se abandona a la inanición rodeado por una naturaleza estéril.
Michael K., sabe que no es nada. No quiere morir porque es consciente de su falta de importancia en el relato de la vida. No es nada. Vive porque ni siquiera es merecedor de la muerte. Porque nada importa, porque su vida no merece ser contada.
Mi dolor no importa.
Michael K., cultiva a escondidas calabazas oculto en un agujero camuflado bajo tierra.
Michael K., es apresado. Obedece, porque su rebelión no tendría importancia. Se deja morir porque su vida no tiene sentido, pero vive porque su muerte no tiene sentido.
Mi dolor no tiene sentido.
En la página 135 la narración cambia. Abandonamos a Michael K. desde la tercera persona y el narrador omnisciente, para enfrentarnos a un narrador en primera persona, un médico empeñado en salvar-comprender a Michael K. Por un extraño motivo esa voz se me vuelve insoportable.
La voz del doctor es nuestra propia voz. Es otra de las cosas que sabe hacer tan bien Coetzee. Cuando pensamos que estamos controlando sus narraciones consigue que se vuelvan contra nosotros, que seamos conscientes de nuestra postura y nuestros deseos como lectores. La morbosidad del acto de leer.
A esta sensación de incomodo se une el dolor. Ser consciente de mi posición como lector me hace constatar el dolor.
Voy a urgencias.
Horas después retomo la novela. Quedan pocas páginas para terminar.
Leo:
“Me he convertido en un objeto de caridad, pensó (Michael). A todas partes donde voy hay personas que quieren practicar conmigo sus diferentes formas de caridad. Han pasado tantos años y todavía parezco un huérfano. Me tratan como a los niños de Jakkasldrif (un campo de refugiados), a los que daban bien de comer porque eran todavía demasiado jóvenes para ser culpables de nada. De los niños solo esperaban que a cambio mascullaran las gracias. De mí quieren más, porque he estado más tiempo en el mundo. Quieren que les abra mi corazón y les cuente la historia de una vida pasada en jaulas. Quieren saber todo de las jaulas donde he vivido, como si fuera un periquito, un ratón blanco o un mono. Y si al menos en Huis Norenius (un orfanato) hubiera aprendido a contar historias en vez de a pelar patatas y sumar, si me hubieran hecho contar todos los días la historia de mi vida, vigilándome con una vara hasta recitarla sin vacilar, habría sabido como complacerles. Habría contado la historia de una vida pasada en prisiones donde, día tras día, año tras año, permanecía con la frente apoyada en la alambrada, mirando la lejanía, soñando con experiencias que nunca tendría y donde los centinelas me insultaban y me daban patadas en el culo y me obligaban a fregar el suelo. Una vez acabada mi historia, la gente habría movido la cabeza con lástima y rabia y me habría dado de comer y beber; las mujeres me habrían abierto sus camas y me habrían cuidado maternalmente en la oscuridad. Pero la verdad es que he sido un jardinero primero para el Ayuntamiento, después para mí mismo, y los jardineros se pasan la vida mirando el suelo”


Somos miserables lectores.
Cuando escribo esto el dolor ha desaparecido.
Pero no la vergüenza de mi dolor.

El fragmento de la traducción de Concha Manella de Life & Times of Michael K., de J. M. Coetzee, para Mondadori

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21/05/12

Hambre, de Knut Hamsun

¿Se puede hablar de Hamsun obviando que regaló la medalla de su premio Nobel a Goering Goebbels?
¿Se puede hablar de Hansum, se puede comentar su obra, sin recordar que fue un nazi declarado?
Knut Hamsun era antisemita”, dice Markson en La soledad del lector.
También dice que fue conductor de un carro de caballos en Chicago o que hizo chasquear la liga de Selma Lagerlöf en la entrega de los Nobel.
Hambre fue publicada en 1888. Sus valores narrativos están por encima de la postura política de su autor. Quizás no, quizás se pueda pensar que su posicionamiento a favor del nazismo devalúe perpetuamente su obra. No entraremos en ese debate, pero de hecho estamos en ese debate.

— ¿Cómo es que una muchacha tan joven, es dueña de un cine?
— Mi tía me lo dejó.
— Gracias por ofrecer "Una Noche Alemana".
— No tuve opción, pero gracias.
— Adoro las películas de Riefenstahl especialmente "Piz Palu". Es fantástico conocer una chica francesa que sea admiradora de Riefenstahl.
— "Admiración", no es el término que yo usaría para describir a Fraulein Riefenstahl.
— Pero admira el director Pabst, ¿no?
— Yo soy francesa, monsieur. Los franceses respetamos a los directores de cine.
— ¿También a los alemanes?
— Incluso a los alemanes.
Inglourious Basterds; Quentin Tarantino


En ocasiones conozco datos respecto a algunos autores pero no puedo relacionarlas con sus obras al no haberlas leído. Leo Hambre sin referencias conscientes. Leí a Céline, su Viaje al fin de la noche, sin conectar conscientemente con la polémica de su postura política. Admiro a Cela al mismo tiempo que le desprecio como persona (o como personaje público, eso nunca queda demasiado claro)
Tal vez la condición del ser humano reducido a la miseria plasmado narrativamente no tenga nada que ver con las ideas políticas.
Sin embargo, no puedo ver una película de Riefenstahl sin sentir cierto rechazo.
Dejémoslo, el tema me aburre un poco.


Lo que más me ha interesado de Hambre es su completa oposición a Oblomov, de Goncharov.

Oblomov se publicó en 1859. Hamsun publicó Hambre 29 años después. Los personajes de ambas novelas conforman unas imágenes tan radicalmente opuestas que no puedo dejar de relacionarlos. Creo que no hay en la historia de la literatura dos personajes que se contrapongan tanto, que representen dos extremos irreconciliables, como el narrador de Hambre y el propio Oblomov.
La verdad es que se me ocurrió porque los dos personajes me dejaban, mientras leía sus respectivas novelas, la urgente necesidad de inmiscuirme en la narración. Como lector sentía que debía entrar en la novela, coger por la solapa a esos dos patéticos individuos y abofetearlos hasta hacerlos reaccionar.

Ahora vendría una lista en la que desarrollaría los caracteres opuestos de los dos personajes, del Oblomov que se abandona a la inacción y del narrador de la novela de Hamsun dispuesto a vivir únicamente del dinero que le proporcione la venta de sus artículos periodísticos, muriendo lentamente de hambre, consumido por la miseria.
Pero no hay lista.

"Escribir de noche -pensó Oblómov-, ¿cuando dormirá? Seguro que gana más de cinco mil al año. ¡Eso sí que está bien! Pero escribir todo el tiempo, derrochar el alma, el pensamiento en menudencias, cambiar de convicciones, comerciar con la inteligencia, violentar la propia naturaleza, sufrir la inquietud, la indignación, no conocer el reposo y estar siempre en movimiento... Y escribir, escribir siempre, ser como una rueda, una máquina: escribir mañana y pasado mañana, en días de fiesta, en verano, escribir constantemente: ¿Cuando podrá detenerse y descansar? ¡Qué desgraciado!"
Iván A. Goncharov, Oblómov, Alba editorial, traducción de Lydia Kúper de Velasco

La conciencia de mi honradez se me subió a la cabeza, tuve el sentimiento grandioso de que yo era un carácter, un faro completamente blanco en medio del mar cenagoso de los hombres (…)
Me senté y le expliqué que tenía un artículo que me agradaría mucho ver publicado en su periódico. Tanto trabajo y tantos esfuerzos me había costado.
— Lo leeré— dijo al cogerlo—. Sin duda todo lo que escribe le cuesta esfuerzos; pero es usted demasiado violento. ¡Si pudiese usted ser un poco más circunspecto! Hay siempre demasiado nervio. Pero lo leeré.
(…)
Todos los días trabajaba mucho, dándome apenas tiempo de tomar mi alimento antes de ponerme a escribir.
Mi lecho, como mi mesilla vacilante, estaban llenos de notas y cuartillas escritas, en las que trabajaba alternativamente. Agregaba a ellas las nuevas ideas que se me ocurrían durante el día, modificaba, daba vida a los puntos muertos con una palabra escogida de aquí o de allá, avanzaba con gran trabajo de frase en frase, a costa de grandes esfuerzos. (…)
Extractos de Hambre, de Knut Hamsun. No puedo citar ni la edición ni al traductor.

Da la sensación de que la famosa cita de Oblomov prefigura por oposición al escritor protagonista de Hambre. Por su parte, el narrador de la novela de Hamsun, desarrolla un orgullo desmedido por su actividad y el sacrificio que eso comporta. Como si en cada momento de su redacción, Hamsun tuviese presente a Goncharov y quisiera rebatir las teorías oblomovistas.
No sé, quizás sea un tema interesante a desarrollar. Lástima que todas mis simpatías sean para el bando de Oblomov.
A pesar de mi posicionamiento en la vagancia, reconozco que Hambre es un texto muy interesante, que desarrolla, quizás en una de sus primeras formas, al narrador desquiciado y, posiblemente, infidente que protagonizará tantas buenas novelas a lo largo del siglo XX.



EDITADO: 22/05/12

Leo en Los hijos de Nobodaddy de Arno Schmidt, en la segunda parte, El brezal de Brand, ambientada en Alemania, 1946:

(…) ahora simplemente imprimen viejos éxitos conocidos desde hace 20-30 años. Algunos de ellos aceptables (…) “Misterios” de Hamsun uno de los más aceptables; y yo me acordé: tiene, no obstante, lo que podría llamarse caracteres técnicamente “sobredesarrollados” —no porque lograra individualidades sobrehumanamente grandes, ¡Dios me libre! — pero todo esto es demasiado prolijo: después de 300 páginas no se sabe más acerca de los personajes que no se supiera ya después de 100; a esto lo llamo yo sobredesarrollado (…) (Prefiero el Gordon Pym: donde aparecen tamaños pulpos es porque el mar es profundo; no así en el caso del nazi Hamsun. — Aún lo estoy viendo cómo, moviendo el bastoncito, ya con 80 años y todavía no sensato, corteja la ocupación alemana, pasa revista a los submarinos, y se entusiasma con la “bestia rubia”.

(Traducción de Fernando Aramburu, ed DeBolsillo)


EDITADO: 23/05/2012


Premios Nobel de literatura: Una lectura crítica; de Laura Vaccaro

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19/05/12

La amante de Wittgenstein, de David Markson

Los límites del lenguaje son los límites del mundo y es posible que cada vez que citamos a Wittgenstein nos quedemos en algún dato trivial de su complejo pensamiento. Al menos yo. No entiendo el Tractatus.
En esta novela Markson nos presenta a una narradora única superviviente del mundo. Escribe. El hecho me resulta familiarmente cercano. No hay lectores para su texto y nosotros somos los lectores de su texto.
La mujer, una pintora, ha recorrido los museos del mundo, ha vivido en ellos, ha arrancado los marcos de los cuadros para hacer hogueras en los que calentarse en invierno. Ahora vive en una casa cerca de la playa y escribe. Frente a su escritorio hay un cuadro. Puede haberlo pintado ella en otro tiempo. El cuadro representa la casa que ahora habita. En una de las ventanas, la sombra de una pincelada parece dibujar una silueta humana. Ahora no está. Ahora ya no está el cuadro.

Homero también era ciego, desde luego.
Si bien posiblemente no sea más que algo que se dijo, en lo que se refiere a Homero.
(…)
Lo que equivale a decir que cuando la gente afirmaba que Homero era ciego, lo hacía porque lo que en realidad no deseaba decir era que Homero no sabía escribir.


¿Por qué escribe nuestra narradora en un mundo sin lectores? Quizás para comprobar que el mundo no tiene límites, que mientras siga haciéndolo la realidad seguirá sustentada sobre el lenguaje. Escribir cohesiona la realidad. Yo tengo la sensación que un momento ella piensa que es la sombra en esa ventana, una pincelada azarosa que muestra una difusa silueta que se oculta del espectador.
¿Por qué una narradora? Esa también es una buena pregunta.
Al final hay un cambio desesperanzado en la actitud de la narradora, al mismo tiempo que cierta imprecisión e incoherencia en lo que escribe. Recordar el pasado la sume en la depresión.

(…) me dije a mí misma que de ser necesario, no me permitiría volver a escribir estas cosas nunca más.
En cierto sentido, como si ya no se pudiera pronunciar una palabra más sobre el Pasado lejano.
(…)
Salvo que de lo que también me di cuenta al tomar tal decisión, fue de que ciertamente me quedaría con muy pocas cosas sobre las cuales escribir.
(…)
De modo que lo que comprendí casi simultáneamente, de hecho, fue la posibilidad de verme obligada a empezar desde el principio y escribir algo completamente diferente.
Algo así como una novela, digamos.
Aunque quizás se infiera algo de esas pocas frases que yo no deseaba.
Bueno, es decir, que la gente que escribe novelas sólo las escribe cuando tiene muy pocas cosas más sobre las cuales escribir.
De hecho, cierto número de personas que escriben novelas, sin duda, se toman su trabajo bastante en serio.


Creo que queda claro que La amante de Wittgenstein no es una novela al mismo tiempo que sí lo es. Las reflexiones de la narradora en torno a los textos de Homero y los personajes clásicos de la guerra de Troya, sobre la vida y hechos de pintores, escritores y músicos, sobre nombres de gatos y perros, sobre sus conocidos (entre ellos, William Gaddis), y sobre sus lecturas, construyen un mundo solipsista que contrasta con la desolación del mundo en que habita. Es una novela postapocalíptica en la que la destrucción del mundo funciona exclusivamente como marco narrativo sin ninguna relevancia.
De hecho es posible que el mundo siga funcionando, ya que estamos ahí, leyendo.

Los textos de la traducción de Antonia Kerrigan y Horacio Vázquez Rial para Destino.

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17/05/12

CT, o la Cultura de la Transición, VV. AA.

Este es un libro colectivo, así que tiene las virtudes y los defectos propios de este tipo de obras. Por otra parte el objetivo final de todos los artículos es teorizar sobre la Cultura de la Transición, pero no desde la perspectiva del ensayo sesudo. Es un libro en el que el aspecto lúdico es importante e invita al lector a participar y a reflexionar sobre lo que supone la CT.
Porque, señoras y señores, hay un Plan, somos víctimas del Plan.
Lo más gracioso es que el Plan es de una simpleza absoluta: Ensalcemos todo aquello que no destaque.
O algo así.
Y el 15-M como respuesta a la CT. Y la falta de respuesta que la CT tiene hacia la indignación de los ciudadanos.
En fin, todo esto queda más claro en los artículos que componen el libro y que recomiendo leer desde ya.


Recordemos que la CT domina el camino que nos ha llevado de esto:



a esto:




Pero bueno, no era esto lo que quería comentar. Como bien comenta Carlos Acevedo en su artículo, la CT es “una variación hispana, aunque exportable (…) de la cultura de masas”. La cultura viene definida “por quién la produce, promueve y distribuye, y no por quién la recibe, valora e incorpora a su vida cotidiana, poniéndola en cuestión y convirtiéndola en experiencia” La CT viene dictada por el Estado.
Por eso no es extreño que se compare en algunos artículos a España con Corea del Norte.
La Cultura (extendida a todos los ámbitos) que analiza el texto es esa en la que los poderes fácticos cierran filas en torno a temas concretos para promover una Cultura neutra y no conflictiva. Nuestra peculiar “variación hispana” viene determinada por el franquismo y el silencio acordado por todas las fuerzas políticas respecto a los hechos del pasado. Pero también por la existencia de un grupo terrorista que perturba la vida social. Entiendo que el tema es delicado, pero encuentro que esa cuestión determinante es soslayada en el ensayo, quizás por su misma esencia. Porque calificar a ETA de elemento de cohesión político de la CT como enemigo común que hay que combatir mediante pactos de estado y un conveniente silencio administrativo es arriesgado. La complejidad del tema me hace no querer profundizar más en las consecuencias y efectos de un artículo que avanzase en esa dirección, pero siento que la ausencia del grupo terrorista en el libro es sintomática de que quizás no hallamos podido superar a la CT.

En realidad lo que quería decir es que la crítica a la CT solo puede ser realizada desde dentro de la CT. Es cierto, los articulistas del libro se “salen” de la CT y realizan un análisis interesante sobre el síndrome CT con la intención de denunciarlo y en última instancia derrocarlo.
Algo parecido sucede cuando somos Indignados del 15-M. Criticamos el sistema desde dentro del sistema, pero tengo la sensación de que una gran mayoría de los que se manifiestan contra la situación actual lo único que pretenden es recuperar su estatus dentro del sistema.
Y si bien el movimiento 15-M es uno de los que se oponen a la CT, debe quedar claro que la única forma de que esto avance y cambie totalmente es destruyendo el sistema actual. No se trata de recuperar el estado del bienestar. Se trata de recuperar nuestra vida como ciudadanos en un sistema distinto no supeditado a los poderes económicos.
La crítica a la CT corre el riesgo de ser asumida por la CT.
Hoy en El País hablan sobre el libro.

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10/05/12

Los reconocimientos, de William Gaddis (y V)

Los reconocimientos es una novela compleja. Pero, a diferencia de lo que ocurre con otras, el lector al concluirla no se queda con la sensación de haber escalado una alta y escabrosa montaña en la que una vez plantado en la cima se pregunta ¿y ahora qué?. No. Los reconocimientos es una novela compleja y satisfactoria. Deja las suficientes pistas en el texto para que el lector pueda descubrir las distintas claves internas, no tanto ocultas sino sutilmente camufladas. No es una novela hermética con un significado oculto. Quizás se pueda decir que tiene una estructura laberíntica. La cuestión, siguiendo el precepto que Wallace elaboraría años después, es que Gaddis consigue gratificar al lector. No lo trata con desprecio ni se sitúa por encima de él. Sencillamente nos hace sentir inteligentes. Es tortuoso pero de manera ingeniosa. Una línea aparentemente intrascendente en una digresión, una simple frase entre otras, justifica y explica los hechos que ocurren cien o doscientas páginas después. Los personajes aparecen y desaparecen a lo largo de la novela obedeciendo a una planificación narrativa cuya estructura un escritor no podrá más que calificar de envidiable. No hay en el texto concesiones al azar, todo cuanto se menciona en el texto es trascendente, o recurrente o forma parte de una sucesión de imágenes que se repiten a lo largo de la novela.
Vayan unos ejemplos.
Hay un personaje que es confundido con otro del mismo nombre que ha sido mencionado a través de un recorte de periódico o de una transmisión radiofónica. El drama del personaje homónimo es tenido por otros personajes por cierto, mientras que el drama real del personaje que conocen es ignorado.
La ya mencionada secuencia de nombres con el que es designado el protagonista, Wyatt, él, Stephan, Stephen… y la mención al reyezuelo y otras, nos remite a La rama dorada de Frazer. El papel del padre de Wyatt, el reverendo Gwydon, queda claro en esta trama. Copio de la wikipedia : “Su tesis (de Frazer) de trabajo es que las viejas religiones eran cultos de fertilidad que ocurrían alrededor del culto y sacrificio periódico, de un rey sagrado. Este rey era la reencarnación de un dios que moría y revivía, una deidad solar que llevaba a cabo un matrimonio místico con la diosa de la Tierra, la cual moría en la cosecha y se reencarnaba en la primavera. Frazer afirmaba que esta leyenda es predominante en casi todas las mitologías mundiales” Uno de los aspectos destacables de las religiones primitivas es el poder de la palabra. Conocer el nombre verdadero de un Rey le derrota. Creo recordar que la investigación de Frazer se iniciaba en el festival de Nemi y con la pregunta que el guardián sagrado del bosque pronunciaba: ¿cuál es mi nombre? Robert Graves ahonda en la importancia sagrada del nombre en La diosa blanca. Así pues lo que Gaddis hace es ocultarnos el nombre de Wyatt (quizás porque descubrirlo sería derrotarlo, comprenderlo, humanizarlo) y elevar a categorías míticas el texto de Los reconocimientos (al mismo tiempo que lo hace perfectamente legible sin esa otra segunda lectura)
El último ejemplo es más bien una confesión. Y la verdad es que me preocupa. He perdido a uno de los personajes, no acabo de entender su función en la historia. Hay en el texto una especie de subtrama de espías y asesinos (subtrama, todo hay que decirlo, pynchoniana avant-la-letre) y en ella un personaje cuya función e incluso sus apariciones, se me escapan. El Padre Martin y los motivos de su “final”.
Algún día volveré a Los reconocimientos y seguiré atentamente las huellas de ese personaje.

En conclusión, se podría decir que la yuxtaposición de contrarios es lo que hace de Los reconocimientos una obra magistral. Es erudita y mundana, compleja en su estructura y satisfactoria para el lector, crítica con la sociedad pero amable con sus personajes con los que llegamos a identificarnos (que conste que no estoy muy seguro de que esta identificación sea “amable”), coral y personal, trascendente y con un sentido del humor incisivo y sarcástico.
En cualquier caso es una novela fundamental e imprescindible que nos permite comprender toda la narrativa estadounidense desde su publicación hasta nuestros días.

(Y sí, ¡despidan a esos bastardos!)
(Una novela con mono es mucha más novela. Y más si se llama Heraclés)
(Y no digo nada del gatito para no entristecer a la concurrencia… pero, si habéis leído la novela… ¿no os parece fantástico ese capítulo? Una fiesta en la que hay muchos niveles físicos narrativos, esta el gato, el bebe gateando, la niña que pide pastillas y la estola de piel perdida a nivel del suelo, luego los invitados y la casa… no sé, pero me quedo fascinado)
(Creo que será finalmente en 2013 cuando Editorial Sexto Piso reeditará Los reconocimientos y J.R. de William Gaddis… ya no habrá excusa)

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09/05/12

Los reconocimientos, de William Gaddis (IV)

(viene de aquí)

Uno de los mayores logros de Los reconocimientos es el tratamiento de los personajes por parte de Gaddis. Destacando sobre todo el de Wyatt Gwydon.
En la anterior entrega ya comenté por encima que cuando está en Madrid, Wyatt ya no es Wyatt. De hecho, hacia la segunda parte de la novela, el narrador deja de referirse a Wyatt por su nombre y para mencionarle emplea un escueto “él”. En ocasiones debemos adivinar la presencia del personaje en la historia por lo que hace y dice, por cómo va vestido. Es posible que en alguna ocasión se oculte bajo el nombre de Padre Gilbert Sullivan. Finalmente, en Madrid, Sinisterra, que ahora se llama Yak (un nombre empleado con anterioridad en la narración) le consigue documentación falsa por lo que a partir de entonces el personaje pasa a denominarse Stephan. Finalmente le reconoceremos bajo el nombre de Stephen.
¿Podemos decir en cada momento que Wyatt es Wyatt? ¿es el mismo Wyatt en cada parte de la narración? Como ya digo, Gaddis nos obliga a reconocerle en cada uno de sus avatares pero en cierta manera no tenemos una seguridad implícita de que nuestro “reconocimiento” sea válido.
La palabra “reconocimiento” aparece 81 veces en el texto.
Ese es el juego al que nos invita Gaddis, a “reconocer” a los personajes, las situaciones y los entorno, a participar activamente en la lectura. Como cita José Luis Amores en el perfil de William Gaddis publicado en Que Leer, David Foster Wallace dijo que “el desafío del escritor es enseñarle al lector que él (el lector) es más inteligente de lo que pensaba”. Y eso es lo que hace Gaddis en Los reconocimientos. Respetar y ensalzar al lector, jugar junto a él a desenmarañar un laberinto narrativo. No hay trampas en la novela, no hay deslealtad por parte del autor, no hay infidencia. Es una construcción elaborada que contiene todas las pistas para ser comprendida y, al mismo tiempo, es una reflexión sobre la condición humana que a todos nos implica.
Y en ese juego que nos propone Gaddis los personajes son las fichas.
Los personajes no son mencionados continuamente. Gran parte de la narración transcurre en fiestas multitudinarias o en reuniones de varios personajes en distintos sitios. Creo que ha sido en A READER'S GUIDE TO WILLIAM GADDIS'S The Recognitions by Steven Moore donde he leído que estar apostillando a cada momento “dijo tal”, “dijo cual”, hubiese lastrado una novela, ya de por sí muy extensa, con texto innecesario. A pesar de eso, por lo general no resulta difícil distinguir a cada uno de los personajes por los temas a los que se refieren y por la forma en que lo hacen (algo que Gaddis llevó hasta sus últimas consecuencias en Gótico carpintero) El lector debe reconocer a cada uno de los personajes, pero es destacable la forma en que Gaddis consigue que nuestro reconocimiento lector no coincida con el que los personajes tienen del resto de ellos. Como si el lector tuviese acceso a cada uno de los personajes pero el resto de los personajes solo pudieran contemplar la “máscara social” de los otros. De nuevo todo reconocimiento deviene en una visión subjetiva de la realidad para los personajes y con ello las relaciones sociales aparecen como otro tipo de falsificación.

(Y todo esto nos previene contra la falsificación de las conclusiones que como lectores podamos sacar de la novela y sus personajes, ya que toda novela, en última instancia, es una falsificación de la realidad)

Gaddis no juzga el comportamiento de los personajes. Al menos no directamente. Muestra sus acciones y sus palabras y deja que sea el lector establezca las pertinentes relaciones empáticas con ellos. La verdad es que, por lo general, la impresión que sacamos no es demasiado buena. Contemplamos en cada uno de ellos acciones reprochables al mismo tiempo que se establece cierta corriente de simpatía. Nos identificamos con ellos pero de una forma distante, como no queriendo aceptar los aspectos negativos que cada uno de ellos acarrea y que en cierta manera nos afecta, ya que nos “reconocemos” en ese entramado social falsificado que Gaddis nos muestra.

El arte, la religión, la vida social, el comportamiento de los personajes. La falsificación, la irreverencia, la impostura.

(continuará y finalizará)

Nota 1: Una de las citas más celebradas de Los reconocimientos:

Anselm: “¿Sabéis a quien envidio? Envidio a Tourette. Pusieron su nombre a una enfermedad, una de lo más puñeteramente extraño (…) Envidio al doctor Hodking (…) Pusieron su nombre a una enfermedad. (…) ¿Sabéis a quien envidio? (…) Envidio a Cristo, pusieron su nombre a una enfermedad

Nota 2: Gaddis, innominado, aparece en alguna ocasión en el texto. Hay que seguir una mancha de huevo en la manga de su chaqueta:
He escrito una historia de la pianola . Una historia completa. He tardado dos años; lo he metido todo. ¿Qué pasa con la gente? ¿Qué es lo que quieren leer?, ¿sexo todo el tiempo? ¿Política? (…) Algún día lo imprimiré yo mismo en papel cebolla japonés, encuadernado en vitela… no sé. (…) Vitela blanca con estampaciones de oro…


Nota 3: Leyendo las notas de Steven Moore, descubro que Gaddis le había confesado que cuando escribió Los reconocimientos no había leído de Faulkner más que El ruido y la furia. La frase que Max atribuye a Faulkner en el texto de Otto “no se puede inventar la forma de una piedra”, no aparece en la novela de Faulkner.
En un capítulo anterior de Los reconocimientos, mientras aún está escribiendo su obra de teatro, La vanidad del tiempo, Otto, después de una conversación con Wyatt, anota en su cuaderno: “Originldad no invnción sino snsación d rcuerdo, rconocmiento, modlos ya vtos, cit. Uno no pde invtar l frma d una piedra”.
La frase, “no se puede inventar la forma de una piedra”, que Otto confiesa habérsela oído a un tipo, debe ser obviamente de Wyatt.

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07/05/12

Los reconocimientos, de William Gaddis (III)

(viene de aquí)

Ya he comentado que entre el burdo falsificador Max y el creador auténtico (que no voy a mencionar) se encuentra el personaje central de la novela, Wyatt, quien, tras la muerte de su madre en un viaje a España, donde está enterrada, es criado en un pueblo por su padre, un erudito reverendo que se consume en el estudio de los orígenes del cristianismo, y por su tía May, una severa puritana. En ese ambiente de confusión religiosa Wyatt desarrolla sus dotes artísticas. A los trece años reproduce con total exactitud y detalle la tabla de Los siete pecados capitales y las cuatro postrimerías de Hieronimus Bosch.






La obra original (Oleo sobre tabla, 120 x 150 cm) se exhibe en el Museo del Prado. Pero en nuestra historia fue comprada por el reverendo Gwydon y empleada como mesa hasta que Wyatt la sustituye por su copia, idéntica al original de su padre y la vende. Para su perplejidad, vuelve a aparecer en manos de un oscuro coleccionista de arte para el que trabaja creando falsificaciones. La autenticidad o falsedad de la mesa con la tabla de El Bosco sirve para argumentar la subjetividad de la apreciación de la Obra de arte genuina. De hecho lo que hace Wyatt es reproducir con las mismas técnicas y los mismos elementos obras preexistentes para luego crear otras a la manera de antiguos artistas, con lo que el límite entre autenticidad y falsedad queda completamente diluido.
La parte inmoral del proceso, ya que debemos considerar a Wyatt un verdadero artista, radica en el ánimo de lucro del coleccionista que contrata a Wyatt para que “cree” obras para su colección. Wyatt enloquece, quizás a causa de la controversia moral que su actividad genera o quizás intoxicado por los pigmentos que emplea en la elaboración de sus falsos-auténticos cuadros.

"This table top was the original (though some fainaiguing had been necessary at Italian customs, confirming it a fake to get it out of the country), a painting by Hieronymus Bosch portraying the Seven Deadly Sins in medieval (meddy-evil, the Reverend pronounced it, an unholy light in his eyes) indulgence. Under the glass which covered it, Christ stood with one maimed hand upraised, beneath him in rubrics, Cave, Cave, D videt" (The Recognitions, p. 25)

En la tabla pueden leerse las siguientes inscripciones:

Bajo el ojo de Dios, en el centro:

CAVE CAVE DEUS VIDET
(vigila vigila Dios ve)

La banda superior y la inferior contienen textos en latín del capítulo 32 del Deuteronomio:
Abajo:

Entonces dijo: Les ocultaré mi rostro, / para ver en qué terminan

Arriba:

Porque esa gente ha perdido el juicio / y carece de inteligencia. Si fueran sensatos entenderían estas cosas, / comprenderían la suerte que les espera.

Estos motivos pueden ser el motor narrativo de la novela de Gaddis.

Hay un momento de la narración que transcurre en Madrid, cuando Wyatt no es Wyatt y Sinisterra, responsable de la muerte de su madre, no es Sinisterra (ya lo explicaré más adelante) en que el primero desaparece todos los días mientras que el otro piensa que está enfermando por estar continuamente de juerga. Lo que ocurre es que (el personaje que posiblemente es) Wyatt visita diariamente el Museo del Prado. Obviamente, aunque no esté explícito en el texto, debe ver todos los días la tabla de El Bosco.

El asunto de la tabla resume en sí misma los dos grandes temas de Los reconocimientos, la falsificación y la religiosidad. Pero, al igual que ocurre con las relaciones y los comportamientos sociales, el tratamiento que Gaddis le da a la religión es el de otra falsificación o impostura. Hay muchos ejemplos graduales en la novela de inmersión vital en el sentimiento religioso. Pero me quería detener un momento en el reverendo Gwydon y sus peculiares sermones y con su final conversión al mitraismo, que considera origen de los ritos cristianos, y que en última instancia es tratado como síntoma de locura. En cierta manera Gaddis plantea un retorno a las fuentes del fenómeno religioso.
Ya en las primeras páginas se menciona al reyezuelo como símbolo del sacrificio sucesorio (*) y el tema del pájaro aparece en numerosas ocasiones a lo largo de la novela, una de ellas bastante significativa, como ya mencioné

Volveremos sobre el tema.

Más aquí: Wikipedia: Mesa de los pecados capitales

(*) Pynchon también menciona a Frazer y Graves en V

(continuará)

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06/05/12

Los reconocimientos, de William Gaddis (II)

No es posible hablar mal de Los reconocimientos después de Jack Grenn
De todas formas me pregunto qué es lo que ha cambiado desde la década de los 50 del siglo pasado para que todos los supuestos defectos que los críticos atribuían a la primera novela de Gaddis puedan ser ahora considerados virtudes. Quizás ahora nadie se atreviese a realizar una crítica negativa de
Los reconocimientos, no tan solo por Green (sí por Green aunque no directamente), al menos en esos términos. Me gustaría leer una crítica negativa de la novela y discutir los argumentos empleados siempre que no sean los que empleó Green. Porque incluso en esa guerra ficticia que lleva un tiempo rondando por el mundillo literario, entre el “bando realista” encabezada por Franzen que enarbola un estandarte con la efigie de Dickens y la del “postmodernismo” (o lo que sea) con la efigie de D.F. Wallace, sería difícil encasillar Los reconocimientos de Gaddis, porque es justamente lo contrario de ambos bandos. Emplea el realismo pero un "realista" se negará a reconocerlo y... lo dejamos aquí porque la nota se hará eterna.
No voy a negar que el texto encierra cierta dificultad, sobre todo a la hora de seguir a los personajes, pero una vez que el lector ha entrado en el juego narrativo todo parece brillar y cada uno de ellos tiene una posición asentada y concreta dentro de la trama, una personalidad propia y distinguible. Entonces todo fluye… o no.
En cierta manera se podría decir que
Los reconocimientos es una obra coral que se cierra sobre sí misma, que solicita una segunda lectura para volver a transitar por esos pasajes nebulosos e insertados en la trama como caídos del cielo. Volver a repasar Los reconocimientos es descubrir como algunos de los detalles que no nos habían quedado claros nos habían sido desvelados a priori, pero cuando los habíamos leído éramos unos ingenuos desorientados en las redes de Gaddis. Lo más sorprendente de esta novela es la coherencia interna y la prodigiosa organización narrativa en el que nada obedece al azar, aunque éste, deliberadamente, parece controlar la historia.

Mientras iba leyendo la novela tenía una sensación extraña. La de que Gaddis, y sobre todo
Los reconocimientos, era el eslabón que nos permitía pasar históricamente en términos de “evolución narrativa”, de William Faulkner hasta Thomas Pynchon.
Por ejemplo, y esto es una tontería, en varías ocasiones aparece como tema algo llamado “vicio inherente”. No es más que una casualidad anecdótica que puede descartarse ya que es una expresión frecuente. Sin embargo existe un nexo de unión entre Pynchon y Gaddis, sobre todo en la forma de desarrollar algunas escenas, sobre todo en las que aparecen varios personajes. En mi cronología lectora, azarosa desde el punto de vista temporal, aparece primero Pynchon. Por eso puedo preguntarme ahora cuánto debe
V a Los reconocimientos.
El nexo con Faulkner es más explícito.
El tema principal de
Los reconocimientos es la falsificación en su más amplio sentido: como reproducción física de lo ya existente y como impostura social.
Así, Otto, uno de los personajes, que se pasea con un brazo completamente sano en cabestrillo, ha escrito una obra de teatro. Tras un azaroso periplo de mano en mano, su manuscrito parece desaparecer. Posteriormente Max, que se apropia de su texto y lo publica con su nombre y otro título, le comunica a Otto que su obra ha sido rechazada porque parece ser un plagio de
El ruido y la furia, de Faulkner. El capítulo en el que se desvela esto concluye con Otto afirmando que odia a Max porque “él sobrevivirá”. Si bien es cierto que las palabras de Otto son premonitorias, Max sobrevive a pesar de ser desenmascarado, hay algo faulkneriano en la afirmación. Si Gaddis hubiese empleado la expresión “they endured”, que aparece en el epílogo de El ruido y la furia, hubiese resultado más que evidente, concluyente. Y no sé si de alguna manera Gaddis está dejando pistas sobre su propia novela y sus posibles influencias. Es un tema a desarrollar.
Max sobrevive porque al final de la novela Gaddis precipita a sus personajes a una especie de debacle final en la que uno a uno los personajes van cayendo. Y es curioso y representativo que Max, que roba la obra de Otto, que copia las
Elegías de Duino, de Rilke en su libro de poemas, que compra cuadros de pintores en declive y los expone con su firma colgados bocabajo, que representa el fraude burdo y descarado y que alcanza el éxito sobornando a críticos, finalmente sobreviva. Max; “they endured”.
Opuesto completamente a Max aparece el único personaje que crea una obra propia y personal. No revelaré nada, ni su nombre, sólo diré que la única obra original que aparece en toda la novela tiene consecuencias catastróficas.
Entre estos dos personajes y principal foco narrativo de la novela, aparece Wyatt Gwydon.

Pero volvamos a Faulkner. Uno de los aspectos más destacables de
Fire the Bastards! de Green, es la coincidencia casi común en los primeros críticos de Los reconocimientos en emparejar la novela de Gaddis con el Ulises de Joyce. No veo en que manera se puedan comparar más allá de la, relativa, dificultad de ambos textos. No encuentro en Gaddis nada de Joyce aparte de que explora el camino que el Ulises había abierto, el de la libertad narrativa, el de no adscripción al clasicismo realista. Lo mismo podría decirse de las novelas de Faulkner. El Ulises es en cierta manera la explotación hasta sus últimas consecuencias de Todos los géneros y Todos los estilos de la narrativa hasta la época de Joyce. No hay en Los reconocimientos nada de esa exploración exhaustiva estructural y lingüística que hacen del Ulises una obra excepcional. Pero eso no va en demérito de Gaddis, su novela es excepcional pero en otro sentido. Los críticos de la época que denuncia Green fallaron estrepitosamente al buscar un referente a la novela de Gaddis. Como decía Green había que despedir a todos esos bastardos que, obviamente, no habían leído la novela para reseñarla. De haberlo hecho, se hubiesen dado cuenta que el referente más evidente y explícito es el de Faulkner. En El ruido y la furia se narra con distintas voces, de la caótica a la iracunda, un profundo drama familiar. Eso es lo importante en Los reconocimientos, que nos está contando una historia, mientras que, se podría decir, que no hay más tesis en el Ulises que la exploración de los límites de la propia narrativa. Faulkner empleó la exploración de Joyce para ponerla al servicio de la narración. Y Gaddis sigue el mismo camino.

(continuará)

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01/05/12

Los reconocimientos, de William Gaddis

Hay una escena que me ha llamado mucho la atención en la novela de Gaddis.
Un escritor estadounidense en un monasterio español sigue a un monje, compatriota suyo y uno de los personajes principales de la obra, hasta un punto elevado desde el que se puede contemplar el amanecer sobre las montañas por encima de los tejados del pueblo.

Mire el cielo, le dice el monje al escritor, “¿Es que nadie lo pintó hasta que lo hizo El Greco? Mírelo, el cielo español

Allí, en el amanecer sobre una colina que domina el valle, los dos personajes sostienen una conversación. El monje habla. Habla de las Pléyades, de su padre, del que dice que fue un rey, de que no le han dejado entrar en el convento. El portero le ha dicho que fuese a donde le buscan. El escritor entiende mal, piensa que se refiere a entregarse por haber matado a un hombre. El monje dice que matar a un hombre no da ningún fruto, “Matar a un hombre, no, eso no tiene nada que ver, se acaba ahí mismo” y siguen hablando. Los errores de la vida, los pecados, ¿cómo se expían?, se pregunta el monje, contraponiendo a cada posibilidad la opción de sobrevivir a ello. Y después debes sobrevivir a sobrevivir. Una discusión sobre la vida y la muerte.
Entonces ocurre lo chocante. El escritor resbala y se hiere en la mano que empieza a sangrar. A causa del resbalón un pájaro levanta el vuelo pero el monje lo atrapa. Y conversan. El hombre herido tendido en el suelo y el monje con el pájaro en la mano, en la luz del amanecer. Y el monje dice que debe irse, que las campanas del monasterio suenan anunciando su partida. Dilige et quod vis fact, ama y haz lo que quieres, le dice el monje al escritor y le pide que lo anote.
El pájaro vuela.
El escritor se deshace del trozo del papel.

Todas esas palabras, las últimas palabras del personaje, se perderán como… como… como anotaciones arrojadas al suelo en la puerta de una iglesia.

Obviamente, y lo digo con total certeza, uno de los guionistas de Blade Runner, o Hampton Fancher o David Peoples, había leído Los reconocimientos de William Gaddis. La escena más famosa de la película, la conversación entre Deckart y Batty, no aparece en la novela de P. K. Dick en la que vagamente se inspira. Pero es en su puesta en escena y temática similar a la de la novela de Gaddis.

Esto podría ser una curiosidad pero, teniendo en cuenta que el tema principal de Los reconocimientos es la falsificación, el fraude y la copia, me parece relevante. Principalmente porque la propia novela justifica las apropiaciones y se mueve en ese lindero en el que la falsificación es indistinguible de la copia en todos sus aspectos, excepto en el de la originalidad. Y la única obra original que aparece en la novela de Gaddis tiene efectos catastróficos.

(Continuará)

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26/04/12

Pálido fuego de Vla.... ¿de José Luis Amores?

Acaba de anunciarse públicamente el nacimiento de una nueva editorial:

PÁLIDO FUEGO

¿Quién es el chiflado que con los tiempos que corren se atreve a fundar una nueva editorial? Pues se trata de José Luis Amores y así lo explica en su blog Bolmangani

Pero esta no parece una editorial más. No. No hay más que ver los tres primeros títulos que publicará:
The Broom of the System de David Foster Wallace, el libro de entrevistas Conversations with David Foster Wallace, con lo que se completa la edición en español de la obra de Wallace y.... ¡Señoras y señores!:



HOUSE OF LEAVES, de Mark Z. Danielewski
La mítica obra "intraducible" que por fin verá la luz en edición conjunta entre Pálido Fuego Ed. y Alpha Decay.
No sé como lo veréis vosotros, pero esto es un absoluto bombazo.
Deseo tener ya entre mis manos un Danielewski.

En fin... mucha suerte a José Luis en este proyecto. Esperemos que todo vaya bien y que funcione al mismo nivel que las obras que tiene intención de publicar... es decir, extraordinariamente.

23/04/12

Trampa 22, de Joseph Heller

Segunda Guerra Mundial. Escuadrón de Combate 256 de las Fuerzas Aéreas de los EEUU, Pianosa, Italia. Las tripulaciones de los bombarderos ven incrementadas el número de misiones sobre el enemigo sin ser licenciados. Parecen estar encerrados en una pesadilla de la que no pueden escapar. Y ahí, como la mejor que existe, relumbra la Trampa 22:


– Pierdes el tiempo – se vio obligado a decirle el doctor Daneeka.
– ¿No puedes dar de baja a alguien que esté loco?
– Sí, claro. Tengo que hacerlo. Hay una norma según la cual tengo que dar de baja a todos los que estén locos.
– Entonces, ¿por qué no me das de baja a mí? Estoy loco. Puedes preguntárselo a cualquiera. Te dirán hasta qué punto estoy loco.
– Ellos sí que están locos.
– Entonces, ¿por qué no les das de baja?
– ¿Por qué no me lo piden?
– Porque están locos.
– Claro que lo están – convino el doctor Daneeka –. Acabo de decírtelo, ¿no?, y un loco no puede decidir si tú lo estás o no, ¿no te parece?
Yossarian lo miró con calma y atacó por otro lado.
– ¿Y Orr? ¿Está loco?
– Claro que sí – respondió el doctor Daneeka.
– ¿Puedes darle de baja?
– Claro. Pero primero tiene que pedírmelo. Así son las normas.
– ¿Y por qué no te lo pide?
– Porque está loco – respondió el doctor Daneeka –. Tiene que estarlo para seguir participando en misiones de combate después de todos los avisos que ha recibido. Claro que puedo darle de baja, pero primero tiene que pedírmelo.
– ¿Eso es lo único que tiene que hacer para que le den la baja?
– Sí. Pedírmelo.
– ¿Y después podrás darle de baja? – preguntó Yossarian.
– No.
– O sea, es una trampa.
– Claro que es una trampa – corroboró el doctor Daneeka –. La trampa 22. Cualquiera que quiera abandonar el servicio no está realmente loco.
Sólo había una trampa, y era la 22, que establecía que preocuparse por la propia seguridad ante peligros reales e inmediatos era un proceso propio de mentes racionales. Orr estaba loco y podían retirarle del servicio; lo único que tenía que hacer era solicitarlo. Y en cuanto lo hiciera, ya no estaría loco y tendría que cumplir más misiones. Orr estaría loco si cumpliera más misiones y cuerdo si no las cumpliera, pero si estaba cuerdo tenía que realizarlas. Si las realizaba estaba loco y no tendría que hacerlo; pero si no quería estaba cuerdo y tenía que hacerlo. A Yossarian le conmovió profundamente la absoluta sencillez de aquella cláusula de la trampa 22 y emitió un silbido de admiración.
– Eso es una trampa y lo demás tonterías – comentó.
– Es la mejor que existe – admitió el doctor Daneeka.”





Trampa 22 la novela de Heller se ha convertido en emblema que refleja la estupidez burocrática militar. En un símbolo de nuestros tiempos, de la siniestra maldad sin rostro que anida en el fondo de nuestra sociedad y de nuestras leyes.


En una de las escenas de la novela un grupo de policías militares ayudados por unos carabinieri desalojan a un grupo de prostitutas:

– (…) Entraron con las porras y las echaron. No las dejaron coger ni los abrigos. Pobrecitas. Las echaron a la calle.
– ¿Las detuvieron?
– Las echaron. Las echaron a la calle.
– Si no las detuvieron que hicieron con ellas (…) Tiene que ver alguna razón – insistió Yossarian (…) – No pueden entrar aquí sin más y cargárselo todo.
– No hay ninguna razón – se lamentó la vieja – Ninguna razón.
– Entonces, ¿con qué derecho lo hicieron?
– La trampa 22
– ¿Qué? – Yossarian se paró en seco, asustado, y un escalofrío le recorrió el cuerpo – ¿Qué ha dicho?
– La trampa 22 – repitió la vieja, balanceando la cabeza – La trampa 22 dice que tienen derecho a hacer cualquier cosa que no podamos impedirles que hagan.
– ¿A qué demonios se refiere? – le gritó Yossarian, atónito y furioso – ¿Cómo sabe que es la trampa 22? ¿Quién se lo ha dicho?
– Los soldados de los sombreros duros y las porras. Las chicas preguntaron, llorando: “¿Hemos hecho algo malo?”. Ellos dijeron que no y las empujaron hasta la puerta con la punta de las porras. “Entonces ¿por qué nos echan?”, preguntaron las chicas. “La trampa 22”, contestaron los hombres. Sólo dijeron eso, “Trampa 22”, “Trampa 22” ¿Qué significa? ¿Qué es la trampa 22?
– ¿No se lo enseñaron? – preguntó Yossarian, dando patadas colérico y angustiado – No les pidieron que se lo leyeran?
– No tienen que enseñar la trampa 22 – respondió la vieja – La ley dice que no tienen obligación de hacerlo.
– ¿Qué ley dice eso?
– La trampa 22.





Sabiamente, Heller hace que la trampa 22 supere el ámbito militar y se implante en el civil. La trampa 22 es una insidiosa artimaña legal que permite a quien ostenta el poder cualquier tipo de intervención.


Esto suena impúdicamente actual.
La trampa 22 dice que tienen derecho a hacer cualquier cosa que no podamos impedirles que hagan.


Vivimos un programa abyecto de demolición de los logros sociales e imposición de la primacía de los valores de rentabilidad y ganancia. Es la aplicación de la trampa 22.


Quizás haría falta un buen analista económico para destacar de qué forma la Trampa 22 se está apoderando de nuestras vidas. Empezando por las entidades financieras capaces con sus especulaciones de desestabilizar la economía global y que a cambio reciben inyecciones de dinero público para poder seguir especulando, (¿Es cierto que en la Bolsa de Nueva York se invierte en climatología?, ¿cómo una casa de apuestas de predicción del tiempo?) y acabando con las medidas que intentan crear una especie de estado policial para reprimir las protestas ciudadanas.
Es lógico que protestes, estarías loco si no protestases, “preocuparse por la propia seguridad ante peligros reales e inmediatos (es) un proceso propio de mentes racionales”. Pero te castigaremos si lo haces porque el Estado debe prevenir las actitudes dementes de sus ciudadanos.


Trampa 22 ha trascendido el ámbito de lo literario para afianzarse en el habla cotidiana como expresión común, al menos entre los angloparlantes, me informa Javier A. Moreno desde twitter: Lo mejor de Catch 22 es que la expresión se haya incorporado al idioma y la gente la use incluso sin haber leído el libro. En inglés la usan para referirse genéricamente a un dilema producido por una norma contradictoria.


Pero como comentan el doctor y Yossarian, la trampa 22 es la mejor que existe. Eso no puede habérsele pasado por alto al poder. Ser capaces de articular una trampa 22 en forma de leyes o de reformas o de recortes, incontestable por parte de los ciudadanos, que protestan por la desmesurada injusticia de los cambios pero no hacen nada por oponerse a ellos. Estarían locos si lo hiciesen. Las últimas medidas represoras van encaminadas a devolver al redil a aquellos que piensan lo contrario, que estarían locos si no protestasen.
Como diría alguno de nuestros ilustres próceres, esos que nos deslumbran por su sabiduría y elocuencia: “Los recortes son necesarios y deben asumirlos los ciudadanos porque es necesario recortar”
Incontestable.


Este comentario debería haber sido otro. Me he dejado llevar por las consecuencias, pero tampoco he dejado que me llevase demasiado lejos. Me debato entre la necesidad y la mala conciencia.
Resumiendo, la tesis sería: El sistema capitalista es insostenible. Para evitar esa circunstancia se promulgan leyes y se toman medidas para fingir que es sostenible. La trampa 22 es todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
Y lo terrible es que la novela está ambientada en la 2ª Guerra Mundial.


Tal vez, como Yossarian, deberíamos todos andar desnudos por ahí, subiéndonos a los árboles, simulando que estamos locos.
Pero otra de las cosas que la novela intenta demostrar es que cualquier acción contra el poder es inútil. Es jodido decir esto, es jodido aceptar la derrota de antemano. El fracaso esta muy bien como teoría en el ámbito literario, pero como personas, como ciudadanos, merecemos triunfar.


Desde que vi la película de Mike Nichols, tenía interés en leer la novela. No resultará extraño que afirme que la novela de Heller es muchísimo mejor que la película, y eso que, con su visión esquemática de los hechos narrados por Heller, se trata de una película notable.
Pero la novela, con toda su carga de ironía y desesperanza, con toda su carga crítica, no solo a las normas militares, sino también a la economía salvaje y a las relaciones humanas, con su estructura que avanza y retrocede en el tiempo, mostrándonos fragmentos que poco a poco van constituyendo un todo demoledor, debe meritoriamente destacarse como clásico moderno.


Los textos de la traducción de Catch 22 de Joseph Heller, a cargo de Flora Casas para RBA.

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19/04/12

La soledad del lector, de David Markson

De La soledad del lector han dicho;

Hipnótico” (Kurt Vonnegut)

Kurt Vonnegut falleció tras sufrir una caída en su domicilio que le causó una lesión cerebral irreversible

El punto más alto que podamos encontrar en la ficción experimental de los Estados Unidos” (David Foster Wallace)

David Foster Wallace se suicidó, ahorcándose en el garaje de su casa

Nadie, excepto Beckett, puede ser tan divertido y tan triste al mismo tiempo” (Ann Beattie)

Samuel Beckett está enterrado en el cementerio de Montparnase junto a Suzanne, con una simple lápida «De cualquier color, siempre que sea gris.»

Esto lo digo yo, no Markson.

David Markson murió en la cama. El cuerpo fue encontrado por sus hijos.

"Diacronía diegética", dice Markson (Autor, Lector, Protagonista)

Cuando topamos con un texto tan poco usual como éste la pregunta que inevitablemente uno se hace es qué es La soledad del lector. Después de darle muchas vueltas me decidido a no detenerme en lo que La soledad del lector no es y me atrevo a afirmar que estamos ante una Novela Indirecta.
Vayamos a las raíces:
Definición de la RAE:
Novela.
(Del it. novella, noticia, relato novelesco).
1. f. Obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres.

La soledad del lector cumple los requisitos de la definición de novela. Aunque estructuralmente difiere radicalmente del concepto popular de novela.
Añado “Indirecta” porque no trata explícitamente de unos hechos y porque, en un sentido tradicional comúnmente aceptado, La soledad del Lector “no cuenta nada”
Pero existe una suerte de trama en el interior del texto, que tiene como actantes al Lector y al Protagonista, “una trama no lineal, discontinua, en forma de collage” que avanza (si es que lo hace) entre interrogaciones. No es tanto una trama como la posibilidad de una trama.
Y una trama autorreferencial que se apela e intenta definirse a sí misma desde el interior de sus páginas. Así en las páginas 80 y 180 leemos casi la misma frase: “¿Una novela de referencias y alusiones intelectuales por así decirlo, pero casi sin novela?
Y en la 185: “Obstinada en sus referencias cruzadas y de críptica sintaxis interconectiva, en todo caso
Y que, como desafío personal adicional, no permita que ninguno de sus mishigases intelectuales sea material que el Lector haya usado antes en alguna parte


El Lector, así con mayúsculas. Al igual que El Protagonista. De hecho en algún momento de La soledad del Lector (debe ser así, Lector, aunque la grafía del título original Reader’s Block, no ayuda a discernirlo) hay cierto trasvase de objetos personales entre el Lector y el Protagonista y en todo momento de la novela el Lector es equiparable al Autor.
El Autor como primer lector.
Como no hay trama, me pregunto si un comentario sobre el texto de Markson no implicará también una serie de preguntas, una posibilidad de comentario.
Y en esa dicotomía-identificación Lector-Autor (que va de Markson hasta nosotros) preguntamos: ¿Es La soledad del Lector la demostración práctica de la intoxicación de los paratextos? No me refiero únicamente a los paratextos comerciales con los que se intenta promocionar una novela (he puesto al inicio los que acompañan a la edición de La Bestia Equilátera y las paradojas que provocan) sino a todos aquellos datos que acumulamos en torno a los autores que leemos, a lo que hicieron y dijeron.
¿Es posible leer el relato Spotted horses, que pertenece a El Villorrio, donde aparecen los caballos incabalgables de Flem Snopes, sin recordar que Faulkner murió a consecuencia de las lesiones producidas por una caída de caballo?, ¿es posible leer las numerosas menciones que hace David Foster Wallace sobre el suicidio en todos sus textos sin que inmediatamente recordemos el suyo?
¿Lucía Joyce, los hijos de Mann, los hermanos de Wittgenstein?
¿las cuarenta y dos editoriales que rechazaron Murphy de Beckett?
¿Robinson Crusoe nada desnudo hasta el pecio y vuelve con los bolsillos llenos de galletas?
Todo aquello que nos perturba, que nos influye, aquello que no sabemos que sabemos y que en cierta manera interfiere en nuestra lectura. Todo lo que rodea al acto de la lectura, una actividad solitaria durante la cual cientos de voces nos hablan en nuestra cabeza.
En La soledad del Lector aparecen intercaladas, a modo de breves notas, los siguientes temas extradiegéticos referidos a autores:

Suicidios
Muertes accidentales
Frases y citas (“333 citas no atribuidas” dice el texto)
Nombres de personajes
Curiosidades y extravagancias
Antisemitismo
Trabajos no relacionados con la actividad artística

En el fondo se apela al Lector Ludens. Y como lector ludens debo confesar que la lectura de La soledad del Lector es toda una experiencia gratificante. Y también que es imposible trasmitir esas sensaciones aquí.

Porque en última instancia los lectores somos seres solitarios y hemos venido a este lugar porque allá no tenemos ninguna clase de vida y alguien nos saludó por la calle con la cabeza y nos preguntamos ¿quién? ¿me saludó a mi o a él? Y acabamos viviendo en un caserón desvencijado desperdiciando el poco tiempo que nos queda dando paseos por las dunas desiertas y acabamos en el cementerio intentando descubrir nuestro nombre en alguna de las lápidas. Y la memoria tiene tanta importancia como la narrativa; de hecho la memoria no distingue que recuerdos pertenecen a la realidad.

Me da la sensación de que lo que Markson quiere reflejar con esta ingente cantidad de datos que se suceden como un mantra hipnótico y subyugante a lo largo de La soledad del Lector es tanto la inutilidad como la importancia de la literatura en nuestras vidas. Es difícil interrumpir la lectura de este texto porque fluye como el tiempo y verdaderamente nos aísla del entorno y nos sumerge en la esencia de la narrativa. No es una novela y no es una no-novela, y no es un non-sense porque acumula todo el sentido que la narrativa puede tener, pero despojada de sentido.

Y sí, los Lectores somos seres patéticos y desolados.

Ayer alguien saludó a Raskolnikov con la cabeza por la calle
He venido a este lugar porque allá no tenía ninguna clase de vida

Los textos entrecomillados de la traducción de Laura Wittner para la edición de La soledad del Lector de La bestia Equilátera

P. S.: La soledad del Lector de David Markson está dedicado a Steven Moore.

NOTA:
Este post forma parte de una especie de experimento realizado conjuntamente con Bernardo Munuera. Publicamos simultáneamente nuestras impresiones sobre el texto de Markson en nuestros blogs. No tiene intenciones comparativas (ni competitivas, por supuesto) sino complementarias.
Aquí el texto de Bernardo: ¿Por qué ahora esta soledad?

Editado por la noche: Es cierto lo que comenta José Luis Amores. Enrique Vila-Matas me recomendó la novela de Markson. Era justo mencionarlo.

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10/04/12

Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas

El escritor Juan Lancastre ha muerto. Su autobiografía, la obra en la que estaba trabajando a su muerte, ha sido quemada por su mujer, Laura Verás. La amante de Lancastre, Débora, que ahora comparte su vida con el hijo de Lancastre, Vilnius, que tiene un gran parecido con Dylan, se proponen inventar la autobiografía de Lancastre, para lo cual cuentan con la ayuda del narrador de Aire de Dylan.

Nota 1.- El narrador de Aire de Dylan no tiene nombre. Ya sabemos todos los equívocos que Enrique Vila-Matas ha tenido que desmentir en torno a sus narradores. Ni siquiera hacerlos físicamente distintos a él, incluso jorobados, ni proporcionarles un nombre y una personalidad que rompen con la linealidad narrativa, ha servido para que los lectores no identifiquemos narrador con autor. El narrador de Aire de Dylan no tiene nombre… ¿nadie va a preguntarle a Vila-Matas sobre este narrador y por qué precisamente éste, que tantas similitudes circunstanciales tiene con el autor, no tiene nombre?
Fin Nota 1

El fantasma de Lancastre tiene la persistencia de la permanencia. Se apropia de los mecanismos neuronales de su hijo para no desaparecer. Débora y Vilnius quieren tener una única idea al día y no llevarla a cabo. El juego narrativo que propone Vila-Matas nos lleva, sobre todo, a Hamlet de Shakespeare y a Oblomov, de Goncharov. Es un juego de referencias y paralelismos del que incluso los mismos personajes son conscientes. Se construye así una historia que algunos califican de liviana, con ciertas dosis de misterio y una intriga de poder (literario-editorial) en torno a la autobiografía de Lancastre.

Nota 2.- En sucesivas entrevistas concedidas, Enrique Vila-Matas ha insistido en mencionar como referente La verdadera vida de Sebastián Knight, de Vladimir Nabokov. Sin embargo el autor no es mencionado explícitamente en Aire de Dylan. Se convierte en una referencia oculta dentro del texto:

Por un momento fue como si la máscara de Laura se hubiera revuelto en un infierno de agua y adherido a la cara de su hijo y el parecido entre los dos no quisiera esfumarse. Soy Laura o Laura es yo, parecía decirse Vilnius, soy ella o ella es yo, o quizás ambos somos alguien que ninguno de los dos conoce” (Aire de Dylan, pag. 323-324)

la máscara de Sebastián se adhiere a mi cara, el parecido no quiere esfumarse. Soy Sebastián o Sebastián es yo, o quizá ambos somos alguien que ninguno de los dos conoce” (últimas líneas de La verdadera vida de Sebastián Knight, de Vladimir Nabokov, traducción de E. Pezonni)

En la novela de Nabokov hay una investigación sobre la vida de un escritor, Sebastián Knight, por parte de su hermanastro V (¡atención a la V!) para escribir una biografía que desmienta otra biografía escrita por el agente literario de Knight, ofensiva y plagada de mentiras. No vamos aquí a desvelar la trama de la novela, pero esa última línea, esa mención a las máscaras, hace que nos replanteemos todo lo leído.

¿Debemos replantearnos Aire de Dylan?
Fin Nota 2

Las historias se entremezclan en Aire de Dylan. Junto a la trama hamletiana, con unos malvados que representan al tío y a la madre del Hamlet de Shakespeare, se desarrolla una búsqueda que se traslada hasta Hollywood para averiguar la autoría de una frase atribuida a Scott Fitzgerald y que debería formar parte del libreto de la película Tres camaradas (“Three Comrades", dirigida por Frank Borzage en 1938): “Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien”
La frase no aparece en la película, ni es de Scott Fitzgerald. El resto supondría desvelar parte de la trama.

Nota 3.- En el año 2000, Enrique Vila-Matas escribió en El País, a propósito de la publicación de una biografía de Dorothy Parker:
A Dorothy Parker le sentaba bien esta frase de su amigo Scott Fitzgerald: "Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien"
Fin Nota 3

La idea de escribir la falsa autobiografía de Lancastre se convierte en el motor narrativo de la última parte de la novela. Transformar a Lancastre, convertirlo en el escritor que no fue:
una autobiografía inventada en la que el padre de Vilnius, de un modo transversal y típicamente postmoderno, habría tenido la osadía de ser muy crítico con él mismo y serlo, además de un modo harto despiadado”
(una autobiografía) “donde estaba previsto que Juan Lancastre quedara rematadamente mal y como notable ejemplo de escritor que supo reunir en sí mismo todos, absolutamente todos, los defectos de lo que durante un largo tiempo se dio en llamar la postmodernidad (suponiendo que esa palabra, postmodernidad, haya significado alguna vez algo realmente, más allá de su condición de etiqueta o de lugar común odioso”

Nota 4.- Este último párrafo puede ser el origen del malentendido surgido en torno a la nota que la editorial adjuntó en la faja.
Fin Nota 4

La cuestión es que en la novela nadie escribe esa autobiografía. Los jóvenes Vilnius y Débora están demasiado ocupados en su tarea oblomovista y el narrador no recibe instrucciones ni datos por parte de ellos. Así que la autobiografía falsa de Lancastre es un proyecto que no avanza, digno de pertenecer al congreso literario sobre el fracaso con el que se abre la novela (acto que significa el ingreso tardío del narrador “en el teatro de la vida”) Finalmente el narrador declara que no escribirá las memorias de Lancastre.
“El aire es frío”

Nota 5.- Lo cual es una falsedad y una impostura. En realidad Aire de Dylan es la inventada autobiografía de Lancastre, está escrita y el lector la tiene en sus manos. Ahora bien, en este juego de máscaras que nos propone Vila-Matas apelando a Nabokov, no hay una certeza absoluta por parte del lector de quien es cada uno de los personajes. Es más, de quien debemos recelar con mayor intensidad es del propio narrador. Un narrador que ha superado la impostura vila-matiana para alcanzar la infidencia nabokoviana.
Así parece revelarlo el propio narrador en uno de los pasajes de la novela:

A fin de cuentas, por increíble que pudiera parecer, estaba ante la verdadera primera gran oportunidad de mi gris vida de escritor. (…) una historia de la vida real de la que yo estaba siendo privilegiado testigo iba a tener que contarla en clave de memorias abreviadas de un escritor muerto, porque esa era mi callada intención: transformar lo que yo había vivido en las últimas semanas en la autobiografía del difunto Lancastre

Soy Laura o Laura es yo, parecía decirse Vilnius”, a lo que el narrador añade que es Vilnius o que Vilnius es él, y que es Lancastre y que Lancastre es él, y que es Débora y que Débora es él.
Recordemos que el narrador no tiene nombre, pero al mismo tiempo tiene todos los nombres. El narrador es polimorfo (“(Vilnius) Seguía siendo él mismo, pero en realidad estaba ya más abierto al infraleve arte de ser muchos”) y siempre habla de sí mismo.

Nota 5.1 Hermes es mencionado como polítropo, es decir, de multiforme ingenio, como Odiseo, y como conductor de las almas de los muertos al Hades. Lo cual enlaza con la anterior novela de Vila-Matas, Dublinesca, donde se celebra un funeral en Dublín, patria del moderno Odiseo, y determina el carácter crepuscular de Aire de Dylan. La aparición del segundo disco de Dylan, el primero que contenía composiciones suyas, The Freewheelin', publicado en mayo de 1963, coincide con la fecha del fin del mundo, acontecimiento contemplado por Lancastre y el narrador. Por consiguiente, todos estamos, los polimórficos avatares del narrador y también el lector, caminando de la mano de Hermes.
Y Hermes es tanto el origen de lo Hermético como de la Hermenéutica. Y creo que es aquí donde debemos detenernos. En el hermetismo de un texto que precisa una aguda interpretación.
Fin Nota 5.1
Fin Nota 5

Notas sin desarrollar:
a) ¿Es simbólica la representación en la novela de la muerte de Ofelia? ¿Sexo y muerte? ¿Tal y cual?
b) Películas que se exhibían en Barcelona en 1963. Nada sobre Tres camaradas.
c) Correlación personajes- autores: Narrador-Dickens; Lancastre- Joyce y Dickens; Vilnius-Joyce. ¿ Doctor Finnegans y/vs Monsieur Hire?
d) El Fin del Mundo

Creo que es un error calificar Aire de Dylan de novela liviana. Es decir, lo es, tiene un premeditado aire liviano, contagiado tal vez por la alegría oblomovista de sus personajes. Pero es, al mismo tiempo, un texto complejo y enrevesado, un laberinto endiablado que contiene en sí mismo la clave para salir de él. O para perderse para siempre en su interior, que es lo que muchos quisiéramos.

Nota 6.- El nombre del narrador es
Fin Nota 6

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04/04/12

El rey pálido, de David Foster Wallace (y VI)

Cap. 39 (8 páginas) En la acumulación de datos que Sylvanshine a recopilado espontáneamente hasta la saturación con anterioridad a su llegada al CRE de Peoria, hay un dato que no pertenece a DeWitt Glenndening, sino a Leonard Stecyk que asume tanto su trabajo como el de su superior. Un pulgar cercenado. Ya vimos en el capítulo 5 como Stecyk era odiado por todo el mundo en el instituto. Sin embargo “es posible que el incidente del pulgar cercenado no cambiara tanto el carácter de Leonard Stecyk ni le diera forma en tanta medida, sino que más bien alterara la perspectiva que él tenía del mismo (si es que tenía alguna), además de las percepciones que tenían los demás de él

Cap 40 (1 página) Cusk en el psiquiatra cuenta cajas de kleenex y enumera sus fobias.

Cap. 41 (1 página) Conversación ¿?

Cap. 42 (5 páginas) Conversación. ¿De nuevo en la furgoneta de vigilancia? Gaines y Colorado Todd y su incidente universitario con metanfetaminas. Referentes culturales antiguos que se pueden resumir en nostalgia. “No es nostalgia. Es toda una serie de referencias que vosotros ni siquiera sabéis que no tenéis

Cap. 43 (6 páginas) Un atentado terrorista en otro CRE altera la monotonía. En la sala de la cafetera Glendenning, Gene Rosebury y Meredith Rand hablan sobre el suceso, mientras otros miembros de la agencia les escuchan. Entre ellos el narrador, que imagina: “Yo entraba y me hacía un café y me acercaba a él, él me llamaba Dave y yo le llamaba DeWitt o incluso D.G.” (…) “D.G. me escuchaba con atención y respeto” Para Dave, Glendenning es un buen jefe y administrador, de ahí su fantasía. Pero una consideración que separa completamente a David Wallace narrador de El rey pálido de David Wallace, autor de El rey pálido, es que este Dave es un lameculos insoportable.

Cap. 44 (1 página) El chico del carrito narrando en primera persona. ¿Dave, narrador de El rey pálido, además de un pelota, es simplemente el chico del carrito y quiere hacernos creer otra cosa?
Por qué puedo hacer esta pregunta. Sencillamente porque este breve capítulo contiene lo que podríamos llamar “El mensaje del autor”:
La clave burocrática subyacente es la capacidad de soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire.
La clave es la capacidad, ya sea innata o condicionada, para encontrar el otro lado del trabajo de a pie, de lo nimio, de lo que no tiene sentido, de lo repetitivo y de lo absurdamente complejo. Para ser, en pocas palabras, inmune al aburrimiento. (…)
Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir
Cap. 45 (4 páginas) Enlaza directamente con el capítulo 8 y narra la muerte de la madre de Toni Ware a manos del hombre al que dejó abandonado en la gasolinera. Toni le contó a Ex el incidente, y como fingió estar muerta bajo el cuerpo de su madre tras el accidente con la sangre de ella goteándole por la garganta, con los ojos abiertos, mientras el hombre remataba a su madre asfixiándola.
David Wallace u otra persona había comentado que Toni Ware resultaba siniestra porque (…) daba la impresión de que te estaba mirando los ojos en lugar de mirarte a los ojos

Cap. 46 (63 páginas) El otro gran tour de force incluido en la novela. Viernes por la tarde. Reunión de empleados para tomar cócteles en el Meibeyer’s. Varios empleados de la agencia, la mayoría solteros. Beth Rath trae a la “legendariamente atractiva pero no universalmente popular Meredith Rand”, casada. Mientras el resto de empleados se divierte en el local, Rand conversa con Shane “Ex” Drinion. “Durante las últimas cuatro semanas, la verdad es que solamente Shane Drinion ha parecido impertérrito ante la presencia de una mujer tan terriblemente atractiva
El capítulo es una especie de duelo narrativo entre los dos personajes, ella, esperando a que su marido pase a recogerla, lanzando una contradictoria serie de mensajes que explican por qué él debe sentirse atraído hacia ella y por qué no, mientras Drinion responde desconcertantemente en un tono analítico y monacal, prestando toda su atención con las consecuencias que ello acarrea.
Ejemplo:

“- Muy bien, voy a seguirte el jueguecito - dice Meredith Rand -. ¿Te parezco guapa?
- Sí.
- ¿Te resulto atractiva?
- …
- ¿Sí o no?
- Esa pregunta me parece confusa. La he oído en películas y la he leído en libros. Está formulada de forma extraña. Parece preguntar una opinión objetiva sobre si la persona con la que estás hablando te describiría como atractiva. Por el contexto en que suele aparecer, sin embargo, casi siempre parece ser una forma de preguntar si la persona con la que estás hablando se siente sexualmente atraída por ti.
(…)
- Hay algo fatigoso en ti- observa Rand -. En hablar contigo. (…) Es como si fueras al mismo tiempo interesante y muy aburrido”

El comportamiento de Drinion, que podría calificarse de monacal y asexual, le hacen semejar una especie de androide asimilando emociones humanas. Pero “monacal”, por el carácter místico del concepto, es lo que mejor le define. Sin embargo, siendo un interlocutor tan extraño, la actitud de Drinion consigue que Rand le cuente la historia de su matrimonio. Tal vez con la intención de obtener por parte de Drinion un examen analítico y frío, sin consideraciones emocionales que eviten ofenderla, de los motivos de los tormentosos orígenes de la relación con su marido y en que ha devenido su matrimonio.
Lo que Wallace desarrolla en este capítulo es una interesante narración con restricciones. No se trata de contar una historia, sino de hacerlo de determinada manera, Rand, anticipándose a las posibles reacciones del interlocutor, Drinion, poniendo objeciones y señalando los puntos criticables y proporcionando respuestas imprevisibles y desconcertantes, pues su análisis se establece prácticamente ignorando las convenciones sociales y sin elaborar ningún tipo de juicio.
Por otra parte la historia de Rand es intensamente patética.
Drinion levita.
Lo diré otra vez: Drinion levita.
Es fascinante

Cap. 47 (7 páginas) Los extraños métodos de Toni Ware. Un moco.

Cap 48 (10 páginas) Interrogatorio a que someten dos agentes de Chicago a Glendenning tras los incidentes en el picnic anual de Examen. DeWitt todavía está bajo los efectos alucinatorios de lo que sea que ha causado la intoxicación colectiva en el picnic que ha llevado a todos los participantes, los agentes y sus familias al paroxismo mental y al desenfreno sexual.

Cap 49 (10 páginas) Sylvanshine y Reynolds someten a una prueba a Fogle para determinar si éste es o no, un pelota lameculos, antes de que entre a entrevistarse con Lehr, que ocupa junto al niño terrible que todos deben tratar como si no estuviese allí, el despacho de Glendenning. La prueba es superada pero la paradoja es excesiva para Fogle.

Cap 50 (2 páginas) En un despacho. Sobre la dificultad de relajarse cuando alguien nos pide que lo hagamos.


FIN

Los textos entrecomillados de la traducción de Javier Calvo para Mondadori


No quiero alargar esta crónica mucho más. Ya he comentado brevemente la homogeneidad de los diálogos de Wallace. Después de haber leído Gótico carpintero es inevitable la comparación. Mientras Gaddis crea personajes a través de sus diálogos, Wallace debe caracterizar a los suyos con elementos externos antes de hacerlos hablar uniformemente repitiendo los mismos esquemas e idénticas construcciones de frases. ¿Es ese el gran defecto de Wallace? Es posible. Pero desde otra perspectiva, esa también es una de las características de su estilo. Nadie nos dijo nunca, y si alguien lo hizo estaba equivocado, que los diálogos debían plasmar la realidad del habla. La literatura no tiene nada que ver con la realidad y otras cosas por el estilo que se suelen decir en estos casos. Pero es cierto que en ocasiones los diálogos de Wallace resultan forzados y retorcidos.

Al parecer la edición en bolsillo en Estados Unidos incluirá tres fragmentos nuevos. Esperemos que las traduzcan pronto (aunque no sea oficialmente).
Sea como sea, la novela ha terminado (en la medida en que puede terminar lo inacabado) y lo que nos deja son las posibilidades narrativas que el texto truncado parece prometer. En una de las notas recopiladas al final Wallace plantea como tema a desarrollar el de examinadores humanos contra máquinas. Sylvanshine debe reclutar a un equipo de examinadores capaz de superar a las máquinas, capaces de una intensa concentración en su trabajo. Stecyk tiene la clave, quizás inconscientemente, pero todo apunta a la creación de un equipo de examinadores mutantes con superpoderes: Sylvanshine, médium de datos, Fogle, que no es irrelevante cuando no habla de sí mismo, Stecyk y su capacidad para contar mientras hace otras cosas, Ware, hiperviolenta y con la capacidad de detectar los fraudes, Lane Dean Jr. y sus contactos con los fantasmas, David Wallace desaparecido dentro del sistema, Cust, el hombre que suda…
Se acabó, se acabó, se acabó. No hay más.

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02/04/12

Crítica literaria 1883

Fuente Hemeroteca La Vanguardia 28 y 29 de marzo de 1883












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Contraejemplo: Crítica literaria 1997

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